domingo, 19 de junio de 2016

LA TRAGICOMEDIA DELL´ARTE... O EL ARTE DE LA TRAGICOMEDIA




La compañía de teatro “Frente Popular” se complace en presentar la charada

"La piel de toro a remojo"

HABRÁ CHISTES, GOLPES, CAÍDAS (Y GORDAS); ENREDOS, ENGAÑOS, BURLAS Y MASCARADAS; AMORES Y DESAMORES. NADA ES LO QUE PARECE Y TODO PARECE LO QUE ES. Con un final sorprendente, para quien se deje sorprender. No dejen de verlo todo, por más que pocos lo ven, aunque verlo será perderse.
Ya a la venta sin remedio los abonos, y abono no va a faltar. Caro han de pagarlo.


pasen y vean... 


Escrita está ya esta farsa:
Pedro y Pablo, Pimpinela*,
y Albertito de comparsa.
MIENTRAS SIGA España lela…


vaya cortes** nos esperan
con la trinca fraternal:
si los buenos no se esmeran
esto va a acabar fatal.


Caerá un rojo telón
y aquí nadie se rebela.
No veo otra solución
que a San Judas poner vela.


"La ComMedia È FInita"…
 …“LA Tragedia ha COMINCIATO”

  



   * Los de “Pimpinela”, aunque fingían que se peleaban (y lo que se decían) son hermanos. Las dos “Pes” también son “hermanos”.

   ** Lo de cortes, también Cortes, da igual en mayúscula que en minúscula. Al final, corridos nos han de sangrar los parlamentarios.





Aquí vemos a Riverrot en el papel de inocente mientras Alpedrín y Coletina hacen de las suyas. Bonitas pirámides la de sus rombos. Detrás, Iberia, pasmada como siempre, parece en trance… en trance de ser sometida.





domingo, 12 de junio de 2016

EL FINAL




LA HISTORIA NO SE REPITE SIEMPRE.
 
EN ESTE CASO, DESDE LUEGO QUE NO.
 
TIEMPOS TENEBROSOS...
 
SÓLO NOS QUEDAN LAS PENUMBRAS.
 
 
 
 
 
 








sábado, 11 de junio de 2016

A ZORRITA M...


      Imagino que los pocos, pero buenos, que se acercan con frecuencia a estas penumbras mías recordarán que ha poco dediqué unas letras a mi buen amigo el Conde de C… y a ciertas inclinaciones suyas. Y aunque quisiera olvidarlo, creo que también cayó un anselmiano soneto de esos picarones y con su punto sicalíptico.
     Pues hete aquí que departiendo apaciblemente el otro día con el susodicho Conde me participó, y creo que ya adelanté algo, que su apasionado y juvenil corazón, por no hablar de otro órgano, había mudado de gusto y que el objeto de su arrebato era otra manceba, si bien de la misma cuerda. Su nueva diana, y no lo digo por lo casta, es una pavisosa de aspecto aniñado, voz aflautada y melosona, y con pinta de no haber roto en su vida un plato, aunque luego se cargue la vajilla entera. Ocioso dar nombres, que me da en la nariz que sus correligionarios tocan moqueta de la gorda en junio y las paredes oyen, incluso las de las cavernas. De todos, modos, de perdidos al río, pues tengo para mí que el nuevo gobierno, tan cercano y abnegado en su querencia por el pueblo, se va a encargar de que muchos acalorados pasemos a partir de este tórrido verano que se avecina una larga temporada a la sombra. Y todo a cargo del erario público. Qué almas tan nobles. Ya les veo ampliando la oferta de hospedaje estatal con una nueva cadena, algo así como un Holiday Cheka Inn, que ríase usted de los Paradores Nacionales.
     Volviendo al tercio que nos ocupa, debo decir que, al igual que me sucedía con la ex acoletada, esta criatura a mi no me dice ni fu ni fa, claro que al lado de su jefa parece la misma Helena. Aun así, una cosa hay que concederle de bueno: en estos tiempos en los que los políticos son pura doblez y se ocultan bajo más capas que una cebolla, y hacen llorar lo mismo, da gusto que una del gremio se desnude en público y se nos muestre a pecho descubierto, aunque sea menudo. Lástima que no sea en sentido figurado.
     Lo que sí que hay que afearla a la dulce hipocritona es que el momento y el lugar elegido para su despelote no fuera el más indicado. Que lo haya hecho en otras ocasiones para medrar, pase; que le guste más lucirse como Dios, o el demonio, la trajo al mundo que a la misma Venus, lo concedo: vanidad femenil; que le guste desasirse de sus, seguro, carísimas prendas porque es amiga de retozarse con frecuencia, hasta lo celebro, y más si mi amigo se aprovecha de ello. Pero eso de presentarse desnuda donde sólo se desnuda el alma y se impone el más absoluto recato, ni hablar. Me da que esos calores suyos y los consiguientes despelotes le van a venir bien como prácticas para futuros y eternos chicharrones por allí abajo.
     Sea por este despechugue, sea por su envoltura ingenua, o por esa bermejafilia suya tan deliciosa, el caso es que al Conde le hace tilín, por no decir tolón, que me da la cosa es más de badajo que de campanillas en el corazón y menesteres sentimentales de esos. Pues gócela usted, amigo mío, gócela. Y si, de paso, goza también de estas rimillas mías que pongo en su boca, miel sobre hojuelas.    


Cuán albo seno, palomita mía,
tienes, manzanas de la tentación.
Que eres roja, tal cosa es mi pasión;
muy golfa… me enardece tu osadía.
 
Perdono lo de guarra y lo de impía
-mi deseo será mi perdición-
y que sea tan célebre visión
tetamen que con gusto probaría.
 
Por más que aires te des de señorita
pija, eres el pendón del mal ejemplo,
que ofender a la Cruz bien que te excita.

Si tu blasfemia con horror contemplo,
verás, más dura cuanto más se irrita,
con qué placer profanaré tu templo.





Esto de que el rojerío femenino se despelote no es nuevo, según se ve. Luego vienen las enfermedades...











martes, 7 de junio de 2016

SONETO A LA ALMORRANA


   Si es que no puede uno ausentarse: me marcho unos días a la ciudad a solventar ciertos asuntos y a la vuelta me encuentro esto garabateado en una de las paredes de La Caverna. No sé quién habrá podido ser el autor de tan cochambrosos versos, pero lo malicio. Y el caso es que me suenan...
   A ver si pesco a don Anselmo entre borrachera y borrachera y le pido una explicación. De momento, he cerrado a cal y canto la bodega, que luego pasa lo que pasa. En el ínterin, y mientras consigo borrar el soneto de marras, que estoy frotando y no se va, pueden ustedes leerlo. Absténganse maricas locas, y sé por quien lo digo, y adalides de la bobada esa de lo políticamente correcto. Espero al publicarlo no poner el dedo en la llaga (Dios me libre) ni traer a la memoria amargos momentos. Confío en que no siente mal lo que tan mal se sienta.   



Salve, ¡oh!, la tan afrentada almorrana;
ante viento y marea siempre en brete,
es en la orografía del ojete
de rectal y recta honra la guardiana.

¿A qué obedece esta aversión malsana?
Perdonarla podría en un jinete,
y entiendo resquemores de retrete,
mas la tengo por carga muy liviana,

que intactas certifican la decencia
y estorban las miserias bujarronas.
Súfranlas, caballeros, con paciencia,

pues no piden lindezas ciertas zonas.
Las lleva el maricón de penitencia,
amén de lastimadas anfitrionas.








miércoles, 1 de junio de 2016

LOS AMORES DEL CONDE


     Me honro de poseer pocas amistades, pero muy buenas. Y entre ellas distingo con especial afecto la que profeso al Conde de C..., persona singularísima y excepcional al que tengo la suerte de tratar desde hace muchos años. Es uno de esos hombres de antaño, de los que se visten por los pies y saben dónde tienen su mano derecha. Vamos, oro puro en estos tiempos de bisutería.
     No obstante, mi buen amigo el Conde tiene, cómo decirlo, ciertas debilidades. Futesas, en verdad. Cierto tiempo atrás, en uno de los viajes que suele hacer a China por negocios, que aunque lleve título no es un vago, le perdí la pista y dejé de tener noticias de él. Cómo ya conozco el percal, supuse que algo turbio pasaba, con lo cual mande de inmediato a un hombre de Pinkerton a que diera con su rastro. Al poco recibí noticias, poco alentadoras, por cierto. Puse, pues, rumbo a la lejana Catay con ánimo de rescatar a mi amigo. Y digo bien, pues había caído en las garras de Madame Liu, un personaje siniestro de los bajos fondos de Hong Kong a la que adeudaba una cantidad notable. Tras avatares diversos pude entrevistarme con la susodicha en el infame burdel que regenta. Por fortuna, entró en razón cuando vio varios jugosos fajos de libras esterlinas cayendo sobre su mesa.
     Arregladas las cuentas, sólo quedaba echarle el guante a mi amigo y volver a casa. Lo encontré una noche en unos de los peores tugurios de la ciudad: un fumadero cerca del puerto que hacía parecer al Averno como si fuera el Excelsior. Estaba el Conde en un estado deplorable. Por fortuna, su naturaleza hercúlea permitía concebir esperanzas de una pronta recuperación tras una existencia tormentosa, azotada por la ginebra, el opio y un desaforado ardor sexual.
     Tras los consabidos trámites burocráticos, conseguí los necesarios permisos para fletar una embarcación, que nos permitió volver a Europa tras una apacible travesía. Atracamos, al fin, en Dubrovnik, donde cierta amistad nos facilitó su palacio para recuperarnos del viaje. Dos días después, partíamos a Praga, desde la cual nos dirigimos a Karlovy Vary. Una vez allí, aposenté al Conde en mi suite habitual del Grandhotel Pupp con estrictas órdenes de que se le sometiese a un severo tratamiento para recuperarlo. Y allí quedó mi buen amigo. La última estampa antes de volver a España partía el alma: enjuto y demacrado, en extremo delgado, yacía en su butaca, con su batín y su manta de cuadros, con mirada de acabamiento y gesto de total colapso nervioso, en manos de una enfermera muy diligente, a la par que cariñosa, que le suministraba un caldito de ave.
Qué tiempos aquellos...
     Al cabo de un mes, recibí aviso del director de la milagrosa recuperación del Conde. Tras tan grata nueva, aceleré la resolución de ciertos asuntos y me planté en la hermosa ciudad de los balnearios. Y cuando le vi, en verdad que tuve lo de milagroso por adjetivo cierto y nada exagerado. Volvía a ser el caballero de prestancia y señorío de siempre, irradiando salud y simpatía. Al amor de un Dry Martini al estilo de la Royal Navy, esto es, ginebra a palo seco con una aceituna, se dejaba cuidar por tres bellísimas enfermeras que tenían un peculiar concepto del término “severo”. Apenas verme, aquello fue un darse los brazos, apretones de manos, parabienes y agradecimientos. Nos sentamos en la terraza y me puso al corriente de su “vuelta al mundo de los vivos” mientras enviábamos al de los difuntos a una botella de brandy y a sendos “Habanos”. No cabía duda: el Conde estaba curado.
    Al día siguiente abandonábamos el Hotel, para tristeza del director y de las tres enfermeras. Arreglé las cuentas, que eran de aupa, y nos fuimos. Mas que importa el vil metal, pues por un amigo se da hasta el cielo. ¿Acaso el Conde, tiempo atrás, puso reparos al tremendo sablazo que le di cuando me halló de casualidad en Londres hecho unos zorros? Al otro barrio hay que llevarse la bolsa vacía y buenos amigos para la eternidad.
     Y a santo de qué viene todo esto. En verdad, a santo de nada: me apetecía contarlo y punto. Bueno, sí que hay una razón. Hace poco el Conde y yo rememorábamos esta aventurilla entre risas y añoranzas, pipa en labio y licor en hígado. Y de estas cosillas pasamos a otras, que ya puede suponer el lector de qué cariz eran, siendo hombres. En resumidas cuentas, y sin ánimo de entrar en detalles, la cosa acabó con una sorprendente confesión de mi amigo: anda encaprichado de cierta moza, a la cual con gusto demostraría sus dotes de excepcional amante. La cosa no tendría nada de particular de no ser porque la manceba en cuestión es una celebre politicastra comunista que responde al nombre de Tania. Excuso decir el apellido, de sobra conocido.
     Y cómo es que el Conde ha dado en tal ocurrencia, siendo él decente y como Dios manda, esto es, católico, de derechas y del Real Madrid. Mi amigo es de esos seres gloriosos a los que la chusma llama “fascista” con frecuencia, y a gala lo tiene, que hoy día no hay mayor timbre de gloria para el hombre de bien que recibir tal epíteto de continuo. Debo decir que no acierto a comprender tal morbosa inclinación, pues la moza no es nada del otro jueves. Y los pocos encantos que tiene, si alguno hay, se diluyen en cuanto abre su roja boca. Aún así, es la debilidad de mi amigo. Quizás una fiera coyunda mientras ella levanta el puño izquierdo, una cabalgada salvaje al son de La Internacional o el mero hecho de tomar a semejante “pájara” sólo por el hecho de serlo haya propiciado tan excéntrico gusto. Sea como fuere, los amigos hemos de ser comprensivos, y si el Conde ha dado en tal manía, a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga. Y si cae la breva, con su pan se la coma. Y para postre, que se fume a la Rita, que le ha cogido el gusto a esto de que le hagan tilín las rojas y ya anda la despelotada haciendo sombra a Tania, según confesó el Conde al tercer latigazo que nos sacudimos.  
     El caso es que, al rato de haber comenzado nuestra charla, apareció para terror de mi bodega y oídos don Anselmo, poeta de cabecera de estos lares cavernarios de un tiempo a esta parte. Le presenté al Conde, hicieron buenas migas y le pusimos al corriente de las fantasías político-fornicarias de éste. Y hete aquí que mi buen amigo dio en desear un soneto dedicado a su Musa erótica, mas como él, a fuer de hombre de bien que no anda con versos ni indecencias tales de perdidos, no quería tomar la pluma, lanzó el guante. Poco tardó en lanzarse para recogerlo don Anselmo, bien porque se apunta a un bombardeo cuando se trata de sonetear, bien porque le venía a mano al haberse caído al suelo de puro borracho. Al día siguiente recibía un servidor estos catorces versos en los que el cachondo Mochales habla por boca del Conde. ¿Quieren leerlos? Allá ustedes.   


 
¡Ay de mí!, que ando mal enamorado,
pues Cupido me tiene turulato:
ha sido el saetazo, mas yo acato,
para mi mal bermejo y no dorado.


Por Tania me fenezco, y quiera el hado
caprichoso se sacie mi arrebato.
Por ella muérome, por ella mato:
tanto rijo me tiene muy tocado.


¡He de gozarte, sí, por vida mía!,
aun siendo podemita y mamarracha;
mi deseo ha vencido en la porfía.


Cual mi razón, amor, la testa agacha.
Cede y verás que tras coleta impía
a gloria te sabrá una pija “facha”.






¡Ay, qué cabroncete!