martes, 30 de agosto de 2016

DIÁLOGO DE LAS EDADES



   En la montaña. Entre ásperas peñas se alza solitaria una gran cruz. A sus pies, la Edad Pasada y la Presente. La primera es una anciana de aspecto venerable: su rostro guarda aún restos de una gran belleza, aunque las huellas de ciertos vicios y penalidades se han marcado con rigor en él. De sus viejas galas sólo quedan gloriosos despojos. La Edad Presente es una joven vestida con ropas tan caras como extravagantes. Sus muchos afeites no disimulan su fealdad. Hablan: la primera, con una voz de hermoso timbre que suena a eco vacío y melancólico; la segunda, con tonos de hipócrita dulzura. Ambas se desprecian. La joven odia. Están aguardando a la Edad Futura.


   -Edad Presente: No sé por qué hemos tenido que venir aquí a hablar. Este lugar me pone los pelos de punta.
   -Edad Pasada: Creía que una joven tan arrogante, que se cree cima de los tiempos y culmen de las épocas, sería más valiente.
  -E. Pre: No me has entendido (lo dice algo amostazada). No es miedo, es sólo repelús. Es un lugar siniestro, vestigio del oscurantismo y de la intolerancia.
 -E. Pas: (Con una mirada de desprecio absoluto) ¿Intolerancia dices? Y es por ello por lo que vas a destruir este lugar, aunque tantos se oponen. Hay que practicar las virtudes, no sólo predicarlas.
   -E. Pre: Hay que ser intolerante con los intolerantes, como dijo el gran Voltaire. Como ves, no todo lo antiguo es despreciable.
   -E. Pas: Ni todo lo moderno digno de elogio. De todos modos, el problema está en discernir quién ha de ser el árbitro de la tolerancia, quien ha de decir lo que es tolerable y lo que no lo es. Hoy día, parece que esa misión recae en quienes tienen tantas palabras bonitas como actos feos.
  -E. Pre: Bueno, bueno… déjate de retóricas llenas de telarañas y vayamos al grano. ¿Por qué me has citado aquí? ¿Qué deseas?
   -E. Pas: Preferiría esperar a la Edad Futura. Quiero hablar con las dos. Deseo ofreceros, ya que mi final se acerca, el fruto de mi experiencia, a pesar del desprecio que manifestáis por el magisterio de los siglos. Aunque poco merecen los hombres, al menos vale la pena esforzarse por la selecta minoría que aún los dignifica.
  -E. Pre: (Con ademanes groseros que denotan fastidio) No creas que necesito de tus caducas lecciones. Estás trasnochada y sólo eres un obstáculo para el progreso. Pero te escucharé, para que veas que soy tolerante y abierta. Tú en mi lugar no lo hubieras hecho.
  -E. Pas: Yo también fui joven una vez. Y cometí errores. Pero nunca el peor posible: rebelarme contra todo lo anterior en nombre de las más absurdas quimeras. Bien sé lo que se esconde en tu fondo. Y tu presunción de hoy será tu desgracia de mañana. El tiempo pasa para todos…

   En ese momento aparece la Edad Futura. Es una niña de aspecto casi monstruoso. La mirada, de su único ojo, entre cruel y perdida. Está ensimismada. Lleva por adornos cadenas en tobillos y muñecas. Del cuello le pende un colgante rematado por una pirámide. Su andar, sus ropas, sus maneras… todo da escalofríos…

   -E. Futura: ¿Qué diablos queréis, viejas? Estoy muy ocupada.
   -E. Pas: Según parece, la insolencia es progreso.
   -E. Pre: No empieces a dar la murga. Es una niña y necesita libertad. Tiene que realizarse.
   -E. Pas: No sé que es más infame, si lo que dices o la forma en que lo dices.
   -E. Fut: No me estarás faltando al respeto, ¿verdad, vieja chocha?
   -E. Pas: No puedo faltar a lo que no hay. No sabes lo que es el respeto, ni lo sabrás. Sólo conocerás el miedo.
   -E. Fut: ¡Ehhhhhh! (El mugido se acompaña de una mirada entre bobalicona y recelosa).
   -E. Pas: Terrible que sólo se aplique la inteligencia a la maldad. Qué ufana grosería; qué orgullosa idiotez.
  -E. Pre: ¡Basta ya! Sólo te falta encender una hoguera y quemarnos. Estás llena de rencor y deseos de venganza. No toleras la libertad, ni el progreso que la trae. Las coronas ya han caído. Y ya caerán las cruces. Deja a la pobre niña y no la amargues con tus caducos valores y tus modales represores.
   -E. Pas: ¿Libertad? Mucho pronuncian esa palabra los esclavos. ¡Ea!, consiéntele todo, tanto como a mí me niegas. Ya pagarás en el futuro, pues lo mismo que tú haces conmigo ella hará contigo.
   -E. Fut: No tengo todo el día. Me aburrís con vuestras peleas. Decidme lo que sea, que me largo.
   -E. Pre: Eso, habla ya. Tenemos mucho que hacer.
   -E. Pas: No lo niego. Aún os queda mucho por hacer, mucho por ganar, mucho por perder. Ya que estáis tan impacientes por lanzaros al abismo, seré breve. Os he llamado para amonestarte a ti, loca insensata, por tu comportamiento; y a ti, niña mimada, para advertirte de lo que te espera. Las sombras acechan, y mi tiempo se acaba.
   >>Soy vieja y, lo peor aún, mi vejez es lastimosa por lo mancillada. A mis espaldas quedan muchos siglos. En ellos ha habido de todo, lo bueno y lo malo, muchas veces indisolublemente unidos. Si se vertió la sangre a raudales, con la misma generosidad se derrochó el talento; si hubo intransigencia y fanatismo, también hubo altura de miras y elevada espiritualidad; descendí a las simas de la miseria para ascender a las cimas de la gloria. La crueldad rigió con mano dura, pero en nombre de la grandeza. En mi seno siempre ha anidado la desigualdad, pero si algo hay más deplorable que la desigualdad, eso es la igualdad.
   >>En definitiva, bajo mi capa he conocido épocas de hierro y épocas doradas. Lo peor y lo mejor del hombre. Pero los frutos más exquisitos del alma humana, con su deleitoso sabor, siempre endulzaban el paladar de las amarguras. Los sentidos y el alma se elevaron. Mis ojos y mis oídos siempre se han deleitado. He gozado y sufrido con igual ardor. He amado y despreciado arrebatadamente. Nunca desprecié la guerra, ni compré la paz a alto precio. He rezado con auténtico fervor. Viví siempre de acuerdo a la Naturaleza, y si bien no he accedido a sus más ocultos arcanos, no la he querido sojuzgar del modo más aberrante; nunca he pretendido navegar contra las corrientes del sentido común…
   >>La belleza, la gloria, el honor, la justa fama, lo más elevado y hermoso de esa frágil y despreciable criatura que es el hombre siempre ha tenido en mí asilo, y siempre ha sido venerado con la más sincera pasión…

   Calla la Edad Pasada como si hubiera caído en un transporte de éxtasis nostálgico. La Edad Presente bosteza y hace ostensibles gestos de impaciencia y menosprecio: hace mucho que dejó de escuchar, si es que alguna vez ha escuchado. La Edad Futura, al margen, se entretiene con una extraño aparatito del que no levanta su único e hipnotizado ojo. La Edad Pasada vuelve en sí; mira con suma pena a sus acompañantes, suspira y retoma su discurso.

   >>…Sé que me ignoráis, como a todo sabiduría que os pueda guiar en vuestro desvarío…
   -E. Pre: (Con muy malos modales interrumpe). Va para largo el sermón. Me aburro.  
   -E. Pas: (Sin hacer caso). Viniste al mundo, joven alocada, cuando yo era ya vieja y decadente. Estaba agotada. Y tú aprovechaste para rebelarte y enseñorearte de todo. Apareciste tan joven y vigorosa, tan llena de ilusiones y bonitas palabras… Cómo engañaste a todos con tu elocuencia de demagogo vocinglero. Sí, esa es tu esencia: la mentira. Eres un espejismo, un embeleco que turba los sentidos y manipula con falsas apariencias.
   >>Prometías un nuevo mundo de perfecciones y dicha inefable, pero sólo has traído una falsa imagen que adorar. Querías libertar a los oprimidos, pero para sojuzgarlos con nuevas cadenas que, podrán ser de seda, pero cadenas son; hablabas de igualdad, pero la pesas en las balanzas de los mercaderes; se llenaba tu boca arrogante e impía de fraternidad, pero para ti los hombres son sólo un uniforme rebaño al que pastorear. Al albur de la luz que prometes, que no es más que el fulgor del oro, la espada de la única deidad que reconoces, el Señor de las Tinieblas, has cegado a los hombres con ideales huecos, vana palabrería que no esconde más que fantasías y sueños fútiles cargados de ideales cursis, los más contrarios a la Naturaleza. Y aún dices que eres la portadora de la Razón. Qué funesto engaño. Tú sólo deseabas que cambiara el amo. Sólo anhelabas tomar las coronas de los reyes que derrocabas. La sangre vertida por el oro vertido. Bien lo anunciaba tu primer apóstol, el pelele con humos corso: aún estaba caliente la sangre de su rey y se corona a sí mimo Emperador ante el Santo Padre en nombre de los ideales que desean ver a las coronas y las tiaras bajo tierra. Ennegrecidos por el carbón tus esclavos, tus riquezas son tu púrpura.  
   >>Y luego qué… Libertad, libertad, libertad… Placeres, comodidades, desarrollo científico y muerte del espíritu… embrutecimiento feliz… desvarío arrogante. Le has puesto al asno una zanahoria delante para que trabaje para ti, para que vaya donde tú quieres. ¿Y cuál es su destino? A mí no me engañas: tras el oasis está el desierto. Cuando esté el hombre lo suficientemente cebado y alienado, cuando sólo sea un estómago insaciable, un ser puramente apetitivo…llegará el desorden supremo del que haya de nacer el Nuevo Orden.
   >>Aunque tu apariencia sea juvenil, ya eres vieja. Apariencia, pura apariencia. Eres humo. Y cuando llegue el momento, verás que sólo has sido otro esbirro, un juguete de las sombras… Llegará esa niña aberrante… (Hace ademán de señalarla, pero no está. Se ha escondido).
   -E. Pre: ¡Ja, ja, ja, ja! Qué cosas tiene esa cría. Se ha ido. Y la vieja sin parar de largar. Te ha dejado con un palmo de narices. No hay quien te aguante. Qué pesada. Y qué manera de hablar. No te he entendido la mitad. Relájate, abuela, te va a dar un infarto.

   La Edad Presente se marcha sin despedirse. Camina medio alelada mientras se entregaba a un frenético movimiento de dedos sobre uno de sus juguetes preferidos. 

   -E. Pas: ¡Pobres imbéciles! Están condenados. (Se vuelve hacia la Cruz). Tú eres nuestra salvación.

   La Edad Pasada desaparece lentamente entre las penumbras del olvido.
  








    















jueves, 25 de agosto de 2016

HOMENAJE EN EL ADIÓS


   No crean, amigos míos, que en mi despedida, la cual espero no sea para siempre, he pecado de jactancioso al dedicar estas últimas letras al humilde morador de las soledades que con grato y siempre bienvenido paso ustedes ahora pisan. Nada de eso. Si doy a la luz la misma luz es más por amor a la poesía que a uno mismo, pues si el soneteado es poca cosa no puede decirse lo mismo del soneto. Así, me parecía injusto y egoísta reservar para mí solo estos excelsos versos. Vayan para gloria del autor, que no de quien los recibe, y quede su eco como sublime acento en mi ausencia.
   Y no desearía despedirme sin dar otra explicación: igualmente no me mueve vanidad alguna al atreverme a mancillar este bellísimo soneto colocando al lado uno mío. He dudado mucho a la hora de hacerlo, pero como es de bien nacidos ser agradecidos, y yo lo estoy en extremo a don Luis, quiero que quede constancia de ello, así como de mi amistad y admiración. Cambiemos los términos, y sean esos pobres renglones para loa y homenaje del gran poeta que los inspira y no para loor del mediocre que los ha pergeñado con harta dificultad. La intención era buena.
   Sin más dilación, allá van, que no me gustan las despedidas. Hasta siempre. O dicho al antiguo modo: aeternum vale...



SONETO A DON DARÍO


Manzanares, escucha bien atento
el armónico son que l´alta lira
de don Darío sublime suspira,
hija es del de Apolo sacro instrumento.

Sabe que no pasto será del viento
pues de Las Nueve l´alma esencia inspira,
de oro versos tal cálamo transpira,
y es de puro lauro su blando aliento.

Si de oírla dejases, agradecido
al Atlante en tus ondas su voz lleva,
ya en regalado paso o en raudo vuelo.

Y de aplausos tu curso vista el cielo,
pues será de tu amor tu muerte prueba,
que honrándole darás enternecido.


Luis Varela









SONETO A DON LUIS

Jamás Musa ninguna vistió galas
tan bellas, ni jamás tan bello ha sido
de la lira el olímpico tañido
como cuando tu verso nos regalas.

¡Oh, don Luis!, tu estro de doradas alas,
el ánimo suspenso y embebido,
mueve del páramo a jardín florido,
que son de Edén tus rimas antesalas.

Del gran lucero cordobés fulgor
reflejas en esta era de penuria
que orfebre enjoyas, lírico furor

que es de lo feo y lo vulgar injuria.
Al áureo siglo haces honor,
pues en ti ha renacido esa centuria. 















domingo, 21 de agosto de 2016

¡VIVA EL VERANO!



    Bien saben todos aquellos que frecuentan estas penumbras cavernarias que si hay una cosa que en tales pagos repatea de lo lindo son los lugares comunes. Nada más tonto, y por ello nada más habitual, que hacer algo sólo porque la mayoría lo hace, sin cuestionar si será de provecho o causará deleite. Del mismo modo, igualmente necio sería renunciar a lo que nos gusta sólo porque es muy común.
      Aprovechando las fechas que son, voy a pararme en uno de esos dichosos lugares comunes que con más furor practica el hombre moderno: el veraneo. Y no crean que pienso detener la pluma en el caso de aquel afortunado que da con sus huesos en un hermoso balneario de Karlovy Vary, por ejemplo; ni en el de aquel otro envidiable mortal que pasa unos días de asueto estival en una solitaria casa al pie del mar, entregado a sabrosas lecturas o a la contemplación del vasto piélago mecido por su eterno susurro. Y paren aquí los ejemplos. No, me refiero al veraneo al uso del hispánico medio, esto es, el mesecito en la playa, a ser posible en el Levante y en una localidad famosa por convertirse en hormiguero humano durante la canícula.
      Para describir tal veraneo, tomemos como ejemplo a una familia media española: papá, mamá y sus dos rorros. Él se llama Manolo; es oficinista, frisa con los cuarenta, no muy alto, algo fondón debido a sus esfuerzos por mantener la línea, curva, claro; moreno hasta lo cetrino, su cabellera se bate en retirada y su piel, merced a ciertos excesos, hace mucho que dejó atrás la lozanía de la juventud. Sin ir más lejos, es el perfecto ejemplo del Sancho Panza que tanto frecuenta la piel de toro. Su mundo no va más allá, hipotecas aparte, de las motos, el último partido de fútbol que ha visto y las charlas picantes con sus compañeros de trabajo, sobre todo las que versan sobre sus progresos para beneficiarse a Conchi, la secretaria del jefe, que está cañón y lo mira como a un gusano, aunque él crea que le hace tilín.
      Ella es Paquí. Cumplió de nuevo hace poco los treinta y cinco, en los que piensa pararse no menos de un lustro. Fue mona en su primera juventud, pero los partos, eso dice ella, y los donuts, eso dice su cuñada, han estropeado su linda figura. Hace lo posible, consejos variados de todo tipo de revistas femeniles mediante, para volver a sus veinte abriles, sin éxito, ni que decir tiene. No importa; como ella suele proclamar el buen vino mejora con los años. Se cree que viste bien porque sigue escrupulosamente el gusto de aquellos que le dicen qué debe ponerse, pero ya saben eso de la mona y la seda… Es funcionaria, auxiliar administrativa para más señas, lo cual la convierte en la persona más feliz y más quejica del mundo. Respecto a su forma de ser, es un claro exponente de ese híbrido curioso que se ha forjado en la modernidad, pues mezcla a partes iguales la entrega a todos los ideales y palabrería comprometida y solidaria de oropel de nuestros días con una frivolidad pasmosa. Con esto quiero decir que salta de la defensa a ultranza de los delfines y de la mala situación de los indígenas de Chiapas a lo último de Dolce con una facilidad vertiginosa. En resumen: sus grandes inquietudes son el hambre en el mundo y su celulitis. Y se tiene por culta, no crean. No en vano ha leído en el metro las “sombras” esas de Grey, la trilogía enterita, y va al teatro de vez en cuando; eso sí, con las amigas, que su marido no está para esos trotes. No importa, empero, la obra; cuanto más rara y petarda, mejor. Lo más divertido de tales veladas es acabar la misma con sus amigotas en un café fashion (Paqui dixit) hablando cinco minutos de la obrita progre y tres horas de hombres y trapitos.
      Los nenes son Manolito y Yanira. Lo de Manolito, que horroriza a la madre, es por tradición familiar, que cuatro Manolos a las espaldas pesan mucho. Ahora bien, con la niña la mamá se impuso y cayó un nombre de estos a la última, exótico y poco común, que para eso ella es muy “in”. Qué disgusto para la abuela y para el cura: lo que costó convencerle para que tragara con el nombrecito y la bautizara. Los críos son adorables: él suspende todas las asignaturas porque los profesores le tienen manía, pero es un fenómeno con los ordenadores y promete en el manejo de la moto. Al padre se le cae la baba cuando la directora le llama porque Manolito ha pegado a otro niño. Yani, que es como la llaman en casa, es un primor. Con once años lleva el bolso y habla por el móvil con una gracia que ya quisiera la Hannah Montana esa. Ha tenido tres novios y seis depresiones: nadie la entiende. Menos mal que ha heredado el buen gusto para vestir de la madre y su afición por las compras, pues sin esos paliativos la nena ya hubiera dado algún disgusto. De mayor será modelo; eso sí, si la afición, también heredada, por los donuts no arruina tan prometedor futuro.
      Pues hete aquí que principia agosto y los García, que así se apellida Manolo, parten alborozados a la costa a gozar de las merecidas vacaciones. ¡Qué ilusión! ¡Qué alegría! “Adiós, Madrid; adiós, asfalto.  A pudrirse, pobretones.” Eso piensa el cabeza de familia. No obstante, si abriéramos un agujerito en su hueca testa, podríamos ver que tras esos humos y esa ufana dicha de veraneante se encuentra escondido el más vivo espanto: un mes aguantando a la familia. ¡Qué horror! Mas silencio… no ahondemos más en ese terrible secreto inconfesable. Si Paqui supiera… Menos mal que la vanidad satisfecha del que veranea en la playa viene en su auxilio. Además, todo sea por restregarle en las narices a Peláez que él pasa un mesecito en la costa. No traga a Peláez, su compañero de oficina, por pura envidia: es más listo, más joven y más guapo. Y para colmo es soltero y se hincha a ligar. A Peláez ir a la playa se la trae al pairo: él se queda en Madrid y se entrega a la juerga padre en las terrazas de La Castellana. De vez en cuando va unos días a la playa a exhibir su blancura. Le da igual, pues mientras otros se ponen morenos él se pone morado. Ya me entienden. Y lo que se ahorra.  
      Tras cinco horas de agobiante viaje, con seis paradas, varias vomitonas, gritos, peleas y una multa, el flamante coche de los Garcia, sanguijuela de su cuenta corriente, al fin llega a la urbanización donde tienen su apartamento, el cual también chupa lo suyo de los sueldos. A descargar. El baúl de la Piquer parece el hato de un mendigo en comparación. Una hora después, y varios litros de sudor, que no hay costumbre de lidiar con el calor húmedo levantino, todo está listo. El veraneo ha comenzado oficialmente. ¡Yupi!
      Luego de una merecida siesta, en la que la infame comida de la Estación de Servicio hace en las tripas los mismos estragos que ha hecho en la bolsa, los García salen al caer la tarde a pasear junto al mar. “Qué bonito”, dice ella; “cuánta agua”, dice él; “papá, un helado”, dice Manolito; “¡qué perra!”, exclama Yani, que acaba de ver un guasap de “la Deborah” en el que cuenta que “la Pelos” le quiere quitar “al Izan”. Vivir para ver. Qué mundo éste. Cae la noche, y como es el primer día y el entusiasmo domina, toca pizza y jolgorio gastronómico, que ya habrá tiempo de ir al Mercadona. Clavada a la luz de luna y con vistas al Mediterráneo. Más paseo, y a una hora prudente a casa, que ha sido un día duro. Por fin el cansancio hace mella y los críos, y sus respectivos aparatitos de cabecera, se apagan. A dormir. Mañana, gran emoción, toca el primer baño. Esa primera noche es memorable: se extraña la cama y los ruidos de las motos birriosas, los bares y los bullangueros no dejan dormir. Y esa maldita pizza he dejado la garganta como el Sahara. Se impone un buen trago de líquido elemento. ¡Maldita sea!, está a punto de gritar en la oscuridad Manolo tras escupir el agua del grifo, imposible de beber, y darse cuenta de que han olvidado comprar agua embotellada. Pues nada: a hacer de tripas corazón y a echarle valor, que la sed no perdona. Menos mal que unos minutos en el balcón viendo el cielo estrellado, y a los vecinos de enfrente jugando al parchís, le quitan el mal sabor de boca. “Hay que ser positivo”, se dice, “que estoy de veraneo en la playa. ¡Ah, esto es vida!”. Vuelve a la cama y se duerme, empapado en sudor, a las cinco de la mañana.
      Amanece. Todo tranquilo. Qué delicia no tener que madrugar. Dan las diez: todos arriba. Papá ha bajado a por unos churritos. Alegría generalizada. Y tras el suculento desayuno, llega la ceremonia sagrada de prepararse para el primer chapuzón estival. Y allí todos son prisas y nervios. “Paqui, y lo mío, que no lo veo”, chilla papá; “mamá, a que no me has traído el bañador rosa del Corte Inglés”, refunfuña Yani; “mamá, mira lo que hago”, y Manolito ventosea con poderío en la faz materna como gran proeza de machote en ciernes. “Cari, dile algo, por favor”, se queja la mamá al papá, que se ríe mientras piensa ufano: “es mi vivo retrato”. Y así, tras varias crisis y un amago de Paqui de coger el primer tren de vuelta a Madrid, todos están listos al rato. Rebozados como si fueran croquetas en bronceador, sobre todo los nenes, la tropa de los García se lanza conquistar la arena. Manolo los guía cual nuevo caballero andante: la sombrilla es su lanza; la silla plegable su escudo; de yelmo trae un sombrero de paja que le regalaron con una promoción de ron Bacardi, como bien recuerda la cinta que lleva; su armadura, una camisa de colorines chillones con Homer Simpson fumando un porro y diciendo una majadería. Paquí, por el contrario, lleva algo muy estiloso, a la última, y que revela sus habilidades portentosas para elegir la ropa que mejor disimule las imperfecciones que tanto la acomplejan. Y los niños… un sucedáneo de su progenitores con un poco de Bob Esponja y Hello Kitty. Pretenden ser originales y van a ser un grano más de arena.
      El sol golpea con furor. Ánimo, familia, que sólo estáis en quinta línea de playa. Merecerá la pena el esfuerzo. No pasa nada porque papá se haya perdido: lo de todos los años, es como una tradición familiar. Al final, como en una moderna Anábasis, todos ven el agua y gritan alborozados al unísono: “¡el mar, el mar!” Ya están en la playa, se supone, pues no se la ve bajo las miríadas de bañistas que atestan el lugar. Tras ímprobos esfuerzos el convoy consigue ganar medio metro cuadrado y allí asientan sus reales, entre la señora oronda que lee el Hola bajo su enorme sombrilla rodeada de bultos y la familia que le está dando a la empanada y a la cerveza para reponerse del primer baño. Todos, por supuesto, llenos de arena por obra y gracia de los nenes diversos, que no paran. A desvestirse y al agua patos. No falta de nada, sobre todo lo que pueda molestar a los demás: manguitos, flotador gigante en forma de barca, palas, pelota de goma, etc. “¡Qué rica está el agua”. “Es verdad, en su punto”. “Qué buen baño”. Y allí todo es relajación, sobre todo la de ciertos órganos que empiezan a aflojarse y a soltar sus fluidos. Total, si todo el mundo lo hace.
      Una hora después, los Garcia, arrugados como pasas, dejan a la mar tranquila. A él le espera su cigarrillo y el Marca; las féminas se ponen a tostarse al sol, que sacude de lo lindo inclemente, y Manolito se dedica a dar el tostón más inclemente aún. Casi es la una: llega el momento sublime que todo español lleva grabado a fuego en su sangre, esto es, la visita al templo del veraneante, al sancta sanctorum del playero… el aperitivo en el chiringuito, institución hispánica donde las haya a la que se rinde especial pleitesía. Y allá van. Qué suerte, hay mesa. Se sienta la buena familia como puede junto a una pareja de ingleses, más rojos que las gambas que se están zampando, y una patulea de adolescentes que beben, fuman y dicen majaderías agotados por los excesos de la noche anterior. Y venga fritanga y tinto de verano. Excelso instante. Aún le queda al cabeza de familia mucho Marca por leer, que el mercado de fichajes está que arde; hay muchas mujeres paseando en bikini a las que Paqui puede observar y criticar, que ciertas comparaciones alivian mucho. Manolito se toma su Coca Cola revoloteando por las mesas y tocando las narices; Yani sigue enfadada, pues se ha enterado de que su “Izan” no hace caso de “La Pelos”, pero el muy sinvergüenza anda tras los pasos de “la Chonchi”, que es una golfa de no te menees.
      Con renovados bríos tras el suculento y recalentado ágape, los García abandonan el campo de batalla agotados, achicharrados y con las entrepiernas escocidas por la arena, pero felices. Al igual que MacArthur… volverán. En casa, duchita rápida y nuevas peleas y escenitas, que sólo hay un baño y cualquiera entra después de que papá haya devuelto el “pescaito” al mar. Son las tres; a comer. Nada de lujos, que es menester hacer economías: papi sube del Asadero pollo asado con patatas y refrescos, pero de marca blanca, que saben igual y son más baratos. Qué manjares. Esto es el paraíso. Manolo se dice a sí mismo por vigésima quinta vez: “¡Ah, esto es vida!”. Luego, a ver la tele. Pelea: al final, Paqui se impone y toca programa del corazón y culebrón. Para otra ocasión queda el ciclismo, Manolo. Siesta, pues. El nene se enfrasca en su maquinita de degollar trolls y la nena se va a una esquina a hurtadillas a recibir de “la Deborah” el parte de guerra. La cosa está que ni Troya. Por la tarde, y después de una generosa compra, otro chapuzón y paseo. Luego, cena familiar al amor de la tele y demás aparatos (¡ay!, Izan, Izan). Se trasnocha, que para eso se está de vacaciones. Así, cuando acaba a las tantas la peli de Chuck Norris que papá está viendo, todos al lecho a servir de alimento a los mosquitos, que también ellos tiene derecho a su veraneo y a ponerse como el quico.
      Ha acabado el día. Confío en que me perdonen si no describo otros pues todos serán básicamente iguales. Salvo por un par de salidas calamitosas con algunas familias de la urbanización con las que se han hecho buenas migas, pero al final se descubre que son idiotas; un poco de cine de verano y alguna otra frivolidad, la cosa no varía. Al cabo de dos semanas, aunque todos están encantados, en su fuero interno están más que hartos. Paqui trabaja aquí más que en casa; le cargan los críos una cosa mala, empezando por su marido, más crío aún. Éste ya no puede más: la chiquillería, que de ordinario ignora, le tiene hasta arriba; y qué decir de su mujer. Inaguantable. No le deja vivir: “no pongas los pies sobre la mesa; recoge las latas de cerveza vacías; no te orines fuera; baja la basura…” Pero no se queja. Además, esa noche en la que la familia se baja a los jardines de al lado (Paqui a darle a la “sin hueso” y los niños a lo suyo) echan en la tele un partido de no se sabe qué torneo internacional: la selección de Mali se enfrenta a la de Uganda. Maravilloso. Solito se queda con sus cervezas y sus panchitos. “¡Ah, esto es vida! Y Peláez en Madrid muerto de calor. Qué se fastidie, por estúpido”. Noche memorable.
      Y a lo tonto a lo tonto, y tontería hay mucha, llega el triste final de las vacaciones. Acaba agosto. Los primeros cielos grises y las primeras lluvias asoman. El otoño envía a sus heraldos. Ya se hace necesaria una rebequita por las noches. Depresión en ciernes. Once meses esperan de frío y tortura hasta que retornen los García a gozar de su edén particular. Paquí volverá a su ministerio, a quejarse entre café y café de lo mucho que trabaja y de los muchos días que le deben; Yani se las verá con “el Izan”, al que al final perdonará, para volver a ponerse de morros por una nueva perrería del mozabelte; Manolito volverá a ser el terror del colegio y de sus profesores. Y Manolo, nuestro sufrido y sanchopancesco héroe… nuestro Manolo volverá a la oficina a suspirar por el paraíso perdido mientras presume de lo maravillosas y cortas que han sido sus vacaciones, sobre todo si anda cerca Peláez. El pobre hombre, desgraciado “urbanita” que no ha probado el agua salada, por cierto, está cada día más joven, más guapo y más elegante. Y menuda amiguita se ha echado. Qué rabia. Ahora bien, está de un blancucho que da asco. No veranea como él. Es un consuelo. Mas no hay que preocuparse, un año pasa rápido, y no han de faltar partidos y Marcas que echarse a las entrañas. Además, en los momentos en los que se sienta el amigo Manolo especialmente alicaído y abatido por los embates de esta cochina vida siempre podrá volar en alas del recuerdo a las doradas playas donde ha sido tan feliz. “¡Ah, eso era vida”!