miércoles, 4 de julio de 2018

AL PELELE SOROSINO



Vaya amistades se gasta el Perico:
ante su amo vil1 se arrastra en secreta
reunión, que no cuela eso de discreta;
¿adalid del pobre es quien sirve al rico?

Es huero maniquí de gesto2 y pico3,
pues lo suyo es la cara4 y la piqueta5;
la cruz, con tamaña ídem marioneta,
ha de verlo: albañil6 nos sale el chico.

Y matarife altivo a lo decente,
que trocear España con censura
es limpio y además lo hace de frente7,

aun de perfil y aupado en la basura.
 Qué peste, a azufre, hay en el ambiente.
Raro será que tenga el país cura8.


­­___
1. El vil vale para ambos.
2. De muchos va a vivir el figurín, que es pura propaganda.
3. Esto es, verborrea y demagogia. Y lo que pica… y picará.
4. Está donde está por la cara… bonita. Eso dicen; sobre lo que no hay duda es de lo dura que es.
5. Y bien que la va a usar, que estos instrumentos los maneja bien esta patulea. Y hablando de manejar, los que manejan a éstos no son mancos con otros más sofisticados, como el compás o la escuadra.
6. Ya me entienden. Y la cruz les da urticaria. ¿Por qué será? Qué grande le viene el San del apellido.
7. Y muy popular, por descontado.
8. Aunque Iglesias, y similares, hay para rato.



Los pactos con Mefistófeles se hacen con sangre. Lo malo es que sea ajena.














viernes, 11 de mayo de 2018

LA NACIÓN MALDITA



Cruel, España, es tu agonía;
si tan grande antaño has sido,
tu áurea historia en el olvido,
cerca está tu último día.
Mala estrella el sino guía
de la patria donde moran
los que al mal y al oro adoran
con tal furor. ¡Triste suerte!
Muchos desean tu muerte...
tan pocos los que te lloran.   















miércoles, 21 de marzo de 2018

PROMETEO DESENCADENADO (QUE LE DEN MORCILLAS AL PUÑETERO SHELLEY) Y ACONSEJADO. SONETO MENGUADO CON NOTAS INFLADAS




Le dice Hércules al titán chisquero antes de liberarle:


“Cual chorizo1 colgado, mal te veo,
amarrado en castigo2 a malas mañas;
se ceba el pajarraco3 en tus entrañas
haciendo de tu traza4 picoteo.

Y mal lugar has elegido, creo:
si tu astucia se diera en las Españas,
muy lejos de jupiterinas sañas,
pronto amo serías del politiqueo.

 Pagas caro el tangar a tan mal primo5.
Por lo ladrón y ese promete tuyo,
y lo apañado que eres para el timo,

ve a Iberia6, que allí por el chanchullo
a pocos prenden7. Sin embargo, un ruego,
que hay mucho quemado8: no lleves fuego”.


­­­___
1. Lo de chorizo viene muy a cuento dadas las aficiones del mozo.
2. Recuérdese que Zeus (Júpiter), que ya estaba algo amostazado con Prometeo por habérsela dado con hueso, que no con queso, había castigado al titán por robarles el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Se le encadenó en el Cáucaso y todos los días servía de canapé de foie para un águila que mandaba el barbas del rayo. Y luego de ser comido el hígado se regeneraba para volver a ser zampado al día siguiente, con lo cual sospecho que el ave debía de ser sindicalista, más que nada por eso de picotear a su gusto y por el condumio perpetuo y gratuito.  
3. Hoy en día el pájaro que nos saca las tripas es la gaviota. Pájaros siempre ha habido, pero hasta en eso hemos perdido categoría.
4. Ya sea referido a la figura del titán lumbreras o a la argucia que le ha llevado a servir de aperitivo al águila.
5. Aunque Zeus, o Júpiter, era primo de Prometeo, de primo tenía bien poco.
6. Sobradamente la conocía él, sobre todo el sur, por lo que se entiende el consejito de marras. De todos modos, es notorio el poco cariño que por Andalucía se tiene a Hércules, más que nada por eso de los “trabajos”, que por allí tal palabra da grima. No ocurre lo mismo con los “trabajitos”, pues en ellos se dan una maña y una dedicación que ríase usted del semi-dios, al cual, por esos pagos, llaman Herercules (otras fuentes hablan de Pércules). Y no me digan que los prodigios que por allí se dan no son dignos de la mitología. Se cuentan y no se creen, dicho en todos los sentidos.
7. En la doble acepción de apresar algo o de incendiarlo. En España a pocos golfos prenden, y menos aún prenden, que más de uno, y de dos, merecen chicharrón. Pero en este dichoso país los golfos parecen de amianto.
8. Está la cosa que arde, pero el fuego no llega arriba; ni siquiera el humo. La quema la sufre el país, un erial ya, y la buena gente. Aun así, se sufre en silencio la quemadura, que este fuego no hace que prenda la mecha. Al final, bueno fuera que trajera Prometeo lumbre si hubiera de emplearse en rememorar buenas costumbres de antaño.



Ojalá volvieran las águilas a picotear a los Prometeos...











sábado, 24 de febrero de 2018

PUES ESO


   Decíamos ayer...


Soneto de don Plutarco Dabarfer, sufrido docente entre indoctos e indecentes, dedicado a los más (a secas) de nuestros chisgarabises, gloriosas excepciones aparte


Érase un pánfilo a un móvil pegado,
érase un vago del jamás yo escriba,
érase un pulgar a la ofensiva,
érase un cacumen enredado*;

era un grande hastío encapuchado**,
érase un mustio abril a la deriva,
érase una minerva fugitiva,
el ánimo en pantalla sepultado.

Érase en uno solo una horda entera,
érase en sí un libertinaje preso,
un todo sentidos sin sentido era.

Era un ligero ser la mar de espeso,
a quien lo docto y culto desespera.
Era, en fin, un estudiante de la ESO.


___
* Cómo se enredan en las redes estos pececitos. Bien cogidos los tienen. Por el pulgar muere el pez, que menean tanto ante su ídolo móvil como tanto tienen petrificada la mollera, de lo más inmóvil.

** A ver si alguien me explica de una vez por qué estos pollos se pasan el día con la capucha puesta, aunque estén bajo techo, no llueva ni haga frío o no estén expuestos a un sol ardiente que les derrita sus menguados sesos.



Podría ser peor... Y lo será.










martes, 5 de septiembre de 2017

NO SE DIGA LO QUE SE PIENSA, NO SE PIENSE LO QUE SE DIGA





   …Los más de los hombres ven y oyen
 con ojos y oídos prestados, viven de 
información de ajeno gusto y juicio.
                     
                                  Baltasar Gracián
             



Cierto día estaba yo absorto en sabrosas lecturas barrocas, entre las cuales la del Criticón era la más apetecida, cuando un leve rumor llegó a mis oídos. <<Ya estamos -pensé- con apariciones, estantiguas y demás ralea sobrenatural, que no puede uno leer tan ricamente al amor del fuego y del silencio cavernoso. Pues lo que es por mí, ni el rey de Francia me levantaría de aquí>>. Y me encastillé tras mis libros, dispuesto a tirarle al que entrase a la cabeza lo primero que tuviera a mano. Como ni Quevedo, ni Vélez de Guevara, ni otros tantos que me acompañaban valían para proyectil contra las cabezas, aunque sí contra las conciencias, me tuve que conformar con un cantillo que tenía cerca, deplorando que mi biblioteca careciese de las novelillas modernas al uso, y cuyo mejor ídem pueden ustedes imaginar.
Resguardado por “pocos, pero doctos libros juntos” en la paz de mis desiertos, seguí conversando con los sublimes fiambres de otros tiempos. Al poco ya me había olvidado del ruidillo de marras y me entregaba con fruición a mis libros, sumido en ese levísimo sopor que nos invade cuando una obra nos tiene entretenidos en extremo. Me había embaulado unas buenas páginas cuando mi sosiego fue de nuevo turbado. Alguien me chistó.
-¡Váyase al demonio quien sea! Y si es el demonio, váyase al mundo, que no se merece nada mejor -dije con todo el mal humor que puede. Tan calentito como estaba en mis penumbras, a solas con una multitud de ideas maravillosas y con la caricia de la música de nuestra mejor prosa, lo demás me sobraba. Pero estaba visto que aquella tarde no había de leer más. Lo que fuera que chistaba lo hacía ya con impertinencia, y bien se me alcanzaba que por mucho que lo ignorase no me iba a dejar tranquilo. Me levanté hecho un basilisco y me dirigí hacia el lugar de donde provenía el escape con una tea en la mano y encomendándome a Torquemada. Tras un recodo de La Caverna, agazapado y algo temeroso, vi una figura bastante zarrapastrosa y contrahecha, que más que miedo daba risa, aunque pena hubiera debido darme de no haber estado yo de un humor de perros.
-No se me enfade, buen Misandro, y no tome a mal que lo moleste. Bien sé que luego me lo agradecerá.
A estas alturas, que ese extraño ser se apareciera de aquella manera y supiera mi nombre no era cosa que me asustara ni me extrañara. Ya estaba hecho a ver de todo desde que me retirara a mi gruta para no ver de nada. Con cierta curiosidad, pues los defectos no puede uno reprimirlos por más que quiera, acerqué el fuego a aquel geniecillo, el cual se había incorporado al ver que mi gesto se destorcía. No sabría decir si era un duende o un demonuelo, o un poco de los dos, el pequeño engendro que tenía ante mí, pues de lo segundo tenía lo feo y de lo primero lo pícaro de la mirada. Parecía bastante viejo.
-Si se ha cansado de mirar, señor mío, le agradecería que retirase la antorcha, que ya sólo me faltaba que me chamuscaran -dijo con socarrona resignación.
Y, a decir verdad, por el aspecto que traía daba la impresión de que le habían dado mala vida últimamente, ya que tenía lo poco que le quedaba de pelo muy revuelto (que a su lado Punset pareciera Sansón) y la ropa hecha trizas de tal modo que en algunos puntos había tan pocos que espantóme lo que se veía. Más calmado, y con la compasión en pugna con la curiosidad, retiré la tea con la que alumbraba su pintoresca estampa y le invité a acercarse al fuego. En los pocos pasos que nos separaban de mi refugio libresco vi cómo el duende cojeaba levemente, a lo que me dijo al darse cuenta de mis miradas que andaba mal de una pierna y que muchos pesares tenía de ello, por más que la mayoría de los que cojean de algo sacan de lo mismo provecho. También me dijo que acostumbraba a gastar bastón, pero que lo había empleado de compas en demasía para medir espaldas y que en las últimas donde se entregó a la geometría allí se quedó, que bastante tuvo que huir con sólo el cayado roto. Y aunque estaba sin cayado, lo de callado no se le contagió y bien que me dio la murga con la narración de sus desventuras. Viendo que aquello se prolongaba, me vi en la obligación de interrumpir a Incordio, que así dio en llamarse, aunque me refirió que muchos otros nombres usaba y otros tantos peores habían usado con él los más.
-¿Y a qué se debe el honor de su visita?
-Se lo diré en dos palabras -dijo algo amostazado por la interrupción y la zumba empleada-. No es menester que entre en detalles sobre mi naturaleza ni la de mis negocios. Hace tiempo que me llamó la atención esta caverna, sus curiosos moradores y los delirios que han ido dejando caer. En un mundo tan pagado de sí mismo, es poco común encontrar a quienes no quieren de él ni las vueltas y prefieren la oscuridad reveladora a las luces que obnubilan; a quienes huyen del sol para acogerse a las soledades. Y si no me presenté antes, cuando el ahora espectro era el único que pisaba estas penumbras, fue porque mis muchas fatigas me impidieron hacer la visita. Ahora que puedo, he venido a presentarle mis respetos y a proponerle algo. Es usted joven, si bien no un pimpollo. Y aunque se crea que ha visto mucho, es mucho más lo que le falta por ver. Por ello, y porque le estimo, le invito a que me acompañe a un lugar que estoy seguro encontrará de sumo interés.
-¿Cuál? -dije- no muy entusiasmado por dejar mi Caverna.
-Tiene tantos nombres -replicó gravemente el hombrecillo- que mejor no darle ninguno. Y alejé de si esas dudas. Sé que es usted curiosón, como todos aquellos que husmean en los entresijos del alma humana, y le voy a ofrecer mucho y bueno para rascarse la picazón.
Me molestaba un tanto que aquel ser tuviera razón. A decir verdad, por su estampa, sus modos, su forma de hablar, y, sobre todo, porque sabe más el diablo por viejo que por diablo, me decidí a acompañarlo con la esperanza de que mereciera la pena. Pero un último escrúpulo me quedaba.
-Mire, don Incordio: no es que guarde cosas de valor en mi Caverna, al menos de ese valor que hoy día la gente aprecia. Y tampoco acostumbro a tener muchas visitas, pero no quisiera alejarme demasiado, que el Diablo no para y basta que me aleje un momento para que aparezca alguien y haga de lo mío algo público, esto es, digno de ser robado.
-Pierda cuidado, amigo Misandro. Fuera nos espera alguien que se quedará a cuidar de su caverna.
Intrigado, salimos de mi antro. Allí nos esperaba otra figura que podía rivalizar con el duende en singularidad, y en cochambre. Era una mujer, la cual si antaño debía de haber sido bella, estaba ahora hecha unos zorros, aunque el singular femenino también le cuadraba, pues el duende me había susurrado que aquella pobre había andado de mano en mano más sobada y gastada que una subvención. Llevaba los restos de una túnica hecha jirones, sobre la que se derramaba la cabellera, hecha madejas, haciendo de cortina de unas carnes algo secas y magulladas. Me sorprendió que aquella pobre mujer llevara sobre los ojos lo que parecían trozos de venda.
-Amigo Incordio, mal empezamos si me pone de guardiana a quien apenas puede ver a través de ese lienzo estropajoso.
-No se apure. Aunque lleve una venda, o lo que quede después de los tirones que le han dado tantos para que viese sólo a unos pocos, lo ve todo. No pasa por sus mejores momentos. Debería haberla visto en sus buenos días, y no a las buenas noches, con aquella lozanía y belleza, aquel esplendor y las más hermosas galas que puedan adornar una figura femenina. Hoy, de tan maltratada y arrastrada, sólo es una sombra de lo que fue. Hasta la rueda que acostumbraba a llevar le han robado. Y tuvo que empeñar la cornucopia, que de tanto rodar todos los alcaldes y municipales del mundo se echaron sobre ella a la menor ocasión y la han pelado más que a la ídem, su íntima amiga.
-¡Qué cosas!
Y dejando a la Fortuna mi cueva, y mucho me temía que era la mala fortuna, nos pusimos mi nuevo amigo y yo a andar.
-Queda muy lejos el sitio al que vamos -pregunté.
-Está muy cerca, demasiado. Pero las distancias, así como el tiempo, no han de importarnos.
Y tras decir estas palabras, disparó otras con voces destempladas en extraña jerga y acompañadas de tales movimientos que casi fenezco del susto. Y no fue menos el que me di cuando por arte de birlibirloque nos elevamos del suelo y comenzamos a surcar los aires.





NEC TIMEAS NEC POTES





Descubrir entre las sombras;
ver luz en la oscuridad...
¿Acaso de esto te asombras?
Más asombra la verdad.




















jueves, 31 de agosto de 2017

SONETO A JORGITO VERBORREO, TAMBIÉN CONOCIDO COMO EL PAPANATAS PACO G.





Mala es la testa que oculta la tiara;
es báculo mendaz el que la silla
sacra del viejo pescador mancilla,
que está pasando por el aro el ara.

Tanta iniquidad nadie imaginara,
pues padre no es quien a la Madre humilla,
ni pastor el sayón que hace papilla
a su rebaño, ya en trance de piara.

No a los sátrapas, ni al becerro de oro,
es al Rey a quien has de rendir culto.
Tu máscara afable, aun haciendo el coro

los siniestros, ¡ay!, sospechoso bulto,
no me engaña, pues lo que eres no ignoro:
tras la casulla hay un mandil oculto. 



Pirámide y ruinas en Roma... No me gusta, no me gusta...