martes, 22 de diciembre de 2015

LA NUEVA COCINA (I). INTRODUCCIÓN CON DISQUISICIONES VARIAS




En más de un ocasión he dicho que la nota dominante de los tiempos modernos es la estupidez. No se me escapa que otras características le irían como añillo al dedo a la modernidad, tales como la mediocridad o la jactancia, ya que nos han hecho creer que vivimos en la cima de las edades y culmen de los siglos. No obstante, me quedo con la estupidez, ya que incluso quienes no son jactanciosos o los que destacan en algo no pueden sustraerse de la tónica dominante que lleva a todo el mundo a hacer el idiota muy a menudo. Y qué orgullosos de tan maravilloso derecho. Si no me creen, cojan ustedes un periódico, armándose de valor; enciendan el monstruosos aparato que es el ónfalo del hogar, y casi de la existencia de hogaño; dense un garbeo por las redes donde son pescados tanto ociosos incautos; cometan tales temeridades y se darán de bruces con una sarta de mamarrachadas a cual más colosal. Y pocos se salvan.
Parece que en estos días de desaforado progreso científico y tecnológico, sin faltar el material -y el materialista-, con el consiguiente retroceso espiritual, no podía faltar el avance de la imbecilidad. Tanto lo uno como lo otro se desbordan de la misma fuente, pero no entremos en honduras. Lo más curioso del caso es que tal idiocia generalizada nace del fatuo convencimiento de que hoy día somos más listos que nunca. Y como la humildad suele ir de la mano del sentido común, así nos luce el pelo. Por eso antes ponía a la jactancia como rival de la estupidez como signo de los tiempos. El hombre moderno, en su impuesta e impostada soberbia, se cree tan superior a todo lo anterior que considera un desdoro seguir las normas y creencias de siempre, caducas, fascistas y casposas antiguallas, aunque se amolden a la más elemental cordura. Seguir a los viejos maestros, esto es, la sensatez de toda la vida, es tenido como un delito abominable.
Curiosamente, esta creencia ha arraigado en unos tiempos en los que predomina con atroz pertinacia el hombre masa, el esclavo feliz de nuestros días, en el que la idiotez es norte y guía. Y bien orgulloso está de ello. Ya decía Goethe que las masas permanecen siempre en la minoría de edad. Las nuestras gatean aún con el chupete en la boca. Y quítenselo ustedes: el berrinche es de aupa. Por descontado, esto no es consecuencia de una penosa casualidad o de una ley natural. Todo obedece a un plan establecido hace mucho por mentes siniestras y oscuras, pero esa es otra historia que quizás un día ataque.
Por desgracia, pues uno es hombre de letras y diletante a sus horas, la idiotez se ha cebado con especial saña en estos campos del saber donde desde hace muchos siglos el hombre ha dado lo mejor de sí para redimirse de muchas miserias. Contemplen si no el estado de la literatura: basta que un emborronador de cuartillas escriba cuatro párrafos locos con una señorita empecinada en que su amado la golpee, cosa que se ve debe de ser de lo más excitante; que nos aburran con un plomo sobre las inquietudes de alguna mujer ya de cierta edad que se entrega, aburrida de la vida, a un viaje iniciático en busca de sí misma, entre otras calamidades literarias que sería prolijo, y muy desagradable, mencionar, como algún petardo histórico o el enigma del manuscrito del club de la secta de la madre que los trajo de un escritor famoso de antaño -todo muy anticlerical, claro está-,  para que cualquier mindundi vea como sus sienes son ceñidas con la corona de Apolo, y sus bolsillos llenados con los dineros de Pluto.
Y qué decir de la música o el arte que no nos ponga el vello de punta. Vayan ustedes a un concierto de música contemporánea, y tendrán que hacer ímprobos esfuerzos para discernir cuando la orquesta ha acabado de afinar y cuando ha empezado a tocar la pieza. En todo caso, podrá saberlo cuando la cosa se ponga verdaderamente desagradable. Y eso por no hablar del sujeto aquel que daba recitales en los que pulsaba las cuerdas del piano con un hacha para acabar haciendo astillas al instrumento (lástima que nadie lo hubiera hecho con él), o aquel otro que tocaba también el piano, pero sin levantar la tapa, con lo cual deleitaba al auditorio con los golpecitos de la mano sobre la madera. Tan verídico como atroz.
Pero es que en el campo del arte la cosa no se queda atrás. ¡Lo que se ve, amigos míos, lo que se ve! Desde que a unos pintamonas les dio por llenar el lienzo de rayajos, a otro por la humorada de presentar como obra de arte un urinario (más propio sería un váter, ya me entienden), hasta los que nos espetan una carretilla llena de quesos o un bote con excrementos (insisto, muy sincero), por no hablar de los que se hacen picadillo en público en esas majadería llamadas “performances”, o aquel otro que ofreció su virginidad anal como obra artística -que también era hacerse picadillo-; repito, desde que tales disparates se perpetran el arte ha degenerado hasta lo abominable, basado en el aparentemente maravilloso y progresista supuesto de que ahora todo es arte, lo que propicia que ya nada lo sea. De todos modos, el derroche de estulticia no viene de esta panda de orates y pillos llamados artistas, ni de los que los promocionan, aún peores, si no de la patulea de memos pedantes que les hacen el juego al tragar esta bazofia, que antes tienen por un excelso manjar para el cacumen. Y cómo se forran con la pedantería algunos.
En definitiva, la conclusión a la que podríamos llegar es que hay que hacer el indio para triunfar en esta vida. Y para apoyar a mis palabras vayamos al motivo principal de estas letras: la moderna concepción de la gastronomía, pijiprogrez que han dado en llamar la nueva cocina, campo donde la estupidez se muestra del modo más sangrante y evidente. Como ejemplo de hasta qué cimas, por no decir abismos, de memez ha llegado el ser humano, permitan que les refiera lo que me sucedió hace unos años al respecto, episodio que bastará para ilustrar mi tesis mejor que un tropel de sesudas razones. Pero tendremos que esperar a otro día para narrarles los avatares de aquella noche infausta, pues debo reunir fuerzas y valor para ello. Falta hace. Mientras, espero que una bien surtida bandeja de dulces navideños atraiga a mi musa.











domingo, 13 de diciembre de 2015

AURI SACRA FAMES




Espléndido reputa bien la masa
a nuestro tiempo: en él se dan la mano,
a fuer de descreído, lo pagano
y liberal sin tasa y mucha tasa.


Saca el pecho ufana y pringa, mas pasa
la vida limpia en mundo muy marrano,
gastándose la fuerza en lengua y mano:
con ojo el oro todo lo compasa.


Muy pagado el hombre, y aun más cobrado,
los Midas del me das le quitan todo
sin hartarse del hurto perpetrado.


Se cree, liberado de este modo,
libre; ignora en el fango encadenado
que riquezas ajenas son su lodo.





Vivimos en tiempos en los que poco se ora, pero el oro es todo








miércoles, 2 de diciembre de 2015

EL HOMO BARENSIS


  Siguiendo con la serie de artículos de malas costumbres que me he empeñado en escribir, más por desahogo que por otra cosa, voy a dar con mis huesos literarios en uno de los hábitats preferidos del español medio, verdadero templo de devoción diario a donde acuden riadas a ingerir ídems diversas: el bar.
     Y no es que yo tenga especial tirria a estos lugares que tanto abundan por nuestros lares. Quién no los ha frecuentado alguna vez para tomarse ese benéfico café en una mañana de invierno; quién no ha degustado en ellos cuando las tripas empiezan a rugir el consabido pincho de tortilla con su inseparable caña. Si se vive en Madrid y no se ha hecho nunca, tal herejía es merecedora de los peores denuestos.
     Cuando el bar es agradable y limpio resulta un excelente lugar para charlar de vez en cuando con los amigos y, mejor aún, con las amigas. Y qué decir del Café, institución sagrada en España y de tan feliz recuerdo para quien escribe. Ahora bien, ya que hay de todo en esta vida, como en botica (menos en Cataluña, donde el dicho comienza a ser puesto en entredicho), no han de faltar bares que son inmundos tugurios. Mejor diría que sobran muchos, pues son los más en España. No hay estampa ibérica más cotidiana ni típica que la del bar de toda la vida con la parroquia también de toda la vida, y qué vida. Y ahí es a donde voy, al espécimen que puebla de continuo tales cuchitriles: el homo barensis por excelencia, esto es, quien consume sus días en algún vil figón, hogar de las más de sus horas, matando el tiempo vilmente hasta que el Tiempo cobre venganza y le mate a él. Y debo decir que es difícil encontrar una imagen más penosa que la de estos sujetos.
     Piensen ustedes en el típico “Paco”, nativo al uso, que descansa de no hacer nada junto a la mesa de un bar donde yace un infame periódico deportivo a la vera de un botellín de cerveza a medio beber y con aspecto deplorable, amén del platito blanco ovalado con la inevitable oliva de tiempos de Leovigildo, fiel compañera de una mustia anchoa de ida y vuelta, y que constituyen los restos de un aperitivo que ha de contribuir poderosamente a que el aliento de Paco sea peor que de costumbre. Fíjense en nuestro homo barensis, con su cara de nada -en la que las huellas del vicio y el ocio han clavado sus garras- y su mirada vagabunda, perdida en su infinita estupidez, palillo en boca y ducados en mano, ése que parece que tiene de adorno con una kilométrica ceniza. Vedle mirar a todo el que pasa con cara que mezcla el desprecio y la curiosidad, que no es  sino la máscara de una velada llamada de auxilio. Y cuando abren la boca…
     Para describir mejor a este tipo humano, aunque a veces el término humano le viene grande, permitan que les refiera un sucedido que un buen amigo hace años me contó. Este hombre, a quien llamaremos, por ejemplo, Arcadio, dio en la ocurrencia de hacerse ingeniero de no sé qué cosa rara. Ya conocen ustedes a los hombres de ciencia. Y por motivos laborales viajaba mucho. En cierta ocasión, debido a la construcción de Dios sabe qué, tuvo que pasar varios meses en un inmundo villorrio, al que llamaremos Atasquerilla por no ofender a nadie, aunque tal lugar es una ofensa para la Humanidad. Es verdad que este buen hombre se entregaba al trabajo con furor, por lo que tuvo pocas ocasiones de tratar con la fauna local, que se las traía, pero sufrió ciertos lances de cuidado que luego, entre la sorna y la incredulidad general, nos contaba con mucha sal. En el que voy a referir sólo estuvo de espectador.
     Cierto día en el que esperaba a un compañero frente a su casa, que llegaba puntualmente tarde siempre quince minutos, los cuales se unieron a los diez de antelación que el acostumbraba a tomar por precaución, pudo presenciar una curiosa escena. En la esquina en la que habían quedado ambos había un bar. Hay que decir que, quedarás donde quedaras, siempre había un bar al lado. Como se aburría se decidió a estudiar al paisanaje, algo que solía hacer cuando podía, como buen observador de la naturaleza humana.
     En la terraza de dicho local se amontonaba la manada que habitualmente frecuentaba el tugurio, y que mi amigo solía ver cuando regresaba a casa. Aquello era para no contado, e, imagino, salvo las variantes locales, lo mismo sería en cualquier otra parte de España. Con facilidad podían discernirse los varios tipos en que pueden dividirse semejantes hatos: el que mas se destacaba era el del gallito que todo gallinero semejante tiene: este pájaro suele ser el que lleva la voz cantante, y cómo dan el cante. Por descontado, son los que más saben y siempre tienen la razón, es decir, los que más gritan; son los que más aspavientos hacen y los que más se mueven de un lado para otro; los que más se enfadan y apabullan, y los que más se guasean de los demás mientras les dan palmaditas en la espalda a la víctima de turno, a la que llaman por el diminutivo de su nombre, al son de risitas e impertinencias. En nuestro caso, el gallo se llamaba Silvestre. Era un tipo corpulento, calvo y con bigote, feo con humos (de ahí un alma tan negra), de nariz aguileña y grande que nacía de unos ojillos maliciosos. Como es costumbre en los pueblos, era más conocido por su apodo: el Chopo, aunque mejor le cuadraba lo de alcornoque. Pasaba las horas muertas reinando en el bar, al que acudía en su moto, la cual aparcaba siempre donde más molestara el paso. Francamente, ignoro de donde nacerá la creencia del español medio que le lleva a pensar que molestar a los demás le hace a uno importante.  
     Al lado de estos gallos, y el Chopo no era una excepción, no han de faltar en dichas pandillas, como satélites, el imitador de pega, con quien choca a veces, el admirador incondicional que hace de escudero y la típica hiena miserable de risa estridente que le jalea todas las humoradas, quien, además, suele ejercer de graciosote sin gracia que basa su supuesto ingenio en la impertinencia más abominable. Para completar el cuadro tenemos al amargado de cara avinagrada y extremados modos de jumento; el bobo que a todo dice que sí y que mendiga algo de compañía y aceptación, rebajándose a lo que sea por ello, y el que se reviste de educación y ropas de más calidad, y que anda algo más leído, y que frecuenta esas compañías por el afán de sentirse superior. De un tiempo a esta parte, habría que añadir al revolucionario de andar por casa. Disculpen si me dejo alguna subespecie y si no entro en detalles, pero no quisiera alargarme.
     Lo más chocante de estos sujetos, aparte de su halitosis, es que tienen por costumbre, de vez en cuando, arreglar el país, cuando no el mundo, con su extraordinaria sapiencia. Así, entre la sesuda charla sobre quién tiene los pechos más grandes, si la Paqui o la Loli, y aquella que versa sobre coches o balompié, nuestro congreso báquico gusta de poner encima de la mesa una pasmosa disección de los males patrios y las consiguientes recetas para dejar al enfermo hecho una rosa. Es de risa oírles pontificar y espetar sus “grandes verdades” como si hubieran inventado la pólvora, la Trigonometría, la Física Cuántica o la receta de la paella, siendo esto último lo más importante, por supuesto. Qué estadistas, oigan; ni Bismarck. Ocioso es decirlo, nunca ha de faltar el remate glorioso de aquel “¡ay, si yo tuviera el poder!”
     Los homo barensis a los que me  refiero, como mandan los cánones, cumplían a rajatabla la ley tan propia de los de su ralea, y justo cuando mi amigo esperaba se pusieron a hacer de Menéndez Pidal, con lo cual escupieron disparates a troche y moche sobre nuestra historia y presente. Ni que decir tiene, ninguna idea, ni siquiera ninguna estupidez, era original, pues se limitaban a hacer acopio de lugares comunes, a veces deformados, que tomaban de la prensa u otros medios. Y tengo que decir que me da que se llaman tales medios así porque siempre se quedan a medias tintas.
     -La culpa de todo la tiene la Iglesia, señores. ¡La Iglesia! -clamó el revolucionario, enrojecido, doblemente, por la cólera y el vino-. Nuestro atraso se debe a que aquí hemos tenido muchos curas. Lo que yo diga.
     -Eso, y que nos han faltado hombres de ciencia. Aquí mucho Quijote y mucho místico, pero poca ciencia. Y la ciencia es progreso.
     Tras estas memorables palabras, irrefutables razones que deberían ser grabadas en bronce, el pseudocultillo se echó para atrás hinchado de orgullo; tras su exhibición podía leerse en su mirada: “ahí queda eso”.
     -Lo que de verdad falta aquí -clamó uno que trabajaba por enchufe de no se sabe qué en el Ayuntamiento, y eso de trabajar es un decir- es esfuerzo. ¡Que no se curra en este país, hombre! -clamó indignadísimo-. Gusta mucho la buena vida y el mangoneo…
     -Y eso por qué -interrumpió para retomar el rebuzno Pablo, el revolucionario de pacotilla-: porque es lo que fomentan los ricos. La culpa es de los ricos y de los que les bailan el agua.
     -Lo que falta en este país son hostias -mugió el avinagrado mastuerzo, que pareció agotado tras ese sobrehumano esfuerzo intelectual y se calló.
     -Hombre, pero qué bestias eres, Emilito. Diálogo, dialogo -dijo con sosegada voz el culto de mentirijillas, recién salido de su beatífico estado de complacencia y vanidad halagada por su propia engañada vanidad.
     -Pues no le falta razón -soltó el imitador de gallo y jefe interino del grupo cuando faltaba Silvestre-. En este país se ha fusilado poco y mal -dijo con cierta dificultad, como si temiera decir mal una frase aprendida de memoria en un sitio que no recordaba.
     Acto seguido, calló y observó a la concurrencia para ver cómo habían caído sus palabras. Sobre todo, se fijó en el gallo. Quería impresionarlo con una frase que llevaba días queriendo decir. Por su parte, el susodicho permanecía en silencio, con media sonrisa en la boca y contemplando a sus compañeros de fatigas de hígado y cerebro como quien mira a cucarachas. Como habían tenido esa misma conversación unas doscientas veces, se ve que el “Chopo” no tenía ganas de teorizar. Un elemento extraño le invitaba a la chacota.
     Tal elemento, entre menudos elementos, respondía al nombre de don Nicanor. Según parece, era un viejo maestro jubilado, viudo solitario y algo huraño tenido por extravagante, que no despertaba, precisamente, las simpatías de sus vecinos. Le querían mal porque no era como ellos ni malditas las ganas que tenía de serlo. De vez en cuando se acercaba un ratito al bar a tomarse un café, un té o una copita de moscatel. Por lo general, se sentaba en el lugar más escondido y no hablaba con nadie, salvo con el libro que siempre llevaba con él. Para su desgracia, la única mesa libre a la sazón que encontró quedaba al alcance de la tertulia de la nueva Academia platónica.
     Silvestre, a fuer de matoncete oficial, algo aburrido esa tarde, había decido tomarla con el pobre anciano. Es propio de estos fulanos agresivos y con ansias de dominio, sobre todo si son gente de medio pelo, el detestar a aquellos que, lejos de admirarlos u odiarlos, les demuestran una total indiferencia. Pueden soportar el desprecio, es más, les alimenta; pero la indiferencia ajena les repatea. Y como don Nicanor permanecía ajeno a la sesión parlamentaria, el malicioso Chopo pensaba castigarlo a la par que se lucía ante los demás. Pobres almas las que desean exhibirse a costa del sufrimiento ajeno. Para más inri, el viejo maestro estaba leyendo en público, imperdonable pecado en nuestra patria si no se hace en el metro, donde creo que ya es obligatorio, y no se tiene entre manos alguna de esas bazofias de actualidad llamadas best-sellers.
     El Chopo, tras relamerse ante el festín que se creía iba a sacudirse, e ignorando la frasecita de su émulo (también vale sin “e”), se incorporó un tanto y se dirigió a los parroquianos con un acento de lo más zumbón, arrastrando las sílabas para recalcar el tono sarcástico.
     -Pero cómo os atrevéis a hablar, ignorantones, delante de esta eminencia -y señaló con varios golpes de calva a la mesa de don Nicanor-. Aquí estamos dándole a la política, nosotros, que no somos finos hombres de la capital, como “otros” (recalco el retintín). Si somos muy bestias. ¿Por qué no le preguntamos al sabio? -terminó por decir este cafre, mientras guiñaba un ojo y sacaba la lengua por un lado de la boca en señal que anunciaba burla y diversión.
     Todos, incluso los que no querían por lástima, que también hay homos barensis con su buen corazón, saludaron en mayor o menor medida con entusiasmo la idea. Aprobada la moción, Silvestre se dirigió a su víctima.
     -Oiga, don Nicanor, deje usted el librico, ¡hombre!, y responda a una pregunta. Nosotros, que somos muy asnos y de pocos alcances, queremos saber una cosa: ¿por qué está este país que da pena verlo? Dénos usted una explicación de las suyas -y tras esta impertinente apelación, se dirigió a su auditorio, tapándose la boca en falso sotto voce, con voz perfectamente audible para el anciano.
     -A ver que dice. Ya veréis, ya, lo que nos vamos a reír.
     Don Nicanor, por su parte, hizo caso omiso a tanta estupidez y siguió a lo suyo como quien oye llover. Algo corrido y picado, como buen toro de lidia, el Chopo arreció.
     -¡Eh, abuelo! Sordo como una tapia. Que le estoy hablando.  
     Como el viejo maestro se dio cuenta de que ignorar al morlaco no serviría para evitar sus cornadas, decidió levantar la vista del libro y miró a la bestia. Luego hizo lo propio con el resto de la manada. Y los fulminó con su desprecio. Si es cierto que las miradas matan, aquélla fue de cadena perpetua.
     -No creo que yo pueda despejar vuestras penumbras -dijo con tono tan sereno como firme-. Sois demasiado cortos de vista como para ver la causa del problema -añadió con resignación.
     Como era de esperar, estalló el clamor popular. Aunque conscientes en lo íntimo de su ser de los zopencos que eran, y sabedores de que don Nicanor era un hombre de “estudios”, la soberbia y la envidia, azuzadas por el torpe igualitarismo de nuestros días, llevaron a todos los “sabios” presentes a sentirse muy indignados, con lo cual no fue de extrañar la consiguiente lluvia de protestas e injurias, tan zafia como falta de convicción verdadera. Silvestre les mandó callar a todos. Se mantenía imperturbable, aunque en sus ojillos maliciosos ardía la ira.
     -Dejadle hablar -espetó, con la mirada propia de quien quiere hinchar el pavo antes de acuchillarlo.
     Don Nicanor, con voz que revelaba un indecible hastío, prosiguió:
     -Dices que la culpa de nuestros males la tiene la Iglesia, infeliz -dijo mirando al bermejo Pablo-. Pero, ¿qué te ha hecho a ti la Iglesia? Mucho despotricar, pero no te pierdes un sarao, ya sea bautizo, comunión o boda, dónde les das otras fatigas a esa boca que tanto veneno escupe. Y bien que tu madre, en tiempos peores, iba a pedirle al cura, que se quitaba el pan del plato para dárselo a ella. ¿La culpa es de los ricos también? ¿Esos a los que envidias y quieres suplantar para ser peor que ellos? Pues quién lo diría, viendo como, aun siendo sindicalista, le pasas a tu jefe muchos trapicheos, sobre todo si hay eso: sobre.
     En esto terció el aspirante a culto, que soltó la siguiente lindeza:
     -Todo eso es anecdótico, pero estamos esperando a que “repute” nuestros argumentos. Repute, repute…- insistió con voz engolada como quien quiere asegurarse de que todos escuchan el maravilloso y culto vocablo.
     Don Nicanor, que no pudo evitar una sonrisa, prosiguió:
     -No es necesario que “refute” nada, Perico -le soltó al “reputado” pedante, ahora cornigacho corrido, por más que nadie se dio cuenta del puyazo-. Os refutáis solitos. Y ya que estamos contigo, dices que la culpa de nuestros males se debe a la falta de hombres de ciencia. Cuidado con llevar a tal ciencia a los altares, que cada progreso científico, visto lo visto, lleva un retroceso espiritual; y no sé hasta qué punto merece la pena. ¿Te quejas del Quijote y de los místicos? ¿Acaso has leído esa obra maestra? ¿Y a los místicos? ¿Y cuántos hombres de ciencia nacidos en nuestra España conoces? Hablas de progreso, pero al único al que tú contribuyes es al de tu barriga, cada día mayor.
     Tras un sorbo de té, don Nicanor prosiguió:
     -Con qué fatuidad os arrogáis la verdad absoluta y la facultad de sentar cátedra, cuando no sabéis nada de nada, y lo poco que sabéis es sólo aquello que os permiten saber quienes os manejan. Uno habla muy indignado de falta de esfuerzo, y luego a él le falta fuerza para todo, menos para llevarse la copa a los labios y para despotricar. Si pusieran muchos quejicosos la misma diligencia que ponen en la picardía y el escaqueo otro gallo nos cantaría.
      >>Luego sale el sempiterno tema de la pedagogía a golpes. ¿Dices que faltan hostias, Robustiano? ¿Y quién las da y quien las recibe? A lo mejor en un país sano tú serías el primero en llevarte una ración; de momento, eres siempre el primero en tirarte a las raciones que aquí ponen. Pero ahí, y en soltar coces, se acaba tu empuje.
     >>Y no ha de faltar quien salga con la manida frase de los fusilamientos escasos y torpes. Siempre se fusila de más, y suelen ser los que más aman el plomo los que, a su vez, le tienen más cariño al oro. Y a fuer de quitarnos éste tras darnos el otro, acaban las naciones hundiéndose por el peso de tan funesta pasión por el metal. Y ya que estamos con fusilamientos, Venancio, procura “fusilar” tú menos las palabras de otros. Nada hay de malo en citar a grandes autores, pero cuidado con tirar de los farsantes de poca monta, y menos si se hace con tan poca gracia.
      >>Por último, y vuelvo a ti, Perico, ha salido el sobado “diálogo”, bálsamo de Fierabrás para todos los males, y tópico que se obcecan en difundir todos aquellos que quieren callar a los demás, o los que no tienen valor para pelear cuando las palabras sobran. Qué bien nos iría a los españoles si habláramos menos y actuáramos más. Se habla de diálogo, esto es, calla y escucha, hasta la saciedad cuando la ley y la autoridad permanecen callados e impasibles ante los desmanes de los golfos que dicen hablar en nombre de todos, pero sólo sirven a unos pocos, con el correspondiente vocerío de la turba, viles mercenarios o memos engañados. El diálogo sólo vale cuando sabes que quien está enfrente también lo desea. Obstinarse en él, y más cuando peligra el bien, es necedad, ganas de escurrir el bulto o entretenimiento de tertulia inútil
     >>Y no me olvido de ti, Silvestre, que te gusta mucho revolver el cotarro. Estos son unos pobres desgraciados, pero tú eres un mal bicho… Calma, león, calma -dijo don Nicanor al ver a Silvestre encorajinado y que saltaba-. Tú has propiciado esto, y ahora vas a escucharme. Y si no te gusta lo que vas a oír, haberte estado calladito.
      >>Tú eres el típico español soberbio y chulo que piensa que su voluntad es ley, y que no hay nada por encima. Todos deben someterse. Ni admites razones ni buenas palabras; sólo comprendes el lenguaje del látigo. Ése bien que lo acatas. Tan despótico eres con los que te rodean como servil con quienes son más fuertes que tú, aunque a sus espaldas los despellejes y te pierdas en bravuconadas; eres intransigente y desconsiderado hasta el punto de exigir la perfección a aquellos a los que pisoteas y tratas a tu antojo y capricho. De mal carácter, grosero, maleducado, pícaro y, lo que es peor, jactancioso con tus trapazas, gastas tus fuerzas en lo inútil, y con más gusto si puedes molestar a los demás, garantía para tu mezquindad de triunfo sobre ellos y falsa grandeza. Pero, ¡ay!, cómo agachas la testuz cuando tienes enfrente a otro como tú, pero más poderoso. Hubo un tiempo en que gente con muchos de tus defectos, y algunas virtudes que tú no alcanzas ni a comprender, emplearon toda esa “mala leche”, que tú sólo malgastas en el sacrosanto derecho español a la estéril pataleta, en la conquista de un imperio y en llevar nuestras banderas victoriosas por el mundo. ¿Y tú qué haces? Emborracharte y comportarte como un asno miserable.
     Don Nicanor paró al llegar a este punto, más que nada porque estaba un tanto agotado por el esfuerzo y porque se daba cuenta de la gravedad de sus palabras. Al Chopo se le iba un color y le venía otro. No se esperaba el chaparrón y se había quedado de piedra mientras oía. Parecía incapaz de responder, mas era evidente que el volcán de su interior iba de un momento a otro a entrar en erupción. Todos estaban en suspenso y expectantes. Tras varios segundos de lo más tensos, la cara de Silvestre adoptó un gesto de rabia que la deformó hasta lo grotesco. En ese estado bestial, nadie dudaba de que aquella acémila iba a levantarse de su silla y a hacer que el pobre anciano se tragara sus palabras. Lo que más le molestaba, dicho sea de paso, es que en su fuero interno sabía que todo era verdad.
     Mi amigo, que se temía lo peor, se fue por si acaso acercando poco a poco con disimulo hasta ponerse muy cerca del “gallo”. Apoyado en la pared, y cruzado de brazos a un tiro de puño, carraspeó con toda la intención del mundo. Silvestre le miró extrañado, y a tal extrañeza le siguió un rictus de furia y odio cuando se percató de lo que ocurría. El bueno de Arcadio, hombre joven y de corpulencia hercúlea, además de gastarse un genio de cuidado cuando le pinchaban, le miraba con unos elocuentes ojos que gritaban: “como le pongas un dedo encima a ese hombre se te cae el poco pelo que tienes”.
     Apaciguado el hotentote, don Nicanor prosiguió:
     -Pero no he respondido a la pregunta. ¿Los males de España? Repito: sois tan obtusos que no los veis, aunque los tengáis frente a vuestras narices. La culpa de los males de la patria la tenemos nosotros, los españoles. Miraos: pasáis vuestras horas bebiendo y fumando sin ton ni son mientras creéis que con un poco de algarabía y lamentos habéis cumplido. Y qué felices y orgulloso por la rabieta. Con ella olvidáis lo dócilmente que lleváis las cadenas. Y son esas cadenas las que permiten a los males de la patria perpetuarse.
     >>Y no creáis que yo me libro: yo quizás sea peor que vosotros, pues viendo claro donde está el mal, me callo y me sepulto en las sombras sin luchar, desanimado y de vuelta de todo… Pero a qué gastar más razones y tiempo… Es inútil…
     Tras decir estas palabras, las últimas un hilo de voz que casi llegaba al susurro, el buen hombre cayó en un sombrío silencio, con la mirada fija en no se sabe qué punto, absorto en Dios sabe qué… Los demás también callaron; unos rabiosos, otros avergonzados, alguno que otro indiferente, pues hacía tiempo que su mente dispersa naufragaba en el fondo de la copa… No faltó quien sintiera pena del anciano. Menos mal que la Fortuna no entiende de bares y no está ociosa, pues acudió a solventar tan delicada situación, aunque fuera en forma esférica y de cuero. El partido comenzaba, y el camarero, muy hábilmente, reclamó la atención de la parroquia, que acogió alborozada la noticia. Todos salieron en estampida para coger un buen sitio.
     El Chopo se quedó atrás; no temía por su sitio. Tras clavar su ojuelos en el anciano maestro con un odio cerval y un deseo de venganza inextinguible, se metió en el tugurio exclamando muy a la española, es decir, para su capote mientras desaparecía sin mirar a mi amigo, que se salvaba de una paliza porque era viejo. En realidad, lo que le salvaba era la presencia del fornido y valeroso Arcadio, pero tenía el gallo que, a su vez, salvar su honor. Aún pudo oír a don Nicanor, que más hablaba para sí mismo, decir lo siguiente:
     -La única suerte de ser viejo es, precisamente, haber llegado a viejo. Nada más. A pesar de sus miserias, la vida es hermosa y digna de ser vivida, auque sólo sea por el gusto de leer un buen libro o de conocer a las pocas personas decentes y de bien que aún quedan.
     Dicho esto, cerró su libro, apuró lo que le quedaba de té y se levantó muy despacio. Una vez de pie, miró a mi amigo con inefable dulzura y le regaló una sutil reverencia a modo de saludo y agradecimiento. Mi amigo le correspondió encantado. Se puso el anciano el sombrero y se marchó con paso quedo. Arcadio le siguió con la mirada hasta que llegó al portal de una casa vieja y humilde que estaba muy cerca. Se perdió de vista la entrañable figura. Y ya nunca más supo de él. Un par de minutos después, mientras mi amigo saboreaba lo ocurrido, vio en lontananza a su compañero, que se acercaba puntualmente impuntual. A pesar de llegar tarde, y lo sabía, no crean que se apuraba: continuaba caminado tan tranquilo con su cachaza de siempre y una estúpida sonrisa en la cara. Algún día tendré que hablar de este otro espécimen. Pero, eso sí, será otro día.
     Por cierto, antes de abandonar aquel teatro de miserias y grandezas, pudo escuchar mi amigo cómo la masa berreaba de nuevo, esta vez enfangada en discusiones balompédicas, pues si un poco antes eran todos salva patrias estadistas de primer orden, ahora se habían convertido en expertos entrenadores que sabían de buena tinta de qué modo su equipo podía salir de la crisis y convertirse en el mejor para la eternidad. Parecía como si hubieran olvidado lo ocurrido tan sólo unos minutos antes. Seguramente, así era.