sábado, 14 de junio de 2014

DÉCIMA CENSORA TERCERA

    

   La noche está conmigo, sus corceles,
la terrible pureza de su nada.
                                                                Persio 




Es común creencia entre los mortales el sentir cierto desasosiego por el hecho de cumplir años, aunque de seguro el no cumplirlos causa mayor inquietud. Es ésta una paradoja interesante en la que una cosa y su contraria perturban el ánimo, la cual podría dar pie a una de esas inefables charlas pipa en labio y copa de brandy en la mano que se alargan hasta horas intempestivas. Por supuesto, no hay que decir, por más que convendría callarlo, que la mayoría de esas sabrosas pláticas acaban degenerando indefectiblemente en conversaciones de peor jaez, pero no menos sabrosas. Y a santo de qué andaba la sesera por estos vericuetos filosofastros: sencilla es la respuesta. El lamentable hecho de haberme olvidado de recoger leña me movió a pensar que mi cabeza ya no es la de antes, causa mucho más poética para los despistes que el achacarlos a la propia estupidez.
       Podría, en este punto, dar rienda suelta a mi vena lírica y participarle al querido lector que la urgencia de leña obedecía a la hermosa metáfora según la cual mi caverna necesitaba más luz para disipar sus tinieblas. Y de aquí a citar al moribundo Goethe sólo hay un paso. También podría haber deplorado mi olvido si tirase de aquel frío del cuerpo y ánima que requería de las benéficas llamas. Y no mentiría si dijera eso, más sí lo haría si afirmase que era el principal motivo. Y éste no era otro que la imperiosa necesidad de una buena hoguera para freír como Dios manda una ristra de chorizos que ha poco había conseguido agenciarme gracias a ciertos medios que, espero, el lector excuse de referir. Bien sé que se me podrá reprochar una invencible tendencia a despeñarme desde las cumbres de lo sublime a los abismos de lo vulgar. Y nada tengo que objetar para defenderme, salvo que soy español, para bien o para mal, y que están muy arraigados en nuestra nación estos bruscos movimientos. Uno, a fuer de castizo, no puede evitar de vez en cuando cesar en la contemplación de las hermosas rosas para revolcarse por ciertos fangos humorísticos.
       Así pues, con el estómago protestando como buen cristiano viejo ante la demora del homenaje al beatífico chorizamen, salí de mi caverna a por la ansiada leña. Caía la tarde. Hacía algo de fresco, pese a estar bien entrada la primavera, por lo cual me di prisa en llegar a un cercano bosque donde podría abastecerme a mis anchas. Cuando ya tenía un haz de leña considerable, cierto ruido llamó mi atención. Y al ruido le siguieron cierto aroma a madera quemada y el consiguiente y explicable humo. Me acerqué con la prudencia que hacía al caso, y con la valentía que me daba la tranca que llevaba en la diestra, al lugar donde alguien estaba haciendo lo que yo esperaba hacer en breve.
       Poco antes de que pudiera divisar entre la espesura la vaga forma de aquel que estaba junto a una pequeña hoguera, una voz un tanto hueca se dirigió a mí con acentos que delataban una desesperación resignada:
       -Adelante, Misandro. A estas alturas ya deberías saber quien soy.
       Y no dudo de que a esas mismas alturas por donde volaban mis bajuras cerebrales el lector ya sabe quién era aquel hombrecillo que se calentaba junto al fuego.
       -Nunca hay que fiarse, amigo Casandro. Está el mundo muy revuelto y el día menos pensado me hallo en estas soledades con algún torticero merecedor de un masaje de pino.
       -Bien dices, para nuestra desgracia -respondió con voz desolada.
       Me acerqué a él con el corazón dividido entre sentimientos dispares: por un lado, la vista de aquel hombre extraordinario me alegraba en extremo, más aún después del largo tiempo que no lo veía. Pero por el otro, su aspecto me llenaba de congoja: estaba flaquísimo, con la piel muy arrugada, casi amarilla, y la cara marcada con las huellas de las privaciones y pesares. Los ojos hundidos y enrojecidos delataban además las continuas lecturas al amor de luces tan escasas como la empleada en ese momento. Los andrajos que le cubrían no eran ni siquiera dignos de un mendigo. Quién dijera que aquel guiñapo fuera en tiempos el famoso Catón de la Corte, uno de los hombres más influyentes y admirados del país, tanto como temido y odiado.
       Intenté disimular la terrible impresión que me había producido, aunque era imposible engañar a un hombre tan agudo.
       -¿Crees que estoy presentable para tomar el té con Su Majestad?
       -Le honrarías con tu presencia.
       -Tus ojos desmienten a tu lengua, mi joven y amable amigo cavernario. No me compadezcas. Mis días han pasado; el fin se acerca. Y son otros muchos los que merecen más lástima que yo.
       Y sus ojos quedaron fijos en el fuego. A su lado yacía un viejísimo tomo de las Vidas Paralelas de Plutarco. Esparcidos en derredor, las hojas de algunos periódicos. Las más de sus compañeras habían servido para alimentar a la hoguera, además de, presumí, para alimentar a su vez la desesperación del anciano.
       -Malas noticias -pregunté cándidamente.
       Sin retirar los ojos de las entrañas del fuego respondió:
       -La gente no debería dejar abandonada la basura en el campo. Cualquiera puede contaminarse con ella.
       Tras varios minutos de silencio que no me atreví a romper, sentado a su lado, me dijo de un modo lapidario con una voz que, sin duda, bien podría haber sido la del Oráculo de Delfos:
       -Se acercan tiempos tenebrosos. Mucho peores que los actuales, aunque sea difícil creerlo. Pero a qué luchar: nadie me creería. Y ya no me quedan fuerzas para hacerlo. Ni siquiera para huir. Mientras se afanan en sus simples quimeras entre orgías y risotadas, crédulos hasta lo inimaginable y dóciles hasta lo repulsivo, su fin se acerca. Afortunadamente, el mío también…
       -No digas eso…
       -¿Tampoco tú, joven amigo, soportas la verdad? Todo llega; todo cae, todo muere. Lo más evidente siempre es lo más difícil de entender. Dejame, te lo ruego. Quisiera que me recordaras así. Aunque mi aspecto es penoso, sé que aún soy merecedor de tu respeto. Dejadme sólo…
       Su mirada cerró la cuestión. Me disponía a irme, muy a mi pesar, con el corazón traspasado de dolor y la cabeza de mil preguntas e incertidumbres. Ya estaba puesto en pie cuando se dirigió a mí de nuevo:
       -Posiblemente no volvamos a vernos. Y no por mi gusto. Toma este libro. Nos lo podrán quitar todo, pero el recuerdo de las pasadas glorias y la emoción por ellas nunca nos lo podrán arrebatar. Y ahora, adiós, amigo mío…
       Volví a mi caverna. Si había salido de ella con un humor excelente, frisando con lo frívolo, retorné a sus penumbras desolado. Mi apetito había desaparecido: uno nuevo vino en su lugar. Abrí el libro. En su primera página, antaño en blanco, había sido escrito con mano temblorosa estas palabras: Ubi sunt. Debajo, la décima que les ofrezco a continuación…




La ignorancia ha levantado
tras vil interés un muro,
cubriendo de olvido oscuro
los rescoldos del pasado.
En incendios del futuro
arderá la necia euforia.
Los años con gran estrago,
como heraldos de la Historia,
traerán a la memoria
los desiertos de Cartago.





Cada uno a lo suyo...









domingo, 8 de junio de 2014

EN EL ÚLTIMO RETIRO





Envidiosa, la casta Luna admira
el albo y puro rostro de mi amada;
el Sol, ante cascada tan dorada,
a oscuras humillado se retira.


La Aurora entre mil  lágrimas suspira,
pues la flor de tus labios le es negada;
detestan las estrellas tu mirada
y el triunfo de tus ojos, llenas de ira.


Concédele, ¡ay, hermosa ninfa!, al viento
la única merced que al Cïelo pido:
un beso lléveme tu suave aliento.


Merecerá la pena lo vivido
si viví por el orto de un momento,
muriendo en el ocaso del olvido.











domingo, 1 de junio de 2014

ROJO Y NEGRO



         “La democracia es sólo el primer paso hacia la consecución de la dictadura del proletariado. Que nadie dude que el poder será nuestro, por las buenas o por las malas"
Largo Caballero


         “Combatiremos sus ideas dentro y fuera de la legalidad, e incluso justificaremos el atentado personal.”
Pablo Iglesias I




        Imagino que después de estas dos joyas el lector se habrá dado cuenta de que el título de mi nuevo delirio no anunciaba sabrosas disquisiciones sobre la novela de Stendhal. No; esos dos colores hacen referencia al futuro de España. ¿Desean que me explique? Permitan, pues, que haga de augur y me meta en otras disquisiciones no tan sabrosas, precisamente.
       Los resultados de las últimas elecciones europeas y el ascenso de cierto personajillo son los nuevos avatares de nuestra azarosa Historia que me llevan a vestirme de Sibilo y a participarles lo que, en mi modesta opinión, se está cociendo. Antes de empezar a desvariar, debo hacer dos aclaraciones de orden conceptual y semántico: debo anticiparles que no usaré la expresión “extrema izquierda”, por muy de moda que esté y sea mucho el miedo que inspire. La izquierda siempre es extrema, radical y peligrosa; es toda una, ya sea calva o con melena, vestida de Armani o con harapos, con o sin máscara. Por eso, cuando me refiera a esta lacra para la humanidad usaré el término “izquierda” a secas, sin adjetivo, que puestos a emplear uno le cuadran otros muchos peores. La segunda aclaración: disculpen que cuando me refiera al petardo de moda no use el nombre de nuestros templos como su apellido. Me niego; soy incapaz. Le llamaré Pablillo Mezquitas, que es más adecuado, o cualquier otra cosa, pero lo “otro” no.
       Aclarada la cosa, ataquemos la cuestión de fondo y de raíz. ¿Qué es lo que ha suscitado entre la gente decente el auge de Podemos (del verbo “podar” -no pregunten qué- y no “poder”)? El miedo. ¿Hay razón para él? Desde luego, pero no por culpa del piojo perillán de la perilla y su hueste de mugrientos; el miedo hay que tenérselo a la cabeza de la que salen. ¡Qué arcano, amigo míos! Levantémosle las faldas a Clío un momento y poco a poco saldremos de las brumas
       Antes de que la Musa nos enseñe las vergüenzas, háganse conmigo una pregunta, y no hace falta que se vayan a ese engañabobos de Wikileches. ¿Qué es en esencia la “izquierda”? Sencillo: una turba de desgraciados, por lo vil o por lo tonto, manejada por una minoría de golfos que sólo anhelan el poder absoluto, y que en el camino para tal no dudarán en exterminar a quien se ponga por delante. Excusado es decir que cualquiera de mis lectores, si es que los hay de izquierdas, sus familiares o sus mejores amigos son una gloriosa excepción.
       Sigamos. La izquierda no es más que los manejos de la peor de las minorías -la cúspide del partido y quienes les ponen- que merced a un fabuloso uso de la mentira y la propaganda encubren o justifican mil tropelías para someter a sus semejantes y hacer lo que les salga de sus rojas, y el demonio sabe qué más, gónadas. Así, se dicen demócratas, aunque la realidad revela una espantosa oligarquía. Los que se titulan como defensores de la igualdad, de los pobres, del reparto de riqueza y demás palabrería de oropel e ideales huecos son, en verdad, el hatajo de tiranos más cruel y sanguinario que pueda haberse visto. Y hablando de sangre, también tienen mucho de sanguijuelas, que roban lo suyo y allá por donde pasan ríase usted de Atila y su jaco.
       Podría extenderme más sobre las miserias de ese monstruoso embeleco llamado “izquierda”, pero creo que se hacen una idea y no considero necesario añadir más leña al fuego del expediente por el cual he de acabar en el paredón. Detengámonos, tras estas divagaciones, en un rapidísimo resumen de lo que han sido las andanzas del PSOE a lo largo de sus Cien años de… (las carcajadas me impiden seguir). Si conocemos el pasado podremos entrever mejor el futuro.
       El partido socialista lo fundó un sujeto del que arriba he dejado una lindeza. A decir verdad, que lo fundara ese miserable u otro cualquiera era lo de menos. Lo importante, para nuestra desgracia, radica en el hecho de que este partido, como todos sus hermanos, nació con un solo objetivo: utilizar el Sistema para apoderarse de él. Tragando con el dictador Primo de Rivera o aliados con toda la escoria del Frente Popular, miles de perversas añagazas mediantes, su anhelo era el triunfo de la Revolución, otro de los rimbombantes eufemismos empleados por estos manipuladores para designar su verdadero afán: imponer una dictadura. Dirán algunos que “del proletariado”. Entonces, me veré en la penosa obligación de mandar a quienes digan eso al hábitat natural de un indignado. La dictadura de los de la hoz y la rosa siempre ha sido la de una minoría de criminales que han sojuzgado terriblemente a sus semejantes.
       Durante la funesta II República, el PSOE provocó una guerra para ganarla y que después temblase la piel de toro. La perdieron. La mayoría de los peces gordos se marcharon con los bolsillos llenos y la decencia vacía. Y durante cuarenta años no se supo de ellos. Muerto quien los puso en su sitio y les caló como nadie, y tras el camelo de la Transición, vino el segundo asalto al poder perpetuo, camuflado convenientemente con esas artes del espejismo que tan bien dominan. Un fantoche con hocicos góticos, pico de purpurina y una cara de hormigón que ahora advierte “del peligro bolivariano” dirigía a la partida. El multimillonario proletario amigo el pueblo, el ciudadano Polanco, le ayudaba. Y así, cogidos de la manita, querían implantar una pseudo-democracia al estilo de sus admirados manitos del PRI: la fachada parecería la de una democracia al estilo occidental, pero por detrás se ocultaría el monstruoso Leviatán que a todos nos quería mudos, sordos, ciegos y cogidos por los innombrables. Con apoyo real, que aquí fantasía hay poca, llegaron al poder tras un turbio golpe de estado. Se cargaron a un magnate del Opus para que se viera que aquí los ricos también lloran, y de paso a poner el cazo. Después, a derribar todos los pilares que sostienen una sociedad sana: expelieron una ley del Poder Judicial que parecía como si sacaran el cadáver de Montesquieu de su cómoda tumba para quemar los restos y luego orinar sobre ellos; defecaron una ley de la Enseñanza para convertir al personal en un ganado de ignorancia aberrante y las consiguientes tragaderas como abismos, con el amigo Freddy ya intrigando; cedieron, y pactaron, ante los enemigos de España, concepto que tenía que ser atacado inmisericordemente; intentaron el derribo de cualquier medio crítico o medianamente hostil a sus torvos manejos; se esforzaron con gran tino por controlar a la policía con la hábil colocación de los fieles en las zahúrdas del Estado; dejaron al ejército como una colección de soldaditos de plomo dirigidos por escogidos y promocionados altos mandos cuyas principales estrategias se limitaban a los campos de golf, y no de batalla; acosaron con nostalgia de la antorcha a la Iglesia, que ya en los años anteriores le había puesto trabas al negocio bermejo; etc... Con esto basta para que vean la tremenda labor de zapa empleada para echar por tierra a la nación española y construir en su lugar el feliz Estado Socialdemócrata. Vamos, una república bananera con acento andaluz.
       A Dios gracias, aunque por otro lado es terrible, el español de a pie cuando vio que peligraba el pincho de tortilla, el chalé de la sierra y las vacaciones en Benidorm decidió cambiar de rumbo. Lamentablemente, fue una cosa de números. Y como por ahí iban los tiros, los contables de la gaviota acabaron con los números rojos, aunque todo lo demás rojo que debía ser eliminado siguió campando a sus anchas. No le importó al celtíbero: bastaba sólo con el “pan y fútbol”. La famélica y panzuda legión veía atónita cómo lo que ellos creían que iba a ser un suspiro acabó siendo ocho años dejándose el aliento entre gritos y fechorías. El dóberman y el cuento del lobo facha parecían agotados. El poder se alejaba. Y era necesario volver a la Moncloa para dar un tercer asalto al poder absoluto, ese que llevase al PSOE a gobernar ochenta años seguidos, o más, pero, ¡ojo!, democráticamente.
       Esta vez tocaba la versión progre-pija y cursi del talante para engañar al rebaño y darle la miel de una ceja tras la antipatía del bigote. No tienen un pelo de tontos. Pero lo que les llevó al poder fue un atentado de los de verdad, y no ese atentado contra la inteligencia que fue el pelele ZP. Vean qué evolución desde la “tejerada”. Más rojos que nunca, volaron de nuevo al poder. ¿Sería este asalto el definitivo? Por ellos no iba a quedar. Durante siete calamitosos años se dedicaron, aparte de a robar y a estar en las nubes, a engatusar a la media España “guay” con una sarta de memeces de espanto. ¡Qué gran avance!, los manfloritas se pueden casar, aunque no haya un duro para hacerlo. ¡Albricias! ¡Gracias sean dadas al Gran Arquitecto del Universo!, que hay barra libre en el fornicio y en el crimen. Y así unas cuantas más…
       Llegó la crisis fantasma, intangible para unos, pero que daba puñadas muy materiales a los más El pincho de tortilla volvió a estar en peligro de extinción. Y los genios que forman el “gabinete secreto” de maldades y añagazas varias idearon uno de los ardides más sutiles y canallescos que uno pueda ver, aunque esta vez no hubo explosivos (se conformaron con mucha mierda, con perdón). Ya que las encuestas se atragantaban y se veían en la acera de enfrente de la bancada del Congreso, se sacaron de la manga un supuestamente espontáneo movimiento de gente indignadísima que clamaba contra todas las injusticias de este mundo. Uno cree en las casualidades, pero cuando se reúnen tantas, algo pasa. La indignación surgió en vísperas de unas elecciones que pintaban como Picasso para el PSOE: casualidad. La zona donde se originó la cuchipanda indignada fue la Puerta el Sol, frente a la sede donde reinaba la maléfica Esperanza, la persona que más odian los presuntos pobres y la que más y mejor ha combatido en España a la pobreza: casualidad. Se decían apolíticos y neutrales, pero los blancos de sus inocentes iras eran la susodicha presidenta, el P.P, los mercados, el capitalismo (sí, ese gracias al cual poco antes estaban todos pasándoselo la mar de bien en Torrevieja) y todo lo que sonase a derecha: casualidad. En la parte de España donde hay más paro y pobreza, donde hay más corrupción, donde los amigos del pueblo le quitan a éste el dinero para gastárselo en mariscos y drogas, nada de indignación; una balsa de aceite (pero de girasol, que el de oliva es muy caro): casualidad.
       La perversa utilización de este movimiento ciudadano “libre y nacido más allá de los tentáculos de los políticos” (miau), así nos lo vendieron, radicaba en el hecho de haberlo gestado en tiempos en los que gobernaba la izquierda. Pero como un nuevo viraje a la derecha era más que previsible ya tenían presta a la infantería para hacer el trabajo sucio. A los que criticasen se les podría decir que ellos (los del PSOE) nada tenían que ver, pues la cosa había surgido en los tiempos en los que ellos gobernaban y ya les tocó sufrirlo. Muy ingenioso, en verdad. Y de aquellos polvos llegaron estos lodos, y nunca mejor dicho.
       Luego alunizaron los gaviotos al poder, como estaba cantado, y demostraron que la Arrioloctomía a la que se habían sometido, con la consiguiente extirpación de lado derecho el cerebro, hacía inútil la maniobra, pues para perder votos se las componen ellos estupendamente sin el concurso de los chicos del adoquín. No obstante, ante los recortes y eso que, gracias a algún ignorante, llaman “austericidio” (neologismo que significa “matar lo austero”, aunque se emplee para lo contrario) la izquierda ha decidido echarse al monte, o, mejor dicho, a las calles y montar el tiberio padre, que es lo que más les gusta. Aquí vienen otro eufemismo: “acción directa”. Pobres contenedores, ¿qué culpa tendrán?
       Tras tres años de gobierno de ¿derechas?, el Partido Popular es de todo menos esto último. Los que nunca lo han querido lo odian más que nunca, y muchos de sus votantes han mudado de opinión hartos ya de que la dichosa gaviota se les cisque encima. Por su parte, el PSOE también pasa por horas bajas. Estamos ante lo que algunos infelices proclaman con alborozo como fin del bipartidismo, lugar común que se extiende como la pólvora y que es, como todos ellos, repetido mecánicamente sin que los que lo regüeldan se paren a pensar en ello. Y yo les digo: tal bipartidismo no es malo en sí; es malo cuando los partidos que lo forman son tan nocivos como los nuestros. Pero, se han parado a pensar que la alternativa al bipartidismo suele ser el “unipartidismo”, y perdóneseme el vocablo.
       Y aquí entra en escena el pícaro Pablillo. Con su aspecto de “Imitatio Christi” pasado por el 68 y su facundia venezolana aderezada con su punto de ladino a lo iraní el joven ha engatusado a esa parte de la población que está cabreada por lo mal que lo  pasa y cree oportuno vengarse por tanto malestar comportándose como cretinos. Es la vieja historia: unos pocos pillos desalmados movilizan a los cafres de turno para engañar a las masas desesperadas. Hasta aquí la cosa no debería ser en exceso preocupante, ya que un piojillo como Pablete es insignificante, por muy listo que se crea. Lo malo radica en otra cosa: es sólo un pelele en manos de los que de verdad asustan. Si antaño se usó a Bambi para combatir a la pérfida derecha con blanduras, hogaño se recurre a esta especie de Robin Hood fumador de porros para hacer la jugada.
       En verdad, el PSOE sólo ha arrendado los votos que aparentemente ha perdido. Han pasado a manos de quienes se las cortarían sin dudar por un pacto con los chicos de Freddy y de la marioneta que ponga. Para no andarnos con zarandajas: si el Partido Popular no saca mayoría absoluta, y que la sacara sería descorazonador, a la Moncloa irá el candidato del nuevo Frente Popular que se está gestando, con el PSOE encamado con toda la basura que pueda juntar. Y esto sería el comienzo de un nuevo asalto al poder definitivo.  ¿A la cuarta irá la vencida?
       La situación es peliaguda. Por la derecha nos queda la opción de la mencionada mayoría absoluta de un partido que, pese a ciertas tiritas que ha puesto en algunas brechas, lo ha hecho rematadamente mal. Más de lo mismo tras el Zapaterato. Y si tienen mayoría simple, deberán juntarse con los nacionalistas dizque moderados, porque olvídense de un gran pacto de estado con el PSOE. Si llega el caso, a rascarse el bolsillo y a aprender catalán o vasco. Por la izquierda, lo dicho: la unión de todos los partidos de izquierdas bajo el mando de la banda de la rosa. Hay tres palabras para definir esa posibilidad: Venezuela, Cuba o Argentina. Elijan la que menos les repugne. Ya sé lo que estarán pensando algunos: “alguien parará esto”; “Europa no lo permitirá”; “¿y el ejército?”. Me río por no llorar. España, señores, se va a “Andaluzizar”, pero a lo bestia.
       De todos modos, para qué quejarse. Resignación y estoicismo. Estamos sujetos a fuerzas mayores que mueven hilos invisibles. ¿Creen acaso que la juguetona Fortuna nos ha traído a Pablín como pago por nuestros pecados? Miren ustedes el símbolo del partido que lidera este mamarracho. Miren ustedes la primera “o” del dichoso Podemos. Se estrecha el círculo sobre la nación; se ensancharán otros de sus moradores.  


  


A todos nos llegará, pero quizás a algunos antes de tiempo. Al menos, que sea fumando...