martes, 24 de noviembre de 2015

EL FASTIDIOSO



     Es preciso confesar que si para un misántropo como yo el trato con el género humano las más de las veces es sumamente enojoso, también, dado que me declaro estudioso del alma humana, proporciona un fascinante caudal de información, pagada, dicho sea de paso, con un alto precio: el de soportar a mucho majadero.
     Mis años de estudio, limitados básicamente a la piel de toro, me permiten establecer diferentes tipos humanos, dándose el frecuente caso de los sujetos proteicos que pueden encuadrarse en varios al mismo tiempo. Quizás algún día haga un estudio pormenorizado de todos ellos, desde el patoso al soberbio; el pícaro al perdonavidas; el graciosote al cafre… y a qué seguir enumerando.
     En esta ocasión me interesa uno que se da mucho por estos lares patrios nuestros: el del fastidioso. Y por tal título entiendo al espécimen que ha nacido con el único fin de molestar a los demás. En esta clase de personas todo acto parece regido por ese principio. Podría citar muchos casos, como el de aquel que en un entierro, y ante el obligado silencio, no puede evitar cuchichear sin parar bobadas sin ton ni son; o el del maldito que se pasa todo el entreacto sin toser, y es caer el telón y comienza con una sinfonía tormentosa de tosidos que parece se le va a salir un pulmón. Y eso por no mencionar al (ahorro epítetos) que, temeroso del contagio, se pone a abrir un caramelito, dando de bajo continuo al monólogo del actor principal el más que molesto ruidito de marras.
     Todos aquellos que hayan tenido la mala suerte de trabajar cara al público, o conocen a quien lo haya hecho, podrán dar mil ejemplos del fastidioso. Es de los que se quedan dando vueltas por una futesa antes de entrar en algún sitio, y basta que quien haya de recibirle, que aguardaba impaciente, coja el teléfono o se ponga a hacer algo, cuando le vemos lanzarse como un rayo a reclamar la atención de quien ha poco aguardaba en balde.
     Y qué me dicen de esos que van a un comercio y, sabiendo que detrás se ha acumulado una cola más que considerable, se ponen a hacer preguntas tontas, tanto como sus entendederas a la hora de asimilar las respuestas, o tardan varios siglos en encontrar la cartera y en sacar el dinero. Conozco un truco infalible para estos que, ante un mostrador, parecen empeñados en llevar al suicidio a quien los despacha: nunca hay que mirarles ni esperar; cuando empiecen con su numerito para tener al que espera desesperado, es mejor que éste se ponga a hacer otra cosa y los ignore. En el acto, aparece la moneda perdida que, de prestarles atención, hubiera quedado en la faltriquera otro par de minutos más.
     Peores son, empero, aquellos que piden algo, y cuando ya han sido atendidos, salen con un“no, pero ponme dos” o un “no, el azul”, dando esa información cuando el sufrido trabajador que les atiende ya tiene en la mano la mercancía. Y, encima, se enfadan porque no se les lee el pensamiento.
     En definitiva, y por no alargarme más, ejemplos hay para dar y tomar por esos mundos de Dios de gentes que se fenecen por tocar las narices al prójimo para ser felices. Ignoro a ciencia cierta la causa: tal vez por necesidad de llamar la atención; quizás para desahogar la frustración; quizás porque el español medio suele ser bastante cabrón, y perdón por el palabro.
Conozco a un amigo, principal fuente para la redacción de estas letras, que cree haber dado con la solución para este afán de molestar entre los vecinos de la villa donde vive, y de cuyo nombre prefiere no acordarse (es más, preferiría olvidarse de él): los villanos de tal sitio acostumbran a fastidiar de este modo, las más de las veces, para sobrevellevar mejor el complejo que tienen por ser tan bestias y zopencos. Así, dejando mal al que tienen enfrente, ellos parecen menos tontos; palpando los innombrables se hacen la ilusión de estar por encima de aquel a quien incordian, con lo que mitigan la pesadumbre de saberse unos trozos de carne insignificantes en un mundo que nos ha hecho creer que todos somos poco menos que reyes.
Sea como fuere, como esto no va a cambiar, y si lo hace será para peor, lo mejor que se puede hacer es cargarse de resignación, poner al mal tiempo buena cara y aquí paz y, después, gloria, a no ser que se aprueben oposiciones a farero con plaza en el fin del mundo o encuentre uno un cómodo y solitario antro a donde mudarse, como un servidor de ustedes. Mucho tardé en venirme a La Caverna.








 

jueves, 19 de noviembre de 2015

OCURRENCIAS MISANTRÓPICAS Y PENSAMIENTOS VARIOS DE UNA MENTE QUE PIENSA DEMASIADO, PERO NO LO SUFICIENTE






Sólo un alma delicada y exquisita puede saborear un hermoso recuerdo con la misma intensidad con la que disfrutó de aquello que lo origina.

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El amor en la distancia es el más dulce de los sufrimientos.

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El dolor de ver partir a la amada queda más que compensado por la alegría de volver a verla.

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Nos han hecho creer que tenemos muchos derechos, pero en realidad sólo nos han dejado uno: creer que tenemos muchos derechos.

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La mayoría de las personas desean exhibirse para buscar el propio lucimiento sin saber que, la mayoría de las veces, sólo se lucen ante sí mismos.

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La injusticia es universal, pero se ceba especialmente en aquellos que no luchan por la justicia.

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Todo el mundo aprende a hablar. Qué pocos aprenden a callar.





   
Dichoso aquel que confía en el ser humano…, pero que se atenga a las consecuencias.

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En nuestros penosos días el éxito del talento es su fracaso.

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Resulta pasmoso ver cómo, las más de las veces, se aferran las masas desesperadamente a su perdición.

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Esta mañana, mientras me tomaba mi café, he llegado a la triste conclusión de que iba a ser el único amigo que me iba a encontrar a lo largo del día.

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Sólo se aburren aquellos que no pueden estar a solas consigo mismos.

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La mentira es el mayor de los bálsamos. Por eso reina en el mundo.

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No hay mayor tortura, ni mayor deleite, que no pertenecer al siglo en el que se vive.

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Vivimos en unos tiempos en los que no saber nada nos acerca más a la verdad que creer saberlo todo.

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Alguien dijo que cuanto más conocía a los hombres más quería a su perro. Comparto esa opinión, y eso que no tengo perro.

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Si les das a la mayoría de los hombres entera libertad, sentirán miedo como un niño en la oscuridad; si les das una aparente libertad, gozarán como un niño con un juguete nuevo. Esta es la lección que todo tirano aprende primero.  





















domingo, 15 de noviembre de 2015

LADRIDOS EN EL JARDÍN. A BUEN ENTENDEDOR...



   "Lo característico del momento es que el alma vulgar,
sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar 
el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera... 
Quien no sea como todo el mundo, quien no piense 
como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado."
                                             
                                                       José Ortega y Gasset




   Mi buen amigo Epicuro Marcial acaba de enviarme estos ladridos que ha poco encontró enterrados, como un hueso duro de roer, y muy roídos, en el jardín de su Club. A mí no me dicen nada, pero ya que me los envía, aquí los dejo caer...




Caminaba cierto día
Dïógenes por Atenas,
paseando con sus penas
por todo lo que veía.

Mucha era la podredumbre
y grande la corrupción;
pues tanta era la inacción
de la boba muchedumbre.

El ágora hervía en gentes,
malos los más, y cretinos.
Inflaban sus desatinos
políticos y pudientes.

Reinaba infame placer;
gobernaba la mentira:
 excitaba, ¡ay!, el mal la ira
tras la verdad por doquier.

Muy cargado de razones,
harto de tanto percebe,
a la hipnotizada plebe
se arroja, hasta los cojones.

Lánzase a herir al yerro,
a fuer de tener gran ciencia,
para morder la conciencia,
ya que así muerde este perro.

En una fuente se asienta,
y allí desde su tribuna,
aunque más solo que la una,
bien les canta las cuarenta.

Diluvian con gran derroche
sentencias de un alma sabia:
aconseja a los de Babia
y atiza con el reproche.

Mas ninguno para el paso,
y contempla desolado
cómo pasan a su lado
sin hacerle ningún caso.

Le ignora una masa idiota
que abraza con devoción
a su propia perdición,
y no entiende ni una jota.

Le enoja tan vil fracaso,
mas no se da por vencido,
pues su magín ha parido
una traza muy al caso.

<<Ya verá esta patulea
que desoye mis consejos:
quedarán como pendejos
ante mi gran idea>>.

Da comienzo al desvarío:
encomendándose a Palas,
hace de sus brazos alas
mientras canta el “pío, pío”.

Se muda en pájaro el can,
y de lo más mamarracho;
raudo acude el populacho
como si allí dieran pan.

La verdad no les perturba,
mas si el numerito aquél,
y en frenético tropel
se dispara hacia él la turba.

Le contemplan admirados,
entre risas y sorpresas,
aquellas mentes espesas,
y todos muy solazados. 

Pero al poco el sabio para.
Termina su extravagancia
henchido de repugnancia;
¡les mira con una cara!..

<<¡Pero anda que sois cazurros!
Merced a una tontería,
no por mi sabiduría,
os tengo aquí como a churros.

Os aterra la verdad;
rechazáis lo provechoso,
mas con ánimo goloso
devoráis la iniquidad.

Ignoráis a quien os guía
y os da en la tiniebla luz;
luego agacháis la testuz
y adoráis a gente impía.

Sois unos niños simplones:
jugáis sin querer saber,
y siempre vais a caer
en las mismas seducciones.

Venga al vulgar placer culto:
y a un noble bien, rechazo.
Disfrutad en el regazo,
esclavos, de un amo oculto.

Lo digo sin disimulo,
si abrazáis el mal y el daño
entregados al engaño,
por mí, que os den por el culo.>>

Diógenes dejó al gentío
y se volvió a su tinaja:
tan feliz se hizo una paja
abrazándose a su hastío.


Moraleja
El personal no escarmienta:
siempre encima de las masas,
dejándolas como pasas,
habrá un "pájaro" de cuenta.