domingo, 30 de agosto de 2015

EL HALLAZGO (III)

      
      Apenas tuve tiempo de dar un trago de brandy a mi joven amigo, y unos cuantos ánimos para que se sosegara, cuando el resto de la cuadrilla apareció, a excepción de tres hombres que se habían quedado guardando el campamento. Si su sorpresa fue grande al vernos de esa guisa -el menudo marinero sentado en el suelo y con aspecto de lo más desaliñado, y yo con el semblante demudado-, no menor fue la nuestra cuando se lanzaron ellos hacia nosotros armados hasta los dientes y con cara de estupor y pocos amigos.

      -¿Qué demonios pasa, Delantro? -rugió el capitán.
      -Eso quisiera saber yo -repuse con mi habitual y recuperada flema, que, no lo neguemos, exasperaba un tanto al viejo marino.
      Nada más decir estas palabras, todos  giramos los rostros hacia donde yacía el joven. Éste, que estaba más por la labor de echarse otro sorbo de reconstituyente que de hablar, nos dijo que sería mejor que lo viésemos nosotros con nuestros propios ojos. Y calló obstinadamente pese a nuestra insistencia. De vueltas las miradas a mí, expliqué en breves palabras mi descubrimiento. Y como no había tiempo para adornarse, y todos deseábamos saber de qué se trataba, nos pusimos manos a la obra. El antiguo minero, que, por fortuna, había tomado la precaución de traer consigo su mochila con explosivos, la descolgó de sus hombros y se dirigió a la pequeña entrada para volarla y dejar el paso franco a la expedición. El capitán, a su vez, ordenó a tres de sus hombres que volvieran con los que montaban guardia en el campamento, y a otros tres que se quedaran en el “Rincón” a la espera de acontecimientos.
      Mientras se realizaban los preparativos para la exploración, el capitán me participó el motivo por el cual se habían adentrado de tal modo en la gruta: luego del almuerzo y el consabido descanso, empezaron a alarmarse por mi tardanza en salir a dar las órdenes de vuelta al trabajo. Conociendo mi inflexibilidad, empezaron a temerse lo peor, y más después de los últimos "acontecimientos". Mientras los camaradas más cachazudos terminaban de despabilarse, el viejo lobo de mar envío a un par de sus muchachos a La Caverna para averiguar por qué “el maldito Delantro no salía para reanudar las tareas”. Cuando, al poco, volvieron y refirieron que no estábamos dónde nos habían dejado, el capitán dispuso a su tropa para entrar a buscarnos. Como era hombre precavido, y la experiencia le había enseñado que enfrentarse a los contratiempos con algo de plomo cerca era de lo más conveniente, ordenó que todo el mundo echara mano de sus “amuletos” y se lanzaron en nuestra busca. Al no hallarnos, los más supersticiosos volvieron con sus cuentos de viejas, y algo de pánico empezó a cundir. Por fortuna, el capitán, que era listo como pocos, y ya empezaba a conocerme, cayó en la cuenta de que seguramente yo había vuelto al “Rincón de las Musas” llevado de mi impaciencia. Tranquilizó al personal y se lanzaron al angosto camino para comprobar que estaba en lo cierto. Con no poco trabajo, y tras algún que otro contratiempo, aparecieron en el “Rincón” como antes he descrito.
      Para cuando había terminado su relación el viejo lobo de mar, la carga estaba colocada. Una pequeña y certera explosión, y la consiguiente retirada de escombros, y el camino quedaba franco para lanzarnos en pos del misterio. Pertrechados como merecía la ocasión, nos pusimos en fila para entrar ordenadamente. Yo encabezaba a la tropa. Con una mirada y un gesto de mi mano, invité al joven a que nos guiará. Éste, que aún seguía en el suelo refrescándose, sin duda en la creencia de que estaba exento de la marcha, puso una cara que venía a decir que ya había cumplido sobradamente. Pero otra muy diferente del capitán propició que se levantará como un resorte. Ya no mostraba la resolución de antes. Sin necesidad de que dijera nada, me acerqué a él, puse mi mano en su hombro, la otra en mi revolver, y le tranquilicé:
      -No temas, pues de haber alguien hay dentro te aseguro que más motivos para estar asustado tendrá él.
      Algo más calmado, se lanzó de nuevo hacia la pequeña entrada. Todos le seguimos sin vacilar. Entramos con gran silencio. Los ánimos no parecían muy elevados, y algo misterioso, como la amenaza de un gran peligro, flotaba en el ambiente. Debo confesar que me sentía contagiado por esa inexplicable inquietud. Una vez dentro, nos hallamos en un pequeño espacio cuyas paredes presentaban una extraña lisura y regularidad. Daba la sensación de que estábamos en el zaguán de una casa antigua y no en las entrañas de una caverna. La única luz era la de nuestras linternas. Un fuerte olor a pólvora, y a lugar cerrado, unido al polvo levantado por nuestros trabajos, hacía sumamente difícil el respirar.
      -¿Y ahora? -le pregunté al pequeño marinero. Por toda contestación se limitó a señalar una pequeña apertura en la piedra que estaba en un rincón, a nuestra derecha. Apenas tenía metro y medio de alto, y no más de medio de ancho. Me acerqué para explorarlo junto con quien ya había pasado por allí. Alumbré con mi linterna aquella densa oscuridad: a duras penas pude divisar una galería muy estrecha. La linterna no llegaba a mostrar su final. Miré a mi camarada con rostro preocupado. Sus palabras no me animaron precisamente, pues me dijo que más adelante se estrechaba aún más. Lo angosto del camino, el calor insoportable y el irrespirable ambiente me obligaron a tomar una decisión.
      -Capitán, somos muchos para tan poco espacio. Con cuatro hombres basta.
      Acto seguido, indiqué que dos compañeros, los de menos envergadura, debían seguirnos.
      -Lo lamento, capitán, pero ya no es usted un pimpollo, y esta galería no promete ser un agradable paseo. Y su espalda no está para muchos trotes…
      El capitán clavó una mirada en mí una mirada poco amistosa. Es más, creo que durante un segundo se sintió tentado por la idea de darme un puñetazo. Pero sabía que yo tenía razón. Mi sugerencia fue aceptada. Así, y creo que menos molestos que el capitán, el resto de la tropa que había entrado en aquel agujero salió por donde había venido. Aquél, con medio cuerpo casi fuera, se giró y me preguntó si estaba seguro de lo que hacía. Tras asegurar con un movimiento de cabeza que lo sabía muy bien, terminó de salir, no sin antes dejar bien claro que si al cabo de una hora no habíamos regresado, entraría a buscarnos.
      Una vez solos los cuatros que habíamos de aventurarnos, sin más dilación que la de revisar nuestro equipo, nos lanzamos hacia la oscura galería. ¿Podré describir la angustia que sufrimos en aquel breve pero agónico trecho? Para poder acceder a dicha galería nos vimos en la necesidad de agacharnos hasta quedar casi en un ángulo de 90 grados, posición que excuso decir es bastante incómoda para caminar. Las linternas apenas disipaban las espesas tinieblas que nos rodeaban. Esto, unido al mucho polvo que se había levantado, nos impedía ver más allá de un metro por delante. Nada hay más aterrador que la ignorancia del peligro al que uno se enfrenta y la incertidumbre que ello genera. Y aunque no se le escapaba a mi razón que el menudo joven que encabezaba la expedición ya había hecho el camino y había vuelto, en ciertas situaciones domina lo irracional del miedo. Creo que todos los presentes hubiéramos dado un dedo de la mano por ver en todo momento un pequeño resquicio al final del túnel que nos indicara que aquel agujero tenía salida.
      A los cinco minutos aproximadamente, nuestra penosa situación se hizo digna de añoranza, pues la galería se estrechó notablemente. Y el techo bajó lo suyo. Así, nos vimos obligados a caminar en cuclillas un buen tramo. Y la oscuridad no se disipaba; la atmósfera seguía igual de turbia. Seguimos avanzando, penosamente, en absoluto silencio. Yo hubiera deseado que nuestro guía fuera más locuaz y que nos regalara frase tales como “ya falta poco” o “tranquilos, que el camino mejora”. No soltó prenda. Y, dicho sea de paso, no estaba yo para pedirle información. El agotamiento y el escaso aire de que disponíamos no invitaban a la charla. Para más desgracia, paulatinamente el camino menguaba más y más, hasta el punto de tener que arrastrarnos por el suelo. ¿Pueden imaginar nuestro agobio? Con una mano debíamos llevar la imprescindible linterna; con la otra, ayudarnos para poder avanzar, reptando por un suelo irregular y con muchos guijarros, algunos de los más hirientes, que destrozaban la ropa y llegaban, incluso, a hacernos sangrar.  A juzgar por los veinte minutos que el delgado marino había tardado en ir y volver, presumía yo que el camino habría de ser muy corto, pero aquello era una sensación engañosa, pues nuestro amigo se desplazaba a una velocidad endiablada. De hecho, cada poco debía pararse a esperarnos, a la par que lanzaba unos impertinentes “allez, allez”, que buena gana daban de estrangularlo. Llevaríamos ya casi esos veinte minutos y no veíamos el final. En medio de esas siniestras penumbras, casi sin espacio, con el único sonido alrededor del producido por los cuerpos arrastrándose al son de los jadeos y dificultosas respiraciones, la claustrofobia se apoderaba de nosotros. No se podía volver atrás; parecía que el camino no tenía fin; levantarse y estirar los brazos era imposible… Hasta gritar y maldecir parecía un lujo, pues el poco oxígeno y el cansancio no permitían casi ni hablar. En mi vida me he visto en muchas situaciones peliagudas, pero jamás he sentido una angustia mayor en toda mi vida. Ya la cabeza se llenaba de pensamientos lúgubres cuando uno de los que iban detrás de mí, con un gañido casi inhumano, suplicó que parásemos a descansar. Mi primera reacción fue la de mandarle al infierno, si es que eso no le hubiera agradado con tal de salir de allí: mi impaciencia por salir de la encerrona era tal que una parada se me antojaba como una puñalada en el corazón. Pero, cómo no conmoverse ante la voz que nuestro camarada emitió con tanta desesperación. Di la orden de parar para tomar un poco de aliento, aunque el aire estaba tan viciado que respirar se hacía con harta dificultad. Al segundo de dar tal orden, nuestro guía dio un agudo grito de negación, para dirigirse luego a mí:
      -No, no, señor. Ya estamos casi. Sigamos.
      Ese “casi” pareció obrar un efecto milagroso en nosotros. Retomamos la marcha, esperanzados con llegar a nuestro destino. No había pasado un par de minutos cuando topamos con un pronunciado recodo del camino que nos obligaba a girar a nuestra izquierda. En aquellas estrechuras, y tan extenuados, obligar al cuerpo a ese esfuerzo parecía el remate a nuestras cuitas. Mereció la pena. Cuando entramos en la nueva galería, tras una terrible contorsión, nuestras fuerzas volvieron: no muy lejos se veía luz. Y pudimos refrescarnos con un leve soplo de brisa que nos llegó como el maná divino.
      A todo trapo, con las últimas reservas de energía que da la vista del fin de las penurias, al poco llegamos junto a una abertura, casi idéntica a la que habíamos traspasado. La cruzamos todo lo de prisa que pudimos y caímos rendidos en el suelo de una “estancia” también muy similar a la que dejáramos atrás. Sin ánimo para pensar en algo tan casual y misterioso, permanecimos tumbados un par de minutos, sin resuello, respirando ávidamente con la misma ansia con que el caminante perdido en el desierto bebe en el estanque de un oasis. Recuperado, me incorporé. A mi lado, con un rostro que mezclaba admiración y pavor, se hallaba sentado el pequeño marinero. No parecía muy dispuesto a separarse de mí.
      Como los otros dos camaradas estaban exhaustos, y en mí ya vencía la impaciencia sobre la fatiga, me levanté y le pedí al joven que tenía cosido a un lado que me acompañara. Di licencia a los otros dos para quedarse reposando, lo cual creo que me agradecerán hasta el final de sus días. Una vez de pie, miré a mi alrededor. Qué extraordinario parecido. De no ser porque era imposible, hubiera jurado que nuestro “paseo” había sido un sueño y que no nos habíamos movido de la cámara que guardaba el soneto. Miré al guía y en su cara pude leer cierta expresión de triunfo entre su inquietud. Desde luego, empezaba a sospechar que todo el aire de misterio que había creado con su silencio no era fruto de la imaginación.
      -Por allí, señor -me dijo indicando una pequeña abertura en la roca a nuestra izquierda.
      -Vamos -dije sin contemplaciones.
      Cruzamos la pequeña salida. Daba a una galería, por fortuna espaciosa. Gracias a Dios, al final de la misma se veía luz. El aire que se respiraba era tan limpio que hasta me pareció dulce. Respiré un par de veces a mis anchas para saborear aquella delicia a la que estamos tan acostumbrados, que sólo valoramos cuando nos falta. Qué placer. Pero no había tiempo para recrearse. Empecé a caminar. Mi menudo amigo no se despegaba de mí, hasta el punto de dificultarme el paso. Me zafé de él, y en no más de diez pasos llegué al final de ese pequeño pasillo. Me detuve en una gran losa, a modo de terraza, desde la que puede contemplar algo que me dejó sin aliento.
      -¡Santo Cielo! -exclamé. Acto seguido, me dirigí a mi atemorizado acompañante-: ¡Maldito seas! Y tanto suspense para no contarnos esto… Si no fuera porque esta visión me embarga te estrujaba el pescuezo…

       


       

     



domingo, 2 de agosto de 2015

EL HALLAZGO (II)



        Con qué poco se conforma el alma sencilla después de haber pasado muchas penalidades. No hay nada como las privaciones, los trabajos y los peligros para, una vez superados, llegar a una visión de la vida según la cual la sencillez y unas pocas buenas costumbres se aparecen como un ideal. Aún me quedaba por superar una última prueba, quizás la más terrible, y no había encontrado todavía a Diógenes, pero tras las peripecias vividas, me solazaba con la idea de retirarme en un futuro próximo a ciertas soledades, que excuso nombrar, donde poder llevar una vida poco menos que de eremita.
      Estas y otras meditaciones de similar cariz me ocupaban en la abrasadora tarde de marras cuando un lamentable suceso vino a interrumpirlas: mi puro languidecía. Ante tal desgracia, llamé a la petaca en mi auxilio, pues no quería meditar a solas. Por una razonable asociación de ideas, tras el trago el pensamiento voló de nuevo hacia los días en que me dirigí a La Caverna con mis nuevos “socios”. Vuelto al hilo de mis iniciales pensamientos, que habían apaciblemente discurrido hacía esas reflexiones filosóficas, rememoré en rápido resumen las correrías pasadas con aquella patulea de marineros, las cuales fueron de tal naturaleza que dieran para escribir un relato fantástico. Sí, sé que es ocioso decir que quizás otro día se lo cuente.
      Una vez instalados en el campamento, guardado por un viejo amigo y mis fieles perros, nos pusimos a trabajar con frenesí. Gracias al carisma del capitán O…, el viejo lobo de mar encontrado providencialmente en Marsella, y su enorme ascendiente sobre su tripulación, las tareas marchaban a pedir de boca. Sin duda, aquel hombre hecho a la mar más que a la tierra, estaba deseoso de volver a embarcarse, por lo que cuanto antes terminase su parte del trato, antes podría volver a desplegar velas. Con una disciplina propia de un navío, los muchachos se entregaron a sus cometidos sin desfallecer ni faltar a su compromiso con los demás, ni con el objetivo común. Por fortuna, e insisto en que la suerte está de mi parte últimamente, uno de los marineros había trabajado en las minas en su juventud. Sus conocimientos, sobre todo en el uso de explosivos, nos permitieron avanzar más en apenas quince días que en meses. Si con las tres primeras cuadrillas apenas despejamos las dos entradas, con la última… Pero no quiero adelantar acontecimientos.
      Y aquí es donde debo hacer mención a una serie de, como poco, asombrosos hechos que vinieron en nuestro auxilio de un modo milagroso. ¿La suerte era tan generosa? Me explico. Aunque en los pocos meses en los que viví en La Caverna me di mis buenos paseos por los entresijos de la misma, llevado por la curiosidad y el deseo de buscar rincones idóneos para mis soledades, debo decir que mi conocimiento sobre sus entrañas no era tan profundo como yo hubiera deseado. Además, las dos explosiones habían creado tal derrumbe que se había provocado una especie de “reacción en cadena”, con otros nuevos desprendimientos, hecho que había dejado al antro muy cambiado, además de peligroso por lo inestable. Es más, no fueron pocas las veces en las que nos sobresaltamos sobremanera al escuchar el horrible ruido que, en algún lugar perdido de la gruta, provocaba un nuevo derrumbe. Quien hubiera hecho aquello, sabía lo que se hacía.
      Por ello, teníamos el cuidado de apuntalar todas las zonas ganadas al desastre y de nuevo despejadas. No obstante, por dónde seguir era la eterna pregunta. Y he aquí que, en varias ocasiones, ciertas marcas, ya fuesen flechas o números, entre otras indescifrables, en las paredes nos daban valiosísimas pistas para hallar alguna galería o algún espacio con las suficientes aberturas como para permitirnos descansar allí con la luz y aire puro necesarios. De hecho, reconocí en varios de esos espacios diáfanos, aunque cambiados por el desastre, algunos de los “salones y estancias” que antaño compartí con Misandro, y la cuales eran motejadas por él con los más ocurrentes nombres y epítetos. Debo decir que algunas de esas marcas ya las conocía, y más de una las había hecho yo, pero otras me parecieron nuevas. <<Según se ve, no soy tan observador como creía>>, pensé en aquel momento.
      Por aquel entonces, y fue poco antes de tener que partir de nuevo a mis periplos, algunos trabajadores comenzaron a afirmar que habían oído extraños ruidos; incluso uno de ellos, el antiguo minero, estaba por jurar que había visto cierta noche, en la que se había quedado hasta tarde en La Caverna para estudiar detenidamente donde colocar los explosivos, a una sombra escurrirse por un pequeño resquicio. ¿Acaso nos espiaban? Yo daba por seguro que no, pues ya había tomado mis precauciones, y raro me resultaba que alguien pudiera acercarse sin ser notado. ¿Tal vez el cansancio hacía mella en los marinos? ¿Quizás aquella vida tan monótona empezaba a pesarles? Bien había yo procurado que su estancia fuera agradable. Todas las comodidades posibles en aquellas circunstancias les fueron concedidas. Dormían en barracones decentes con camastros adecuados. La ración de comida era generosa, por más que se caracterizaban todos por cierta frugalidad y el estar hechos a las privaciones. Y si no eran tan moderados con las libaciones, ya se encargaba el capitán de contener su sed. Cierto que el régimen de vida era estricto, pero no despótico: al alba nos levantábamos y en el ocaso ya estábamos todos dormidos. Las jornadas eran largas, más de lo que yo exigía, pero ellos insistieron en que debía ser así. Empero, una hábil organización, los oportunos descansos y turnos bien establecidos, y la camaradería reinante permitían sobrellevar tal esfuerzo. Por otra parte, no faltaban los buenos ratos en los que, al amor de un fuego acogedor, nos entreteníamos con charlas, canciones e, incluso, algún que otro baile. No puedo dejar de mencionar a dos camaradas, hombres singulares, que con su encanto propiciaron que aquellos días fueran menos penosos. Uno de ellos, italiano al que llamaré Niccoló, destacaba por su gentil apostura, pese a tener cierta edad y a las huellas de una apasionada y apasionante existencia. Más de una noche nos quedamos fascinados oyéndole narrar sus muchas aventuras, algunas galantes, las cuales, si ya de por sí interesantísimas, subyugaban por las maneras y donaire con que eran narradas. Y no menos popular era el otro ilustre camarada, un alemán -le llamaré Ludwig- que reunía en él todo el gracejo y la guasa que les faltaban a sus compatriotas. Nos hacía reír constantemente, lo cual elevaba mucho la moral, y le hacía merecedor de gran aprecio. Ambos hombres, muy amigos desde su juventud, y a cual más encantador y calavera, que su pasado era para no contado, no se borrarán de mi memoria aunque viva mil años. 
      Volviendo al hilo de mi narración, estos primeros síntomas de desánimo, de haberlos, se esfumaron cierta mañana cuando hicimos un colosal avance. Dos días antes, para mi deleite, habíamos llegado precisamente al rincón en el que me entregaba ayer a estas reflexiones que les estoy contando ahora. No
Mi rincón...
sólo me alegraba por el hecho de haber recuperado tan entrañable lugar, sino porque otros que frecuentábamos Misandro y yo no andaban lejos. Aunque no estaba todo igual, dado los destrozos, mi intuición y mi sentido de la orientación estuvieron a la altura de las circunstancias. Y de no haber sido así, cierta muesca que por casualidad vi en la pared de la gruta que yo creía la oportuna, en forma de nueve, me confirmó que era allí donde debíamos picar. No recordaba haberla visto antes, pero conociendo a Diógenes, me maliciaba a dónde nos llevaría. Lo extraño, y dio origen a ciertos rumores y algo de resquemor por parte de algunos, es que dos hombres que habían estado la víspera tanteando los pétreos muros para asegurarse de su consistencia, juraban que ese nueve, o lo que fuera, no estaba allí. Los más nos reímos de la ocurrencia. Pero otros comenzaron a sentir cierto terror supersticioso, pues si aquella era gente curtida que no temía a otros hombres, cuando en sus simples mentes aparecía lo sobrenatural se esfumaba su valor. Yo les tranquilicé diciendo que era normal que estuviera allí esa marca, pues había muchas similares, y que resultaban muy difíciles de ver para quien no estuviera familiarizado con el antro. Tranquilos los ánimos, con alguna que otra chanza de nuestro guasón alemán al respecto, proseguimos el trabajo con la misma armonía de siempre
      Sea como fuere, una jornada de trabajo hercúleo nos permitió despejar la entrada que daba a lo que parecía un corredor decentemente transitable, a pesar de la espesa oscuridad que reinaba. Para mi sorpresa, tal corredor estaba igual que como lo recordaba, y dicha sorpresa dio paso a la emoción a medida que el viejo camino tantas veces transitado aparecía diáfano a mis ojos. Las linternas sordas, y algunas teas ya algo débiles, iluminaban poco, mas los suficiente para que me orientara por aquel dédalo. De vez en cuando, algunos camaradas me llamaban para advertirme de que habían visto extrañas señales en las paredes y el suelo, pero no les hice caso, ya que, al fin, sabía muy bien por donde iba. Tan rápida y hábil era mi marcha, que al rato comencé a escuchar quejas de los otros, que se rezagaban, y no estaban, precisamente, por la labor de quedarse solos es esas tinieblas, y más cuando el camino empezó a hacerse casi impracticable.
      Al cabo de unos veinte minutos, para mí de excitación e impaciencia, para otros de tortura, al doblar por un recodo llegué a mi destino. Tras una frenética labor de unos diez minutos para liberar el camino de unas grandes piedras y dejar el paso franco, al final pudimos entrar en el lugar que Misandro llamaba “El Rincón de las Musas”. Todos aquellos que estén familiarizados con los escritos de Diógenes sabrán que así llamaba al sitio al cual acudía cuando era la inspiración la que acudía a él. Y allí estaba yo de nuevo. ¿Pueden imaginar, queridos lectores, cuál fue mi emoción al hallarme frente a la pequeña oquedad entre dos colosales estalactitas que mi amigo llamaba el “Trono”? Las lágrimas se agolpaban en los ojos, y
pugnaban por salir a la par que mil imágenes, mil recuerdos, volvían en tropel a la mente. Los pocos camaradas que me habían podido seguir, en un gesto que siempre agradeceré, entendieron que quería estar solo, por lo que algunos se retiraron a descansar mientras otros echaban un vistazo, a la espera de nuevas órdenes.

El Rincón de las Musas
      
      Pero no era momento de sentimentalismos: el tiempo era oro, por lo cual me repuse en seguida y me entregué de nuevo al trabajo. Al cabo de un cuarto de hora de inspección, pude cerciorarme de que todo seguía casi igual. Con especial emoción releí los versos que Misandro, en su sublime excentricidad, había escrito en las paredes con esa intensa tinta, ya amarilla, ya roja o ya blanca, que él creará al efecto, y que reservaba para esta “estancia”. Bien los conocía, pues no pocos de ellos los repasé yo, o los terminé, ya que era mi principal cometido en La Caverna, como recordarán. Y si bien no son nada del otro mundo, en aquella ocasión me parecieron como si los hubiera escrito el mismo Apolo.
      Lo curioso del caso es que había un soneto que no conocía. Y más curioso aún que estuviera escrito con una tinta naranja que me resultaba extraña, y que no terminaba de encajar con los gustos de mi amigo, o así creía yo. Posiblemente lo hubiera compuesto muy poco tiempo antes del desastre, y no me lo había podido dar para el pulido que su indolencia suprema demandaba. Y lo necesitaba. Pero no era el momento de entrar en cuestiones literarias. Lo importante era seguir, mas, ¿por dónde? Recuerdo que del “Rincón de las Musas” partían tres galerías que conducían a las más íntimas entrañas de La Caverna, pero eran para mí un arcano. En varias ocasiones, cuando me hallaba con Diógenes en aquel lugar, cosa que no le terminaba de agradar, ya que prefería estar solo en sus escasos momentos de creatividad, me advirtió de que nunca debía ir más allá, pues los vericuetos que se abrían daban paso a un laberinto bastante peligroso en el que era muy fácil perderse o despeñarse, entre otras cosas que me refirió. No me creí ni la mitad, pero nunca tuve necesidad de desobedecerle.
      Dado lo avanzado de la mañana, y nuestro agotamiento, tan acusado como el hambre, decidimos retirarnos a comer algo y a descansar, no sin antes apuntalar la entrada de aquel rincón parnasesco, si se me permite el neologismo. Un conveniente refrigerio, un buen café y una pipa a la altura seguro que despejarían la mente y permitirían decidir con mayor lucidez. Deshicimos el camino andado. La mayoría salió fuera de La Caverna para tomar un bocado al aire libre. De acuerdo a la costumbre recién impuesta de dejar siempre a alguien de guardia dentro del antro, para acallar cierto desasosiego de algunos, nos quedamos un marino y yo dentro, en mi rincón predilecto.
      Al cabo de un almuerzo frugal, mi joven compañero decidió meditar a solas consigo mismo, con los ojos cerrados, momento de soledad que aproveché para entregarme a mis reflexiones mientras fumaba. En el silencio de la gruta, sólo turbado por los ronquidos, recree en la mente lo recién visto para poder ir haciéndome una idea de por dónde seguir. Al poco, y tras convencerme de que debía vencer a mi impaciencia y esperar a estar in situ para tomar una decisión sensata, saqué mi libreta del bolsillo y me dispuse a darle un barniz a ese último soneto de Misandro, el cual ya me había apresurado a copiar. Con ello esperaba entretenerme hasta el momento de reiniciar la tarea. No pasó mucho desde que empezaran mis correcciones hasta que asuntos de otro cariz, no precisamente poéticos, me embargaran. Todo era muy extraño: la tinta empleada, el tema de la composición, el estilo… Era evidente que aquello desentonaba. Y aunque Misandro fuera un tanto perezoso y algo extravagante, en el fondo de todas sus acciones siempre había una gran lógica y un poderoso sentido común. No hacía las cosas a tontas ni a locas, y actuaba de una forma metódica, por más que, en ocasiones, costaba apreciar tal método.
      De repente, como si una punzada me atravesará el cerebro, una idea me iluminó. <<¿Y si?..>>, me dije. Era ilógico teniendo en cuenta las circunstancias, pero, ¿a lo mejor las circunstancias eran otras? Tan seguro estaba de de aquel chispazo ya convertido en firme determinación que desperté bruscamente a mi compañero y le pedí que me acompañará. Refunfuñando, y tras dirigirme una mirada poco amistosa, accedió a acompañarme de nuevo al “Rincón de las Musas”. Si la primera vez la impaciencia me devoró y el camino se me hizo largo y tortuoso, qué decir de la segunda. A todo correr llegamos en seguida, no sin antes tropezar mi joven amigo varias veces, para renegar en su idioma después, a buen seguro acordándose de mí y de todas las cavernas del mundo.
      Una vez en el "Rincón", me lancé en busca del nuevo soneto, el cual había sido pintado con grandes letras, no muy lejos, a la derecha de la entrada. La composición mediría cerca de dos metros de largo por casi otros dos de ancho. A primera vista, parecía escrito sobre una firme pared de la gruta. Pasé la mano. Misandro acostumbraba a recubrir con un par de capas de revoco, similar a las usadas para pintar al fresco, las superficies donde luego plasmaba sus versos. Así se grababan mejor, además de conservarse por más tiempo. O mucho me equivocaba, o la superficie parecía relativamente fresca. Una inquebrantable resolución acudió a mí. Ante el asombro de mi camarada, que no terminaba de saber qué demonios hacía, cogí una piqueta y ataqué el muro. Tras varios minutos de frenético trabajo, mis suposiciones quedaron confirmadas. Mi joven amigo tenía los ojos como platos: en aquel un muro de piedra, donde antes se veían palabras, aparecía incrustado un tabique de mampostería, labor sin duda debida a manos humanas, y no a la Madre Naturaleza. Hábilmente construido, y  con más pericia disimulado, de no ser por mi loca inspiración jamás se nos habría ocurrido seguir por allí. Y no cabía duda de que quien había hecho eso tenía intención de proteger la entrada a algo, cuando menos, “interesante”. Del mismo modo, ¿sería el soneto una señal destinada a alguien capaz de entender el mensaje oculto?
      Sea como fuere, ambos cogimos los picos y nos dispusimos a derribar el tabique, el cual no era muy grande, algo así como la mitad de una puerta convencional. Aun siendo de pequeño tamaño, la dureza del mampuesto dificultaba en extremo la tarea. Decidimos, pues, dedicarnos a una esquina y hacer un boquete lo suficientemente grande como para que mi menudo amigo pudiera pasar al otro lado. Una media hora después, el trabajo parecía concluido. Miré a mi compañero, y vi en sus ojos la llama de la intrepidez y la entrega a la aventura. Le di la linterna y mi pistola, además de un silbato para que pudiera llamarme en caso de peligro. Además, le ordené encarecidamente que no se expusiera en demasía y que, al menor contratiempo volviera. Aunque los dos ardíamos en deseos de ir más allá, no era el fin del mundo si esperábamos a los demás, ensanchábamos el boquete y nos adentrábamos todos. Con una mueca que quería significar “de eso ni hablar” me estrechó la mano el voluntarioso grumete, para después apartarse de mí y lanzarse al suelo. Se arrastró como pudo por el pequeño agujero, y en menos de lo que se tarda en contarlo, había pasado al otro lado.
      Por más que lo intentara, ni en un millón de años podría expresar lo que sentí en esos cerca de veinte minutos, y podría decir veintidós, que fue el tiempo exacto, pues creo que miré al reloj en cada uno de ellos. Di vueltas de arriba a abajo; me agaché para vislumbrar, con la ayuda de mis cerillas, lo que había al otro lado del tabique… Nada puede ver con tan poca luz. Nada se oía. La mortal ansiedad que me invadía me llevó, finalmente, a tomar de nuevo el pico y a golpear el muro para ensanchar la entrada y poder ir a encontrarme con mi camarada. Apenas había dado unos golpes cuando oí algo al otro lado. Dejé caer la herramienta. Puso los cinco sentido alerta. Saqué mi machete de su funda. Nada ocurría. De repente, volví a escuchar un leve ruido. Me agaché para ver si era mi amigo, pero, de serlo, dónde estaba su luz… Estaba aguardando cuando una voz me sobresaltó…
      -Señor… señor…
      Me lancé al suelo y ayudé a mi compañero a salir. Estaba un poco magullado, y en su cara se dibujaba la más extraordinaria agitación. Me miró fijamente, y en un pésimo francés me dijo:
      -Señor, tiene que ver esto…


                                                                           Continuará