sábado, 30 de abril de 2016

DE LOS ABISMOS DEL DOLOR A LAS CUMBRES DEL PLACER. REFLEXIONES ESCATOLÓGICAS DE UN HASTIADO

   
    Estaba el otro día dando un paseo por los alrededores de mi Caverna cuando di en la necedad de pensar en las miserias de la patria, y digo necedad porque a estas alturas y con lo que ha caído meterse en esos berenjenales cerebrales ha dejado de ser patriotismo. Y que me entienda quien quiera o quien pueda, que no será mi pluma ya la que se pringue. Lo curioso del caso, y ahí es a donde voy, es que por una curiosa asociación de ideas fui de la política nacional a ciertas reflexiones de carácter, cómo decirlo, coprológico. Sí, amigos míos, tal vez se deba a que uno es muy español y quevediano, pero en menos de lo que se tarda en decir “panda de hideputas” pasé de concebir los más fabulosos arbitrios para acabar con la calamitosa situación de España, de las más sesudas reflexiones sobre la ciencia relativa a las cosas de la res pública, a meditar en torno a esos dramáticos episodios en los que las tripas son sacudidas por pavorosas tormentas: vamos, lo que vulgarmente se conoce como un “apretón” de no te menees. Y no se me escapa que no es muy elegante escribir sobre estas cosas tan poco decorosas y privadas, pero como uno se pirra por lo original y gusta de darse sus garbeos por los tugurios del Parnaso, aquí me tienen enfangando el cacumen. Además, quien más o quien menos, todos hemos pasado por este amargo brete, incluso la sufrida hueste de los estreñidos irredentos. Y lo que se quejan. Mas nadie que haya pasado por lo que voy a narrar se apiadará de ellos. Antes les tendrá envidia.
     Es el caso que, de vez en cuando y en el momento más inoportuno, acometen con brío ciertas necesidades físicas de imperioso cumplimiento. Que cada cual ponga su “dónde” y su “cómo”. Y doy por sentado que es ésta una de las muchas maneras que tiene el Maligno de fastidiarnos, ya que tales ataques, insisto, se prodigan cuando más pueden perdernos. No crean que sucede en los instantes en los que se está plácidamente sentado en una butaca, libro en mano, y a sólo un par de ventosidades de distancia del aseo. No. Es en medio de una conferencia, en lo más interesante del tercer acto de una obra; en medio de una clase, etc… Es ahí, sin duda, cuando el apuro es más peliagudo.
     Recuerdo que cierto día, en mi años mozos, camino de la Universidad, sentí el frenético galopar de…, ya me entienden, como si una horda de hunos cargase por mis entresijos. Me hallaba a mitad de camino y qué hacer. Cruel duda; ni Hamlet: o me vuelvo a la comodidad de mi retrete o sigo y hago en la Facultad lo que mejor se podía hacer en ella: ciscarse en la misma. Al final decidí seguir adelante como los valientes y que fuese lo que Dios quisiera. Qué padecimientos. Por momentos sufría de tal modo que los más espantosos pensamientos se me cruzaban por la cabeza, desde desear una daga que pusiera fin a tanto pesar a la descabellada ocurrencia de abrir la ventana del autobús y… Qué locuras nos hace concebir la desesperación.
      Lo peor de todo es que en estas tragedias siempre aparece un actor secundario que viene a aumentar los pesares: el amigo pesado que turba nuestra lucha. Porque uno a solas, entre sudores helados y escalofríos, más o menos capea el temporal: ahora me inclino, ahora me retuerzo, esta postura parece que alivia... Y qué placer dan esos momentos de tregua en los que la cosa amaina y cesan los dolores. Pero con el pelmazo de turno hay que disimular y hacer como que le escuchamos tan ricamente, pues da reparo confesarse.
     -Hombre Diógenes, cuánto tiempo sin verte -te dice muy efusivo. Y se piensa entre maldiciones: “pues por un día más no hubiera pasado nada, desgraciado”.
     Y empieza a soltarte la murga. Y vuelve el ataque de los hunos. Y no queda más remedio que poner buena cara, aunque nos posean deseos homicidas. En esos momentos no te cagas en su padre por no recordar ciertas cosas y porque de la ira puede hacerse literal el denuesto, que, ya sea sólido o gaseoso, quizás algo caiga. Menuda vergüenza. Continúa la chácara. “Por favor, que se baje pronto, que como esto siga así tengo que hacer parada y fonda en un bar y a ver cómo le explico…” Y hablando de paradas salvadoras: viene al caso citar que un buen amigo sufrió una situación similar en el mismo trayecto y tuvo que bajarse en una parada que caía frente a un Hospital. Por una vez salió sin queja un paciente. Desde entonces, mi amigo cada vez que pasaba por el lugar hacía una reverencia en homenaje de eterna gratitud a esa santa casa.
     Yo no caí en la cuenta, ni el plomo me dejó. Y de plomo ya empezaba a parecer otra cosa. Mas Dios existe y no desampara a los suyos. Mi conocido se apeó, y no hago comentarios sobre el vocablo, al rato. "Paz lleves como paz dejas", me dije.
     -Hasta otra, Diógenes. Ha sido un placer verte.
    “El placer es tuyo chato: hasta nunca”, pensé. Pero, claro, uno ha de morderse la lengua y responder con educación. A fin de cuentas, qué sabía el pobre.
    Después de varios transbordos, demoras impertinentes, sufrimientos sin par y demás avatares que podrán suponer, llegué a buen puerto. “¡Tierra!”, grité para mis adentros, como un nuevo Rodrigo de Triana al ver mi destino. Y como el náufrago que arriba a una isla o el errabundo que vaga por el desierto y llega a un oasis, al fin pude… ya saben. Dicha infinita. Y, todo sea dicho, la de geniales ideas y estupendas cábalas que le vienen uno al magín a la par que, tras pesares sin cuento, otras cosas salen.
     ¿Verdad que lo que les digo le suena? Y qué me dicen de cuando la batalla se da de vuelta a casa. Tras la pesadilla arriba descrita, llega uno al portal de su morada. ¡Dioses del Averno!, precisamente tal día como ése tenía que olvidarse uno de la llave. Entonces se elevan las manos al cielo y se entonan las más fervorosas plegarias. “Por favor, que haya alguien”, clama una voz interior. Por fortuna, a esas horas siempre lo hay. Se llama al timbre del telefonillo: nadie contesta. Y no importa que sean familiares: maldices la cachaza de la sangre de tu sangre.
     -¿Quién es? -se oye.
     -Yo - se responde con los acentos de la más viva desolación.
     -¿Quién?.. -repite la voz, tan terca como desconfiada, del que, por diabólico ensalmo, no nos reconoce.
     Entonces nacen deseos de replicar de un modo tal que podría provocarse un cisma familiar, pero en el banco de enfrente se sientan las cotillas del barrio y no conviene dar pábulo a su comadreo. Pero se jura que ya habrá ajuste de cuentas con el del “quién”.
     La puerta se abre. Qué hermoso nos parece el sonido que se ha producido al apretar el botón arriba, si de ordinario lo tenemos por un mecánico chirrido vil. Raudos como el rayo pasamos al zaguán. Qué desgracia vivir en un séptimo. Y el ascensor es más lento que el caballo del malo. No baja, no baja. Aprietan las huestes enemigas; la fuerza de la gravedad es inexorable; el dolor, inhumano; el esfínter, un nuevo Hércules ante su más peliagudo trabajo. Sigue sin bajar el ascensor. Se oyen voces en el descansillo. “Serán… Cuando bajen se van a enterar. Bueno, se la guardo para otro día que ahora… ¡Malnacidos!” Y vuelven, como quimeras que portan absurdas esperanzas, las ideas descabelladas: “pues a subir por las escaleras, no importa el esfuerzo”, habla la desesperación. “Ahora que lo pienso, el macetero del descansillo del cuarto… y con lo mal que me caen los que allí viven… ¡Oh, sublime vergel!”, habla la locura.
     Por fin llega el ascensor. Salen un par de vecinos. Mirada fulminadora. Dos nuevos candidatos para mi lista negra. Más no es momento de desagravios. Se sube uno en la nave de la esperanza. El primer piso… el segundo… el tercero… Maldito ascensor digno de Afganistán… ¡Ah, ya hemos llegado! El séptimo piso… el séptimo cielo. A correr. Se llama al timbre como si a uno lo persiguiera Montoro en un día malo. Y ganas dan de aporrear la puerta como un Pedro Picapiedra cualquiera. ¡No!, continencia y saber estar, que ya está cerca la meta. La puerta se abre. Empujón y un “hola” vertiginoso. A la Meca, al Dorado, al Santo Grial… Curiosa la naturaleza humana que, tras tanto padecer, ya tan cerca de la salvación, y cuando las punzadas parecen vizcaínas, aún se recrea con el dolor vencido y prolonga la agonía buscando algo que leer, pues es inexcusable llevarse algo que leer, que ya me sé de memoria los ingredientes del champú anticaspa. Lo que sea… El Marca… bienvenido, que es acorde con lo que va a salir. Y al fin se entra en el sancta sanctorum… se acerca uno al trono. Parece que suenan los acordes de la Marcha de Pompa y Circunstancia de Elgar… ¡Victoria! Placer inaudito. Y se dedica la faena a la Pérfida Albión.
     Si aún les queda paciencia y escrúpulos, queridos míos, déjenme terminar con un recuerdo “pintoresco”. Ya que hemos traído a estas páginas de dudoso gusto a la Gran Bretaña, permitan que les refiera con brevedad cierto episodio acaecido en la Francia, que también nuestros puñeteros vecinos se merecen un lugar de honor en las mismas, por no decir miasmas. Es el caso que en una de las veces que he dado con mis huesos en la bella París, no sé si de la emoción, el agua o vaya usted a saber, caí en uno de los trances descritos. Qué momento, qué momento. 
   Así pues, lejos de mi hotel, y por no tener problemas con la gendarmería si me hallaban abonando algún hermoso jardín de Lutecia, me puse a buscar como un loco un bar, cafetería, bistró o lo que fuera. Aquello no es España y costó hallarlo. Finalmente, no muy lejos de Los Inválidos, y yo ya caminaba como uno, entré en un local que parecía adecuado para mis malévolos fines. Como mi francés es deplorable, casi tanto como la caridad gala, pedí algo para evitar escenas. Busqué en la carta cualquier cosa baratita para salir del paso… ¡Ah!, un café noir, negro como mi suerte. Y qué clavada por un dedal de infecto mejunje, pese a ser lo menos caro. Mas en breve tendría ocasión de tomar cumplido desquite. Mientras el garçon me preparaba el brebaje indigno de su nombre, le pregunté por los aseos. En mala hora me respondió. Con la galanura de un caballero español, flemático y de andares señoriales, aunque me iba por las patas abajo, acudí al toilette, por decir algo, pues ese cochambroso cubil merecía muchos nombres, pero no ése. Imaginen ustedes un cuchitril sin luz en el que un agujero en el suelo, si, cómo oyen, hace las veces de retrete. Nefasta costumbre extranjera. Menos mal que había un asa de plástico en la pared a la que agarrarse. Menuda estampa. Entre los nervios, la oscuridad, la dificultad de la maniobra y los estragos de los dolores pasados confío en que entienda que mi puntería no estuvo a la altura de las circunstancias. ¡Oh, la, la! Aquello quedó para no contado. Había vengado en un momento el 2 de mayo. Salí muy ligero, y nunca mejor dicho, apuré de un trago mi café y me fui a escape, no fuese que al gabacho le diera por mirar y le entrase la vena mameluca. Al igual que don Juan Tenorio, deje “memoria amarga de mí”.
    Y ahora, queridos amigos, aunque me gustaría compartir con ustedes unas reflexiones diversas sobre graves cuestiones que me han venido a las mientes, y son punto más que interesantes, les ruego que me disculpen y me den licencia para dejarles. De tanto hablar de estas cosas estoy sintiendo un runrún de padre y muy señor mío. Ya me entienden…   








SEGUNDO PRÓLOGO


Segundo prólogo

Del editor de la novela


      Cuando terminé de leer la novela que ahora se disponen a leer ustedes sentí la amargura de pensar cómo aún hay gente que puede escribir esto. No entraré en la rocambolesca historia de su descubrimiento. Imagino que ya estarán hartos de ello. No son ésas cuestiones que deban distraernos a los que amamos las letras. A mí sólo me interesan los valores puramente literarios y conceptuales. Y en base a los mismos, creí firmemente que la obra no era publicable. Ni por lo que se dice en ella ni por cómo se dice consideraba yo prudente darla a conocer. Podría pasar su estilo kitsch, tan caduco y desfasado. Incluso sería posible dejar de lado su afectado barroquismo y su excesiva deuda con la novelística más conservadora del XIX, en clave de revival de pretendida y no conseguida originalidad. Que sea un pastiche de estilos pretéritos ya superados no debe escandalizarnos. A estas alturas, en pleno siglo XXI, no tenemos por qué asustarnos por tan poca cosa.
      Otra cuestión muy diferente es el tono ofensivo que demuestra el autor, sea quien fuere, y que delata su talante el hecho de no mostrarse. En el fondo hace bien al ocultarse a nuestro desprecio. Pero no debemos precipitarnos. Conviene en estos días no volver a cometer errores que se sumergen en la noche de los tiempos y que ya parecen sólo una inercia de tiempos pasados. Por eso, en un ejercicio de tolerancia, he creído conveniente que esta novela salga a la luz. Que en ella se cuestiona, cuando no se hace abierta burla, a grandes plumas de nuestros días; que se hace mofa de artistas sobresalientes que han dado brillo a la Humanidad; que hay una cínica pose de desprecio a todos lo logros contemporáneos; que el autor, que aún no ha demostrado nada, muestra una actitud “herética”, y valga la paradoja, ante logros incuestionables a la vez que se jacta de una cosmovisión, cuando menos, discutibles, por no decir perniciosa. El lector actual es lo suficientemente maduro para discernir por sí mismo y poner las cosas en su sitio. Porque no hay que engañarse: aunque la delirante fantasía de esta historia presenta una realidad deformada hasta lo grotesco, irreal y casi siempre irreconocible, no se puede obviar que la mención a personas reales a través de muy poco “decorosos” trasuntos es incuestionable. Juzgue cada cual y ponga el tiempo y el buen juicio del público a cada uno en su sitio. Es bueno aprender de los errores para no repetirlos.
      Desde un punto de vista puramente literario, es evidente que el autor adolece de una falta de técnica importante, impropia de un escritor. Sin dudar de su bagaje cultural, aunque muy desequilibrado y algo hinchado por cierta afectación que la hace parecer mayor de lo que, seguramente, es, la preparación para tan arduo oficio es dudosa. La novela, aun con su dicotomía de esferas o realidades en las que se mueven los personajes, es bastante plana. Pretende una yuxtaposición de planos con el eterno conflicto yo/universo, pero lo hace desde una militancia católica que raya en lo fanático. El maniqueísmo es total.
      En cuanto a la estructura, cae en la rutina, pues apenas hay imbricación entre unas escenas y otras, aún atadas al caduco plan tradicional de presentación, nudo y desenlace. No se juega con la multiplicidad espacio-temporal ni se arriesga en una concepción anti-lineal, uno de los grandes logros de la narrativa contemporánea, que no aprecia, porque no entiende, sospecho, el autor. La aparente complejidad de algunos pasajes, con un oscuro simbolismo que nace de un lenguaje, en todos los niveles, desfasado, no disimula la inconsistencia de la novela. No por aparentar dificultad una novela ha de ser rica, compleja. Acertaba de pleno Eugeni d’Ors al afirmar: “Entre dos explicaciones, elige la más clara; entre dos formas, la más elemental; entre dos expresiones, la más breve”. Y nuestro autor siempre elige lo no-elemental como forma de sublimación de sus intenciones, muy poco aconsejables, y lo más rebuscado, como tapadera a una mediocridad al servicio de fines dudosos. Es la inmoralidad de la moralidad tradicional, pues en el fondo, esta novela es sólo el zarpazo de la tradición, de lo retrogrado, ante los avances que, por fortuna, gozamos todos. En verdad, se trata de luces y tinieblas, pero el autor las confunde, tanto a nivel literario como filosófico. Pretende parodiar, pero su burda ironía sólo queda en parodia de sí mismo, ya que, curiosa ironía, parodiando acierta.
      Pero dejaré que sea el lector quien, bien encaminado por estas someras pistas, descubra con total libertad el ruido de las cadenas que se escuchan de fondo tras una prosa tan “florida” y algo arcaica, como el sentido que las empuja, tan similares al ruido de las campanas a lo lejos.


En Barcelona a 11 de marzo de 20..

              


                         

martes, 26 de abril de 2016

SONETO AL CAFÉ CON ESTRAMBOTE PARA MOJAR.



   Sólo tú, elixir de la vida, podías sacarme de este letargo... Bueno... casi sacarme...



Sublime néctar, ¡oh! licor divino,
que en nada ha de envidiar a la ambrosía.
Le rindo agradecido pleitesía,
ya sea express, con leche o cappuccino.
 
Siempre benéfico, jamás dañino,
acaricia cual fluida poesía;
deleita el sabor, su aroma extasía
y el ánimo levanta al más mohino. 

 Su cálido alïento el frío aleja
y su amargor la sed ardiente enfría;
es amigo fiel, sabio que despeja;

la pena alivia, ensalza la alegría. 
¡Benéfico brebaje ajeno a queja,
eres mi amanecer de cada día!

¿Dudáis, por vida mía?
Con gusto de lo dicho he dar fe
cuando os sirva una taza de café.

















jueves, 14 de abril de 2016

ESPINELAS ESPINOSAS




No responde ya ni el eco
en esta soledad mía.
“¿Ríes, musa, si no arpía,
por mi numen harto enteco?
¿De soberbio acaso peco
si apetezco tus abrazos?
¡Muérome por tus pedazos!”
“¿Quieres laureles, cretino?
Pues escribe con más tino,
que no estoy para pelmazos.”


Y se fue la muy petarda.
Con un palmo de narices
quedé. ¡Ay, musas meretrices!
Su mal genio poco tarda,
que del poco bien se guarda
quien se dilata en sus dones.
Quede yo sin ambiciones
y tan ricamente a solas:
del Parnaso hasta las bolas
a tocarme los …



Con esto y un bizcocho... a tocar el violón












domingo, 10 de abril de 2016

PRIMER PRÓLOGO






Primer prólogo

Escrito por el sujeto que encontró la novela y en el que se da cuenta de cómo halló la obra que se dispone a leer el amable lector


      Me llamo Cristobal Rondón. Mi nombre no importa mucho. No creo que pase a la posteridad, aunque tal vez lo haga si la novela que tiene usted entre las manos me lo concede. Yo la he encontrado y gracias a mí pueden disfrutarla, de ser el caso. Dejen que les cuente cómo pasó. Imagino que si les ha picado la curiosidad para leerla les picara también para conocer esta historia. Además, nunca he hecho nada glorioso en la vida y no creo que lo haga nunca. Espero que no me tengan a mal este pequeño instante de vanidad satisfecha.
      Es el caso que el verano pasado decidimos (bueno, lo decidió mi esposa) que las vacaciones las pasáramos en el norte, en una de esas casas rurales perdidas de la mano de Dios, en lugar de en el Levante, donde siempre las disfrutamos. Así pues, llegado el primero de agosto me vi en mitad de unos bosques espesos, con mucho verde, mucho aire puro, muchos acantilados y la perspectiva de aburrirme como una ostra. Menos mal que la cosa salía medio barata. La casa no estaba del todo mal de no ser porque era vieja a rabiar y porque asustaba un poco de lo antigua. De día tenía un pase, pero de noche parecía sacada de una película de miedo. Pero como a mi mujer y a mi hija les gustaba, a todos nos gustaba.
      Cuando el sujeto de la agencia, que nos había acompañado, se marchó, las mujeres de mi vida se lanzaron como locas a limpiar, pese a que la casa estaba muy limpia. No se fiaban. Yo me vi exento de esa tarea. Son las ventajas de ser un inútil para las cosas de la casa, además de haberse uno endilgado más de quinientos kilómetros de coche. En esta ocasión, pese a los insultos y reproches, me compensaba. No me querían cerca, pues molestaba, pero me echaban los perros. Mujeres.
      En menos de lo que canta un gallo, que uno ha hecho la mili y es todo un artista del escaqueo, me esfumé, no fuera a ser que se arrepintieran y me trincaran para arrimar el hombro. Sentí deseos de dar un paseo y ver los alrededores, pero estaba tan cansado que preferí buscar un rincón de la casa donde reposar mientras pensaba sobre qué hacer en los próximos quince días en aquel lugar. Cómo empecé a echar de menos mi playita y mi chiringuito. Además, decidí que en mi investigación no estaría de más que me hiciera con un rinconcito donde entregarme a una de mis pasiones: la lectura de tebeos. Ahora les llaman “cómics”, pero yo prefiero la palabra de mi infancia. De siempre me he pirrado por ellos, para disgusto de mi mujer, que se avergüenza de mí por ello, por lo cual debo leerlos casi a escondidas. Y mira que tiene la manía de regalarme libros, que es lo culto. Acabo yo empachado de best-sellers. Menos mal que luego en la oficina me dejo ver con ellos y ya tiene uno su familla. Pero lo que a mí me chifla son los tebeos. De hecho, llevaba yo de tapadillo en la maleta, entre mis calzoncillos, un buen surtido. Y más en el coche. De este modo, cuando las nenas se entregasen a su pasión por los culebrones de la tarde yo me pondría con la mía. Sólo faltaba buscar el nicho donde acomodarme a salvo. En seguida lo encontré.
   Por fortuna, la casa era grande. Por ello, supuse que en la tercera planta debía de haber un ático o un desván. Subí las escaleras en su busca. Aunque eran apenas las cinco de la tarde, la luz era muy escasa. Bien valió el tropezón, pues al final del último tramo llegué a una puerta. Estaba cerrada con llave. Qué chasco, aunque, por otra parte, eso podía ser una ventaja: una habitación con la puerta cerrada sonaba a cuarto polvoriento, lleno de trastos y, con un poco de suerte, alguna que otra cucaracha. Ideal para no verle el pelo ni a mi mujer ni a mi hija. A punto de girarme con la intención de llamar al agente inmobiliario para pedirle la llave se me ocurrió una idea. Delante de la puerta había un felpudo. Miré debajo y ¡bingo! Y luego dicen que ver mucha televisión es malo. Se ponía interesante el asunto, aunque no muy original. Abrí la puerta, no sin cierta dificultad dado el óxido de la cerradura. A saber qué me iba a encontrar, pensaba yo emocionado. Lo que vi no me decepcionó: la buhardilla, de esas pequeñas de techo inclinado, parecía que ni pintada para mis propósitos. Tenía una buena ventana para leer con luz suficiente y polvo para espantar a cualquier melindroso. Perdonen si no les hago una descripción de esas que en cualquier novela se impone, pero es que se me da fatal y me da mucha pereza. Además, poca cosa había: varios muebles cubiertos con sábanas, cajas llenas de trastos y demás bultos. Como no soy curioso, me fui directamente a descubrir el mobiliario en busca de un trono donde el rey de la casa, rey en el exilio, todo hay que decirlo, se entregara a sus graves asuntos, sin importarme lo demás. Levanté las sábanas con cuidado y procedí a la identificación. Encontré, al fin, un viejo butacón. Retiré la sábana. Debía de ser de tiempos de don Pelayo, pero me bastaba y me sobraba. Lo probé y quedé satisfecho. Un par de plumerazos, que hasta yo tengo mis escrúpulos, y algo que reforzara los bajos, que algún que otro muelle me clavaba, y listo. Creía recordar que en el salón había visto varios cojines grandotes, perfectos para mimar a mis posaderas en mis largas horas de lectura. Sólo quedaba poner en marcha el plan de conquista de la cima de la casa y, lo más importante, pintarlo todo de modo que mi mujer no renegara mucho. No hubo problemas (la palabra “cucaracha” hace milagros) y, tras varios dimes y diretes y mi palabra de ducha diaria antes de acostarme, el tema estaba solucionado.
      Media hora de intensa preparación dejó mi “estudio” niquelado y listo para acogerme en las horas libres que me dejaban mis obligaciones familiares. En los días siguientes, me escapaba cuando podía y me subía a mi escondrijo. Qué horas tan agradables disfruté. Con un par de cervecitas frías y algo de picoteo, me puse a devorar tebeos como un poseso. Y cómo lo pasé con El Capitán Trueno y El Jabato, entre otros. Merecía la pena tanta soledad y silencio, además de pasar frío por las noches, sólo por esas horas de libertad para mí solito y mis “compañeros de aventuras”. Pero al grano.
      Cierto día, domingo si mal no recuerdo, aproveché que mi mujer y mi hija habían salido de excursión con varios veraneantes más con los que habían hecho amistad para subir a mi refugio bien pertrechado. De extranjis me había hecho con un puro de padre y muy señor mío. De vez en cuando me gusta echarme al pecho uno de ésos, pero mi esposa no me deja, por lo que debo hacerlo de uvas a peras y a escondidas. La ocasión la pintaban calva. Y no la desaproveché. Despatarrado en mi butacón, debidamente acompañado con las vituallas pertinentes, me puse a fumar la mar de cómodo mientras pasaba las páginas. Después del tercer tebeo, como algo de sueñecillo me estaba entrando, decidí dar remate a la tagarnina mirando al tendido. Qué momento, qué momento.
      Y he aquí que en éstas, sin saber por qué, me dio por fijarme en el bulto que tenía delante, que no era otra cosa que un armario cubierto con una sábana. Y si ese viejo mueble guardara algún tesoro, pensé. No sé si fue que el puro me estaba mareando, o que tenía empacho de viñetas, pero me levanté y me puse a husmear. Retiré la sábana. El armario era viejo de remate y feo como el sólo. Me recordaba a uno que tenía mi abuela. Como la llave estaba puesta, señal indudable de que no cometía impertinencia alguna, lo abrí. Qué emoción. ¿Y si encontraba las joyas de alguna antigua propietaria?.. Nada, salvo telarañas y polvo. Miré también en los cajones de abajo. Tan vacío como mi cuenta corriente. Qué decepción. Y para eso había dejado yo mi confortable butacón.
      Me dispuse a cubrir de nuevo el adefesio, pero me resultaba difícil dada la altura del armario. Cogí una de las sillas que estaban apiladas en la pared y la acerqué para subirme y poder extender mejor la sábana. No sin cierto miedo, pues estaban que daban pena, me subí y me entregué a la operación. Cuando estaba poniendo bien la sábana, mis manos toparon con algo. ¡Rayos! ¿Sería eso mi tesoro? Lleno de emoción, cogí aquello y lo bajé. Era una caja de galletas muy antigua, con muchos colores y que debió de ser muy bonita. Apenas se veía, del óxido, parte de una estampa de una ciudad, algo de la decoración que la enmarcaba y un cartel donde podía leerse: “Galletas riquísimas”. Se me hubiera caído el alma a los pies del planchazo de no ser porque pesaba lo suyo, y no creo que llevara aún pastitas. Me fui volando a mi butacón. Allí me entretuve mirando la vieja caja y, por qué no decirlo, saboreando el suspense. La abrí. Dentro había papeles sueltos. A pesar de estar sin encuadernar, me dio la impresión de que era el manuscrito de un libro, ya que la primera página presentaba un título. Me puse a hojear como un loco. Tal vez fuera la obra inédita de algún escritor famoso. De esta me forro, me dije. Tras cuarto de hora de atento examen, mi imaginaria fortuna se iba alejando cada vez más. Allí no había nombre, fecha ni madre que lo trajo que diera alguna pista sobre quién había escrito eso. Más decepción.
      Aun así, me decidí por leerla. Era mi descubrimiento. En cierto modo, sentía que era algo mío. Por fortuna, estaba escrita a máquina, aunque presentaba muchos borrones y anotaciones a mano. Y menuda letra. Pero se leía bien la cosa. Cuando estaba a punto de atacar la novela, sentí ruido abajo: mis amores habían vuelto. Escondí bajo la butaca la novela, dentro de su caja, y me lancé a recibirlas. Ya vería cuando podría volver. En mi descenso, medité sobre si era conveniente referirle a mi esposa lo sucedió o callar. Al final decidí esperar a haberla leído: ya tomaría luego la decisión de qué hacer con mi hallazgo.
      Cinco días después, y permita el lector que resuma, que ya me cansa el prologuito, había terminado su lectura. Cierto que no la leí de cabo a rabo, pues las anotaciones se las traían, y algunos pasajes, lo mismo. No podría decir que me gustase. Ya saben ustedes que a mí las novelas… No obstante, le cogí cariño, aunque fuera sólo por ser uno su descubridor. Y tampoco podría decir si es buena o mala, ya que yo no entiendo de esto. En ocasiones se hace pesada y dura de leer, y es preciso tener a mano un diccionario y la Wikipedia esa, pues hay muchas referencias cultas. A decir verdad, no me he enterado de mucho: las situaciones y los personajes son tan irreales; me son ajenos por completo. Eso sí, tiene momentos divertidos que da gusto leer. Creo poder decir que, en general, merece la pena echarle un vistazo. Pero ya se sabe, a nadie le parecen feos sus hijos, aunque sean adoptivos.
      De todos modos, lo que yo opinase daba igual. Lo importante era decidir qué se hacía con el manuscrito, es decir, cómo se le podía sacar fruto. Y pensando, pensando, al final di en pensar en quien nunca pienso; es más, en quien quisiera olvidar: mi cuñado. Cómo no había caído antes. Mi cuñado dirige una pequeña editorial. Cierto es que la mayor parte de la bazofia que publica son libros de esos de autoayuda, de cómo ligar, de cómo conseguir el trabajo de tus sueños sin dar un palo al agua, entre otras cosas tan fascinantes como manuales de alpinismo o alguna que otra guía de viaje. Pero si pensé en el cretino de Luis, que así se llama mi cuñado, se debe a que empecé a idear una buena jugarreta con que fastidiarle. Le tengo una tirria. Y le debo un par de pifias que me ha hecho, por no hablar de lo mucho que se burla de mí. Me explico.
      Después de leída la novela, o medio leída, me resultó evidente que al pedantón modernete de mi cuñado le iba a saber a cuerno quemado. Pues te la vas tragar, Luisito, pensé. Qué placer me resultaría de verle rabiar publicando una novela que le repatease. Y cómo lograrlo: mi mujer, su hermana, se encargaría de ello. Pero antes había que camelarse a mi consorte, y no hay nada mejor para lograr que quien manda haga lo que tú quieres que hacerle creer que la idea y la decisión son suyas. Así pues, cierto día, en el paseo, mencioné como quien no quiere la cosa mi hallazgo. Lo adorné bastante, le quité la mugre y el polvo y lo presenté como si fuera todo muy antiguo y, quién sabe, valioso. Tras mi cuento, sólo faltaba que la imaginación de mi señora, el efecto de años de culebrones y series americanas, y, por supuesto, la ambición obraran su efecto. Además, como ya he dicho, mi media naranja se pirra por eso de parecer una intelectual, algo que yo exploté al referir que sería todo un golpe de efecto aparecer en los círculos cultos de la ciudad con esa novela inédita y hallada en tan “fantásticas” circunstancias.
      Debo decir que estuve brillante en mi charada. Mi mujer calló un buen rato. Paseamos en silencio. Ella estaba pensativa. Yo, de vez en cuando, soltaba alguna bobada para dar a entender que había olvidado el asunto y no le daba mayor importancia. Como no se decidía, le di la puntilla al mencionar que a la vuelta a casa debía acercarme a la tienda de tebeos, pues necesitaba material nuevo. Mano de santo: después de un poco de tormenta verbal mi mujer me recomendó que empleara mi tiempo en cosas más provechosas, como leer la novela encontrada. Yo le había ocultado que ya la había leído. Protesté en el acto como si me rebelara, aduciendo que por lo que había ojeado parecía una obra muy compleja y bla, bla, bla. “Pero qué mendrugo eres”, me soltó. Y tras el coscorrón me pidió que le diera al volver el manuscrito.
      Dos días después de intensa lectura, mi mujer lee muy rápido, apareció llena de entusiasmo. Había que hacer algo con “su” descubrimiento, ya que en sus manos tenía poco menos que una obra maestra. Por lo que dijo de ella me dio la impresión de que no se había enterado de la misa la media, lo que no le impedía soltar maravillas del texto. Así son los intelectualoides pedantes: hablan  mucho sin saber de nada. Yo, por mi parte, nada decía. Incluso ponía cara de fastidio, como si conmigo no fuera la cosa. Seguía a lo  mío: cervecita y periódico deportivo. Mi mujer, irritada por mi simpleza, por mi “incultura”, me dejó bien claro que debíamos hacer algo con ese portentoso descubrimiento, “por bien de la cultura y la Humanidad, claro”. Me mantuve en mi estrategia: silencio e indiferencia.
      Mi amorcito se había tragado el anzuelo: ya había quedado claro que la novela era suya, suyo el hallazgo y suya la misión de darla a conocer. Pero faltaba la guinda. Levanté la cabeza de la tabla de resultados de la 2ª División y le dije que lo olvidara, que aquello era tarea demasiado difícil y que en el mundo editorial si no tenías enchufe no publicabas. Después de un “tú que sabrás” sus diversos gestos me dieron a entender que mis tres trampas funcionaban: al “que lo olvidara” respondió con una cara de mala leche de aupa, y seguro que por sus mientes pasaba un “quién te crees que eres tú para darme órdenes: aquí mando yo”. Autoafirmación. Después, mi advertencia de las dificultades fue respondida con gesto de firme determinación y mirada de desprecio que venía a decir: “puede que sea difícil para ti, tarugo, pero no para mí”. Vanidad. Finalmente, y tras más tiempo del que yo creía y deseaban mis nervios (mi señora no es tan lista como cree), su faz se iluminó como si hubiera descubierto la piedra filosofal. Un aire triunfal se paseó por tan fea cara: ya había caído en la cuenta de que el botarate de su hermano trabajaba en una editorial. Me miró como se mira a un gusano que ha osado retarnos. Jactancia. Si es que la conozco como si la hubiera parido.
      De vuelta a casa, poco le hizo falta para presentarse eufórica en el despacho de su hermanito. Y, como yo había previsto, a Luisito aquello le hizo muy poca gracia. Es más, testigos presenciales cuentan cómo los gritos de ambos traspasaban las paredes. Ella con la idea de que se iban a hacer famosos y ricos; él con que aquello era una basura rancia… Y como son igual de bestias, erre que erre. Si Luisillo hubiese usado la psicología en vez de poner sus innombrables encima de la mesa le hubiera quitado a su hermana, lechera de este cuento, los castillos del aire de un plumazo. Pero se empecinaba en oponerse, lo cual llevaba a mi mujer a obcecarse más. Y ya que ella siempre acaba por imponerse a su hermanito, le apretó tanto las clavijas que se llevó el gato al agua. Debo confesar que yo, con mi astucia malvada, había aleccionado sutilmente a mi mujer para darle argumentos que apoyaran la publicación. Sobre todo había insistido en eso del “fenomenal hallazgo” en un viejo caserón y demás monsergas sensacionalistas. Con una buena publicidad las ventas estaban aseguradas, pues la mayoría de los lectores no eligen lo que leen, sino que lo que leen les elige a ellos.
      Así pues, tras solventar ciertos problemas legales sobre la pertenencia de la novela, fijar el texto y pulir ciertos detalles, esto es, inventar todo tipo de mentiras para vender, la cosa estuvo para ir a máquinas y salir a la calle. Sólo faltaba una cosilla, sutil remate a mi obra maestra de castigo al maldito cuñado. Hábilmente manipulé de nuevo a mi mujer para añadir un detalle maravilloso a nuestra aventura: que yo escribiera un prólogo narrando el novelesco, y nunca mejor dicho, modo por el cual me hice con el manuscrito. Por un momento dudó, ya que se sintió tentada de hacerlo ella. Bien sabía yo que ella detesta escribir. Además, dejé caer que con ello ganaría fama de hombre culto, con lo cual me redimía de tantos tebeos engullidos estos años. Le puse música de violines a la historia, con tardes en el Café Gijón y veladas literarias, etc. Mi mujer, esta vez para abrazarme, se me echó al cuello muy alegre, ese cuello en el que ella creía haber puesto un dogal.
      Dicho y hecho. Aquí tienen ustedes entre sus manos tal prólogo, y ella tiene el orgullo de ver sus ansias culturales saciadas. Y qué tengo yo: el gusto de saber lo mucho que ha rabiado mi cuñado. Sé de buena tinta que afirma en privado que publica esta “basura casposa y fascistoide” por obligación, aunque luego diga lo contrario. Si por el fuera la quemaba, aunque se las dé de tolerante y abierto de mente. Que se fastidie. Ni la fama ni el dinero me darían tanto gusto. Y cómo creo que ya su gusto comienza a agriarse por lo largo de este prólogo, aquí lo dejo. Siguiendo con lo del gusto, ha sido todo mío. Espero que algo les quede a ustedes tras leer la novela.
      ¡Ah! Lo olvidaba: se preguntarán cómo es posible que el encargado de publicar esta obra consienta en que salgan a la luz unas letras que son ofensivas para él. No se me escapa el desinterés mostrado por mi cuñado por la obra, por lo cual dudo mucho que se moleste en supervisar su edición. Además, bien sé que antes se corta una mano que leer algo que yo haya escrito. Bien que le pesará. De todos modos, lo que están leyendo ustedes es, por si las moscas, una versión ligeramente variada respecto a la original que he colado a última hora en la imprenta. No soy el único que no traga a Luisete. Respecto a mi mujer, nada sabe. Ya me entenderé con ella. Y ella ya se entenderá con cierto collar al que ya le he echado el ojo. Y con esto y un bizcocho, hasta siempre, queridos lectores.


En cierta ciudad a no sé cuántos del año no me importa  

 
 
         
  



        
  




  



martes, 5 de abril de 2016

SONETO A LA INFILTRADA





Me da que es choteo eso de Cristina,
que poco Cristo tiene esta fullera.
Más le pega, y de pega es ella entera,
que luzca en su carné Luciferina.


Aún tapada, fácil se adivina
la traición, que es su cara verdadera:
¡un topo en Sol! Es tanta la ceguera...
Y no le falta al ojo vaselina.


Mejor le va la rama que la vara,
y con muchas le hacía yo homenaje,
so bruja teñida, que no secara


fuente alguna. El mandil bajo su traje
de un quemazo seguro le asomara.
Merece la perfidia tal ultraje.






¡Cuidado, niños! La bruja de los Gatos anda suelta...