miércoles, 23 de abril de 2014

SOY UN FACHA



 Sí, es cierto: soy un facha. Es posible que muchos de los que me leen no se sorprendan en demasía por esta revelación. Es posible que ellos lo sean tanto o más que yo. Otros quizás se admiren por mi confesión, la cual me pone a los pies de los caballos, aunque yo antes diría a los de los burros. Y no faltarán quienes se escandalicen y ya anden buscando un hermoso adoquín con el que adornar mi cabeza. De todo hay en la viña del Señor.
Sea como fuere, a estas alturas ni lo niego ni lo escondo. Al contrario, afirmo orgulloso la evidencia, ya que hoy día el que te llamen “facha” con cierta asiduidad es casi un timbre de gloria, patrimonio de los hombres de bien. No obstante, conviene realizar ciertas aclaraciones sobre el tan manido vocablo. No descubro nada nuevo si afirmo que facha es una especie de diminutivo especialmente despectivo, y muy castizo, de la palabra fascista. No estará de más que echemos mano de nuestro buen amigo el DRAE y veamos que dice al respecto:

         1. adj. Perteneciente o relativo al fascismo.
         2. adj. Partidario de esta doctrina o movimiento social. U. t. c. s.
         3. adj. Excesivamente autoritario.


       Por tanto, déjenme que les pasme con mi portentosa inteligencia al revelarles que fascista es el partidario del fascismo. Sé que muchos pensarán que la perogrullada sobraba. Ya se verá. Pero sigamos con el hilo de mis pensamientos. Lejos de mi ánimo entrar en discusiones históricas sobre el fascismo, sus características y alcances. Aunque se pueda desvariar hasta lo infinito, y se hace, y remontar su origen a “la noche de los tiempos”, lo más sensato es ceñirlo a lo que el mismo diccionario nos dice: 


1. m. Movimiento político y social de carácter totalitario que se produjo en Italia, por iniciativa de Benito Mussolini, después de la Primera Guerra Mundial.


 
Sin embargo, dada la influencia que el invento del tío Benito tuvo, los chicos de la Academia han incluido una segunda acepción:


2. m. Doctrina de este partido italiano y de las similares en otros países.


 Ese “similares de otros países”, junto con la tercera definición de fascista que arriba pueden leer, esto es, “excesivamente autoritario”, nos permite concluir, además de que aquí está la madre del cordero, lo siguiente: primero, que los que limpian, fijan y dan esplendor acostumbran, según se ve, a bajarse los pantalones para hacerlo. Con esto quiero decir que tragan con todo, que de aquí a que les pongan un farolillo rojo hay poco. Lo segundo, y causa principal por la que tomo la pluma, es que esas concesiones a la propaganda bermellona dan pie a que al término "fascista" se le adorne con todo tipo de descabellados significados. Así, más de un gobierno liberal hasta el tuétano, y es el liberalismo el principal enemigo del fascismo fetén, ha sido tildado como tal.
Pero vayamos a nuestro genuinamente hispánico facha y a su uso cotidiano y ordinario, nunca mejor dicho, que es lo que nos interesa: cuando un Pablillo Mezquitas cualquiera, un Centella (más bien Chispa por las pocas luces) de andar por casa o alguna otra acémila al uso expelen el término de marras, lo que quieren es insultar y dejar claro que quien lo merece no es de izquierdas, lo que inmediatamente le convierte en lapidable, por no referir cosas peores. Y no es que esta panda odie al fascismo, sino que todo lo que odian es fascista. Podríamos ir más allá, incluso, pues los que vomitan el facha de continuo lo usan como insulto por antonomasia, dedicándole el epíteto a todo aquel que les molesta. Es su palabra comodín, su juguete favorito, aparte de los contenedores quemados, el cual nunca se le cae de la boca. Por ello, no es de extrañar que de tan sobado signifique muchas cosas y no signifique nada. Así, puede ser un facha tanto el padre que no deja que sus hijos vuelvan a casa tarde, como el entrenador de balompié que no quiere que los divos se les suban a las barbas, o el desaprensivo que pretende impedir que algunos se hinchen a marisco con su dinero.
Si se toman la molestia de pensar en las personas, y como tales no considero a la mayoría de los políticos, de cierta fama a las que más a menudo se les considera como fachas, verán que son, excepciones aparte, antes dignos de estima y de más agradables términos. Y hay una relación directamente proporcional entre el número de veces que a alguien se le llame "eso" y la intensidad con que pone el dedo en la llaga o en los ojos bermejos, algo digno de todo encomio: a más "fachas" en su haber, más les escuece a los progres el blanco de sus improperios Mas, ¡ay!, si no te lo han dicho nunca. Creen ustedes que Sabina, Máximo Pradera, Almudena Grandes o engendros similares suelen recibir las caricias de semejante denominación.
Lo tristemente gracioso del caso es que la manía de endosar eso de fascista a alguien debe de ser contagiosa. De hecho, las bravas legiones de la derecha, bombardeadas habitualmente con el consabido "facha" por un quítame allá esas pajas, se fenecen por hacer lo mismo. Sobre todo, los más acomplejados y centrista son los más aficionados a tildar de fascista (rara vez usan el término facha) a aquellos que previamente se lo han dicho a ellos. Vamos, un “tú más” infantil con el ya muchas veces mencionado palabro como boomerang. De este modo, “angelitos” que no tienen nada de fascio en la sesera (y, todo sea dicho, no tienen nada en absoluto en la misma) son tenidos como fascistas. Desde mis más tiernos años he oído cómo llamaban fascistas a los etarras, pese a que ellos, puño en alto, se decían “izquierda aberchale, o aberchalá”. Hace poco, cuando las hordas del canto y la tea arrasaban Madrid en nombre de la República, Lenín, la hoz y el martillo, y de Freddy por lo bajinis, algunos tertulianos hablaban de “fascismo, llenándoseles la boca de desprecio y gustirrinín por poder decírselo a otros. Y no sería mejor, pregunto, llamarles lo que son: anarquistas, comunistas, socialistas, cafres, hideputas… ¿Por qué hay que cambiarles la ideología y la acepción? ¿Sólo porque usen métodos similares? Pues llamemos comunistas a los que llevan la esvástica y se dedican a repartir leña a diestro y siniestro, bueno, más a siniestro. Como de costumbre, quien maneja la propaganda y manipula a su gusto el lenguaje gana la partida y se lleva el rebaño al agua.
En lo que a mí toca, no me declaro fascista ni simpatizante. Y lo digo por hacer honor a la verdad, que no me pienso desgañitar negándolo si alguien me lo llama, ni me ofenderé por ello. Soy un maldito liberal, que quizás sea peor. Manías de las que espero curarme algún día. Eso sí, lo innegable es que soy un facha de tomo y lomo, aunque no pueda precisar en cuál de las muchas acepciones de la palabra se me puede encajar. Son tantas, y tantas me corresponden. Dejémoslo en que me apasiona la música de Wagner, motivo más que sobrado para merecer lo de facha para los restos, lo cual, por cierto, me parece la mar de bien. También debo decir que el hecho de creer que la poesía debe rimar basta para ganarme el apelativo con generosidad. Sí, ya sé que se han dado cuenta, preclaros lectores, de que esto es una burda excusa para endilgarles unos versitos. Pero, ¿qué se puede esperar de un facha como yo?


En esta España cretina
quien se aparta de la senda
y se quita roja venda
verá cómo le malsina
nuestra izquierda con su inquina
y de fascista le tacha.
Siempre están con lo de facha.


¡Facha!, moderno anatema
de la chusma que se indigna
para endilgar la consigna
y aquí el que proteste tema,
tragándose la pamema,
a ver si la testa agacha.
Siempre están con lo de facha.


Lo ponen hasta en la sopa,
de sinónimo del ajo,
tenido como espantajo
que apesta a quien se lo topa.
Me da que la chinche tropa
del palabro no se empacha.
Siempre están con lo de facha.


Si con juicio sano y recto
se te ocurre abrir la boca,
lo sensato se trastoca
en casposo e incorrecto,
y, en ristre el vocablo infecto,
de fijo la horda te escracha.
Siempre están con lo de facha.


Lo eres si no eres rojo,
lo es la persona decente,
el que el bien común pretende
y abomina del piojo.
Te lo sueltan sin sonrojo
por ser un hombre sin tacha.
Siempre están con lo de facha.


Llegados a extremo tal,
a mí me importa una higa
que un cretino me lo diga,
pues música celestial
me es el insulto oficial
de esta recua mamarracha.
Siempre están con lo de facha.