domingo, 26 de mayo de 2013

“DONDE HAY POCA JUSTICIA ES UN PELIGRO TENER RAZÓN”


      
       "Pues que amarga la verdad,
        quiero echarla de la boca" 


   Esto decía el bueno de don Francisco, que en eso de padecer los rigores del despotismo sabía lo suyo. Y a qué viene el citar a Quevedo y encabezar con tan soberbias frases las humildes mías: hace poco ha tenido a bien abrir la caverna, otrora protegida por densa floresta, cierto personaje odiado por muchos, lo que es timbre de gloria en estos calamitosos tiempos.
   Lo que dijera Aznar no es cosa que me mueva a coger la pluma, que ya mucho se ha rebuznado al respecto. Eso sí, me gustaría dejar caer una ideílla que viene rondándome el magín estos días según la cual el viejo zorro ha soltado la que soltó porque quería ocultar ciertos asuntillos que absorbían la atención del personal. Así, por arte de birlibirloque, han pasado los voceros de turno de hablar del bodorrio de la nena, sueldecillos oscuros, Correas y tirantes cuestiones varias a obsesionarse con el retorno del maligno, para unos, aunque sea el deseado para otros.
   Me da a mí que este hombre, que maldita la gana que tiene de volver al ruedo, se ha limitado a echar humo, escurrir el bulto para no ser uno sospechoso y dar carnaza a los buitres para no serlo él de los mismos. Muy astutamente ha puesto a sus verdugos a la defensiva, con unas palabras que venían a decir: “si me tocáis los innombrables a lo mejor vuelvo”. Y como si le hubieran contado a un chiquillo el cuento del lobo. Otra cosa es que Aznar  deseara decir lo que dijo, que se fenecía por hacerlo. Pero eso es cuestión baladí, aunque muchos compartamos sus palabras. Y qué delicia ver a los de la “Cocheoficialocracia” fuera de sí, que no les llega la camisa al cuello.
   Pequeños goces aparte, lo que me interesa de la aznarada, y no fue para tanto, es la constatación de un hecho singular: el tremendo efecto que producen en España ciertos personajes, siempre conservadores y poco amigos de la progrez, cuando dicen esta boca es mía. Se forma un tiberio que ni el de San Quintín. Algo similar ha ocurrido cuando nuestro ya añorado Mourinho le quitaba el freno a la lengua.
   Y si, queridos míos, os paráis a pensar en las “explosivas declaraciones” (y perdonad que hable en periodistiqués) que hacen estos malditos, lo que se escucha es espejo de la sencilla y llana verdad, del sentido común y de una visión de la realidad tal cual es. Y eso es algo imperdonable en este gran embeleco en el que vivimos, en el que la mentira y la hipocresía se dan la mano para embobar con sus juegos florales a la masa.
   Hoy día hay que decir lo que marca el Sistema y con la fría y gris jerigonza al uso. Puede uno ser el mayor truhán del mundo; puede decir la mayor gansada de la historia; pero si lo expele según los cánones del rojerío y adlateres acomplejados, y con la jerga correspondiente, recibirá a coro las alabanzas más encendidas y su reputación de demócrata, tolerante y demás zarandajas será eterna.
   Qué triste destino el de España, cautiva de una patulea de bribones que distraen con fuegos de artificio la atención de la caterva de memos que los pagan. Por una frase cursi, un impuesto abusivo; te endilgo un lugar común de lo más bobo y tú me das una langosta; he ahí una retahíla de simplezas edulcoradas mientras encargo un nuevo cochazo.
   Los listos se hacen los tontos para que los tontos se crean listos. Y lo peor de todo, más allá del insufrible guirigay empalagoso con el que embaucan estos hipnotizadores de pacotilla, es la indignación de los más cuando se les levanta la venda de los ojos. “Señor mío –sólo les falta decir– es de muy mala educación decirme la verdad y hacerme saber lo tonto que soy. Déjeme en paz, prepotente, con mi ignorancia, y no me toque las doradas cadenas”. Evidentemente, lo dirían con otros términos impostados, pero no tengo fuerzas para intentar remedar la cháchara con que los matasanos de la moral mesmerizan a los enfermos.
   Parece que el fuego de mi caverna se apaga. Me sumerjo en las tinieblas. Qué bien se ve todo. Sólo escucho el eco de las palabras de Terencio: “la complacencia hace amigos, la verdad engendra el odio”.








sábado, 18 de mayo de 2013

LOS HETERODOXOS


    Seguro que mi buen amigo, el paciente lector que se ha adentrado en las penumbras de mi caverna con la esperanza de encontrar luz, conoce el dicho que reza lo siguiente: “vista una, vistas todas”. Más allá del género femenino, hago de la sentencia verdad universal cuando pienso en el español de hoy día, el cual anda cortado por el mismo patrón, y entiéndase de modo figurado y literal.

   A fe que si has visitado este antro abominable y te regocijas con ello encontrarás mi afirmación cierta e innegable. Para nuestra desgracia, la mayoría de nuestros compatriotas son de una espantosa uniformidad. Hechos a la medida de sus amos, que con invisible yugo los sojuzgan haciéndoles creer que son libres cual palomitas, son los más un hato de lugares comunes andantes y parlantes. Y qué hay más despreciable para una mente cabal y libre que un lugar común.
   El español medio, que nunca ha sido nada del otro mundo aunque hayamos dejado episodios memorables en el libro de la Historia, se ha convertido en una cosa grotesca en la que brillan nuestros inveterados defectos tanto como la ausencia de nuestras antiguas virtudes. A medio camino entre Sancho Panza y Torrente, con los adornos que el dinero y la vanidad puedan dar en algunos casos, nuestros compatriotas (en su mayoría, repito), son una cascada de soberbia y vulgaridad, aderezadas con la pimienta de la picaresca y el feroz individualismo.
   Gracias a la inexorable labor de la Izquierda, que se ha enseñoreado de todo, los españoles piensan y opinan al son que marca la orquesta bermeja. La nueva moral es la amoralidad, que se reviste con los ropajes del humor ramplón y chabacano, y la máscara del cinismo. Progresismo es el nombre del molde en el que se ha fraguado al ibérico contemporáneo, en virtud del cual se derraman de sus bocas riadas de sandeces y simplezas, tomadas por incuestionables asertos.
   El viejo cainismo español se ha agudizado, a la par que se simplifica, y los eternos dos bandos que en España se forman en todo se han llevado hasta un extremo de lo más fariseo: yo, el común y correcto seguidor de lo oficial, encarno el bien; tú, que te apartas de las consignas establecidas, eres el mal. Y qué aburrido resulta todo ello. Léase lo que se lea; escúchese lo que se escuche, todo lleva ese tufillo de lo convencional y ese color gris monótono de lo igual.
   Tras este somero análisis y largo exordio, voy al meollo de la cuestión, dejando para otro día la disección del hombre común hispánico y el análisis de sus diversas variantes. Para bien de unos pocos anónimos, existen ciertos heterodoxos públicos, los cuales, ocioso es decirlo, producen en ese monstruo informe llamado masa una sacudida de horror e indignación. No tengo espacio para definirlos, que es la brevedad amiga de lo bueno. No obstante, aquéllos que nos podemos echar a las barbas hoy día, y pongan ustedes los nombres, valen más que mis torpes descripciones. Si pudieran trocar el odio que inspiran en oro, dejarían a Creso a la altura del mendigo de la esquina.
   Aunque me vengan a las mientes algunos, y otros han demostrados ser falsos heterodoxos al servicio del poder en la sombra, me gustaría centrarme sólo en uno, aunque nada más sea por lo poco que le queda entre nosotros, que va a pasar a mejor vida vivito y coleando. Rara vez he visto tanta inquina hacia alguien, y menos justificada. La mayoría de los que le detestan en verdad no saben por qué lo hacen. Y es esa condición fundamental de los hombres masa: el pensar y decir lo que otros les ordenan que piensen sin razonar sobre ello.
   Habrá quien opine que el balompié es cuestión baladí, ajena a los grandes asuntos que rigen nuestros destinos. Nada más lejos de la realidad. Es el deporte rey un espejo en el que la sociedad española se refleja. De hecho, quien manda en España manda en el fútbol, así como las mismas arteras mañas usadas en otros ámbitos son empleadas en las cosas  balompédicas. Basta con adentrarse en el hediondo abismo de la prensa deportiva, y valor hace falta para ello, para darse cuenta de cómo unos pocos dominan a muchos y los envenenan para conseguir sus viles fines, disfrazados de maravillosos valores. Sí, señores: la hipocresía es uno de los cimientos de este gran engaño, este colectivo embeleco que lleva a tragar hiel a quienes creen estar engullendo un pastelito de fresa con una cinta rosa.
   Mourinho, hombre fuera de lo común y en nada parecido al personaje público al uso, ha cometido un gran error: se ha enfrentado al Sistema, a lo establecido. Y lo ha hecho con valor y honestidad. Si a eso le añadimos talento, nos encontramos con los fogones encendidos bajo un infernal perol esperando a ser inquilino de algún estofado de heterodoxo. Todo lo que éste diga será deformado para que la masa lo tenga por un malvado; lo que haga será ejemplo de su ruindad. La sinceridad la convertirán en descaro y ofensa; el valor, en prepotencia; la singularidad, en odio hacia los demás, que son la viva manifestación de lo bueno. Se le llamará maleducado si no sigue las pautas que marcan quienes han hecho de la mala educación algo fundamental.
   Y qué se puede esperar de unos tiempos en los que se adora al pícaro, al listillo, al demagogo y populista, al que se burla de las normas y se cisca en los valores de antaño que han regido durante cientos de años, para luego elevar a los altares laicos a la desvergüenza. Bien está hacer de la capa un sayo si, a la par, lanzas un discursito progre, excretado con la jerigonza oficial, para hacer del vicio virtud. Todo cuela si sigue la corriente. Todo vale si amo al pueblo, a los negritos del África tropical y a los delfines, aunque permanezca indiferente ante los sufrimientos del vecino.
   El control de la masa necesita de la eliminación de los escollos que se interponen en el camino a la cumbre del poder, cumbre que reposa sobre los hombros de esa misma masa. Mourinho no ha pasado por el aro; es peligroso y debe ser eliminado. Para ello, la sutileza de la moderna tiranía no reclama el concurso de la daga ni el veneno. La muerte social es más efectiva y aún no aparece en el Código Penal. Es el destino de los heterodoxos. Y lo peor de la masa no es que sea tonta o vulgar: lo peor es que es sorda con gusto. Y la voz de los heterodoxos en España es un débil eco que acaba perdiéndose en la lejanía.


 










sábado, 11 de mayo de 2013

CARTA DE MI BOLSILLO AL MINISTRO POLILLA

    
   Hallábame yo el otro día en mis soledades cavernarias, enfrascado en diversas meditaciones con que llenar las dulces horas de holganza, cuando sentí cierto lamento. Como mi antro no suele ser frecuentado, tomé aquello como gemido del pícaro viento, que quería asustarme. Al poco, noté que la queja se hacía más fuerte. Con una antorcha disipadora de tinieblas en la mano, me dispuse a encontrarme con el intruso, con más curiosidad que espanto, dado lo raro de las visitas. Nada vi; nadie respondió a mis voces. Pasaron varios días, y cuando ya daba al olvido el lance, los ayes y lamentos se hicieron tan claros y fuertes que pensé que el cuitado estaba a mi lado. Me volví y revolví. Nuevamente nada. Y cuál fue mi asombro cuando una voz clara se dirigió a mí en estos términos: “No busques más: te habla tu bolsillo”. Prolijo sería entrar en los detalles del prodigio y de nuestro coloquio. Lo importante del asunto es que mi bolsillo requería mi ayuda para escribir una misiva al culpable de sus males, más como desahogo que otra cosa, pues estaba muy lejos de su alcance la justicia o la venganza. Admirado del milagro, y de que en esta época de recortes el tal milagro llegue a hacer hablar a un bolsillo mas no le enseñe a escribir, me apercibí para complacerle. Así pues, hice de amanuense de mi bolsa y puse sobre el papel sus cuitas, las cuales os expongo a continuación:



       Caro ministro polilla:

             Os escribo estas quejosas líneas para daros cuenta de las penas que me afligen desde que diera V. E. con sus huesos en la poltrona ministerial, para dejar a muchos en los suyos. Plaga bíblica, cáncer de bolsas, urraca más que gaviota; mago negro que quiere hacer de nosotros piedras filosofales; Midas a la inversa; Caribdis de los sólido, ¿dónde queda vuestra piedad, que me tenéis con las puertas abiertas de continuo expuesto a los rigores de las corrientes, y a las corrientes cuentas a los pies de otros mucho peores? ¿Dónde vuestro decoro, que de tanto ser manoseado mi virtud anda en compañía del tafanario de mi amo, y no por lo próximo? ¿Cuándo cesaréis, sablista cortesano, de darnos con el as de espadas para quitarnos el de oros, que a cada tajo que dais menos quedan?

       Tan infinita ansia de oro, vuestra hidrópica sed de riquezas, me tienen ya descalabrado, como a la mayoría de mis compañeros de fatigas. Y para qué nos quitáis lo ganado, que lo de ganado nadie nos lo quita, sino para engordar con nuestros desvelos a ese horrible leviatán llamado Estado, pomposo nombre que enmascara a un puñado de fulleros, muchos del puño cerrado, sin escrúpulos ni moral alguna.

       Vuestra holgura nace de la que me dais a mí, que mi amo no deja de rascarme aunque no padezca yo de sarna ni de la comezón que os devora. Y de tanto trajín y soba, mi forzada soledad se va a ver empañada por la compañía de ciertos vecinos, hasta los que estoy, a quien pronto he de ver cuando de tanto roer se tire el tabique de tela. Y la visión es para no contada.

       Concluyo ya, que no quiere ser harto gravoso quien es harto gravado. Cese ya, os lo suplico, vuestra rapiña. Mirad que si os afanáis en que mi amo todos los días pronto se levante para que una mala parte del Levante nos levante buena parte de nuestra ganancia, entre otros desmanes de esta mariscocracia, el levantarse será cosa inevitable. Aunque lo llevéis en el linaje, que vuestro apellido os delata, dejad las zarpas quietas, que las que pagan también son las que votan.

       Sin más, que poco me queda por decir, por no decir que poco me queda, se despide de V. E. vuestro más humilde servidor, nunca mejor dicho.
                             
 Un bolsillo apolillado




No somos nada... Los bolsillos, menos...









domingo, 5 de mayo de 2013

NO ES ORÉGANO TODO EL MONTE, NI ORO TODO LO QUE RELUCE





Popular alquimia es trocar el oro

en nieve del espanto cuando asoma

la jeta del corsario, gran carcoma,

que busca en nuestra bolsa su tesoro.



Del arca, ahora parca, yo le imploro

compasión a aquel que todo toma,

y quien haría un poblachón de Roma

y hará mojama de la piel de toro.



Sea mi sudor néctar del tirano,

y el mármol del palacio mi trabajo;

seda sean los callos de mi mano.



Hagamos siempre el indio y al carajo

los dineros. Empáchense el gusano

genovés y el felón que nos lo trajo.





Al lado de los otros los hunos eran una malva







 

sábado, 4 de mayo de 2013

EL MILAGRO DE EMPEL



       

    
Hallábame el otro día limpiando la caverna, que las cavernas también necesitan su arreglo, cuando encontré arrumbado en un rincón un pequeño mundo un tanto desvencijado, aunque aún podían apreciarse en él las galas que antaño le hicieran un hermoso mueble. Lo abrí y encontré, entre muy diversas cosas, unos papelajos algo estropeados que atrajeron mi atención por lo hermoso de la letra. Me los llevé a un cómodo rincón, y al amor del sempiterno fuegecillo que alumbra mi antro, entre luces y sombras, los leí. Como los encuentro interesantes, más por lo dicho que por cómo está dicho, os los transcribo, aunque se pierda la gracia del envejecido manuscrito, cuyo aroma aún parece reposar en mis nostálgicas narices. Ahí va:


   <<Allá por los años finales del siglo XVI el orbe contemplaba envidioso y con temor cómo las tropas españolas llevaban de la mano la gloria y el espanto por los campos de medio mundo. Con especial denuedo nuestros gloriosos Tercios se batían por su Dios, su Rey y su Patria en un infernal paraíso norteño, muchos de cuyos pobladores luchaban tercamente por mantener sus torpes errores. La sangre se vertía generosamente, haciéndose cada día más cierto aquel dicho que rezaba: España mi natura, Italia mi ventura y Flandes mi sepultura. Y fue en esas frías y brumosas tierras donde se dio un suceso tan ignorado hoy como increíble y maravilloso. Si el paciente lector me acompaña en estas pocas y desmañadas letras le mostraré lo que acaeció en aquellos días de diciembre de 1585. Quien espere un sesudo y científico relato histórico, lleno de rigor académico y corrección al uso, mejor será que deje de leer y que le den una higa, que es hora de cantar con el corazón las gestas de aquellos hombres, tan injustamente olvidados como dignos de gloria eterna.
   En los años en los que moría el sublime siglo XVI, tan pródigo en hombres de arte como en hombres de armas, la balanza de la contienda en Flandes se inclinaba del lado español, en buena medida gracias al "rayo de la guerra", Alejandro Farnesio. Las ciudades católicas de Gelanda y Holanda habían pedido ayuda para soportar el avance de tanto perdido protestante: la respuesta no se hizo esperar y el Tercio de D. Francisco de Arias de Bobadilla acudió al rescate. Junto a este Tercio Viejo, los de Mondragón e Iñiguez (si supiera Anasagasti, por mencionar a alguno de esos ridículos fantoches nacionalistas, de aquellos buenos españoles vizcaínos, se le caía lo poco de pelo de esa ensaimada que tiene por cabellera), fueron a tomar la isla de Bommel, sita entre los ríos Mosa y Vaal. De este modo, la "flor del ejército español" se reunió en tal lugar, para horror de los calzones de los doblemente descoloridos tulipanes. Era digno de ver cómo lo más granado de la infantería española se juntaba en ese pequeño rincón del mundo, ejercito formado por "cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros, y cinco mil gastadores y cinco mil diablos", como dijo un almirante francés. Y yo digo que nada de diablos, que allá donde la verdadera religión estaba en peligro, detrás de la Cruz se hallaba la espada de un español y un alma dispuesta a ir con el Creador en Su defensa.
   Mas he aquí que los pérfidos holandeses, conocedores del terreno y amantes de todo tipo de trapazas, opinan que si hay que enfrentarse a cinco mil españoles lo va a hacer el señor padre, si es que lo conoce, de quien ha dado la orden, y el muy hideputa del conde de Holac, jefe de esta chusma, decide que el agua haga lo que las partes innombrables de estos bardajes no pueden hacer: por ello, cerca con su flota la isla y cañoñea los diques que contenían a las gélidas aguas. Al punto, el líquido elemento se desborda y obliga a los nuestros, aunque limpios y amantes de un buen baño, a dejar sus posiciones y a refugiarse en un palmo de terreno de una zona elevada. Y qué felices se las prometían los holandeses al ver a los invencibles Tercios en tal apuro. Cobran ánimo, y de seguro que acompañaron las cuantiosas libaciones de rubia cerveza con mil bravatas. Y a fe que la situación era de lo más penosa para los españoles. Sitiados en un pequeño terreno, rodeados de agua y hostigados por el fuego enemigo, se defienden como saben, como jabatos, y rechazan a la muchedumbre rebelde. No obstante, en tan desigual combate la vanguardia española no puede romper el cerco, y los Tercios se ven obligados a refugiarse en un castillejo, junto a la iglesia de Empel, guarnecido por bravos italianos, pueblo éste a la sazón tan diestro con el pincel como con la espada. La noche del 3 de diciembre la pasaron atrincherados en esta improvisada fortaleza. Bobadilla manda a buscar ayuda a Farnesio, que estaba en Bruselas, y a las cercanas tropas de los maestres Carlos Mansfelt y Juan del Águila. Todo en vano. Estos últimos refuerzos se toparon con el avance de los enemigos, quienes habían tomado una isla cercana y erigido un fuerte desde el cual cerraban un vado, única vía de escape a través de la cual los sitiados pensaban reunirse con los hombres de Mansfelt. Además, los barcos que venían en socorro de los nuestros probaron el fuego enemigo, siendo la mayor parte pasto de las llamas, para desesperación de los sitiados, cuya situación se tornaba más peliaguda, ya que «… veíanse en muy gran turbación y trabajo, y el menor que pasaban era el frío, hambre y desnudez, que tanto les apretaba por estar al rigor del tiempo sin ningún reparo donde poder cubrirse ni valer de noche y día, y sobre unos diques yermos y solos, donde iban perdiendo ya las esperanzas de ser socorridos». 
   Pasaron varios días infernales. Cuán triste y desolador debió de ser el amanecer de aquel 7 de diciembre en el que los españoles, leones enjaulados, sentían junto al amargo sabor de la cercana muerte la hiel de la frustración por no poder morir peleando noblemente y cara a cara frente al enemigo. Ateridos de frío, sin apenas víveres y leña, desesperados de encontrar ayuda, salvo la bondadosa e inútil que ofrecían los naturales, buenos cristianos, de la cercana ciudad de Bolduque, sita en la orilla opuesta, nuestros antepasados se disponían a pasar a mejor vida. Sólo les quedaba rezar y esperar que Dios les librara del espantoso peligro en que estaban. 

Arrogante y valeroso, el Tercio español 
sólo se inclina ante su Dios y su rey
   En esto, un soldado español se pone a cavar un hoyo, más para tumba que como trinchera, cerca de la iglesia de Empel. Tras las primeras azadonadas, el venturoso mozo realiza un hallazgo portentoso: encuentra una tabla con una imagen de la Inmaculada Concepción, tan hermosa y de tan vivos colores que pareciera recién pintada. Los soldados acuden en tropel ante el alborozo del hallazgo, tenido como augurio favorable del Cielo. La Virgen nunca abandona a sus hijos. El mismo Maestre de Campo acude entusiasmado. Y en el acto caen de rodillas y entonan una Salve, tras lo cual la llevan en procesión al cercano templo, resguardada por sus banderas, y la adoran e imploran piadosamente para que les ayude en tan penoso trance. El ánimo se levanta, como el sol cada día en las mañanas de los ardientes veranos castellanos, y los españoles siente reverdecer su entusiasmo y su valor. Bobadilla se alza entre sus hombres y les habla: al día siguiente atacarán al enemigo. Morir o vencer. Algunos capitanes, nuevos numantinos, cortos de razones y largos de orgullo, dicen que prefieren quitarse la vida antes que darles a los holandeses la satisfacción de la victoria: en mala hora hubieran cometido esa monstruosidad. La arenga de Bobadilla les disuade de tal torpeza: 

    «¡Soldados! El hambre y el frío nos llevan a la derrota; el milagroso hallazgo viene a salvarnos. Nosotros velaremos por España. ¿Queréis que se quemen las banderas, se inutilice la artillería y abordemos de noche las galeras, prometiendo a la Virgen ganarlas o perder todos, todos, sin quedar uno, la vida?»
 
  El grito de ensordecedora aprobación unánime debió de oírse hasta en Amsterdam, lo suficientemente fuerte como para derribar los más recios muros y las más poderosas armadas. Al poco, como si el almirante hereje hubiera tenido un mal presentimiento, envía a los españoles un emisario con la oferta de una rendición honrosa, no se sabe si por cortesía o porque no las tenía todas consigo. Es más que posible que estuviera relamiéndose ante la posibilidad de capturar a tantos y tan buenos hombres sin desenvainar. La respuesta de Bobadilla no podía ser otra: «Los españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos». Los Tercios se aperciben para luchar al día siguiente, 8 de diciembre, el día de la Inmaculada Concepción.
   Irritado por el valor y el orgullo español, el almirante holandés decide abrir más diques y que aún mayor caudal de agua haga lo que él no tiene valor para hacer. Pero esa noche, esa bendita noche, el frío fue más intenso que de costumbre, como si Plutón hubiera dejado abiertas las puertas del Infierno para que la Muerte saliera entre las tinieblas y se saciara de almas viles. Los habitantes de Bolduque, que habían marchado en procesión para rogar por los españoles, notan un frío intenso, como no lo habían conocido jamás, y jamás volverían a conocer. El viento del nordeste comienza a soplar bruscamente. Y ocurre lo que nunca por esas fechas: hiela tal como suele suceder en enero por aquellos pagos. Jamás esos españoles habían pasado tanto frío, mas en breve iban a tener oportunidad de calentarse. Admirados, descubren que las traidoras aguas que les rodean se han helado, y el lecho acuoso se ha convertido en tierra firme por donde avanzar, por donde luchar…, por donde matar.
   Por el congelado Mosa avanzan los Tercios como lobos hambrientos dispuestos a devorar a los corderillos holandeses, aún más congelados, que se dan cuenta de la llegada de los españoles cuando tienen una espada en el gaznate. Cual torrente furioso, era digno de ver a esos valientes dando cuchilladas, tajos de vizcaína, pistoletazos y todo lo que se pudiere a diestro y siniestro. Con sangre y fuego entraban en calor los españoles, y con sangre y fuego se cobraban el penoso asedio. Los poco antes ufanos holandeses, al ver que se había desatado la Furia Española vengadora, son todo pies para salir de aquella escabechina. Diez navíos cayeron en manos españolas y muchas almas herejes en manos del Maligno. En su precipitada huida, se cuenta que Holac iba diciendo: "No es posible sino que Dios se ha hecho español, pues había usado con ellos tan gran milagro". Aunque no haya fuentes para confirmarlo, tengo para mí que además de estas palabras sabias y hermosas, el buen holandés iría mascullando otras más gruesas entre sus temblorosos dientes.
   Mas no acaban las penalidades protestantes aquí, ni la justa cólera española. Al día siguiente, vio el amanecer a las tropas de don Francisco en formación terrible, como sólo los españoles podían hacer, dirigirse al fuerte holandés para hacerles pagar caro a los artilleros y arcabuceros el haberles masacrado en los días pasados. Los herejes duraron menos que un euro en manos de un socialista (ay, si pudiéramos enviar a estos bravos a Andalucía unos meses): el fuerte cayó, y el resto de la tropa holandesa salió en desbandada como las palomitas que huyen de fieros halcones. Armas, pertrechos, munición y el honor holandés quedaron en el campo a merced de esos valientes que usurparon su nombre a la Victoria, y cuyas gesta hizo rememorar, y aún palidecer, la de las antiguas legiones romanas.
   Con el enemigo puesto en fuga, se cubrió el cielo y una fuerte lluvia deshizo el hielo. Los españoles llegaban al pueblo amigo de Bolduque, recibidos como se merecían por los atónitos holandeses, que dieron en llamar a aquella pasmosa jornada "el milagro de Empel". Muchos de los nuestros habían muerto; otros quedaron mutilados debido a las heridas o las amputaciones por el frío, pero seguro que ninguno perdió su terrible y socarrona sonrisa al pelear por su Dios, su Rey y su Patria. Y no cabe duda de que, en el fragor de la batalla, y a pesar del la ira y la furia, ninguno de esos españoles apartó de su mente la hermosa imagen de aquella Inmaculada de vivos colores que había sido enviada por Nuestro Señor como augurio de su buena suerte y señal de que no los desamparaba. Hoy día la Inmaculada Concepción es la patrona de la infantería española.
   Aún los científicos se preguntan qué pasó en aquella noche decembrina. No encuentran explicación racional ni empírica. Yo les digo, y a todo el que no creyere en el milagro, que ardan en el infierno en compañía de los holandeses>>.






 






A UNA VIL CALVA



Aquí os dejo otro infame soneto
dedicado a otro infame sujeto



   Ved la losa do nace hoy la mentira,
cuna y altar de trazas y maldades,
pañal que torna en dogmas falsedades
y péndulo que grey bermeja admira.

   Bola en torno de la cual la ídem gira,
desierto lupanar de iniquidades,
tan parca es en vello como de verdades
Parca, quemadas en artera pira.

   Es la calva sublime que su nombre
roba a la perfidia y los engaños.
Ni de medio pelo, su dueño es hombre

   a quien verdad y honor le son extraños.
Y aunque a cualquier testa cabal asombre,
tenemos calva para muchos años.