sábado, 29 de noviembre de 2014

SALIR DEL FUEGO PARA CAER EN LAS BRASAS. LETRILLA SATÍRICA


  

   Siempre he sentido repulsión por los tópicos y eso que llaman lugares comunes, aunque no he llevado mi aversión al extremo de caer en el peor de todos, esto es, renunciar a algo bueno por considerarlo como tal. Y es que la rebelión sin ton ni son, que tanto gusta en estos días, es una de las más palpables muestras de la puerilidad que parece dominar a las sociedades modernas, tan orgullosas del grado de idiocia alcanzado. A ello convendría añadir, para remate, el afán morboso de parecer original, sobre todo en aquellos que son incapaces de serlo, con la consiguiente caída en el absurdo y en lo estrafalario.
   Si cito algunos de los defectos que asolan hogaño al hombre contemporáneo, las más de las veces un imbécil redomado que mezcla a partes iguales las vulgaridades del estúpido con la soberbia de quien quiere ocultar que lo es, se debe a que mi tendencia a no seguir la corriente no viene de ninguna de estas inclinaciones que impelen al personal a querer pasar por individuos únicos y singulares, aun a acosta de realzar más su condición de hombres masa.
   En verdad, sospecho que el ser tan reacio a hablar de lo que todo el mundo habla y a decir lo que todo el mundo dice se debe más al tedío que tanta repetición me produce. Además, no soporto que en toda ocasión en que un asunto de índole nacional se pone de moda se pase la gente los pocos días que está candente la cosa repitiendo las mismas superficialidades de costumbre, esparcidas por ahí por los subalternos de turno para distraer la atención de lo que se halla tras de la epidermis, esto es, "el intringulis". Casi nadie va al peligroso meollo, pero, eso sí, el español, a fuer de entendido en todo y maestro de mil disciplinas, se permite pontificar como si de un experto se tratara, aunque basta oír a los supuestos expertos para que esta palabra pierda todo su prestigio. De todas formas, imagino que no puede ser de otro modo en estos tiempos que corren de abundancia de información, casi siempre envenenada, y elevación a los altares del individuo, elevación, todo sea dicho, que acaba por despeñar al susodicho. ¡Ay, qué felices las sencillas gentes de antaño que, en su adorable ingenuidad, no hablaban de lo que no sabían, aun teniendo un gran sentido común.
   Toda esta parrafada viene a tenor de una de las últimas convulsiones de las varias que vienen azotando a España de un tiempo a esta parte: el ascenso de la tropa circular y coletuda. ¡Y lo que se ha dicho y escrito! El tema aburre, incluso las cosas sensatas que se repiten, y con gusto me olvidaría de ello si no fuera porque la situación es grave y conviene poner cartas en el asunto. Tiempo atrás, de hecho, toqué la cuestión, pero no para repetir lo que todos ya sabemos, sino para adentrarme en las entrañas del fenómeno y dar mi particular teoría sobre lo que en verdad es esta gente, su causa primera y su fin último. Y debo confesar que lo hice, por lo que se ve, con bastante poco éxito.
   Dejando de lado la prosa, la tentación de versear sobre la partida de la podadora -pues lo suyo viene del verbo podar- me ha tendido los brazos más de una vez, y más aún cuando uno siente inclinación por la sátira y la cosa viene al pelo, aunque sea pelo de coleta birriosa. No obstante, hasta ahora me había negado a los pícaros ofrecimientos de las mensajeras de Momo. Al aburrimiento que me causa todo este revuelo se añadía el que los grandes poetas que frecuentan mi antro y me honran con su amistad ya habían escrito graciosísimos versos sobre ello en justa cruzada contra el mal. Y para qué echar modesta paja a un fuego que arde tan vigorosamente.
¡Ay, estos niños! No se les puede dejar solos...
    Pero debo decir que he mudado de opinión recientemente a tenor del pintoresco suceso en que me vi envuelto ha poco. Hallábame tan ricamente unos día atrás en el Rincón de las Musas, escondrijo de mi latebra donde acostumbro a ir cuando quiero componer poesías, cálamo en mano y virginal y desafiante hoja en blanco en frente, con la intención de dar al mundo un gran soneto dedicado a algún asunto serio o, incluso, grandilocuente. Pasaban los minutos y mi inspiración se hallaba tan ausente como Rajoy cuando hay problemas. Sin duda, estaba el petardo de mi escaso talentillo poético en compañía del estro persiguiendo a alguna de las hermanas Aonias con el propósito de pellizcarles las nalgas. Y no me extraña que semejantes inútiles se dediquen a eso para matar el mucho tiempo libre que tienen, pues trabajan menos que un sindicalista. Pero de versear, nada.
   En estas estaba, a punto de desesperarme y de lanzar el cálamo donde se merecía, cuando un extraño rumor llegó a mí. Parecía el vago susurro de un espectro o un ser de ultratumba. Lejos de asustarme, y ya hecho a los prodigios de mi caverna, me limité a esperar acontecimientos. Al poco, los rumores se acrecentaron. Unas formas que parecían haces de luz comenzaron a titilar a lo lejos en un rincón. Yo no sé si se debió todo a que se me había ido la mano con el láudano o a que es cierto eso que dicen que las fabadas de bote caducadas caen mal, pero ante mis ojos aquellas imprecisas siluetas luminosas empezaron a  cobrar forma. “¡Diantre!”, me dije asombrado, “si parecen féminas”. Mi primera impresión se confirmó en seguida: aquello, fuera lo que fuese, tenía forma de mujer, aunque carecía de rostro. Se acercaban cada vez más. De repente, se escucho con toda claridad:
   -Misandro… Somos las Musas…
  ¡Voto a tal!, que me quedé estupefacto. Cuánto honor, y yo con estos pelos y unos trapitos de andar por gruta. Mas, como estaba convencido de que no era un sueño, y sin tenerlas todas conmigo, pues doy por hecho que eso de las Musas es algo metafórico y cosas de ésas, les pregunté lo siguiente: "Si de verdad sois el hermoso cortejo de Apolo, decidme vuestros nombres". Este astuto ardid tenía su razón de ser: como todo olía a chamusquina y a buen seguro era un bromazo, tuve por cierto que quienes estaban detrás de todo debían de ser lo suficientemente jóvenes como para haber sufrido los estragos de la Logse, por lo cual no se sabrían los nombres de tales deidades. Dicho y hecho. Las formas lumínicas se quedaron paradas, mirándose entre sí como si se preguntaran qué hacer. Alguna de ellas, incluso, parecía estar haciendo esfuerzos de memoria, y cómo sería el empeño que la luz pasó de amarillo pálido a un rojo intenso. Hasta le salía humo. Quedó claro que todo era farsa cuando una de esas formas expelió: “qué dice de un polo. Si estamos en otoño”.
   Poco tardó en caer la máscara tras mi treta. Las indefinibles siluetas empezaron a cobrar forma y a volverse igual de rojas que la otra esforzada intelectual. Y no crean que curvas femeninas y túnicas griegas se me mostraron: harapos los más y cuerpuchos de crápulas de vía estrecha. Los muy hideputas me la querían pegar, pero a otro perro con ese hueso. Ante mis despavoridos ojos aparecieron unos seres que ríase usted de las arpías o las furias infernales. ¡Qué horror! La forma que llevaba la voz cantante mostró un rostro espantoso adornado con una perilla guarra y unos ojillos maliciosos. Una larga coleta, que usaba a modo de látigo, colgaba de su cabeza. Otra de estas estantiguas, quizás la más rabiosa, tenía unas ridículas gafitas circulares. Sus ademanes de marica loca furibunda me llenaron de pavor.  A su lado, otro gafotas con cara de empollón onanista hasta la médula y mala leche a raudales empuñaba un rejón con el que me amenazaba como si yo fuera un cornúpeta cualquiera. Me acordé de su estampa y de sus ancestros, que para cuernos los de su amo. Pero la peor de todas era la que llevaba un pasamontañas en el melón y una bomba en la mano; en la otra, un mechero dispuesto a encender la mecha. Qué amistades se gastan algunos.
   La cosa se ponía fea. Afortunadamente, me armé de valor y les hice frente.
   -Si vosotros sois las Musas, yo soy Cándido Méndez, hatajo de impostores a sueldo -dije con el tono más enérgico que puede hallar-, Y tú, coletas, deja tranquilo el compás, que me estas poniendo nervioso y me vas a sacar un ojo.
   El bicho aquel obedeció y comenzó a hablarme con voz melosa y ademanes de marisabidillo vendedor de humo.
   -Somos las nuevas Musas... -dejo caer. Tras cesar el eco teatral continuó-. Venimos a regenerar a la poesía y a acabar con la corrupción de las costumbres literarias… La cultura es de izquierdas; es del pueblo. No hagas más sonetos, compañero, que son fachas…
   A lo que todos replicaron al unísono con voz de aprobación: “Siiiiiií… Faaaaaachaaaassssss…”, de modo muy espectral y cosas por el estilo.
   -Misandro -prosiguió el líder neomuso, que ahora aparecía con una luz blanca, posiblemente para engañar mejor-. Quevedo y Becquer son casta… No los imites. Escribe poesías revolucionarias, versos bolivarianos. Entona cantos al obrero, loas a la indignación. A ser posible en catalán o en árabe. Y no rimes, que a los amigos nacionalistas no les gusta. Solidaridad…
   Yo, que no podía más con tantas sandeces, y que veía como se me echaban encima cada vez más envalentonados, decidí cortar por lo sano.
   -¡Imposturas y canalladas a mí! Os vais a enterar, comunas de piojos…
   Y, acto seguido, saqué una pastilla de jabón que llevo guardada por si me visita alguna pulga de estas bermejas para tocarme los innombrables, en especial la que lleva nombre de mes y no soporta todo lo que ataque a la mugre. La reacción fue inmediata.
   -¡Ahhhhh! ¡Ohhhhhhhhhh! ¡Huyamos! Las fuerzas represoras nos alienan. ¡Facha! -por supuesto, dicho a la pastilla de jabón-, clericaloide, esbirro de Jiménez Losantos…-esto dedicado a un servidor.
   Harto de lindezas de este jaez, y más de sus caras y gestos, decidí rematar la faena. Desenfunde el ambientador y les propiné una buena rociadita. Mano de santo. Entre clamores y berridos varios, atropelladamente se dieron a la fuga. A lo lejos aún podían oírse sus chillidos y amenazas diversas sobre escraches y sentadas, o algo así. Para asegurarme de que no volvieran puse una gran foto de Franco que tengo para estos casos cerca de donde estaba. Con esta estampa ni se mueven. Ya tuvo quietos a los padres, y los hijos no iban a ser una excepción.
   Como comprenderán, después del mal trago, y tras los reconstituyentes que eran menester, tomé la firme decisión de coger la pluma y liarme a versazo limpio con esta tropa infernal. Así pues, allí mismo empecé a rimar. Por descontado, y por si acaso, no invoqué a las Musas ni a la madre que las trajo. A palo seco. Y así ha salido. Sin más les dejo con esta letrílla satírica, antes letrillón por lo largo, huérfana de inspiración y numen alguno, pero, eso sí, hasta arriba de Heno de Pravia para que no me la soben ni mancillen quienes ustedes ya saben. Espero que les guste.

     
            
Berrea la masa airada;
está la plebe que trina,
de gran corrupción ahíta
y por verse maltratada.
Si hasta ahora muy callada
celebran hoy el vocerío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Y no les falta razón,
que la cosa está muy fea
y cualquiera que lo vea
compartirá la opinión.
Aunque es vieja la cuestión
se apuntan ahora al lío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Mientras había dineros
el hedor no les llegaba
y la caca se ignoraba.
¿Dónde sonaban los peros?
Cuando quedamos en cueros
bien no quejamos del frío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Si despotricaba alguno:
“que calle ese tío plomo,
y venga otra de lomo”,
escuchaba de consuno.
Y cuando aprieta el ayuno
devoran todo extravío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Y llega el partido puro
que al yanqui moreno imita
con nombre tan obamita.
Es muy propio, pues seguro
que traen negro futuro.
Se pone el patio sombrío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Vienen con un redondel,
me malicio sin reparo
para ser usado de aro,
y a pasar todos por él.
Al modo del coronel
lo impondrán, ¡qué escalofrío!,
pues seduce el desvarío
del poderío.


El Lenín de la perilla,
indïano por el oro
que se pirra por lo moro,
nos lidera la pandilla,
complutense pesadilla
que avanza con rojo brío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Demagogo y populista,
promete parné y progreso;
será porque entiende de eso
su novia la comunista.
A la turba, poco lista,
cómo la engaña este tío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Nos camelan con lo austero,
dando palos a la casta,
y se mueren por la pasta.
Les gusta tanto el dinero
que siempre con monedero
van, forrado aunque vacío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Como somos piel de toro
nos quieren poner rejón,
puyazo con subvención.
Mas de extranjis por el foro,
con un silencio sonoro,
pronto mutis hará el crío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


¿Neutrales? Me da la risa.
Esta panda es de la hoz,
amén del rebuzno y coz.
No es tan blanca la camisa,
pero a la masa sumisa
hipnotiza el rojerío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Se dicen libertadores
los amigos de la Meca;
irá más de uno a la checa
de tales embaucadores.
Con pájaros dictadores
ya no diremos ni pío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


La chusma estando al socaire,
nos dejarán en calzones
a golpe de expropiaciones,
o con las nalgas al aire.
O reciben un desaire,
o adiós al término “mío”,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Con tanto bolivariano,
la cosa no es baladí
pues les paga el iraní,
ya puede temblar el ano.
Pongamos detrás la mano,
que la sangre llega al río,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Los medios engañadores,
si pueden, y ya podrán,
con queso nos la darán:
en país de roedores
estos falsos redentores
se aprovechan del hastío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


¡Mucho ojo con los extremos!
Se pintan de solución
quienes gran problema son.
Y la mar de ellos tendremos
si tantos votantes memos
rinden su bobo albedrío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Como venza la coleta,
y el que avisa no es traidor,
con mucha pena y dolor
pagaremos la rabieta.
La ruina será completa;
el país hecho un baldío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Lo que tendremos que ver:
tradición y lo sagrado
atrozmente profanado
si Judas llega al poder.
Iglesias habrán de arder
por el fuego del impío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Pero qué burros podemos
llegar a ser en España
al abrazar la patraña
que endilgan seres supremos.
Y esperan que nos salvemos
con tamaño desavío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Si el círculo vil se cierra
llegamos a Venezuela,
herrumbrosa la cazuela
y echado el país por tierra.
Al que chiste se le encierra
por fascista desafío,
pues seduce el desvarío
del poderío.


Que es esto traza secreta,
y además de mal cariz,
a mí me da en la nariz:
habemus gente discreta.
Mejor hacer la maleta;
del personal no me fío,
pues seduce el desvarío
del poderío.



 
Sólo espero que, llegado el momento, cuando vengan a por mí me encuentren de esta guisa.