jueves, 27 de marzo de 2014

SONETO DE LA SUERTE SUPREMA



Usurpando el descabello habitual que suele hacer el Fénix de los Blogs, a quien pido licencia para ello y perdón por la osadía, les lanzo la puntilla a los astados que hasta los mismísimos nos tienen. Y como estos cornúpetas no son más que las marionetas que tiran la piedra de la mano que se esconde y mueve los hilos, también para ellos va la estocada. Hasta la bola. Sólo falta en esta faena cortar las orejas (de burro) y la cola (de demonio).
Sin ánimo de ser irreverente, y menos en estas fechas de Cuaresma, me permito recomendarles a los que se encomiendan a “Petrus”, pero reniegan de la Iglesia, que la escuchen y cambien de pastor. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra… ¡Qué el Señor nos ampare!

  


¡Por Belcebú! que cuánta cornamenta,
 digna de soneto, y mojicones,
 mugía el otro día entre leones,
 impávidos ante tamaña afrenta.
  
Ved al tropel que nunca parlamenta,
 adoquines usados por sayones,
 hacerle el juego sucio a los masones.
 ¿Se entera de esto España? ¿Se lamenta?
  
¡Y hablan de dignidad borricos tales!
 Necesita esta tropa descreída
 el norte de la fe contra sus males.
  
Con mucha Comunión bien recibida,
 aquí son menester los Cardenales
 y que hallen lo que piden: mejor vida.














martes, 25 de marzo de 2014

DELIRIO DE JUVENTUD PERDIDA





Amanece. Sólo el cálido sol
me hace saber que todavía vivo.
¡Oh, soledad!, eterna compañera,
dime, ¿a quién podré hoy llamar amigo?


Cuando me mezcle con la multitud
y lentamente hiéranme las horas,
condenado a vagar en mi destierro,
dime, ¿hallaré luz entre las sombras?


Cuando aparezcan las tardes de invierno
y me halle sólo en un oscuro cuarto,
en los brazos de la melancolía,
dime, ¿quién aliviará tanto daño?


Cuando haya visto el último crepúsculo
y quede abandonado a la penumbra.
Cuando beba las aguas del olvido,
dime, ¿quién llorará sobre mi tumba?





La Isla de los Muertos








domingo, 16 de marzo de 2014

DÉCIMA CENSORA




  Déjame, Arnesto, déjame que llore
los fieros males de mi patria , deja
que su rüina y perdición lamente…

                                        Jovellanos 


     

Dice un viejo refrán que “mal de muchos, consuelo de tontos”. Imagino que de cara a la galería todos afirmamos tajantemente que el dicho no va con nosotros, pues el mal ajeno no nos supone, en principio, ningún bien ni placer. No obstante, puertas adentro, en esos confines donde la razón y la conciencia empiezan a sentir la necesidad de una buena luz, no estoy tan seguro de que la mayoría no seamos más tontos de lo que nos gustaría, y, por supuesto, de lo que nunca confesaríamos. Imagino que la mayoría de los hombres en caso de naufragar y quedar perdidos en una isla desierta, si topásemos con otro náufrago antes pensaríamos que estábamos de enhorabuena que dejarnos llevar por la lástima al encontrar a otra persona en el penoso trance en el que nosotros nos hallábamos. La madera de santo es muy difícil de encontrar
Comienzo este nuevo delirio con tales disquisiciones porque vienen al caso de lo que me sucedió el otro día. Estaba yo en el rincón de las Musas, que es como llamo a cierto sitio de mi antro en el que me suelo acomodar cuando siento la llamada del Helicón y la pluma se inquieta porque anda preñada de versos, a vueltas con unos endecasílabos tímidos a la par que algo díscolos. Como ya he dicho varias veces, soy poeta cojitranco y percherón, y por ello cada verso sale del magín como si me quitaran una muela. Y en este parto doloroso me hallaba, dando al demonio a las Hermanas Aonias y al jupiterino padre que las trajo, cuando cierto olor a quemado llegó a mis pituitarias. Lo primero que pensé es que las hordas del compás habían encontrado al fin mi latebra y se disponían a hacerme chicharrón. Quedé suspenso y con la desagradable sensación producida por la mudanza de ciertas partes de mi anatomía, de visita a las amígdalas. Fui todo oídos. Lejos de escuchar a las turbas entonando sus peanes habituales, cuajados de “fascistas” y demás sonsonetes al uso, sólo un débil lamento me llegó al cabo de un rato, y tan leve que pensé era fruto de mi imaginación.
Deje a las puñeteras Musas de cara a la pared y me dispuse a salir para aclarar el misterio. Con toda la prudencia que requería la ocasión, y armado con un canto y una buena garrota que tengo para dar cumplida hospitalidad a ciertos sujetos, si llegase el caso, me aventuré fuera de la caverna. En la entrada no había nadie. Sólo el trino de los pajarillos turbaba el silencio. Pero el olor a leña quemada seguía. Puse en liza mis extraordinarias habilidades de deducción, amén de mis conocimientos sobre Zarzuela (me refiero a la buena), y recordé aquello de “por el humo se sabe dónde está el fuego”. Así, cuando vi un hilillo de negro humo saliendo de un recodo que había muy cerca de la entrada a la gruta, pensé con pasmosa sagacidad: “ahí hay fuego”.
Descartada la posibilidad de que se debiera a causas naturales, sólo me quedaba superar mi alergia al ser humano y acercarme para saber quién se había colado por aquellos pagos olímpicos. Caminé con toda la precaución que pude y, tras de pisar sólo dos ramas secas, llegué a unas rocas que había justo antes del mencionado recodo. Escuché atentamente. No había duda: había alguien allí. Me deslicé subrepticiamente y asomé media cara para ver al intruso. Mis temores se disiparon al instante cuando vi a un anciano desharrapado y de luengas barbas agazapado en un rinconcillo formado por unas piedras, sobre las cuales había hecho con unas ramas un elemental tejadillo. Parecía un San Onofre.
“Un ermitaño o un loco”, recuerdo que pensé, y como hay mucho más de lo segundo que de lo primero, me acerqué a él dejando bien a la vista la cachiporra de pino castellano. El hombre, que me miró más con desprecio que con miedo, no pareció sentirse muy afectado por mi presencia. Se limitaba a calentarse junto al pequeño fuego pies y manos, que la tarde estaba fresca. Su equipaje se reducía a un pequeño hato, una escudilla y un viejo bastón. Algo más allá pude ver entre ramas algunos libros sobresaliendo de un saco con un aspecto igual de cochambroso que su dueño, el cual había escondido nada más verme y con gran disimulo unas cuartillas. No se me escapó que estaban garrapateadas, como tampoco se me escapó que a sus espaldas yacía una edición muy vieja de una antología de los discursos de Cicerón. Me pareció que era de no poco valor.
Aquella pintoresca estampa me empezó a resultar simpática. Por ello, me acerqué un tanto con toda la naturalidad que pude, aparqué a mi atlas de madera, y, como lo misántropo no quita lo cortés, le saludé y le pregunté si me podía sentar.
-Haga usted lo que quiera. El campo no es de nadie -dijo con unos acentos que bien podrían haber sido inspirados por el espíritu de Diógenes.
Acto seguido, y sin aprender de la respuesta anterior, le pregunté qué es lo que hacía allí. Tras un merecido “a usted qué le importa”, decidí que lo mejor era dejar a aquel hombre en compañía de sí mismo, la cual sospecho era la única que deseaba. Sin embargo, antes de irme, le expliqué someramente mi situación y que mi caverna y quien le hablaba quedaban a su disposición por si necesitaba algo. No sé muy bien porque me comprometí de esa manera, pero algo en la traza y modos de ese hombre me inspiraba confianza y, por qué no decirlo, cierto candor. Cuando ya había vuelto grupas para retornar a mi antro, el hombre me espetó:
-Disculpe usted mis modales. Llevo mucho tiempo alejado de cualquier compañía humana y temo que mis modales dejan algo que desear. Le agradezco su ofrecimiento, pero debo rechazarlo. Deseo estar solo. Sé que lo entenderá. Pero una cosa si me atrevo a pedirle: ando escaso de hojas y de algo con lo que pueda escribir. Si tuviera la infinita bondad de dejarme lo necesario. No sé lo puedo pagar…
-Ni yo aceptaría nada a cambio -le interrumpí-. No se preocupe: tengo material de sobra para compartir. Además, sería una lástima que ese magnífico “Cicerón”, y la inspiración de la que debe de estar cargado, se perdiese en el éter.
El hombre se sonrió. Me miró con ternura, tras lo cual tomó el libro que estaba tras él y me lo ofreció para que le echara un vistazo. Ni que decir tiene que me deleité con aquella golosina como un niño, al igual que el anciano lo hizo al contemplarme como lo haría un padre. Todos los hombres, por muy hastiados o amargados que estén, a fuer de humanos, nunca se podrán ver libres de cierta empatía con sus semejantes y de la necesidad de tratarlos. En medio de aquellas soledades, dos náufragos, dos misántropos, dos ermitaños, comenzaron a tratarse afablemente, con nuestro amigo Marco Tulio como maestro de ceremonias.
 Hablamos de mil cosas, o, más bien él habló y yo escuché complacido, demostrando aquel venerable eremita que era hombre muy culto e inteligente, además de poseedor en extremo del arte de la oratoria, la cual exhibía de mano de una hermosa voz muy bien educada. Pasado cierto rato, y creo que deseaba hacerlo fervientemente, me contó su historia, la cual dejaré caer a grandes rasgos por no aburrir al lector y por no revelar ciertos pasajes que me fueron dichos bajo promesa de silencio. Aquel hombre había sido años atrás una celebridad, alcanzando gran prestigio y predicamento, aunque también, como suele ocurrir, se había granjeado la escasa simpatía de muchos y poderosos enemigos. Era escritor, principalmente, aunque su fama más se debía a que su voz fue durante años faro en medio de las tinieblas para muchos de sus compatriotas. Se presentó como Estanislao Conte, aunque le gustaba llamarse Casandro, pues era nombre que mejor le casaba, como las circunstancia habían demostrado. No obstante, era más conocido como Catón de la Corte, pseudónimo bajo el cual había escrito infinidad de columnas en un periódico de gran prestigio. Le dije que me acordaba de él, por más que no le había reconocido.
 Hijo del sentido común y de la decencia, su talento se había impuesto como misión salvaguardar los más elementales valores y libertades que hacen la vida digna de ser vivida, enfrentándose por ello a toda la turba de malhechores, miserables y demás escoria que en nombre de egoístas y bastardos intereses pretendían sojuzgar a los demás. Mientras hablaba de su vida pasada, sus avatares y peripecias, su lucha y trabajos, se podían percibir en su mirada los rescoldos del fuego que antaño en ellos ardiera. Sus acentos dolientes, pavesas del volcán pasado, eran el eco del bramido de un gigante ahora convertido en sombra de sí mismo. Como no podía ser menos, su hercúlea misión se había topado con mil obstáculos, los cuales acabaron por hacerle hincar la rodilla en tierra.
-Lo peor, joven amigo, no fue que mis enemigos declarados hicieran todo lo posible por destruirme; lo peor fue cuando mis supuestos amigos me traicionaron. Me quedé solo. Y en esa posición un hombre que sabía demasiado era muy peligroso. Por ello acabaron conmigo. Y no me importó perder fama, dinero o amistades. Ni siquiera la ingratitud de aquellos a los que defendí e intenté salvar. Menos aún el que mi honor y reputación arrastrados por el fango. Lo peor fue ver cómo todas las calamidades que auguré se fueron cumpliendo sin que nadie hiciera nada por evitarlas. Durante muchos años fui avisando de que ciertas cosas ocurrirían; la mayoría las publiqué o denuncié de viva voz al mundo. Otras, de naturaleza que prefiero no mencionar, las revelé a altas instancias en secreto. Todos los peligro que nos acecharon y de los que yo advertí cayeron sobre nosotros inexorablemente. El mal se adueñó de todo sin que pudiera evitarlo, por mucho que viera su horrible faz y percibiera su hedor mucho antes de que nos aplastara entre sus garras. Y no crea que los que podían hacer algo eran tan cortos de vista o tan perezosos, pobre excusa para su inacción: los mas eran unos cobardes; otros, unos traidores. Todos, o casi todos, en el fondo sólo querían conservar sus privilegios: poder, dinero e impunidad. Y las masas a las que previne de su futura esclavitud, lejos de escucharme o ayudarme, se limitaron a golpearme mientras daban grandes risotadas y se entregaban a sus ocios y viles placeres. Los que me creían y apoyaban, selecta minoría, poco podían hacer, e hicieron aún menos que ese poco.
Aquí calló el ermitaño. Estaba exhausto. Quedó en trance, mirando fijamente al fuego, como si en él pudiera ver de nuevo el pasado del que huía y se enfangara otra vez en imaginarias luchas que revivían las pasadas. Comprendí que lo mejor era dejarle solo. Cuando volví al cabo de unos veinte minutos con papel y útiles de escritorio con los que poder escribir decentemente, lo encontré profundamente dormido. Parecía más muerto que vivo. Sentí una gran lástima por aquel hombre. Imagino que él la sentiría igualmente de mí. Volví a mi caverna. También el sueño me vencía.
Al día siguiente, me desperté muy temprano. Con algo de comida y ropa salí a buscar a Casandro. No estaba. Junto a los restos el pobre fuego con el que se había calentado la víspera encontré el maravilloso libro de Cicerón. Dentro había una nota que decía lo siguiente:
“Se lo presto, joven amigo. Gracias por todo. Ya tendrá noticias mías”.   
Debajo de estas frases escritas con mano insegura, cansada, pero en hermosa caligrafía, había unos versos titulados “Décima censora”. Del mismo modo que aquel ermitaño los compartió conmigo, yo los comparto con quienes se asoman a la caverna…




¿Merece lástima aquel
 que sus males se merece?
Tiranía atroz padece,
revestida de oropel,
con tristísimo papel*,
esta España que fenece,
pues entre infamias y olvidos
la masa yace silente
en su orgía permanente
sin sentir y sin sentidos.




*Infinitas gracias a herr Tannhäuser por el aviso y el prestamo.



Los romanos de la decadencia








sábado, 15 de marzo de 2014

MEDITACIONES EPIGRAMÁTICAS


  

       No descubro nada nuevo si afirmo que son muchas las cosas que deploro de esta España nuestra. Dejad que mi delirio de hoy se pasee por una de las más lamentables costumbres del ganado patrio. Me refiero a esa insufrible costumbre que tiene todo aquel que no sea del clan bermejo de justificarse y pedir disculpas cuando ha de hablar mal de ciertas cuestiones que parecen intocables. Como vivimos en una dictadura de la izquierda, y toda dictadura tiene como elemento fundamental el control del pensamiento y de su heraldo, el lenguaje, por estos pagos esa izquierda dicta cómo ha de hablarse y de qué se puede hablar, so pena de pagarlo caro el que tenga larga la lengua. El resultado, además de habernos conducido a una aberrante uniformidad, nos lleva al espectáculo grotesco en el que las gentes que no pertenecen a la horda roja, pero no quieren enfrentarse abiertamente a ella, siempre preludian sus críticas a estos modernos tabúes con una excusa a modo de exordio. Verbigracia: si hoy día se quiere criticar a Cataluña, es preciso decir antes que uno tiene muchos amigos en aquella tierra, la cual adora, y que, de hecho, en su intimidad lee en catalán. No es preciso que diga más, que ya imagino estarán ustedes diciendo en sus mientes lo necesario.
       Entrando ya en el pantanoso terreno que mi pluma huella, uno de los más peliagudos y peligrosos tabúes es el que se refiere a las mujeres. Todos sabemos que la izquierda ha hecho del feminismo, como del ecologismo, una de sus banderas, hasta tal punto que parece exclusivo patrimonio de los del puño en alto la defensa de la igualdad de derechos o la salvaguarda del planeta de ciertos excesos, los cuales, por cierto, critican quienes más contribuyen a ellos. Pero no nos llamemos a engaño: estas dos buenas causas, si no se las deforma, no son más que una coartada de los mandamases del rojerío para achuchar a sus mastines, a veces chihuahas, contra los que se les oponen. Ya sabemos que la izquierda convierte el pecado en virtud y el espejismo en verdad incontrovertible merced a su eficacísima propaganda y al control sobre las mentes, previamente trabajadas y sembradas con sal para convertirlas en yermos. Por ello, tras la máscara de una acción humanitaria que nos ha de llevar a un mundo mejor, sólo se esconde la verdadera faz de la traición y la perfidia. Pervierten y degeneran para su provecho, el poder, ideas nobles y justas, pues nadie con un mínimo de sesera y decencia se opone a la igualdad de derechos o quisiera ver el planeta hecho un asquito.
       A los de la logia les da un ardite lo que les pase a las mujeres y a nuestros bosques y selvas. Suelen ser ellos los más machistas (los socialistas en su día se opusieron a que las mujeres votaran, pues sospechaban que la mayoría iba a hacerlo a las derechas), así como sus regímenes favoritos son y han sido los que más han maltratado el Medio Ambiente. Y, no obstante, pasan por ser los adalides de los derechos de la mujer y los amiguitos del planeta. Nada más lejos de la realidad, pero hábilmente consiguen unir estos movimientos tan populares con sus manejos, con lo cual se las apañan para que los adversarios políticos queden de enemigos de la igualdad entre hombre y mujer, y de elementos nocivos para la Tierra. Pensad, si creéis que miento, en tanto melenudo despotricando contra las naciones liberales por lo mucho que contaminan a la par que callan cual lumis ante los desmanes de los países comunistas y similares. Y me concederéis que es habitual ver a las bacantes enfurecidas de siempre lanzarse a los ojos de cualquiera por un quítame allá esas pajas en forma de comentario baladí, y luego cerrar el pico de arpía cuando se maltrata a una mujer que no es del gremio feministil y bermejazo. Recuerdo que no ha mucho cierta morsa juntaletras, más fea que lo que escribe, ha despotricado contra una mujer que la supera en todo con unos dicterios que no hubiera firmado el más machista ibero de los de boina y feraz entrecejo. Y por ahí anda, o se arrastra, tan redicha alardeando de ser una luchadora de la revolución del bello sexo. Será que como eso no le toca, lo ha confundido con las ganas de tocar las narices de las envidiosas resentidas.
       En todo caso, las feministas, como los ecologistas, son nada más que mercenarios a sueldo de los jefes de la hueste fenicia. Lo que menos les importa es el bien de las mujeres, de las que son más estrobo que otra cosa. Están para saltar a la entrepierna, en sentido figurado, del “facha” de turno cuando el amo, siempre hombre, se lo ordene. Piensen en esa invención demencial del cupo, según la cual tiene que haber el mismo número de hombres que de mujeres en todos los cotarros, aunque con ello se pueda excluir a mujeres muy capaces. Les endilgan tal tocomocho, que no concibo nada más machista, y allá se las ve felices y radiantes como si hubieran castrado a Aznar. Todo es pura cosmética, igual que la que no usan por ser símbolo de la opresión de la mujer reducida a objeto sexual; todo es un engaño monstruoso, como suele ocurrir con lo que toca la siniestra izquierda.
       Prueba de lo que he escrito, y motivo por el que lo he hecho, es la última trapaza del Consejo Negro, hato de asesores anónimos y de despiadada inteligencia que les preparan a los muchachos del compás las trampas en las que ha de caer y romperse la crisma el cervatillo tontorrón de la derecha. ¿Se han dado cuenta de que de un tiempo a esta parte muchas mujeres vienen ocupando puestos de gran relevancia en ese estercolero que algunos llaman política? Y no lo hacen gracias a sus meritos y capacidades, como Esperanza Aguirre, a la que le han puesto muchas zancadillas, y que es a menudo diana de estas falofobas. No, amigos míos. No importa ser una mujer capaz; sólo importa ser una rosa, a ser posible con espinas. Que se lo digan a la juez Alaya, orgullo para las de su sexo, pues su valor e integridad sólo merecen la más burda reprobación de las histéricas de la hoz, la cual pueden imaginar ustedes para qué la quieren.
       En verdad, los peces gordos del Mar Rojo se limitan a encumbrar a sus pececitas por dos motivos: el primero obedece a un elemental y lamentable electoralismo, pues esperan ganarse el voto de las pollitas que juegan al socialismo en sus tiernos años poniendo a alguna pimpolla que les sirva de ejemplo y les muestre lo alto que puede llegar una “jóvena” cuando gobierna la izquierda; o el de las más maduritas que se identifican con las proletarias de Chanel, a las que quieren parecerse en eso de dejar Serrano tiritando con la conciencia tranquila.
       El segundo motivo es más importante: se eleva a los empíreos del poder a ciertas mujeres para que hagan de espantapájaros o para que los enemigos jueguen al pimpampum cuando arrecien los embates por estribor en las tormentas. Piensen ustedes en aquella doña Urraca, arruga vestida de Dolce & Gabbana que tuvimos como vicepresidenta: en verdad, tan alto puesto sólo servía para que diera ruedas de prensa y la cara, mas bien pasa, en lugar de la sabandija de su supuesto jefe, a salvo en su madriguera. Y con tanta rueda, al final la que rodó fue su cabeza. Y nunca más se supo, aunque la recompensa por ser usada cual insignificante pañuelo de papel no fue moco de pavo, nunca mejor dicho.
       Piensen, si no les basta el ejemplo, en tantas otras estrellas fugaces del gineceo púrpura, que aparecen para ser quemadas con fuegos fatuos, tras lo cual son retiradas a algún lucrativo cementerio de elefantes donde se les paga un riñón por no mover un dedo.
       Y qué me dicen de las dos lumbreras que nos han puesto en el sur tras la “espantá” de los primeros espadas. No escucho de ellas queja alguna ni reproche al amigo Valderas, quien manifestó públicamente sus dotes para la descripción cuando se refirió a cierta persona con un muy igualitario, sutil y feminista comentario: “la de las tetas gordas”. Delicioso. Si lo hubiera dicho otro…
       Imagino que se preguntarán a qué viene esto de encasquetar a una fémina, y vaya féminas, con calzador en posiciones tan jugosas, aunque en las buenas de verdad no asoman ni de casualidad. No lo sé a ciencia cierta, mas me malicio que las podridas mentes que asesoran al rojerío rampante pensarán que las críticas serán menos feroces si es mujer la destinataria, o que, en última instancia, siempre podrán recurrir cuando no haya defensa posible al machismo del que crítica como causa de tal crítica: “¿ha robado usted, Fulanita de Tal, o su antecesor?”, dirá el “facista” de turno. “A manos llenas, ¿y qué? Tiene usted algo que decir contra mí. ¿Es porque soy mujer, cavernícola casposo?”, bramará la perra de paja, dicho sin malicia. Y el otro, pobrecito, se callará y dirá aquello de “si yo soy feminista” y a templar gaitas.
       Como todavía estoy un tanto a oscuras en este aspecto, y quizá haya algunos que se me escapen, ruego al amable lector que me ilumine si su cacumen ha llegado más lejos que el mío, lo cual creo muy probable. Mientras sigo pensando en esta espinosa cuestión, me tomo la libertad de dejarles ciertos versillos en los que abundo sobre la misma. Espero que comprendan que haya sido algo críptico y le pusiera a la pluma la piel de esfinge para no revelar ciertas identidades ocultas tras las rimas. También espero, es más, doy por sentado, que la poderosa inteligencia de los asiduos a esta caverna no tenga problemas para saber de quiénes hablo. Ahí van:




Al aloque enjambre mujeril


Ved de la gente discreta
la fementida añagaza:
la mujer como coraza,
usada de marioneta.

Pues lo eterno femenino,
y lo digo con empacho,
al ibero y rojo macho
no le importa ni un comino.

Tal feminista desvelo
ha encumbrado al mujerío;
para tapar tanto lío
viene cualquier pava al pelo.

Las Amazonas en grupo
reciben los coscorrones
en lugar de los varones,
que ya tendrá premio el cupo.

La que ha sido izquierda mano
ahora va el amo y la echa,
y a Europa se va derecha
de una patada en el …

Me espanta en extremo que haya
petardas por duplicado:
desbarran en cada lado
albóndiga y papagaya.

Muy modernas, el mundillo
de las cosas digitales,
aún con Olvidos fatales,
lo conocen al dedillo.

¿A dónde Moriana ha ido?
En Gran Manzana se abruza
esta Herodes andaluza
ante el dinero podrido.

Y a la vecina en naciones
unidas lo proletario,
con su morro planetario,
le troca paja en millones.

Aprieta la juez un rato
a los que no dan el callo:
con uno que igual no hallo
se encastilla el sindicato.

Para ver si esto subsana,
y a la ya dicha encandila,
nos ponen a Boabdila
como a impostada sultana.

El trabalenguas humano,
pecadora Magdalena,
aunque larga que da pena
muy larga tiene la mano.

En el cotarro pepero
también se tiran la plancha,
que hay quien se queda muy ancha
aun siendo mujer florero.

Con tanta gallina clueca
como hay en tierra hispana,
además nos sale rana
la pánfila rosa sueca.

Como esto se pone feo,
ya escucho cómo relinchan,
termino, que éstas me linchan
y me dejan como a Orfeo.

Espero que sean pocas
las faltas que haya tenido:
de mi gusto nunca ha sido
hablar a tontas y a locas.



Salomé