martes, 28 de julio de 2015

A DON PEDRO MENÉNDEZ DE AVILÉS

          
   A nadie que no sea un piojoso coletudo, un gnomo bujarrón o una de esas muchas almas muertas que vagan por el mundo sojuzgadas por el lugar común, es decir, a muy pocos, se les escapa que España fue tan pródiga en hombres extraordinarios como lo es hoy en hombres extraordinariamente ordinarios. Si uno tiene el valor de asomarse a la prensa nacional, verá cómo en breve se le amarga el desayuno o como le invaden unos locos deseos de emigrar a algún país decente. Y si atacamos un buen libro que plasme nuestra historia, de los pocos que hay, se podrá sentir en el acto ese cosquilleo que nace del orgullo que provocan los pasados hechos gloriosos de aquellos denostados hombres que conquistaron medio mundo. No hay que ser un lince para darse cuenta de que desde aquellos tiempos de Gonzalo Fernández de Córdoba, Pizarro o Cortés, entre otros, a los actuales de Pablo Iglesias hay, digamos, “ligeras” diferencias. En definitiva, que desde las cumbres más elevadas nos hemos despeñado a los más espantosos abismos. Y lo peor de todo es que aquellos tiempos heroicos en los que España brillaba como el sol que nunca se ponía en sus dominios han sido tapados con un velo de ignorancia y cubiertos con la podredumbre de la injuria y la vergüenza. Lo sé: es para miccionar y no echar gota.
   Escribo todo esto a raíz del último hombre excepcional que nuestra tierra vio nacer, y olvidar, que he podido conocer. Pobre país aquel en el que la ignorancia de su pasado es norma. Me refiero a don Pedro Menéndez de Avilés. Debo confesar, pobre de mí, que ignoraba su existencia. Por fortuna, hace poco he podido embarcarme en el soberbio navío que tan sabiamente pilota por los mares de nuestra historia naval mi buen amigo Romero Landa. Allí descubrí al colosal marino. Les recomiendo a ustedes que hagan lo propio y zarpen como yo en pos de tan singular singladura. Por ello, no entraré en biografías, que ya don José ha dejado escrita una inigualable. Sólo me limitaré a decir que don Pedro, paisano de mi querido Jano como delata su apellido, a temprana edad se dedicó a limpiar las aguas del norte de España y Francia de piratas galos, a los cuales les dio para el pelo con generosidad. En vista de sus éxitos, Felipe II, que llegó a quererlo mucho y bien, lo envió a las Américas como Adelantado de Florida para seguir escabechando a los gabachos, que habían dado en la torpe costumbre de piratear por aquellos pagos. Y ya que le iba a mano, decidió muy oportunamente mostrarles a los hugonotes que por allí mosconeaban lo errados que estaban al abandonar la verdadera fe.
   Aunque acabó siendo Gobernador de Cuba y el dueño el Caribe, hay que decir que las pasó canutas, y, en buena medida -cómo no-, debido a las sempiternas envidias y a la simpar mala baba de muchos de sus compatriotas. Lo más singular del caso es que sus proezas por América fueron costeadas por él mismo, movido sólo por su amor a la patria, su lealtad al rey y su inquebrantable fe. Y acabó arruinado, por más que pudo haber arramblado como un sindicalista de haberlo querido.
   Este singular hombre no sólo fue un excepcional navegante y un caudillo militar a la altura de los arriba citados, sino que, además, se destacó por su habilidad como consejero de Su Majestad, Felipe II, explorador, cartógrafo y estratega minucioso que propició avances notables en el arte de navegar y de gobernar a la gente de mar. Lo de Adelantado le venía como anillo al dedo. Por si fuera poco, además de limpiar de chusma francesa el Caribe, fundó en La Florida la que hoy se considera la ciudad más antigua de EE. UU, San Agustín, donde, por cierto, se le guarda agradecida memoria y se le honra como se debe.
   Como escribe don José en su memorable artículo:

   “Don Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de la Historia, dijo de Pedro Menéndez en un discurso que " es el mejor marino del siglo XVI, a quien España debe un monumento,  la Historia un libro y las Musas un poema". (El fuero de Avilés. Discurso leído en la Real Academia Española, en el aniversario de su fundación, 1865)”.

   Monumentos tiene. Son dos: uno en San Agustín y otro en su ciudad natal, Avilés. Imagino que habrá alguna biografía por esos mundos de Dios. Uno, como español, hombre de bien y humilde poetastro, ha creído su deber el hacer de heraldo de esa Musas y componerle unos versos. Sería deplorable que fuera el primero. Y más aún que el primero fuera tan deplorable como el mío. Pero donde no hay más




A don Pedro Menéndez de
Avilés


¿Cómo yace don Pedro en el olvido?
¿Cómo olvidar las gestas de un gigante?
Que el infame abandono nos espante
de quien la Gloria bien se ha merecido.


En todo adelantado, mas vencido
nunca, jamás se vio desde el Levante
al Poniente que fuera un navegante
tan admirado como fue temido.


Llena de fe el alma, y en firme mano
la espada, fue la lealtad su ley.
Su arrojo conoció el francés ufano,


y su astuto valor la hereje grey.
Vivió como un humilde y buen cristiano
sirviendo a Dios, a la Patria y al rey.













sábado, 25 de julio de 2015

EL HALLAZGO



      Larga ha sido la ausencia; muchas y muy duras las fatigas. Los peligros..., tantos y de tal naturaleza... Pero ya todo da igual. Mi misión casi ha concluido. Una última deuda a saldar y ya podré ser libre para huir... Pero, ¿y Misandro?..
      Estas reflexiones vagaban por mi mente ha poco mientras descansaba en La Caverna. Había vuelto una semana antes de P.., a donde mis investigaciones me habían llevado, y donde había dejado mis cuestiones casi zanjadas. Pero eso es otra historia que quizás les narre algún día. El motivo por el que les participo estas letras se debe a un hallazgo extraordinario. Pero echemos la vista atrás: hasta ayer, para empezar.
      La tarde era abrasadora. Después de una dura mañana de trabajo, mis compañeros aprovechaban para tomarse un más que merecido descanso tras la comida. Lo cerca que estábamos del final y lo provechosas que eran las jornadas propiciaba que nos empleáramos en nuestras tareas con fragor. Los más estaban exhaustos. Yo, que ya he perdido la sana costumbre de la siesta, aproveché para refugiarme en un rincón de La Caverna, recientemente descubierto, y que recordaba como uno de mis predilectos. Cuántas veces, mientras Misandro se entregaba a su misantropía, había yo acudido a aquel recoleto rincón a escribir, a meditar o a echarme en los brazos del recuerdo. Y eso, precisamente, era lo que volvía a hacer: rememorar mis aventuras. A pesar del beatífico sopor que me invadía, y de la dulce inacción a la que invitaba el cigarro que me estaba fumando, no podía dejar de ver pasar por la mente todo lo acaecido en estos meses. Antes hubiera querido reflexionar sobre otras cuestiones más provechosas, como atar cabos e intentar echar algo de luz sobre los misterios que aún me faltaban por resolver. Pero era inútil. Ante mí se presentaron los estremecedores momentos en los que las explosiones hundieron La Caverna con mi amigo dentro. Después, en lógica sucesión, vinieron sin ser llamados los inmediatos acontecimientos, sobre todo cuando tuve que… Pero, lo que con más insistencia, no sé por qué, acudía al recuerdo eran las fatigas y sinsabores padecidos para poder limpiar aquel antro del derrumbe. Tal vez, dado lo bien que todo iba ahora y lo cerca del final que estábamos, me llevaba al deleite de rememorar, en tiempos venturosos, aquellos que no lo fueron tanto. Es cosa natural en los seres humanos. Así pues, me recreaba con cierta morbidez en mis pasados pesares. Por raro que parezca, me resultaba imposible centrarme en mis avatares en otros países para encontrar y vengar a los que habían intentado matar a Diógenes, y tal vez lo habían conseguido, mucho más dramáticos y atrayentes para la memoria. Mas no, sólo esas adversidades, quizás menores, absorbían mi atención  
      Creo que no alcanzan a imaginar lo difícil que me ha sido llevar por la buena senda las labores de desescombro. La Caverna de Diógenes, y espero que disculpen que no entre en detalles, se halla en una región casi salvaje, perdida de la mano de Dios. Además, para acceder a ella, por un paraje duro y abrupto, casi inaccesible, es necesario tomarse muchas molestias. Es este un feliz alejamiento cuando se quiere huir del mundo, pero también es un grave inconveniente cuando se ha de ir y venir con cierta frecuencia. Además, como comprenderán, la cuadrilla que haya de enfrentarse a tales condiciones de trabajo no puede ser, precisamente, sacada de “lo mejor” de la sociedad. La mayoría han sido seres indisciplinados, poco dados al trabajo y mucho a la holganza y al alcohol, por no hablar de otras necesidades que llevaban a muchos a continuas fugas. Muchas veces, de vuelta de mis continuos viajes, me encontraba el descorazonador espectáculo de ver a hombres y utensilios por el suelo, y las faenas muy atrasadas. Y no hablemos de las inevitables peleas que se forman entre semejante patulea, y más cuando han de estar muchos días alejados de la civilización, o algo que se le parezca, tomando como tal tabernas y burdeles.
      Otro gran problema, además de contener estos bríos, era el de tener quietas las lenguas. Me explico: salvo un par de insignificantes villorrios, algunos formados por un exiguo caserío, la población más cercana donde poder satisfacer ciertos apetitos estaba a algo más de veinte kilómetros. Durante el tiempo que Misandro había vivido por aquellos contornos, su presencia había pasado inadvertida, salvo por algún que otro rumor propagado por pastores y gentes rústicas, antes tenido por invención o locura de pobres infelices. Sin embargo, algunos de los más desvergonzados de las diversas cuadrillas contratadas habían llegado a esa población en ciertas ocasiones para pasar allí sus aristocráticas veladas. Como es fácil deducir, el vino y la jarana les habían vuelto muy locuaces. Y como el vicio atrae al vicio, los de estos perdularios habían excitado el de la curiosidad de ciertos lugareños. Más de una vez sorprendí a algún aventurero fisgando. Y qué trabajos para evitar que se supiera la verdad. Una feliz combinación de metales, esto es, oro y acero, pudieron llevar las aguas a su cauce. Finalmente, y pese a mis esfuerzos, algo había llegado a los oídos de ciertas autoridades, las cuales creyeron su ineludible deber el hacerme una visita, por supuesto, oficial. Me complace decir que oficialmente fueron convencidas las tales de que aquello era una expedición científica y yo un prestigioso geólogo extranjero. Y no es que yo sea un hombre muy persuasivo, pero mi cartera sí lo es: la retórica de los billetes hizo su mágico efecto, pues el papel con el que están hechos es tan válido como cualquier permiso o certificado con el pertinente sello del funcionario en cuestión. Pero eso no fue todo, pues fue necesario, como ya he referido, el concurso del otro metal mencionado. Además, una buena dosis de amenazas y algunos cachetes también surtieron el efecto deseado. No obstante, tuve que recurrir, por si acaso, a varios perros bastantes fieros que me traje, y que velaron desde entonces por la tranquilidad de nuestra comunidad de hombres de ciencia.
      Dados estos percances, tomé la sabia determinación de contratar a los trabajadores por breves períodos de tiempo. Y no menos sabia fue la de proveerme de unas buenas dosis de refrescos, celosamente guardados y administrados. Sobre otras medidas prefiero callar. Por otra parte, tuve la precaución de llevar a toda cuadrilla elegida a La Caverna dando tal rodeo que la mayoría no sabían cómo salir de allí. El rumor hábilmente esparcido sobre la existencia de bandidos por la zona, amén de las manadas de lobos recién llegadas, tuvo a la gente quieta. Ni que decir tiene, el fino oído y olfato de mis canes cerberos fueron de lo más  útil para disuadir a los más osados.
      Ahora, en la placidez y frescor de este rincón, me sonrío al recordar todo esto, aunque en su momento corriera mucho sudor y dinero. Cuántos pesares y sufrimientos; cuánto trabajo y peleas. Y siempre, con la sombra atroz de la duda: ¿seguiría vivo Diógenes de la Cueva? Cada segundo de me clavaba en el corazón.  Menos mal que cierto día, en Marsella, me encontré con un viejo lobo de mar, amigo de mi padre y de Misandro de sus tiempos de marinos. Su mala suerte fue la mía buena, pues se había quedado sin barco y ya su bolsa tintineaba más de la cuenta. Por aquellos días la diosa Fortuna andaba mimosa conmigo, pues por circunstancias que no es preciso mencionar había llegado a mis manos una nada despreciable suma de dinero. Después de un par de botellas de ron, trasegadas en un inmundo figón del puerto, le propuse a aquel truhan un trato: si me ayudaba le proporcionaría un nuevo barco. Al principio me tomó por loco, o pensó que estaba tan borracho como él, pero una bolsa bien nutrida de monedas vino a devolverle su habitual lucidez. Así, y prescindiendo de enojosos detalles, varios días después, marchábamos a La Caverna con quince hombres, los restos de su tripulación que no había querido servir a otras órdenes.
      Todos aquellos que hayan sido marinos, o hayan tratado con gentes de mar, sabrán que, pese a ser los más sucios rufianes y vividores que sobre la faz de la tierra caminan, también son la gente con más honor y palabra. De este modo, y con la perspectiva de tal recompensa, más un jornal muy digno, al poco las tareas cavernarias iban viento en popa y navegaban a buen puerto.


    



martes, 7 de julio de 2015

MORIMOS PARA RENACER






LA MUERTE NO ES EL FINAL.
LA MUERTE ES EL PRINCIPIO.



“TIERRA, NO LE SEAS PESADA.
NO LO FUE ELLA PARA TI”



DESCANSE
EN
PAZ
























ENDIMIÓN




Contempla en su refugio desde el cielo
al pastor bello en éxtasis Selene,
y su vuelo arrobado se detiene,
no el deseo que vuelve en fuego al hielo,

y obstáculo no encuentra que lo frene.
Duerme Endimión. Lo cubre con el velo
ardiente de su luz y del anhelo
que a su pasión por siempre lo encadene.

¡Belleza y juventud! Ávida sed
consume a quien implora, con un tierno
ruego, al dulcísimo Hypnos la merced

de cumplir el inmenso don paterno:
“Sueño eterno al amado conceded
para que pueda ser mi amor eterno”.