miércoles, 21 de enero de 2015

PRESENTACIÓN Y AVISO DE ÚLTIMA HORA



      Mi nombre es Eustace Rascal. Dejémoslo así por el momento. Ustedes no me conocen, pero yo a ustedes sí. Imagino que se estarán preguntando quién soy yo y qué diablos hago en La Caverna. Me explicaré de mil amores. A quien sí creo que tienen el gusto de conocer, por decirlo de algún modo, es a Hortensio, el antiguo colaborador de Misandro, esto es, Diógenes de la Cueva. Y creo que la mayoría no ignora que el dueño de esta gruta estaba hasta el gorro de tal colaboración. Como muchos de ustedes sabrán, si el tal Hortensio era negro por oficio, también acabó siendo rojo por beneficio, y no duden de que esto último se lo tomaba a pecho. Excúsenme de referir las barrabasadas que de un tiempo a esta parte cometía, pero lo cierto es que había razones más que sobradas para echarlo a puntapiés de esta latebra. Las habidas para no haberlo hecho no seré yo quien las mencione. Lo cierto es que Misandro, que, a fuer de hombre contemplativo, es más gandul que un burro de pesebre, lo tenía muy consentido, lo cual llevó al floreado amanuense a subirse a la parra, como vulgarmente se dice. Y no es que fuera mal chico antaño, pero su carácter voluble y algo díscolo, unido a ciertas malas compañías, le llevaron a perderse. Y, por lo que se ve, gentes de la peor calaña se lo encontraron. De este modo, es natural que la relación entre ambos se fuera a pique.
     Sea como fuere, Misandro estaba loco por echarlo, y el negro ídem por irse con la zamarra llena. Según parece, el amigo Hortensio estaba en la creencia de que su jefe ocultaba en alguno de los muchos corredores y estancias subterráneas que tiene esta Caverna una nada despreciable fortuna, traída por su dueño cuando abandonó el mundanal ruido. Lo tengo por absurdo, pero ya saben ustedes cómo se las gasta el rojerío cuando huele, o cree oler, el oro. Trabajan como nunca lo han hecho en su vida. Y trabajan con prisa. En resumidas cuentas: esto ha sido una nueva Troya. Pero, qué les voy a contar a ustedes que no sepan o sospechen.
      Pero hete aquí que la Fortuna vino en auxilio de Misandro. Y el instrumento de la diosa fue este humilde servidor que les escribe. El cómo trabamos conocimiento y los motivos por los que decidí alejarme del mundo para quedarme en La Caverna, como nuevo negro, no es momento de referirlos. Tal vez más adelante. Lo que sí puedo decir es que ambos llegamos a un acuerdo más que ventajoso, al cual sólo le faltaba un pequeño detalle: necesitábamos largar a Hortensio. Y de eso me ocupé yo.
      Debo confesar que la primera idea que le sugerí a Diógenes fue la del tiro entre ceja y ceja. El resto lo dejo a su imaginación. Sin embargo, y aunque la tentación le acarició con singular dulzura, al final el dueño de este antro no consintió en llegar a tales extremos. Sus razones tendría. Fallado este primer plan, me reservaba un as en la manga. Le pedí a Misandro que me diera unos días de margen, tiempo suficiente para quitarle, en breve y sin violencias, a ese pájaro de encima. De vuelta a la civilización, eché mano de ciertos viejos conocidos (qué Dios me perdone), cuyas gestiones dieron como fruto el que Hortensio fuera reclutado por Pablo Iglesias como asesor y redactor de discursos. Creo que su sueldo por tal cometido iba a ser punto menos que maravilloso. Atados los últimos cabos, volví a La Caverna e informé al susodicho de su nuevo destino. Por descontado, no dejé de recordarle al rojete ex-negro que se cuidara de hablar de su pasado cavernario -facundia más perjudicial para él que para nosotros-, sano consejo que fue acompañado de dos instructivos mamporros a modo de adelanto de lo que le caería si cantaba.
      Si les cuento esto, que imagino les importa lo que a mí la vida de Belén Esteban, y rompo un anonimato que me convenía sobremanera, es porque, sin comerlo ni beberlo, y merced a cierto extraordinario suceso reciente, me veo como portavoz de Misandro y de las cosas cavernarias. Él, de momento (espero), no puede hacerlo por motivos luctuosos. De nuevo me explico, y para ello debo entrar en antecedentes que me remontan al momento en que me instale en La Caverna. Fue hace pocos meses.
        Las primeras semanas de nuestra convivencia fueron plácidas, si bien no muy fructíferas. La célebre holganza de Diógenes, el que yo aún mantuviera ciertos contactos con el mundo y, de vez en cuando, abandonara este antro por cuestiones muy poderosas; y nuestra absoluta entrega a la puesta en limpio, copia y arreglo de los papeles que tiempo atrás Dorimedontes Lábaros entregara al espectro del primer morador de La Caverna, Olímpico Misántropo, nos impidieron dedicarnos a otros proyectos pendientes y que considero de gran interés. No obstante, y por motivos que en otra ocasión referiré, esto no me pesaba, pues para mí era de vital importancia llevar a buen puerto la labor que nos ocupaba, y que ha poco hemos terminado. Para aquellos que no sepan de qué hablo, me refiero a la novelita que plasma las andanzas faustinas.
      A la par que me entregaba a mi tarea, con la sabia y sosegada dirección de Misandro -y alguna que otra escapada para realizar labores de investigación-, ambos nos dedicamos a conocernos mejor y a entregarnos a largas charlas al amor de buenos fuegos, mejores pipas y unos no peores bebedizos. La más absoluta armonía reinaba en nuestras penumbras. Llevábamos una existencia deliciosa, pese a las visitas impertinentes de ciertas alimañas, entregados a nuestros trabajos y ocios, y disfrutando (yo en las sombras) del trato con los buenos amigos que Misandro tiene por estos orbes blogosféricos.
      Pero, no mucho después de instalado en mi nuevo “hogar”, noté que cierta inquietud se había apoderado de Diógenes. Aunque de natural flemático, a veces cachazudo, no podía ocultar que algo le preocupaba. Ante mis miradas inquisitivas, primero, y mis preguntas, después, él respondía con evasivas y respuestas vagas. Finalmente, acabó por echarle la culpa al láudano del estado un tanto descompuesto de sus nervios, por lo general muy templados.
      Yo no le hubiera dado la mayor importancia al asunto de no ser por ciertos hechos que pude conocer, por más que mi amigo intentara ocultarlos. Cierto es que en esta Caverna todo tipo de prodigios y sucesos extraños y pintorescos son pan nuestro de cada día. Sin ir más lejos, las estrambóticas e inopinadas manifestaciones del fantasma de Olímpico que se dan de vez en cuando son para desquiciar al más pintado. Pero a todo se hace uno. Aún así, los extraños ruidos que comenzamos a oír con frecuencia, y, más aún, las evidentes señales de que no estábamos solos me hicieron cerciorarme de que teníamos visitas no deseadas que turbaban la habitual serenidad de Diógenes. Cuando un anónimo cayó en sus manos, ignoro cómo, de las cuales pasó al fuego, me quedó claro que el peligro nos acechaba. No pude ver todo lo que decía aquella hoja que estaba siendo pasto de las llamas, pero mi excelente vista me permitió leer algo de la última línea. Al menos, juraría que fue esto:

      …mi llegada es inminente… Préparate…

                                       Oscar Paul O´Sizion

      No tenía ni idea de todo aquello. Mi compañero de soledades era muy hermético y nunca hablaba de sí mismo, pero por otras fuentes que no quisiera citar, no se me escapaba que Misandro al abandonar la compañía de sus semejantes había dejado también muchos enemigos detrás, así como que buena parte de su vida había transcurrido en el extranjero. ¿Tal vez algún irlandés se la tenía jurada? La situación se volvió especialmente inquietante cuando el otro día salió a dar un largo paseo y volvió con el semblante demudado y el ceño fruncido por el peso de la más honda preocupación. Esa noche se acostó sin tomar su brandy. Algo grave ocurría.
      El caso es que desde ese momento, que fue no hará más de cinco días, la presencia de extraños se hizo especialmente notoria, hasta el punto de tener que montar guardia nocturna. De hecho, en una madrugada reciente me vi en la necesidad de correr detrás de dos sombras que vi acechando la entrada de la gruta. Mas no quisiera aburrirles con el relato de nuestros avatares en estos días. El tiempo apremia y urgentes trabajos requieren mi atención. Iré al grano.
      Hace dos días, Diógenes me pidió que me llegara a la ciudad más cercana y le trajera algo de café, pues sus reservas estaban bajo mínimos. Por supuesto, era mentira, ya que en su vida hubiera consentido nuestro amigo cavernario llegar a ese penoso extremo. No obstante, como en su tono y mirada vi la imperiosa necesidad de que me largara sin hacer preguntas, obedecí en el acto. Cuando llevaba andados un par de cientos de metros, algo dentro de mí se rebeló por mi docilidad imbécil. Ni corto ni perezoso, di media vuelta y deshice corriendo el camino. No llevaba ni la mitad recorrido cuando una tremenda explosión llenó el espacio, la cual fue seguida por una lluvia de fuego, tierra y piedras que por poco acaba conmigo. Repuesto de la impresión, retomé la carrera y me dirigí a toda prisa a la Caverna. Otra explosión sonó a los pocos segundos, esta vez más lejana. Como podrán comprender, el temor por la suerte de mi amigo se apoderó de mí. Al llegar a la entada del antro, mis sospechas fueron cruelmente confirmadas: la entrada había sido cegada, y de tal modo que retirar los escombros llevaría semanas. Quien había provocado esa explosión, y no me cabía duda a esas alturas de que aquello había sido provocado, tenía como intención sepultar al morador de la gruta. En menos de lo que se tarda en contarlo, y tras una iluminación de mi entorpecida mente, salí corriendo en busca de la entrada secundaria, supuestamente secreta y de difícil acceso. La segunda explosión había sido allí con idéntico propósito: se ve que los miserables que habían hecho esto nos habían estudiado a conciencia. Y cómo habíamos podido ser tan incautos.
      Por fortuna, existía una tercera entrada, la cual era tan recoleta y estaba tan bien disimulada que dudo mucho hubiera sido descubierta. Espero que me perdonen si no doy detalles, pero estos secretos no pueden airearse así como así. Cuando llegué a ella, el alma se me cayó a los pies: debido a los derrumbes internos producidos por las dos explosiones estaba impracticable. Aún así, el hecho de que se sintiera la corriente me alivió un tanto, pues de haber sobrevivido a las explosiones, Misandro podría tener oxigeno para respirar mientras yo buscaba ayuda. Pero, ¿seguiría vivo? ¿Aguantaría mientras iba en busca de esa ayuda y acabábamos las tareas de desescombro? Desde luego, Diógenes no era tonto, y no me cabe duda de que tenía bien estudiado un plan para estos casos. A decir verdad, lo imprescindible para subsistir no le faltaba en caso de no haber muerto tras las explosiones, ya que sus bodegas secretas, a salvo de estas contingencias, guardaban el necesario licor y tabaco como para aguantar meses. Respecto a lo accesorio, esto es, agua y comida, tampoco escaseaban. ¿Resistiría mi amigo hasta mi vuelta con refuerzos? ¿Habría escapado por algún conducto cuya existencia yo ignoraba? Y, sobre todo, ¿por qué me habría pedido que me marchara? ¿Intuía algo de esto?        
     Como soy hombre más de acción que de reflexión, deje estas consideraciones, así como los lamentos y las expresiones de ira, para más tarde. El momento requería ponerse en marcha: era necesario pedir ayuda para salvar a Diógenes y buscar a quienes habían cometido esta tropelía. Juro por la memoria de mi difunto y querido padre, asesinado en misteriosas circunstancias, que los culpables lo pagarán caro.
      Respecto a Diógenes de la Cueva, no se preocupen. Algo me dice que sigue vivo y que dentro de no mucho sabremos de él. Ahora les ruego que me disculpen: tengo una cita urgente con Némesis y no me gusta hacer esperar a las damas.














miércoles, 14 de enero de 2015

TINIEBLAS, MÁS TINIEBLAS









SILENCIO. AIRE PURO...

LOS ZARPAZOS DEL FUTURO SE AVECINAN.
EL MAL ACECHA. Y YO CON ESTAS PINTAS.


AETERNUM VALE
















jueves, 1 de enero de 2015

SONETO AL AUGUSTO PINTOR DE BATALLAS

      
      Vivimos en un país y en unos tiempos en los que, por desgracia, lo que debería ser lo más normal del mundo y digno de todo encomio se ha convertido en lo contrario. Así, el comprensible amor a las glorias pasadas, el legítimo orgullo por los triunfos militares, el ensalzamiento de aquellos hombres que derramaron su sangre por España mientras escribían su nombre con letras de oro para la posteridad; en definitiva, el más que merecido y obligado homenaje a nuestros soldados, lejos de ser pan nuestro de cada día, es algo que parece perverso delito contra la humanidad, incorrección política y palpable muestra de “fascistez”, esto es, que no eres progre y no molas. Nuestro pasado se ha cubierto con las brumas del olvido y la ignominiosa herrumbre del oprobio.
      Y más sangrante es la situación cuando se trata de la brillantísima Historia Militar española, jalonada con tantas proezas mayúsculas y hechos extraordinarios. No entraré en más disquisiciones sobre tan lamentable hecho ni sobre sus causas. Aquí todos nos conocemos. Si tomo la pluma y me encamino por sendas tan tenebrosas es porque entre tanta miseria se pueden encontrar destellos de luminosa grandeza. En este caso, me refiero al pintor Augusto Ferrer-Dalmau, cuyo talento -más allá de mis pobres descripciones- nos ha dejado inmortales cuadros donde se reflejan el valor de los duros tercios, los sublimes tiempos en los que España era dueña de los mares y otras muchas escenas varias que honran y hacen justicia a nuestra armas a lo largo de su devenir.
      Permítanme que no entre en biografias ni en análisis artísticos. No soy el más indicado para hacerlo. Sólo soy un poetastro que admira enormemente a este gran pintor. Por ello, le doy las gracias por el regalo que es su obra, le felicito por sus elevados logros y le dedico estos pobres versos, que es lo único que puedo ofrecer. Poca cosa es para quien merece más recompensa. Estoy seguro de que de eso se encargará la posteridad.



Rescata tu gran genio, nuevo Apeles,
el honor de la vieja furia hispana:
sumida en el olvido, muy lejana,
en lienzos reverdeces sus laureles.

Atentos al pasado tus pinceles,
su manera, divina más que humana,
en sublime concierto nos hermana
arte y verdad, tan bravos como fieles.

Las gestas españolas con tu ardiente
estro brillan de nuevo en la memoria,
afan agradecido y muy valiente.

Quien tanto honra la gloria de la Historia,
y tanto amor hacia la patria siente,
merecerá de la Historia honra y gloria.





Mi Bandera. Sobran las palabras...