domingo, 12 de enero de 2014

EL SONETO DEL PRINCIPIANTE: FRUSLERÍA FILOSÓFICO-SENTIMENTAL CON GUINDA




       Sólo está en paz con el mundo quien lo ha vencido o quien es un completo idiota. Esta sentenciosa frase vino a posárseme en el magín hace unos días tras otra de mis arduas faenas grutescas, entre cuyas tareas, y no de las más ligeras, estaba limpiar lo que cierta linda mano pintarrajeó en una de las paredes.

       La frasecita de marras vino a coronar la típica cadena de pensamientos vertiginosos que suele brotar cuando nos hallamos absortos en nuestras propias disquisiciones. Además, gozaba en aquel instante de uno de esos raros momentos en los que alcanzamos un absoluto sosiego en medio de la tempestad de la existencia. En verdad, me encontraba mecido por la deliciosa imperturbabilidad en la que el alma nada apetece y nada echa de menos. Imagino que este estado debía de parecerse a eso que los griegos llamaban ataraxia, ideal sólo al alcance de los pocos sabios que en el mundo han sido, o de los muchos necios que han poblado la tierra desde tiempos remotos.

       Recuerdo muy bien, por lo grato y lo poco habitual, ese momento en el que, entregado a mil diversos pensamientos, me sentía acariciado por la idea de lo poco que necesitamos para ser felices los hombres, empeñados en la penosa afición de complicarnos la vida. Y en estas cuestiones filosóficas estaba cuando me di cuenta de que en un suspiro desde las cumbres de lo sublime me estaba despeñando en los abismos de lo banal. En otras palabras: tuvo uno de esos tránsitos rápidos en los que la mente de uno empieza en Lugo y acaba en Cartagena. A buen seguro el amable lector sabe de lo que estoy hablando, y más de una vez se ha sorprendido por el largo y curioso recorrido que ha hecho su mente en un momento de abstracción desde una idea cualquiera que le rondaba el cráneo hasta otra radicalmente diferente a través de un camino de lo más pintoresco.

       No es mi intención entrar en honduras psicológicas ni ponerme a elucubrar sobre los mecanismos de la mente humana. Y no menciono esto porque me chocara el que hubiera pasado en poco tiempo de recrearme con la filosofía griega a entregarme a majaderías diversas, las cuales no tienen por qué ser mencionadas. Lo que me interesa participar al lector es que tras la reflexión sobre estas rápidas sucesiones de ideas diversas cierto hecho de mis años mozos me vino a la mente. En verdad fue una cosa de lo más tonta, sobre la cual llevaba muchos años sin pensar, pero me ha parecido oportuna compartirla.

       Es el caso que cierto día en tiempos en los que acostumbraba a malgastarlos encontré en un café que solía frecuentar a un condiscípulo, el cual se hallaba enfrascado en cuestiones que no debían de ser muy edificantes. Y como mi compañero de estudios era más bien hombre jovial y poco amigo de entregarse a la meditación, colegí que algo le preocupaba. Lo cierto es que era tan dado a exagerar y tomaba por catástrofes cosas que no eran más que futesas, que pensé que sería divertido escuchar sus cuitas. Me acerqué a él y le pedí permiso para sentarme. Pareció aliviado al ver una cara amiga a quien endosarle sus pesares, aunque él lo llamara “pedir consejo”. Una vez sentado y tras los intercambios de frases convencionales que la más elemental etiqueta manda, fui a la cuestión, para su inmensa dicha:

­       ­­­­-Te veo preocupado, querido amigo -le dije.

       -No es para menos -respondió más compungido que Calixto-. Imagino que sabrás que ando en relaciones con cierta joven… No, miento. Estoy locamente enamorado de una diosa, un sueño hecho realidad…-, y  aquí me enjaretó un alarde de lirismo tal que por poco me sienta mal el café. Cuando hubo acabado el chaparrón de efusiones volcánicas, calló y volvió a sumirse en su melancólico silencio, no sé si para crear expectación o porque se había agotado con su parlamento anterior.

       -¿Y acaso te llena de tristeza el estar en amores con semejante alhaja? -le pregunté con cierta candidez para empujarle a contarme sus penas. Se incorporó como impulsado por un resorte, y con todo el dramatismo del que fue capaz retomó la palabra.

        -Nada de eso. Soy el más feliz de los mortales con que sólo me mire -repuso.

       -Entonces… ¿Algo va mal?

       -Ciertamente no. Estamos bien. Pero de un tiempo a esta parte la noto extraña. Y el otro día, después de un largo silencio, me dijo que algo le faltaba a nuestra relación. Quería más romanticismo.

       “Hola -me dije-, románticona habemus, y seguro que no sabe quién es Bécquer. La cosa se pone fea”. Y comencé a lamentar el haber metido las narices en aquel asunto.

       -Bueno, amigo mío, tú eres un hombre de recursos. Y no dudo de que podrás satisfacer a la dueña de tu corazón en esos menesteres -le dije con la esperanza de que aquello acabara pronto. Vana esperanza, pues nada más lejos de la realidad. El muchacho se explayó a sus anchas y me dio completa relación de sus esfuerzos románticos y una conferencia de qué hacer para tratar a la amada como a una reina. Por supuesto, todo ello acompañado del consabido repertorio de gestos al uso, con alguno de los cuales casi me saca un ojo. 

       Yo empezaba ya a maldecir al primero que plantó semillas de café cuando mi amigo calló y se me quedó mirando fijamente. Miró a un lado, luego a otro, y se acercó a mí lentamente. “¿Qué terrible secreto ocultará?”, me pregunté. Y tras la dramática pausa de rigor, me dijo como quien revela algo terrible:

       -Quiere que le haga versos -musitó.

       La cara que se me quedó debió de ser de antología. Y más aún los esfuerzos para no reírme a mandíbula batiente.

       -Me ha pedido que le escriba poesías, que es lo que más le gusta en el mundo. Sí, pásmate, que le haga versos -añadió desesperado.

        -¿Es eso todo? ¿Dónde está el problema?

       -¿Cómo que dónde está? -exclamó indignado-. Me ha venido a decir que si no hay poesía en la vida es mejor no vivirla. Cómo comprenderás, si no la complazco la perderé. Y me muero sin ella, me muero.
       Y comenzó de un modo teatral a mesarse los cabellos y a mirar al cielo en busca de misericordia. Yo no sabía si reír o llorar. A decir verdad, mi amigo era un poco fantoche y, a veces, caía en lo ridículo, pero no dejaba de darme pena. Lo único que se me ocurrió hacer fue darle ánimos y halagar un tanto su vanidad.

       -Estoy seguro de que dentro de ti hay escondido un gran poeta. Además, con tan alta musa, tan sublime inspiración, seguro que los versos más hermosos vuelan de tu caletre al papel…

     Me interrumpí cuando mi amigo me lanzó una mirada tal que me hizo comprender que erraba del modo más lamentable. Hay que decir que mi compañero, aunque un poco raro, por no decir que algo no estaba bien en su azotea, no era nada tonto. Era un buen estudiante y poseía una notable cultura. No obstante, según me confesó con gran pena, no le había llamado Dios por los senderos de la literatura.

       -He intentado escribirle algo. He estudiado a los clásicos. Me he bebido el Siglo de Oro. Me he dormido a las tantas abrazado a los románticos. Y nada. Una porquería -se lamentó-. Lo único que he acertado a escribir medio decentemente es un sonetillo de broma como ese de Lope de Vega que le mandó hacer Violante. A lo mejor se ríe de la ocurrencia y le basta con eso. Tal vez se le pase la manía de los versitos.
       Decía estos soliloquios con un tono que iba de la esperanza infantil de quien se engaña a sí mismo a la oculta e inexorable certeza de quien sabe que todo está perdido.

       -¿Tienes aquí ese soneto? Echémosle un vistazo -dije con alegría para animar al que se creía condenado. Y no mentía, pues no me pareció mala idea que mi jovial amigo hubiera optado por lo jocoso antes que por lo lírico. Era más apropiado a su temperamento desenfadado y bromista. Cogí aquellos versos y los leí. Ciertamente, no estaban mal el todo, pero poco había allí del Fénix de los Ingenios. Eran como su autor, un tanto simplones. Sobre algo no cabría duda: aquel soneto tan ligero caería sobre la cursi como un cocido a medianoche. Se mascaba la tragedia. Mas qué decir.

       -¿No te gusta, verdad? -preguntó.

       -Está bastante bien -respondí con toda la efusividad de la que fui capaz-. Aunque puede que no sea lo más adecuado...
       -¿De verdad? Lo quemo.

       -No, no nos precipitemos -dije arrepentido de mi sinceridad-. Bien pensado, como comienzo puede que funcione. Hazle ver que es una broma de enamorados, menciónale a Lope y adórnalo un poco. Así ganarás tiempo hasta que las brisas del Monte Helicón te traigan algo de inspiración.

       -¡Canastos! ¡Qué bonito! Y rima -y se puso a rumiar la frasecita.

       -Tengo una idea -prosiguió, mientras yo me echaba a temblar-. ¿Por qué no me ayudas, que bien sé que tu sí que haces versillos? Podrías llevarte el soneto a casa, darle un pulido y mañana me lo traes.

       Mis protestas fueron en vano. Todo eso de la honestidad con la amada, la poca importancia de la forma si el contenido es sincero y puro, y el que yo no debía interferir pues se pervertiría el ideal poético y demás fue desechado a golpes de mano al aire.

       -Tonterías -me espetó-, mal amigo. Mi felicidad está en juego. No hay nada malo en pedir ayuda. Y sólo será mientras le pillo el tranquillo a esto, que muy difícil no debe de ser. Este soneto me los despaché en sólo un par de tardes.

       “Terribles”, pensé yo, a la par que me reprochaba que con eso de jugar a Cyrano me había ganado un problema de narices. No tenía alternativa, que veía a mi amigo fanatizado. Y como uno es un buenazo, al final accedí. Él se puso loco de contento y se despidió de mí apresuradamente. Le llamaban las hermanas Aonias. Quedamos en el mismo fatídico lugar a la misma funesta hora en que le vi.

       Me fui a casa con el paquete. Apenas lo miré. Como lo vi un tanto ensoberbecido, me decidí a decirle que no podía mejorarlo, y que mejor fuera darle a la amada los genuinos acentos de su alma enamorada. Tal vez estaba siendo un mal amigo; tal vez un cobarde o un hipócrita. Pero no me sentía con ánimo para otra cosa. Para mí sorpresa, deliciosa sorpresa, no apareció. Ignoro por qué, y no hice muchos esfuerzos por averiguarlo.

       Después de rememorar el lance en ese estado de beatitud al que antes me he referido, y cuando me sentí con fuerzas para dar por finalizado mi descanso, fui a buscar entre mis viejos papeles. Hubo suerte. Aún estaba allí el soneto de aquel estrafalario mozalbete, escrito en caracteres pomposos sobre un papel al que el tiempo hacía justicia. Dejad que termine esta insignificante rememoración fruto del dulce ocio con los versillos dichosos.




Anhela con afán versos mi amada.
Y yo, confuso y demudado, río
por tal dulce locura y desvarío:
es que un zote cual yo va a escribir nada.

Mas parece que ya envalentonada
la pluma fluye cual negruzco río.
Calma. Podrá sacarme de este lío
mi numen al comerse mi empanada.

Esto marcha. Si un poco las retuerzo
parece que a las Musas ya someto:
no soy después de todo tan mastuerzo.

¡Y yo que les había puesto veto!
A lo tonto y con un poco de esfuerzo
he compuesto mi primer soneto.



       
      Ocioso es decir que la amada lo dejó.














NOOS ESTÁN TOMANDO EL PELO



    Nunca ha de faltar un noble
que robe más de la cuenta.

                       P. Muñoz Seca                      
   

 
       Debo confesar que soy uno de esos sujetos rancios y caducos que se emocionan cuando ven un retrato de Felipe II. También es preciso decir que estas efusiones monárquicas cuando contemplo a un Austria nacen más de lo dionisíaco que de los reinos de Apolo. Y no entraré en discusiones sobre la conveniencia de que esta Casa diera con sus reales en España. Bien sé que fue más desgracia que fortuna para los muchos reinos que dejaron los Reyes Católicos a pedir de boca, como suele decirse. No obstante, uno no puede dejar de emocionarse cuando recuerda que esas testas coronadas fueron señoras de tantos hombres excepcionales, los cuales escribieron la mejor página de nuestra malhadada historia. En esos tiempos, la palabra España causaba admiración y espanto: con eso me basta para inclinar la cabeza cuando contemplo la efigie de tales reyes, sobre todo el susodicho, pues ha sido el más injusta y cruelmente denostado.
       Por ello, digamos que en cuestiones reales soy un sentimental. Y eso me hace estar parejo con muchos de mis conciudadanos, aunque diferimos en la dinastía. Hoy día, el amor a la actual monarquía brota de un profundo sentimentalismo, un poco bobón, por qué no decirlo. Si antaño la gente nacía súbdita y no le quedaba otra que amar a su rey, y la mayoría lo hacía sinceramente, pues lo había mamado desde su más tierna infancia; hogaño ser monárquico es una pura pose. No importa que esté considerado poco progresista, anticuado y anacrónico. El monárquico es como aquel que se enamora de una mujer de pocas prendas y se obstina en un apasionado idilio con la que él cree la mejor de las mujeres.
     Cierto que la majestad, el prestigio de los siglos y toda la pompa que rodea los saraos reales resulta muy atractivo. En la actualidad, la nostalgia que da el saborcillo de lo antiguo se adhiere muy bien a las masas al presentarse del modo esplendoroso que suele mostrar todo lo relativo a la Corona, si bien es necesario darle un toque popular y campechano. Antiguamente, el hombre común, y más aún el extraordinario, sentían la necesidad de obligarse a algo, de dedicar su vida a servir a lo que estaba por encima. Eran sociedades jerarquizadas, y en ellas el rey era como un padre por el que se daría la vida si fuera menester. Obviamente, había excepciones. Cuando la Revolución Francesa vino a quitarnos las cadenas de hierro para ponernos otras de seda (invisibles, pero cadenas a la postre) y nos dio la libertad, el hombre común decidió esclavizarse de otros modos más burdos. Renegó de todo aquello que a las claras le sometía para someterse a todo aquello que solapadamente le esclavizaba.
       Volviendo a la patria, nuestra monarquía en los dos últimos siglos ha sido de tal catadura que hace parecer a la guillotina un juego de niños. Bien se ve que el español es uno de los pueblos más serviles de Europa, pese a su soberbia y arrogancia de taberna. Primero tuvimos al cretino monstruoso al que llamaban el “Deseado” (más se merecía lo de "Deseador"), quien se entregó con igual brío al mal y al furor genésico. La hija, qué diremos: ya la caló Su Santidad Pío IX cuando la calificó de “puttana, ma pia”. ¿Y del  hijo? Que no era tan pío y de lo más putañero. El remate lo puso el abuelo de nuestro actual rey, quien no solo movía la mano cuando saludaba a la plebe, que en palacio dejaba a Onán a la altura del betún merced al Conde de Romanones. De tener un sobrenombre, tendría que haber sido el de “El Sicalíptico”. Lo del carlismo mejor será dejarlo.
       Con el siglo XX lo regio no levanta cabeza, y no es poco si pensamos que en otros sitios la bajó y la perdió. Tras la espantada del decimotercero, que además de mover las manos meneaba las piernas un rato, llegó esa cosa que algunos llaman República. Y a la cosa le sucedió otra, no peor, por cierto. Y en esos años en los que los españoles vivían sojuzgados tan ricamente, nuestro heroico monarca trabajaba en la sombra para traer la corona de nuevo a España a lomos de la libertad. Lo que debió de sufrir el pobrecito disimulando sus intenciones y dándole jabón al gallego para que no le viese venir. Muerto el “tío Paco”, las luces de una nueva era, a pesar de las pocas de quienes la traían, llegaban para sacarnos de las tinieblas. Y todo ha quedado en un claroscuro con más sombras que otra cosa. Mas no nos desviemos de nuestro asunto.
       Con la democracia viene encasquetado el rey. Y todos contentos. No entraré en el largo historial de tan augusta persona: dejemos tranquilos a los elefantes, blancos o del color que sean, así como a las conejitas y demás fauna que ha pululado en torno al Borbón. Sus chanchullos y correrías, esta vez en moto y no a caballo, que los tiempos han cambiado, no vienen ahora a cuento. Sólo quisiera recalcar cómo una eficacísima propaganda y el acuerdo de la panda de golfos que llevan gobernándonos estos años, los cuales protegían al coronado (que también ha coronado lo suyo) para protegerse a sí mismos, han permitido que los españoles vieran de color de rosa lo que era negro. Curioso daltonismo moral. Y eso que el tradicional morado de nuestra Monarquía está rojo de vergüenza, entre otras cosas por ver que a quien ustedes saben ponerse igualmente morado. No ha sido el único.
       Durante muchos años, la Monarquía ha gozado en España de un enorme prestigio. Todo el fasto del que antes he hablado ha cautivado a nuestros paisanos sobremanera. A ello ha contribuido el que S. M. haya seguido admirablemente la tradicional senda de simpatía y llano proceder que sus antepasados inauguraron, sobre todo la “pía” y su roro. No todo iba a ser heredar la condición de aventajados discípulos de Venus. El ser muy simpaticones y el punto castizo y populachero de la Familia, hábilmente aderezado con el fulgor del trono, les ha granjeado el favor y el cariño de los iberos durante muchos años. También es preciso mencionar que la tremenda propaganda y el control sobre sus apariciones públicas para que la gente no se diera cuenta de que no es oro todo lo que reluce han hecho lo suyo. En definitiva, una obra maestra del engaño. Una conspiración en toda regla para colarnos la corona hasta donde pone Toledo.
       Hoy día, los tiempos no son tan halagüeños para la Monarquía. Ha resistido a muchos embates, algunos de lo más grotescos, casi tanto como los numeritos montados para solventar la situación. Y el remate lo trae la decisión de un juez para que la Infanta vaya a declarar. Tan insigne persona en los juzgados. ¡Qué imputada!, piensan muchos. Ignoro si esta brecha en la nave real es el comienzo del naufragio. Sería tristemente gracioso que la Monarquía empezara su caída por las tropelías de un briboncete cuando hay tanto fiambre en el armario. Al Capone fue a la sombra por evadir impuestos, y no por llenar las calderas de Pedro Botero de chicha.
       A decir verdad, aunque es para llorar, yo me lo tomo a guasa. Tanta infamia y tejemaneje, tanto silencio estruendoso frente a los males de España, tanto “orgullo y satisfacción” ante las miserias patrias y, al final, empiezan a perderse por las habilidades en esgrima, vulgo sablazo, de un plebeyo. Es gracioso que lo que se perdona al de sangre azul no se le pasa al de sangre corriente y moliente. Pues como en el pecado está la penitencia, bien merecido tienen lo que les ocurra por querer ser los más sencillos y majetes con eso de estar con los tiempos y pervertir lo regio con la obsesión por modernizarlo todo. Han tirado de lo morganático y ahora se tiran de los pelos. Tras el braguetazo de la cursi y los desplantes del sargento (y no me he equivocado en el género), el que faltaba era el norteño haciendo de las suyas. Y es que a quien se le ocurre meter en casa a uno que se ha pasado media vida ganándosela con las manos. Con eso y con lo que ha visto en Palacio no las puede tener quietas y arrambla con todo. Con razón se dice empalmado, porque no es hombre de una pieza, aunque una buena pieza sí que es.
       Durante años, mientras España iba bien (encaminada al abismo), todo el mundo trincaba como quien no quería la cosa. “A mi plim”, decía el común de los paisanos, que se sacudían a los pesados que avisaban de lo que ocurría con un “eres un conspiranoico”, un “qué facha” o aquello de “a mí la política no me importa”. Y mientras estaba el patio a verlas venir, y a verlas irse, con una mano saludaban estos Borbones a la grey y con la otra saludaban a deliciosos fajos. Será que con eso de llevar su cara les tenían como a alguien de la familia y se los llevaba al hogar, cuando no les proporcionaban esplendidas vacaciones en Suiza o en algún paradisíaco lugar.
       Por fin ha sido a ellos han quienes les han metido mano. Qué gracia que en medio de la tempestad se aferren a una pelada Roca, la cual no quiere saber nada de la tierra que la vio nacer. Y no hablemos de las donosas ocurrencias que tienen para salvar el regio pellejo. Al final resulta que se han llevado unas pesetillas de nada, y la Infanta ha tapado lo que hasta hace bien poco se decía ignoraba por amor. Con eso de que el dios del arco y las flechas no anda muy bien de la vista y que la justicia lleva una venda, se creen que estamos los demás en las mismas y que no vemos una higa. Y razón no les falta. Pero la venda parece que está cayendo, y ya veremos si la corona no va detrás.
       Como ya he dicho más arriba, ignoro cómo acabara la cosa real. Lo del vascuence de las manos largas y la infanta enamorada va para chasco. Todo terminará en un capón, algún indulto que otro, la Borbona de rositas y aquí paz y después gloria. Está por ver cuando llega la gota que derrame este vaso infinito, que ríase usted el cubo de las danaides. Por mi parte, mucho peor que esto no creo que vaya a ser lo que venga, por más que no me gusten un pelo la horda de los que los llevan tan largos y asquerosos. Viendo cómo se portaron los abuelos de éstos, los republicanos de entonces, con menos escrúpulos que un piojo de Pablo Iglesias, a lo mejor tenemos que hacer nuestro aquello del “más vale malo conocido…” De una cosa sí estoy seguro. No sé si Felipe, el nuevo “deseado” (bueno por desconocido), llegará a reinar algún día. Lo que sí sé es que Felipe VI será el último rey de España. Aunque sólo sea porque ya no caben más en El Escorial.

                                                       






domingo, 5 de enero de 2014

EL ASCO DE LOS QUE DAN ASCO



   Hace poco hallábame como de costumbre en una de mis rutinarias visitas a la caverna, la cual, todo sea dicho, estaba hecho unos zorros tras los últimos delirios y apariciones. Una vez ordenada la gruta, sentí que el goce por el deber cumplido hinchaba mi pecho a la par que un soplo de patriotismo. Por tanto, y en cumplido homenaje a algo tan español como la siesta, cerré los ojos y, al amor del fuego, me dispuse a reflexionar como Dios manda. Pero hete aquí que al poco cierto tufillo vino a visitarme las narices, por no decir tocármelas, que la cosa olía para no contado. Aquello hedía, con perdón, como a vómito de beodo.
  Perdido el sueño, y más hubiera querido perder el olfato, la pícara curiosidad me llevó a dejar las penumbras del antro para averiguar de dónde procedía tan sublime fragancia. Mal hecho. A fin de cuentas, humano soy, y es condición del hombre desoír los dictados de la razón cuando ciertas inclinaciones morbosas nos empujan.
  Ocioso es decir que al salir de la caverna lo que había sido un pellizco de olorcillo se convirtió en bofetada. Acostumbrado a los prodigios que se gastan por estos lares cavernarios, no me extrañó que los mismos vientos que me atufaban me trajeran los ecos de ciertas palabras expelidas recientemente por uno de los más ilustres miembros de la horda bermeja. ¡Qué aliento, pardiez!
  No quisiera mencionar el nombre del pájaro de cuenta, y no ha de importar mucho porque todos los de su especie vienen a ser lo mismo. Sólo se lo cambiaremos y de ahora en adelante me referiré a él como Savino, dado el profundo amor que le tiene al zumo de uva. Según pude colegir de lo que el mofletudo Bóreas me dijo, la tinaja andante había expresado públicamente el asco que España le provocaba, entre otras lindezas, amén de las ganas de vomitar que hoy día le daba el país que le vio nacer. Me permito sospechar que esto último más se debía a alguno de los atracones de morapio y demás sustancias con que se regala tan a menudo.
  Conjeturas aparte, lo principal de la vomitona de este sujeto (la verbal, que la otra prefiero olvidarla) es la curiosa conclusión a la que me lleva: en tan sólo dos años qué mal cuerpo se le ha puesto al buen hombre. Si no me falla la memoria, nuestro héroe sonreía como un colegial en el recreo cuando se entregaba al delirio cejil. Y mientras España caía al abismo, mientras la piel de toro era arrastrada por el fango, este lagar con patas se lo pasaba en grande posando el dedo enarcado por encima de su ojo, mientras los otros nueve los paseaba por las arcas públicas. Y en esos siete años de zapateado a la nación nada de asco, ni indignación, ni nauseas, ni vómitos. Vamos, un estómago de hierro, aparte de agradecido.
  Bien sé que la hipocresía de estos fenicios es para echarse las manos a la cabeza, y su desvergüenza para echárselas al bolsillo y comprobar si la cartera ha volado. Pero no debe extrañarnos la incongruencia de esta panda que no da una a derechas, aunque últimamente la derecha da muchas a izquierdas. Son así. No hay más que ver al amigo Savino. Como buen rojo que es se dice amigo de los trabajadores por más que nunca ha dado un palo al agua, aunque al vino le da muchos.
   Y qué decir de su odio a la Iglesia, cuando todos sabemos que no le importaría ir a misa diaria con tal de echarse al coleto un traguito gratis. Además, cuentan las malas lenguas que cuando se ve más atacado por la sed acude a la gratificante lectura de la Biblia, en especial al episodio de las Bodas de Caná. Y qué amor patrio le inunda, qué ansias de convertir a los periféricos, cuando anhela transformar el agua de Vichy en Rioja. 
   Seguro que os habéis percatado de que, entre otros sonsonetes de la ristra de tópicos demagógicos que nunca se les cae de la boca a estos rojuelos, se encuentra el de la eterna condición de demócratas, los únicos que existen. Y cómo se ve que están triturando a las Humanidades y eso de las etimologías lo llevan fatal. El demos griego (ellos saben más del recibimos) nos lo cambian, y lo de “pueblo” lo entienden como casta, la de la hoz y el martillo. Y os podéis imaginar para qué quieren esos instrumentos. Para trabajar no, desde luego.
   Esto me lleva a la más elemental de las contradicciones de esta patulea, la más chocante, y lo elemental por lo general suele serlo: me refiero al abismo que se produce entre las palabras de los asqueados y sus hechos, asquerosos por lo general. Si no entendí mal al vientecillo portador de tanta fetidez, una de las causas del malestar de Savino se debe a la dolorosa impresión que le produce la pobreza a la que se ven abocados muchos de sus compatriotas, ni que decir tiene, por culpa de la derecha, a la que odia más que a una cerveza sin alcohol. Y yo me pregunto cuánto pan se podría comprar con las toneladas de relleno que se ha puesto en eso que él llama cara, que más parece hogaza de Zamora. Y cuántas barrigas, tan vacías como las mentes de sus correligionarios, podrían llenarse decentemente con lo que él gasta en inundar la suya, que el Mar Rojo que se derrama de continuo allí deja en charco el que le cayó a Ramsés. Y no hablemos de sus amargas quejas por aquellos pobres que han perdido sus casas y han de vivir Dios sabe dónde. Si le nevara a él menos en las narices quizás alguno que otro tendría un techo para evitarla este invierno.
   Por ello, don Savino, le digo que menos ascos y remilgos, y más coherencia. Puestos a dar, ya que da tanto la lata, comparta las pingües riquezas obtenidas tras torturarnos con esos cantos de sireno borracho y harto de Celtas. Y si no quiere repartir los dones que la ciega, y cretina, Fortuna ha tenido a bien darle, al menos cierre el pico. Por mi parte, más valoro el no escuchar su vinosa ronquera que un Potosí. Aprenda del viejo dicho que reza: “en boca cerrada no entran moscas”. Y ya que no puede criar ranas en el estomago, no abra el buzón, terror de vendimias, que tanto poso puede llenar esa garganta de roble de mosquitos.
   Tan enfangado estaba en estas reflexiones, tan preso de colérico ensimismamiento, que no me di cuenta de los efectos producidos por los vapores que me llegaban. Estaba que me caía. Volví corriendo a mi cueva para refugiarme de aquella peste. Allí, no sé si fruto de una alucinación debida a las tóxicas palabras, o a que de tanto respirar los vapores tintorrescos había agarrado una castaña de no te menees; allí, repito, fui testigo de otro prodigio: por arte de birlibirloque una mano invisible dejó en una de las paredes de la caverna unos versillos, los cuales parecían escritos por un dedo mojado en tinta roja, faltaría más. Sin dejarme aturdir en demasía, me apresuré a copiar aquellas frases, que bien se me alcanza que lo que por ensalmo viene muy bien puede irse del mismo modo. Para mí que cierto espíritu que conocemos sobradamente hacía de la suyas.
   Ahí os lo dejo. Y si alguien desea reprochar al etéreo morador de estas soledades que pierda el tiempo entregando su pobre estro a un ser tan insignificante, tenga como atenuante que el soneto que le dedica es uno de los peores que jamás haya escrito. Y si al asqueroso le da asco, que le dé cobijo en su vil tafanario.       

                                         

Cuánto asco siente de esta España loca

el furibundo adorador de Baco,

mas no lo tiene de servir a Caco

o ser amante de su prima Coca.



La nausea al tronera le sofoca

hoy. Cuando entraron los del puño a saco,

y en cueros nos dejó el cejudo atraco,

devolvió poco su anegada boca.



Si fue apacible en tiempos de la rosa,

tontea el buche y se nos pone indómito

con la Derecha, que le ha hecho cisco



al poner la nación tan asquerosa.

Que no le dé tanto pesar su vómito,

pues materia será de un nuevo disco.