domingo, 27 de septiembre de 2015

EL HALLAZGO (V). 1ª PARTE


     Por fortuna, o por desgracia, la relación de mis aventuras debe terminar aquí. Si mi intención primera era únicamente contarles cómo ayer llegó a mí un fabuloso hallazgo que cambia el signo de mis avatares de un modo considerable, el torbellino de mis recuerdos ha traído desaforadamente toda una retahíla de recuerdos que abarcan semanas. Nada peor para una imaginación desbocada que la fusta de la evocación. Y es una lástima que no tenga tiempo de referirles lo acaecido desde que hallara el fabuloso lago subterráneo: podría participarles el pasmo que sacudió a los que guardaban el campamento al verme aparecer medio desnudo por su retaguardia, así como los trabajos que me tomé para bajar de aquellas alturas. También es digno de mencionar la reacción de mis compañeros, que aguardaban fuera de sí en el “Rincón de las Musas”, en especial la del joven grumete, que rompió a llorar como un niño, o la del capitán, viejo hosco y frío, que me dio un abrazo tremendo y me regaló sus más efusivas muestras de consideración al son de un emotivo “al fin, hijo mío”. Jamás pensé que aquel hombre, noble pero rudo, pudiera dejarse llevar de ese modo, pero lo celebré en extremo. Imagino que se harán una idea de la impresión que les causó mi descubrimiento, y más cuando pudieron contemplarlo y saborearlo. No sería menos interesante que les refiriera todos los afanes y tareas necesarios para saquear la bodega, así como otras industrias para husmear por la Caverna y hallar nuevas salidas y memorables rincones. Recuerdan la orgullosa columna salomónica que se alzaba en medio de las aguas: pues conseguimos escalarla y establecer un juego de cuerdas y poleas con los que ganar la abertura que culminaba la bóveda de piedra. Otras muchas cosas sabrosas podría narrar, pero temo volver a las andadas. Y el tiempo apremia. Vayamos, pues, al grano. Vayamos al comienzo de mi relación. Volvamos a ayer.
     Antes de entregarme a diversas rememoraciones, ya les dije que estaba descansando al amor de un buen cigarro, y en el trance de estrechar la mano a Morfeo. Al final de las mismas, mis ojos se cerraban y ya comenzaba a llegar a ese estado en que la vigilia se confunde con el sueño. Seguro que a quien lea estas páginas le ha ocurrido alguna vez que en ese estado en que la consciencia parece velada algún objeto de su alrededor se ha transformado, por caprichos de la imaginación, en otra cosa. Es como cuando nos despertamos lentamente y la última imagen del sueño que hemos tenido se torna, por ejemplo, en el batín que cuelga del perchero. ¿Nunca les ha pasado? Pues esa misma sensación tuve. A punto ya de dormirme, la cabeza caída sobre mi hombro izquierdo, mis ojos se posaron sobre una forma que aparecía sobre la pared. Como si de una iluminación se tratara, relacioné dicha forma con otra que no mucho antes había tenido muy presente. En la lucha que se daba en mí entre dormir y estar despierto, entre lo racional y lo inconsciente, me llegó un rapto de lucidez. Aquello era… Me desperecé en un segundo. Fijé la atención. Me levanté como un rayo y me dirigí a la pétrea pared que a unos pocos metros estaba delante de mí. En efecto, la forma que allí se dibujaba era la que yo sospechaba. Y no era un capricho de la naturaleza: había sido grabada con algún objeto punzante. Se preguntarán qué era, imagino. Perdonen si soy discreto al respecto, pero no puedo revelarlo. Sólo diré que era el motivo principal que adornaba el papel de la pared del infame tabuco donde solía hospedarme, en un hotelucho de P…, el cual me servía como cuartel general durante mis investigaciones en aquella gran capital, culmen de mis aventuras. En aquel miserable cuarto también se hospedó Diógenes años atrás.
     Era evidente que aquello era una nueva pista. Y juraría que reciente. Cada día estaba más convencido de que mi amigo vivía, pero, ¿por qué no salía a la luz? ¿Qué temía? ¿Acaso no confiaba en mí? Dejé esas preguntas para más tarde, pues de nuevo me las veía con un acertijo, y la experiencia me había enseñado que tras ellos siempre se ocultaba algo sorprendente. Tanteé la pared en busca de una entrada, como en otras ocasiones. Esta vez fue en balde. Durante varios minutos me afané en una minuciosa revisión de aquella masa de roca, que parecía infranqueable. Qué nueva industria habría pergeñado Misandro. Me hice con una lámpara de gas, pese a que la iluminación no era mala del todo, y seguí buscando con ahínco, palmo a palmo. Tras casi un cuarto de hora de búsqueda, caí de rodillas decepcionado. Dejé la lámpara en el suelo, pegada a la roca. Comencé a escuchar cierto alboroto fuera. Mis camaradas comenzaban a prepararse para las faenas. Hice acopio de fuerzas y resignación, más con la idea de echar un tiento a uno de los gloriosos barriles hallados que con la de seguir trabajando, y me dispuse a levantarme para unirme a la cuadrilla en la faena. Eche mano a la lámpara y… ¡Cielos!... Allí estaba la pista que me faltaba. Casi a ras de suelo, había otra marca grabada, pequeña y no muy profunda. Parecía una flecha, o un triángulo invertido. No lo distinguía claramente. Pero lo que sí acerté a comprender era que aquella señal indicaba que lo que se me quería revelar estaba allí, enterrado. Con una inusitada emoción clavé en el suelo las manos. Pude disfrutar del dulce sabor del éxito: la tierra había sido removida en aquel lugar, y no parecía que hubiera sido hace mucho.
     Sin pensar si quiera en participar a mis compañeros mi hallazgo, o en coger alguna herramienta, me lancé a escavar. Por fortuna, el suelo cedía fácilmente a mis zarpazos. Me entregué febril a la tarea. La arena cedía, pero a medida que avanzaba se volvía más compacta. Gruesas gotas de sudor resbalan por mi frente, cayendo sobre los ojos. Las manos empezaban a dolerme. Pero mi impaciencia se imponía sobre el sentido común, que demandaba una pausa y que atacara la labor en mejores condiciones. Nada importaba, salvo hallar aquello, fuera lo que fuese, que me aguardaba. ¿Qué podría ser? Estaba convencido que allí, bajo el suelo de la Caverna, encontraría algo sorprendente. No podía ser de otro modo. Al menos, deseaba fervientemente que así fuera. El agujero comenzaba a tener una hondura considerable, nada aparecía y comenzaba a desesperarme. Hice una pausa. Recuperé el resuello y de nuevo reemprendí la tarea. Estar parado me sacaba de quicio. En medio de mis tribulaciones, uno de los marinos entró a decirme que ya estaban listos para reemprender la labor. Le gruñí casi salvajemente que estaba muy ocupado y que ahora no se me podía molestar. Además, algo más calmado, le ordené que transmitiera a los demás que podían seguir descansando por el momento hasta que yo les avisará. El camarada se retiró con cara de extrañeza y resignación. Acostumbrados a mis extravagancias, no creo que ninguno tuviera curiosidad por saber en qué me ocupaba. Creo que tal curiosidad la suscitaban más ciertos barriles. Salvada la pequeña contrariedad, seguí excavando frenéticamente una vez a solas.
     Ya estaba al borde del abandono cuando mis manos tocaron algo: no podía ser una piedra ni un duro terrón de arena. Con renovado furor continué. Sí, decididamente, allí había algo enterrado. Ya podía distinguirlo: una esquina asomaba. La enganche con una mano y tiré con fuerza, mas sin brusquedad, mientras con la otra retiraba la arena que cubría al objeto. Por nada del mundo quería romperlo. Aunque me dominaba la emoción, no perdí los nervios, y actué con sumo cuidado, casi paladeando el momento. En poco menos de un par minutos, “aquello” estaba fuera. Lo saqué y lo contemplé en mis manos, creo que con la misma admiración devota del arqueólogo que rescata una pieza de gran valor que tal vez responda a preguntas que la humanidad lleva siglos planteándose. Por un instante, quedé paralizado. Aquel objeto era rectangular. ¿Una caja? ¿Un libro? Estaba recubierto por un saco de burda y recia tela, adherido firmemente. Dos cuerdas aseguraban el envoltorio. Saqué mi navaja y procedí a realizar los cortes oportunos con la precisión de un cirujano. Las cuerdas cayeron; abrí el saco, y con sumo cuidado eché un vistazo al interior. Nunca se sabe. Cuando me hube cerciorado de que no había gato encerrado, ni ninguna otra sorpresa, eché mano al objeto que en su interior se hallaba, esta vez envuelto en una finísima tela de seda. En efecto, era una caja. Y qué caja. Impecable, a pesar de que ciertas huellas del tiempo se habían marcado en ella, en mi vida había visto nada igual, pese a estar familiarizado con lo que veía. Me quedé helado. ¡Dios mío! Me temblaba el pulso. ¿Encontraría al fin las respuestas a tantas preguntas?
     Ante mis ojos aparecía un cofre hermosísimo y de proporciones no pequeñas: vendría a tener casi dos palmos de largo y algo más de uno de ancho; otro palmo tenía de alto. Los laterales eran de madera color caoba, lacada al modo de las cajas chinas, con motivos parecidos a llamas y otros vegetales en un rojo oscuro, de fantástica elaboración. En uno de los lados largos aparecía un ave fénix en llamas; en el otro, un águila: ambos de un rojo intenso con ribetes dorados. Pero aún más fascinante era la cubierta: estaba formada por tres cuerpos: los dos laterales, más grandes, eran paneles ajedrezados formados por 8 columnas de cuatro cuadros, enmarcados en uno, y rodeados por una especie de friso decorado con una sucesión de pirámides, negras y blancas. En el lado superior, en el eje, un pequeño círculo enmarcaba otra pirámide con un ojo dentro. El panel central se dividía a su vez en otros tres: el de abajo presentaba una escuadra y un compás, con una gran G en medio; el de arriba, un dragón que miraba desafiante y que se apoyaba sobre el cuerpo central, donde se veía un círculo que contenía una estrella de cinco puntas. No creo necesario decir que aquello no era un artilugio que uno pueda comprar fácilmente en una tienda de recuerdos turísticos. Era evidente que la caja era única y realizada ex profeso para alguien que… ociosas las explicaciones. Mis sospechas se confirmaban. ¡Ay, Misandro!
     Pero no era momento para conjeturas ni reproches. Lo importante era abrir aquella caja tan bella como turbadora, pues con ser valiosa en sí, daba por seguro que su contenido lo sería mucho más. Su peso dejaba claro que en su seno había algo. E igual de claro estaba que se había enterrado allí para que yo la descubriera. Pero, ¿cómo abrirla? No tenía cerradura ni modo aparente de acceder a su interior. Pasé cuidadosamente el dedo por los laterales y no noté ninguna hendidura que me indicara que pudiera abrirla. Me las veía con un nuevo enigma. Estudié la caja con suma atención. La palpé hasta la saciedad. Ya cansado de tantos acertijos, se me pasó por la cabeza estrellarla contra la pared, pero hubiera sido una pena destrozar algo tan magnífico, aunque perverso. Además, quizás podría dañar algún valioso objeto de su interior.
     Me calmé. Decidí que para resolver aquel arcano era mejor discurrir que buscar a ciegas. Respiré hondo. Durante unos minutos estudié todo lo que veía en busca de la clave que me permitiera abrir la caja. Y no tardé mucho en caer en la cuenta de algo: el dragón, para las personas que se entregan a ciertos maléficos cultos, es considerado un guardián. Y éste, que de un modo tan siniestro miraba todo aquel que cogiera la caja, se posaba, como he dicho sobre el círculo con la estrella. Era evidente que la apertura estaba en ese círculo. Acerqué la lámpara y lo observé detenidamente. Toque la superficie en busca de algún botón o resorte que pudiera abrir la tapa. Vano intento. No obstante, en seguida me percaté de algo curioso: el contorno del círculo estaba ocupado por unas apenas perceptibles líneas, al modo de las que indican en los relojes los minutos. Es más, cada cinco líneas, empezando por la que equivaldría a las doce en un reloj, era más larga. Había cien. Una intuición se apoderó de mí. Y si aquello era una caja fuerte. La estrella que se inscribía en el círculo estaba en relieve, aunque muy poco acusado. La así como buenamente pude e intenté girarla a la derecha. Para mi sorpresa, la estrella se movió. La forcé un poco más y volvió a moverse. Intenté girarla a la izquierda, mas me fue imposible. La volví a poner en su posición original. Quedaba claro que no era necesaria una combinación, como en las cajas fuertes convencionales. ¿Cómo demonios abrirla, pues? “¿Y si?..” Pensé. Lentamente, para no pasarme, situé la punta que estaba en las doce en la línea número 33. Nada ocurrió. Un suspiro de decepción y amargura salió de mí. ¿Conseguiría desentrañar aquel misterio?.. Un nuevo destello vino a iluminarme. Puse el dedo sobre el centro de la estrella y apreté. ¡Gran Dios! Se oyó un clic, como si un resorte hubiera cedido, tras los cual la tapa se levantó unos centímetros. Lo había conseguido.

      Continuará



     

sábado, 19 de septiembre de 2015

EL HALLAZGO (IV)

 
        La visión que ante mis ojos se ofrecía es de esas que rara vez se ven y nunca se describen como merecen. Un inmenso lago subterráneo aparecía en todo su esplendor ante quien ha poco había tenido que arrastrarse por las más tenebrosas entrañas de la tierra. El espectáculo era glorioso: la luz que se filtraba daba a las aguas una apariencia irreal, que ora matizaba de colores diversos el líquido cristal, ora lo iluminaba de tal modo que parecía fuera el fondo de oro. En otras partes, apenas iluminadas, el agua se mostraba de un negro misterioso, sin embargo, mientras que en una especie de cala, cercana a donde yo me hallaba, daba la impresión de ser la más cristalina que jamás hubiera visto. Pero lo verdaderamente llamativo eran las paredes que se alzaban de las aguas hasta la inmensa bóveda pétrea que cubría tan singular e ignoto lugar. La naturaleza, durante muchos siglos de ocio, se había entretenido en formar las más dispares formas que se puedan concebir, hasta el punto que tales retorcimientos y formas serpenteantes me llevaron a pensar que a su lado una fachada churrigueresca hubiera parecido antes obra de Juan de Herrera. Me llamó especialmente la atención una delgada masa de piedra que por la erosión había quedado aislada: parecía una columna salomónica, arrogante y solitaria, que se alzaba en medio de aquella estampa de ensueño.
      Pese a que lo merecía, no tenía tiempo para recrearme con tantas maravillas, como no lo tengo ahora para descripciones. Pero no puedo dejar de mencionar la cubierta de aquel conjunto espléndido: lo más llamativo lo formaban las miles de estalactitas que caían en desorden, con mil formas diversas y a cual más extravagante. Era como si se hubiera recreado alguna de las bóvedas de fantasía que los árabes han dejado esparcidas por medio mundo. Lo curioso es que, casi en el centro, se abría a modo de claraboya un gran espacio por el que, a esa hora en la que el sol estaba en su punto álgido, entraba un chorro potente de luz, a modo de rompimiento de gloria, que daba ese aspecto indescriptible a todo. Además, y hubiera jurado que aquí la naturaleza había tenido un ayudante, en diversos puntos aparecía la techumbre de piedra calada de tal modo, como se puede ver en los baños musulmanes, que por los agujeros se filtraban haces de luces que contribuían en extremo a crear efectos prodigiosos.
      Durante un par de minutos no puede menos que recrearme ante la fantástica escena. Mas no era momento de entregarse a efusiones estéticas. Miré a mi compañero, a quien ya he referido sentía ganas de estrangular por todo el suspense y el no habernos adelantado la maravilla que tenía ante mí, con ánimo de ponernos manos a la obra. Para mi sorpresa, no le vi tan asombrado como yo, por más que no esperaba de sujeto tal un alma demasiado elevada como para apreciar tan simpar belleza. Tampoco encontré indiferencia, pues no dejaba de mirar a un lado y a otro con cara de pasmo, como si vigilara o temiera que de un momento a otro nos abordara algún peligro. Estaba por sentir lástima del muchacho cuando me acordé del resto de la cuadrilla y de las palabras del capitán: ya casi había pasado la hora y era de suponer que estuvieran de lo más agitados. Ordené al marinero que volviera a avisar a los otros y que les dijera que bajo ningún concepto debían aventurarse a imitar nuestro penoso periplo. Ya me encargaría yo de investigar por mi cuenta. Sólo debían esperarme. No fue precisamente pesar lo que se reflejó en su cara; antes al contrario, pese al mal trago que le aguardaba. Respecto a los dos compañeros que yacían medio muertos de cansancio en el suelo, le dije que les comunicara que por mí podían descansar un rato más, pero que no tardaran mucho en regresar. Ignoro por qué, pero sentía la necesidad de estar solo. Dadas las órdenes, al punto giré la cabeza a un lado y al otro y me puse a buscar el modo de bajar al lago desde la terraza donde estaba, inigualable mirador para apreciar en todo su esplendor la magna obra de Dios. Antes de partir, mi menudo camarada, que había adivinado mis intenciones, me dijo mientras señalaba a nuestra derecha:
      -Si desea bajar, señor, puede hacerlo por ahí. Hay unas escaleras, pero…
      -Pero qué… Habla ahora mismo o te prometo que acabo contigo -le dijo harto de misterios. ¿Cómo puedes pensar en memeces y supercherías en este momento ante semejante visión?
      -Le puedo asegurar, señor Delantro -respondió entre humilde y amostazado- que yo también me quedé de piedra cuando llegué por primera vez. No sabe qué alegría. Pero cuando bajé por esas escaleras… Llevaba un trecho cuando… Señor, le juro que no estoy loco…
      -Termina de una vez.
      El muchacho, como si realizara un gran esfuerzo por recordar lo que, a todas luces, deseaba olvidar, prosiguió balbuceando:
      -Señor, como le decía, yo también me quedé embobado mirando todo esto. Pero como me entraron unas ganas locas de darme un buen chapuzón, me puse a buscar por donde bajar. Y encontré esas escaleras, sin duda hechas por el Diablo. Yo no me puse a pensar en cosas raras, y bajé a toda prisa. Pero, cuando había bajado unos cuantos peldaños… se lo juro, señor… noté... algo detrás de mí… No sé lo que era, como un aliento… algo… Y cuando quise darme la vuelta… ¡pecador de mí!... Sentí una… mano, sí…, una mano que me empujaba. Quizás esté loco; quizás resbalé y todo sean cuento míos, pero por mi vida le juro que algo me empujó… Caí rodando por las escaleras. Sin mirar si me había roto algo, y menos sin querer saber quién lo había hecho, corrí todo lo deprisa que pude y volví a donde usted estaba…
      -Cálmate, hijo -le dije con toda la afabilidad que puede tras oír su descabalado relato, dicho de un modo tan apresurado que me costó lo indecible entenderle. Como le vi muy asustado, no creí conveniente retenerle para pedirle más explicaciones, y menos aún para amonestarle por sus fantasías.
      -Vuelve con los demás, muchacho, y diles lo que te he ordenado. Corre.
      En menos de lo que se tarda en contarlo, había desaparecido de mi vista. Al pie de la escalera, o algo parecido, solo, me dispuse a bajar, ignorando si tal era obra del demonio, a quien supongo ocupado en otros menesteres. Pero no pudo dejar de referir que mostraban claramente que habían sido obra de unas manos y no del capricho del tiempo, pese a lo irregular de los supuestos "peldaños". ¿Acaso Diógenes? ¿Tal vez Olímpico? Comencé a bajar despejando la mente de unas incógnitas en ese momento insolubles, pues necesitaba toda mi atención para centrarme en lo que me ocupaba en el momento. Debo confesar que, pese a considerar las palabras de mi joven amigo como una tontería nacida de un irracional miedo que había convertido un simple resbalón en una historia de fantasmas, no las tenía todas conmigo. La iluminación en aquel rincón del lago era pobre, aunque suficiente para no necesitar volver a por la lámpara que dejara más atrás. No obstante, la estampa era de lo más siniestra. Pegada a una pared muy irregular, llena de entrantes y salientes, un tramo de escalera de unos treinta "escalones" caía formando una cerrada curva hasta llegar a la pequeña cala antes mencionada. Era estrecha y, desde luego, labrada sin esmero. Descendí lentamente. Según lo hacía, observe ciertas oquedades donde una persona no muy voluminosa podría muy bien esconderse y aguardar sin ser visto a que pasara alguna visita no deseada. Y una vez ganada su espalda… ¿Tal vez era cierto lo que contaba el grumete y algún poco hospitalario anfitrión había querido deshacerse del intruso?
      En un gesto un tanto infantil, lo confieso, grité a pleno pulmón el nombre de Misandro. Me avergüenzo de ese rapto de debilidad. Recuperado, proseguí la marcha, no sin tomar ciertas precauciones y tener los ojos bien abiertos. En seguida llegué a la cala, donde las aguas morían apaciblemente en una pequeña playa de finísima arena. Parecía un lugar idóneo, pese a su algo tétrica magnificencia, para reposar. Y, desde luego, la perspectiva que se me ofrecía del lugar no era menos imponente que la que antes había apreciado. Dulcificado por las bellezas que se me ofrecían, y mucho más sosegado ante la perspectiva de un buen baño, por fin podría entregarme a un momento de deleite. Mi magullado y bastante sucio cuerpo lo pedía a gritos. Me lancé al agua sin pensármelo dos veces, y comencé a chapotear como un niño que juega alegremente sin ocuparse de otros asuntos. Empero, no era el momento para entregarse con exceso a la holganza, por lo que decidí mezclar el reparador remojo con mis tareas de investigación. Y lo hice con singular fortuna, ya que tras un risco muy voluminoso pude comprobar que el lago se extendía aún más, algo que no pude apreciar desde el mirador.
      Muchas maravillas y misterios se me ofrecían, como ciertas grutas y otras entradas que invitaban a una cuidadosa exploración. Y debo decir que la idea de encontrar un acceso al lago no tan dificultoso como el que había empleado poco antes se encontraba entre las que con más fuerza llamaba a las puertas de la voluntad. Pensando en esto, divisé otra pequeña playa, más iluminada, y más acogedora si cabe. Me lancé hacia ella y en un par de minutos gané la orilla. Tumbado sobre la arena, la fantasía cayó en los brazos de las extraordinarias quimeras que se presentaban a la imaginación al contemplar la bóveda, indescriptible. La sensación que se apoderó de mí también lo era, y de buena gana me hubiera entregado al sueño en aquel instante de no ser porque los ojos estaban ávidos de tanta y tan poco común hermosura. Al sopor que me empezaba a dominar contribuyó en no poca medida cierto rumor que llegaba a mis oídos y que asimilé sin darme cuenta en medio del silencio. Parecía el correr del agua de una fuente. Me incorporé y comencé a buscar. Tras unas rocas, en un promontorio elevado como un metro sobre el suelo, aprecié una pequeña caída de agua, de tímido acento y leve discurrir. Por un momento, ante aquel delicioso rincón, las imágenes que tantas veces había evocado en mi adolescencia tras la lectura de libros sobre la antigua mitología volvieron a mí. ¿Aparecería alguna ninfa tal vez?
      Con tantas emociones, y efusiones líricas, había olvidado lo sediento que estaba. Acerque las manos a la fuentecilla y di un pequeño sorbo. Y comprobé con dicha extrema que el agua no sólo era potable, sino que, además, jamás había probado una igual. Recuerdo que pensé que debía llevarme unas cuantas garrafas al Rincón de las Musas para libar de aquel néctar antes de entregarme a mis delirios literarios, pues tuve por cierto que tal agua debía de ser tan poderosa como la de la Fuente Castalia. Como pueden comprobar los que lean estas pobres líneas, mi apreciación era harto errada. Pero, qué dichosos e infantiles nos vuelve la naturaleza cuando muestra sus mejores galas. Cómo no volver a la ingenuidad de los primeros años cuando uno se halla en su seno.
      Tras saciar mi sed, aposenté mis reales sobre una piedra muy bien pulida por el efecto del tiempo, y me entregué a la contemplación de lo que me rodeaba mientras el pequeño riachuelo refrescaba mis más que castigados pies. En ese sublime trance que sólo proporcionan los goces sencillos, pude comprobar otro prodigio: de repente, y por efecto de un rayo de luz que a esa hora le tocaba visitar tan hermoso lugar, y que se filtraba por una pequeña abertura con una forma sospechosamente parecida a una estrellas, pude comprobar que frente a mí, a unos cinco metros, lo que parecía sólida roca dejaba ver una minúscula abertura. Feliz casualidad que llegara a esa hora, pues de lo contrario nunca hubiera advertido, dada las caprichosas formas que adoptaban las paredes, que tal oquedad estaba allí. La curiosidad venció a mi pereza y, movido por cierta intuición, me encaminé hacia la entrada, a la cual se accedía a través de un estrecho pasaje, pegado a la roca, que partía de la fuente. La entrada se hallaba a la misma altura del suelo y dejaba el espacio justo para entrara un cuerpo delgado. Me adentré y, apenas medio metro después, me vi obligado a girar 90 grados por tener en frente un muro, hecho que propiciaba el efecto óptico que disimulaba tal entrada en la oscuridad. Tras varios metros de travesía por un pasillo poco más ancho de lo que yo soy, llegué a una cámara, pequeña y muy poco iluminada, y donde se disfrutaba de un frescor extraordinario. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude divisar unos bultos que yacían en perfecto orden junto a la pared. Mi asombro llegó a su cima. El lugar donde me hallaba era… una bodega. Apilados cuidadosamente, como no podía ser menos, varias hileras de barriles se mostraban ante mis atónitos ojos como el maná divino. Un rápido vistazo me llevó a comprobar que allí se había almacenado una cuidadosa selección de los más exquisitos brebajes: brandy, oporto, jerez, madeira  y otros muchos caldos nacidos de la uva convivían con espiritosos de otra naturaleza, pero también capaces de volver loco de alegría a un paladar exigente. Y qué decir de la tropa que aguardaba fuera. Este hallazgo respondía a muchas preguntas que me hacía tiempo atrás cuando convivía con Diógenes. Pero no estaba para muchas cábalas, pues toda mi intención se centraba en hacer un provisional inventario de mi descubrimiento. Y cuál no fue mi sorpresa al darme cuenta de las cajas que esperaban a mi curiosidad en una esquina. No hacía falta mirar las etiquetas que llevaban, pues la fragancia que se subía de ellas era su mejor tarjeta de visita: qué deliciosas mixturas con las mejores hebras del mundo; qué cigarros esplendorosos. El paraíso de un bon vivant, dicho en pocas palabras.
      Como ardía en deseos de salir de allí para comunicar mi portentoso hallazgo, aunque aún quedaban otros mucho más valiosos, y, por qué no decirlo, deseoso de requerir el concurso de otros brazos para sustraer de su escondite ciertos barriles, dejé la revisión de tan preciado cargamento y me puse a buscar el modo de salir de allí. Era evidente que todo aquello había sido depositado en esta improvisada bodega a través de un conducto que, de lejos, no podía ser aquel tan ingrato que me había traído hasta ella. Por ello, me puse a buscar por todos lados. Diez minutos después, mis pesquisas seguían en punto muerto. Un tanto cansado, me apoyé en un gran barril que se encontraba muy cerca de la entrada. La luz era escasa, pero pude distinguir el nombre que se leía en él, escrito con grandes letras: Ginebra. Mucho me extrañó aquello, pues era el más grande de todos, y Diógenes aborrecía tal licor. “Después de todo, parece que he invadido los dominios de otra persona”, pensé. Quizás hasta mi amigo ignoraba la existencia de tal lugar. Este pensamiento me inquietó un tanto, y la “mano” fantasma que había empujado al pequeño marinero se me apareció en la mente. Me inquieté un tanto, y deploré el hecho de hallarme casi desnudo y con mi pistola reposando sobre las arenas de la cercana cala.
      De repente, una idea a modo de fogonazo me iluminó.  "Y si el guasón de Misandro..." Apoyé las manos sobre el gran barril y, para mi sorpresa, se movió con relativa facilidad. Estaba vacío. ¿Hallaría la solución detrás? En medio de tanto alcohol, un jarro de agua fría cayó sobre mí. Allí no había salida alguna; sólo roca. Empezaba a sentirme tan descorazonado como intrigado cuando se me ocurrió que en aquella Caverna, según ha quedado claro, muchas veces las cosas no son como parecen. Retiré un poco más el barril y tantee la pared. ¡Por los clavos de Cristo! No era piedra todo lo que tocaba. Había una puerta, según creí, de madera, pero tan bien pintada y aderezada que, en medio de la penumbra, engañaba a la vista. El corazón me palpita. Empujé y … se abrió. Una vez abierta del todo, traspasé el umbral y penetré en una nueva cámara mucho más pequeña y oscura. No veía nada. Dada la experiencia reciente confíé al tacto lo que no podía confiar a la vista. Recorrí la pequeña estancia tanteando las paredes. En medio del silencio, sólo se escuchaban los latidos de mi corazón. Nada. No hallé salida alguna. Esta vez parecía que me habían vencido. Pero, una vez más, mi perezosa lógica vino a sacarme del apuro. Si no hay por donde salir en las paredes, tal vez lo hubiera por el techo. Miré hacia arriba. La oscuridad no dejaba ver nada. Con más desesperación que otra cosas, me giré para volver sobre mis pasos e ir en busca de ayuda. La mala fortuna, o no tan mala, hizo que al dar un par de pasos tropezará y cayera de bruces. Quedé un tanto aturdido por el golpe y permanecí tumbado unos segundos. No había tiempo que perder, así que me giré y me incorporé. Un frescor que hasta ahora no había notado me ayudo a despejarme. Era un alivio. Desde luego que lo era, pues en el acto caí en la cuenta. Con el traspiés había ido a parar casi al centro de la pequeña gruta. Miré de nuevo arriba. O me había vuelto loco con el golpe, o juraría que cierto pequeño haz de luz se dibujaba en la negra roca. ¿Un resquicio? Me puse en pie y volvía a afanarme en el tanteo de las paredes. A duras penas, y con trabajos bastante fatigosos, logré encontrar ciertos salientes por donde trepar. Por fortuna, la altura no sería mayos de tres o cuatro metros. Cerca del techo, puede apreciar mejor la corriente de aire y el resquicio. Con mis últimas fuerzas me agarré a una estalactita como buenamente pude y me dispuse a dar una patada en el techo. O había una compuerta y así la abría, o me mataba en la caída. Al primer intento, nada pasó. Pero el hecho de que cayera polvo y algo de arena me dio esperanza. Ya sólo me sentía capaz de un intento más. Cogí aliento. Lancé de nuevo la pierna y… ¡Eureka! Algo que hacía de tapadera cedió. La luz y el aire entraron a raudales, como si quisieran saludarme y premiar mis esfuerzos con un feliz final a los mismos.
      Con renovados bríos, trepé como pude y me colé por el nicho abierto. Extenuado, me hallé en una pequeña cavidad, lo justo para albergar a un hombre agachado. Apoyado en ese diminuto “desván”, con el espacio necesario para los pies y poco más, observe como una tupida red de arbustos tapaba la salida. Los aparté como puede, y no sin pincharme muchas veces con las malditas espinas que los adornaban. Diez minutos después de retirar aquella maleza, despejé lo suficientemente el camino como para acceder a una corta galería. Parecía la salida de una alcantarilla. A Dios gracias, algún alma piadosa había practicado en la pared unos agujeros donde apoyar pies y manos. Subí todo lo deprisa que me permitieron mis fuerzas. ¿Sería ya el fin de mis trabajos? Cuando hube sacado medio cuerpo y me senté en el borde del agujero, mis ojos se abrieron como platos ante lo que veía. Y una gran carcajada retumbo en el espacio. Esta vez el techo era el cielo. Abajo, a mis pies, como a unos doscientos metros, puede ver, visión tan soberbia como la de la bóveda celeste, nuestro campamento.


                                                                            Continuará