sábado, 31 de octubre de 2015

EPÍLOGO

      
Qué diferente era todo. Parecía un sueño lejano que hace pocas semanas aquel solar acogiera un campamento de hombre rudos que trabajan sin cesar, vociferando, riendo, jurando…, entregados a sus tareas con afán y a sus ocios con singular alegría y camaradería. Ahora el silencio reinaba, tan sólo turbado por el gemir del viento. El frío era intenso. Después de pasear en brazos de mi melancolía por lo que ahora era un páramo, entregado a mil recuerdos dispares, me dispuse a entrar por última vez en La Caverna.
Todo había terminado, si es que podía terminar alguna vez. Mi venganza se había culminado. Ignoro si se había hecho justicia.  Me daba igual. Ya todo me da igual. Una absoluta indiferencia me domina; un inmenso vacío es lo único que me queda.
Con un vago sentimiento de tristeza entré en el antro a donde mi destino me había llevado meses atrás. Sólo quería ver por última vez el escenario de tantos pesares y dichas. Quería ver aquella tumba donde yacía… Diógenes. ¿Sería él quien durmiera el eterno sueño en su lecho de piedra? Había tantas incógnitas, tantas preguntas. Pero ya no me quedan fuerzas para seguir buscando. Una vez rendidas las cuentas, una vez realizado el último homenaje a un camarada, un hombre excelente, sólo me quedaba retirarme.
Como un alma en pena pasé por los rincones de la cueva que más huella me habían dejado. Debo confesar que no sentí la emoción que creí me despertarían lugares tan importantes para mí. Parecían acordes con la luz de aquella tarde, especialmente mortecina, casi lúgubre. El silencio era ahora sepulcral. Un aire de desolación lo cubría todo. Finalmente, llegué a la “cripta” donde yacían los restos encontrados hace poco. El mapa que el capitán dejará en el sitio indicado había resultado de lo más eficaz, pues en poco tiempo hallé la cámara que, de otro modo, me hubiera llevado mucho encontrar.
En el centro de la misma, un montón de piedras coronadas con una sencilla cruz de madera aparecía como la última morada del cuerpo de Misandro. Sin duda, su alma ya estaba en el Cielo. Me senté cerca de la tumba. Mientras pasaban fugaces ante mí muchas imágenes del pasado, saqué la pipa y la petaca y me dispuse a hacer el mejor tributo que se podía hacer a mi amigo, si es que de verdad los restos que descansaban allí eran los suyos. ¿De quién si no?
-Va por ti, viejo amigo -dije con un amargo tono, y me dispuse para la oportuna libación en su honor.
Varios sentimientos indefinibles se mezclaban en mi interior, con atenuado rigor. Pena, tal vez; remordimiento, posiblemente; hastío, seguro. Mi espíritu se hallaba ausente, aunque no tanto como para dejar de sentir cierta inquietud. Quizás fuera la inercia de mis pasadas aventuras, tan llenas de sobresaltos y emociones; tal vez el que estaba condenado a muerte y nunca dejarían de perseguirme, mas no podía librarme de la sensación de no estar solo. No podría explicarlo, pero hubiera jurado que alguien más estaba allí. Mi razón me decía que todo eso eran tonterías: buen cuidado había tenido de que no me siguieran. ¿Acaso alguien enviado por “ellos” llevaba esperando días por si aparecía? Sea como fuere, y ya que la razón tantas veces se había revelado inútil bajo aquellos muros pétreos, deslicé disimuladamente la mano hasta el bolsillo del capote y saqué mi pistola. La luz cenital que se esparcía por la pequeña estancia desde una oquedad situada justo encima de la tumba comenzaba a ser tan insuficiente como irreal. Encendí una lámpara que había llevado conmigo. Hasta entonces había encontrado imprescindible la penumbra que me envolvía. Y no es que temiera por mi vida, pues no se teme por lo que no nos importa, pero no quería darles ese placer a los diabólicos seres a los que me había enfrentado.
De repente, un frío terrible se adueñó de mí. Las fatigas y algunas heridas comenzaban a hacer mella en mí, pensé. Eché un nuevo trago y me encomendé a mi pipa para que me hiciera entrar en calor. Aunque afectaba total tranquilidad e indiferencia, permanecía alerta. En un momento dado, cuando echaba al coleto otro sorbo del elixir que portaba en mi petaca, vi de soslayo como una sombra furtiva se movía en la entrada de la gruta. ¿Imaginaciones mías? La luz que provenía del exterior casi se había extinguido; la que mi lámpara daba apenas iluminaba un par de metros más allá de donde estaba. Pronto saldría de dudas. Me puse en pie de un salto y encaré el lugar donde creí se había posado la sombra.
-Salga de ahí, quienquiera que sea. De lo contrario, será mi revolver quien deba pedírselo.
Silencio. Avancé aún unos pasos más dispuesto a todo. Un leve susurro ronco, casi de ultratumba, hizo que el corazón me diera un vuelco.
-Con esta luz y ese viejo cacharro, dudo mucho que acertaras…
-¡Por vida de…! Vamos a comprobarlo…
Una risotada espantosa, que retumbó en toda La Caverna, fue la respuesta a mi amenaza.
-Bien lo sé, Segismundo. Yo le regalé esa pistola a tu padre.
Y mientas tales palabras llegaban a mí, la sombra avanzó y se dejó ver:
-¡Diógenes!
Por un momento pensé que soñaba, o que algún extraño delirio me dominaba. ¿Estaría envenenado el brandy que había bebido? No podía ser. Delante de mí, a escasos dos metros, se hallaba Misandro, tal como la última vez que lo vi, aunque más delgado y horriblemente pálido.
Creo que por lo menos pasó un minuto en el que permanecí inmóvil frente a él. Tantos sentimientos se agolpaban en mi interior, tanto tenía que decir, y me quedé paralizado. Diógenes estaba vivo, ¡gran Dios!, estaba vivo. Al cabo de ese minuto, me lancé a darle los brazos a mi amigo. Sin embargo, con un gesto imperioso, Diógenes me indicó que me quedará quieto.
-Me alegro de verte, hijo -exclamó con voz queda y muy tranquila, casi apagada. Un acento de infinita  tristeza latía en esa voz.
Ahora que lo tenía más cerca, pude observar que su prisión le había marcado: el rostro aparecía un tanto demacrado, con unas facciones más angulosas, hasta duras, de lo habitual. Los ojos se habían hundido, y la mirada parecía perdida en el infinito, más allá de todo. Pero lo que más me impresionó fue su expresión grave, casi funesta. Su gesto era muy severo, con el ceño fruncido y los labios, lívidos, contraídos. Pero no era de extrañar en esas circunstancias.
Su frialdad me choco, pues si bien mi amigo nunca había sido muy efusivo, yo hubiera esperado una reacción algo más emotiva en un momento así. Pero estaba demasiado sorprendido y contento como para darle vueltas a la cuestión, y menos aún para molestarme.
-Yo también me alegro… No sabes cómo me alegro. Tenemos mucho de que hablar, amigo mío -le dije exultante, tras una breve pausa y una vez recuperado de la impresión.
-Desde luego, Segismundo. Pero no aquí -respondió clavando los ojos en la tumba con una mirada indescriptible-. Vayamos al lugar donde hace no mucho acostumbrábamos a charlar largas y felices horas.
Y me invitó a salir de aquella cripta. Durante el camino hacia el rincón al que se refería, se mantuvo en todo momento detrás de mí, en silencio. Su modo de conducirse, sus ademanes, su gelidez, me movieron a no abrir los labios. Las pocas veces que miré atrás para cerciorarme de que me seguía, pues ni siquiera oía sus pasos, sólo percibí una sombra que parecía flotar.
Una vez llegados, le conminé encarecidamente a que me esperase mientras iba a por algo de leña y a por mi mochila. La buena noticia me había despertado el apetito, pese a que las brumas de mi melancolía no se habían disipado. Algo inquietante flotaba en el ambiente. Salí de La Caverna. La noche había caído, una noche fría en extremo y algo lluviosa. El cielo aparecía encapotado por un velo grisáceo salpicado de nubarrones oscuros que le daba un aspecto espectral a las tinieblas nocturnas. Menos de veinte minutos después, un fuego decente ardía en La Caverna. Yo estaba aterido. Me pegué a la hoguera mientras preparaba una frugal cena. Diógenes se mantuvo alejado varios metros. Sentado sobre una piedra, inmóvil la mayor parte del tiempo, no probó bocado. Lo más extraño de todo fue que no quiso tomar café, ni licor alguno. Para mi sorpresa, no fumó.
Cuando me decidí a romper el hielo, al poco de empezar mi colación, lo primero que le participé, además de repetirle que tenía mucho que preguntarle, y que contarle, fue mi extrañeza al verle vivo, pese a ciertas sospechas. Evité cualquier efusión o palabra cariñosa, pues era evidente que le hubiera molestado.
-No es mi cadáver el que yace allí sepultado. Pero dejemos tranquilos a los muertos. No hablemos ahora de mí. Háblame de tus hazañas, Segismundo.
La seriedad, casi fúnebre, con la que me dijo tales palabras me disuadió de discutirle, pese a que ardía en deseos de saber lo que había sido de él en todo este tiempo. Y malditas las ganas que tenía de rememorar lo pasado entre las “tarántulas”.
-“Infandum, rex, iubes renovare dolorem” -dije parafraseando a Virgilio. Suspiré. Y comencé a hablar.
Durante las horas siguientes di cumplida relación a Misandro de todos mis avatares desde las explosiones que habían dejado sepultado a quien tenía delante. Misandro, cada vez más sumido en la oscuridad a medida que el fuego decaía, escuchaba en silencio, imperturbable. De vez en cuando preguntaba algo, pedía que le repitiera alguna información o matizaba mis comentarios, preguntando a veces si estaba seguro de lo que decía.
Cuando hube terminado, un largo silencio se impuso. Al cabo, Diógenes me dijo que descansara un poco. Él velaría mi sueño. Ignoro cuánto tiempo dormí. Quizás fueron horas que pasaron como segundos; tal vez segundos que parecieron horas. Cuando desperté, estaba solo. Bien sabía que sería inútil buscarlo. El momento de partir había llegado. Cuando fui a recoger mis cosas, vi una nota entre ellas. La letra era de mi amigo. Por extraño que parezca, me dio la impresión de que había sido redactada hace tiempo.

Querido Segismundo:
     No sabes cómo lamento mi frialdad de esta noche, así como no poder despedirme de ti. Mi tiempo se acababa. En verdad, mi tiempo se ha acabado. Pero el tuyo comienza ahora.
  Quiero que sepas que tu arrojo y astucia me han impresionado. Eres digno hijo de tu padre. Le conocí bien. Fue hace mucho, en aquellos tiempos en los que te mecí en mis rodillas; en los que te quedabas dormido en mis brazos. Esta noche, al verte dormir de nuevo, dulces recuerdos del pasado han venido a endulzar la amargura del presente.
 Agradezco en el alma todo lo que has hecho por mí. Ha sido una proeza. Y no tengo otro modo de compensarte que dándote un consejo: huye del mundo y ve sin dilación a la Torre, ese refugio que ayudé a construir y que había de ser el lugar privilegiado donde unos pocos elegidos habían de pasar en eterna dicha sus días postreros. Sé que es tu deseo desde hace tiempo. No te extrañes: sé muchas cosas.
 Corre hacía allí y no mires atrás. Olvida La Caverna, olvídame a mí y, sobre todo, olvida lo que esta noche me has contado. Nunca se lo cuentes a nadie. Y respecto a lo que me ha sucedido a mí en estos meses, tampoco conviene que lo sepas. Quizás algún día…  
 En tu mochila te he dejado unos papeles que te serán de mucha ayuda en el futuro. Haz buen uso de ellos. Puede que te salven la vida.
Ahora, ve, Segismundo. Que Dios te acompañe y te guíe. Espero que a mí me perdone algún día. Hasta siempre.”

Salí de La Caverna profundamente conmovido. Amanecía. El cielo aparecía casi despejado, dejando ver su más radiante faz entre algunas nubes en la que el negro y el gris pugnaban con el oro con que el sol las ribeteaba. Sin ni siquiera mirar lo que Diógenes me había dejado, preparé mis enseres en muy poco tiempo y monté. Cuando eché una última mirada al lugar al que ya jamás volvería, vi en la entrada una forma difusa entre las penumbras. Su mano se alzó para despedirse. Hice lo mismo. Giré el rostro, pues las lágrimas se agolpaban en los ojos. Al segundo, me volví para mirar de nuevo. Ya no había nadie. Espoleé a mi montura y salí de allí. Me esperaba mi destino.  


















martes, 20 de octubre de 2015

DOS CARTAS


      Estimado señor Delantro:

          Me tomo la libertad de escribirle estas líneas, que considero imprescindibles. Tengo que darle una mala noticia.  Pero iré al principio. Dos días después de su marcha, a eso de las once de la mañana, realizamos un descubrimiento lamentable. Me explico. Siguiendo el plan previsto, atacamos los últimos rincones de la caverna donde se habían producido los desprendimientos más notables. Tras despejar una gran cantidad de rocas que en los más profundo nos estorbaba el paso, dimos con una serie de galerías. Mandé a explorar a varios de mis hombres por ese laberinto. Nada singular vieron, salvo uno de ello, que nos contó cómo había llegado a un lugar muy pintoresco, de “esos que le gustan al señor Delantro”, usando sus palabras. Como no soy hombre de letras, me ahorro las descripciones. Sólo diré que, de verdad, la luz que entraba parecía mágica. También nos extrañó la forma de la gruta, que parecía casi un círculo perfecto.
     El caso es que la regularidad de las paredes fallaba en uno de los lados, donde se amontaban grandes pedruscos. Quizás se deba a su influencia, pero creo que todos nos sentimos impulsados a picar allí. Aquello olía a misterio. En definitiva, y sin más dilaciones, nos aplicamos al trabajo. Casi tres horas después, vimos algo horrible: un cadáver. Perdone, amigo Delantro, mi falta de delicadeza al contarle lo sucedido, pero no es el momento de andarse con miramientos.
     Como comprenderá, nos quedamos de una pieza. ¡Por mil demonios, que no es para menos! Mi primera intención fue la de dejar al pobre aquél como estaba y escribirle para contarle lo sucedido, y que usted examinara el cuerpo. Pero después de nuestra despedida, ya sabe. Entonces, decidí echarle un vistazo yo mismo. No soy hombre que se arredré fácilmente, y más de un muerto llevo visto, pero, no sé por qué, la idea de mirar aquel cuerpo me aterraba. Hice de tripas corazón y lo examiné. Estaba en un avanzado estado de descomposición. Se cubría con unos jirones de ropa que parecían harapos, muy sucios y llenos de sangre. A decir verdad, no parecía que aquel pobre infeliz hubiera muerto aplastado, a juzgar por lo entero que estaba. Pero cómo demonios había llegado a parar bajo ese montón de piedras. Una cosa sí noté: en la cabeza tenía huellas de un impacto, del cual había manado bastante sangre.
     Como no tenía estómago para seguir, ordené que sacaran de entre los escombros a los restos. Allí mismo le dimos cristiana sepultura. Yo, como capitán de barco, oficié un sencillo funeral. Rezamos por el alma de aquel desgraciado, y salimos de allí para no volver. Si acaso puede usted volver a la caverna de nuevo, y quiere visitar la tumba, he dejado en cierto nicho que bien conoce usted un detallado mapa. No hay pérdida.
     Nada más terminar estas líneas, enviaré a uno de mis muchachos a la población más cercana para que deje la carta en la oficina de correos. La dirijo a  las señas que me dejó. Y como todo lo que le rodea, amigo mío, me huele a chamusquina, le pediré al mozo que se ande con suma cautela. De hecho, creo que lo mejor será que se quede en la fonda del pueblo con la intención de no perder de vista al coche de postas y de ir a por la respuesta nada más llegar. Y en cuanto tenga algo, que se vuelva. Aguardo sus letras, señor Delantro. Vive el Cielo que las aguardo.
     Me despido ya, que hay trabajo, lamentando mucho todo este espinoso asunto. Por usted no pregunto porque sé que no me va a contar nada. Sólo espero que todo le vaya bien y que me sea concedido volver a verlo sano y salvo. Dios le bendiga. Hasta siempre.
     Quede usted con el Hacedor, pero para verlo dentro de mucho. A sus pies, su más humilde servidor,


                                                         Capitán F. F.


 
*          *          *



     Querido Capitán F…:

          Ha obrado usted con extrema diligencia y cautela. Le felicito. Desearía extenderme más sobre la cuestión, y darle las oportunas explicaciones, pues harto las merece. Pero carezco del tiempo necesario para ello, y no creo, por su bien, que deba usted saber más. De hecho, considero punto menos que imprescindible que nuestra  relación quede zanjada definitivamente. Estas palabras me duelen a mí mucho más que a usted, se lo aseguro, pero debo decirlas. Nacen de la misma fuente que tal dolor: el enorme afecto que le profeso, amigo mío.
     Muchas gracias por todo, capitán. Su cooperación me ha sido valiosísima; su compañía inestimable; su amistad, el mejor tesoro. Le quedaré eternamente agradecido por ello, a lo que debo sumar el delicadísimo detalle de dar sepultura a ese cadáver. Quiera Dios que un día pueda contárselo todo. No, imposible.
     Hasta aquí hemos llegado. Para empezar queme sin dilación esta carta. Después, le ruego que dé orden tajante de levantar el campamento: los trabajos en La Caverna quedan desde el momento de recibir la presente terminados. Y no deben esperarme. Partan de inmediato y háganse a la mar cuanto antes. Y si es a un lugar lejano, mejor. Pero antes de finalizar estas letras, me permito una última advertencia: por lo que más quieran, sean discretos en extremo al partir, tanto o más de lo que fuimos al ir. Olviden todo lo hecho y todo lo visto. Desechen todo lo que pueda relacionarles con el lugar maldito donde ahora están Y, por amor de Dios, que a nadie de la tripulación se le ocurra soltar la lengua. Ni La Caverna ni yo hemos existido nunca. Y si no lo quieren hacer por deferencia a mí, háganlo por el mero amor a la existencia.
     Hasta siempre, Capitán. De nuevo reitero mis gracias. Ha sido un honor… un placer. Nunca le olvidaré. Yo sí puedo permitirme ese lujo. Posiblemente sea el único que me quede.
     Queda a sus pies, como su más humilde servidor,

     
                                                               S. D.