miércoles, 16 de julio de 2014

EPIGRAMILLA DE VERANO



   Bienvenido, Perico. Nuevo pelele a bordo. La historia se repite: joven de aspecto dizque agradable sin pasado y con futuro (eso esperan). El nuestro, negro.




Caras nuevas, trucos viejos



Nos quieren vender la burra
con otra renovación.
Que la Logia no se aburra:
siempre pica la nación.




En la Corte, en un día más de este Año infausto (y lo que nos queda)






jueves, 10 de julio de 2014

CARTA DE RETRACTACIÓN



   Estimados caballeros:

      Después de las amables sugerencias que me han propinado don Alonso y don Diógenes (los muy bribones lo han llamado “lecciones de urbanidad y buenos modos”) escribo la siguiente misiva como “disculpa y desagravio para los dignísimos señores a los que ofendí”.
   Dicho esto, permitan tan ilustres caballeros que ponga algo de mi cosecha. ¡Pardiez, que no creo que fuera para tanto mi travesura!  ¿Tan afrentoso fue el cambiazo? Mil veces prefiero yo las juergecillas como la que mostraba mi estampa, organizada por mis buenos amigos y viejos compañeros de aventuras Paul Churches y John Purse, que las pesadas tertulias de estos sabios tan delicados. Lo hice con mi mejor intención y para animar un poco el cotarro, que entre las penumbras del señor de la Cueva y las tristezas del Caballero Darcy estaba hasta el cogote. He visto cementerios más alegres.
   Por ello, y lo dice Carlton Philibertus Sidney, capitán del 3º de Fusileros de Su Majestad, nacido en el seno de una de las mejores familias de la vieja Irlanda, nada más lejos de mi intención que ofender a nadie. Y quien crea que un poco de chacota y alegría en esta vida es perjudicial, peca de lo mismo que aquellos que ven con malos ojos que de vez en cuando se eche un traguito: se pierde lo mejor de la vida. Qué el diablo les confunda.
   Además, protesto enérgicamente por los embustes vertidos contra mi humilde persona. ¿Robarle yo a un caballero tan distinguido como Sir Old Nick? ¿Profanar la confianza de un camarada tan rumboso y simpático? Jamás. Dejen que explique el malentendido: el otro día se organizó un evento en la mansión de mi señora Lady Cornelia, a quien Dios guarde muchos años y le conserve la sabiduría para percatarse de la inocencia de su más humilde servidor. Allí acudió lo mejor de lo mejor, aunque se sopló de lo lindo. Y hay que decir que el ponche era un mejunje infecto. ¡Por Belcebú que este Darcy con todas sus finuras es un agarrado de tomo y lomo y a saber qué de porquerías le echó. Lo mismo puede decirse del de la Caverna, que con todas sus exquisiteces de sibarita, el muy hipocritón, luego le pone garrafa a los amigos.
   Por ello, digo que han sido estas lacerias las que provocaron que mi buen amigo Sir Old Nick se encontrara indispuesto y tuviera que acostarse a dormir el sueño de los justos. Yo mismo ha padecido unos pesares estomacales que me han tenido encadenado a cierto asiento, por más que mi ausencia fuese tomada vilmente como huida. Y estando de esa guisa el buen caballero, me di cuenta de que su hábito quedaba desamparado y al alcance de cualquier desaprensivo que quisiera tomarlo prestado. Hay mucha maldad en este mundo. Por tal razón, decidí tomar la prenda y ponerla bajo mi custodia hasta que mi gran amigo, y gran señor, se recuperara. Como pasaba el tiempo y no despertaba, que en aquel sarao era más fácil ver caer gente que levantarse, y como tuve que ausentarme por causas de fuerza mayor (que se hacen mejor en casa de uno que en la ajena), decidí llevarme el hábito. Quedaba para otro día la devolución, con la que yo, a buen seguro, descansaba más que su dueño. Y como no me fío de los vecinos que tengo en el miserable tugurio a donde debía ir, dejé la prenda en casa del buen Samuel Christophoro Montorovitz, gran persona y de suma confianza, pese a que su honesto modo de ganarse la vida prestando y empeñando a un más que módico interés le haya granjeado la malquerencia del populacho. Cochina envidia.
   Ni que decir tiene, cuando mis asuntos me lo permitieron, y me enteré por ciertas amistades de los rumores infames que corrían sobre mí, acudí presuroso a tan honorable casa a recoger el hábito, que estaba a buen recaudo. En menos que canta un gallo lo llevé a la gruteja inmunda de don Diógenes para restregársela por las narices y dejarle con un palmo de las mismas. Y en éstas estaba cuando al llegar a la charca que precede a donde mora el tenebroso del puño cerrado se me echa encima el mismo con su amigote, el bruto que antes muere que decir dos palabras seguidas, y comienzan a maltratarme que era pena verlo. Y aún decía el sinvergüenza harapiento, que me da a mí que se fenecía por el hábito, al otro mastuerzo que no me machacara mucho, que había que dejar algo para Old Nick. ¡Encima! Si es que no hay justicia en este mundo.
   Apelo al sensato juicio de vuestras mercedes; apelo a la bondad infinita de Milady para que me crean y tengan en consideración mis desventuras. Prueba de mi buena voluntad es la de escribir esta carta para rogar perdón por mi torpeza, aunque tampoco creo que haya motivo para tal drama. Y, si no es mucho pedir, pídanle Vuestras Mercedes a su vez cuentas a estos dos gorilas por su comportamiento canallesco. Y se dicen caballeros…
   Sin más, que no quisiera aburrirles con la narración de mis pesares, y que tengo una sed de mil diablos, se despide su arrepentido y atribulado servidor, quien queda, además, a los pies de su señora, la simpar y fabulosa Lady Cornelia Bennet,
                               
                                      Capitán C. Ph. Sidney





Aquí se plasma el instante en el que se da caza al grandísimo bribón de Sidney cuando acudía a refugiarse en su madriguera: la bodega. Por la boca muere el pez.













martes, 8 de julio de 2014

EN EL OCASO





Moría la tarde. La hora
del crepúsculo traía
con pereza melancólica
la postrera luz del día.


En un perdido rincón,
donde vagaban los sueños,
las ruinas entre las sombras   
evocaban sus secretos.


Bajo el viejo vano gótico,
mudo esqueleto de piedra,
se abrazaba a sus anhelos
la nostalgia de un poeta.


A  lo lejos la mirada
se perdía en el pasado;
preguntaba un alma joven
por el porvenir al ocaso…