jueves, 29 de diciembre de 2016

CASTELNUOVO


   Estaba el otro día, queridos lectores, tan ricamente sentado frente al fuego dando cuenta de un excelente habano para celebrar que la Parca había dado cuenta, a su vez, de otro cubano, no tan excelente, desde luego, y ni mucho menos puro. Y se me plantó en las barbas, que viene muy al caso, el curioso hecho de que un mundo que se deja poseer por un terror apocalíptico ante la aparición en escena de un sujeto que aún no ha gobernado rinde a la par pleitesía a un tirano que ha estado medio siglo cubriéndose de sangre e ignominia. Ciertamente curioso. Y de ahí pasé, en lógico tránsito, a meditar sobre el poder de la mentira y de su más temible arma: la propaganda. Vivimos, en verdad, bajo el poder absoluto de la apariencia, pues nuestra realidad no es más que un fabuloso embeleco.
   Mas no es esto nada nuevo. El torbellino de mis pensamientos se desbocó al respecto de lo dicho por algunos recovecos de la Historia, y me paré desolado en el hecho de que España ha sido víctima con especial saña de los zarpazos de la mentira. Resulta chocante que, a diferencia de otras naciones, nuestro momento álgido ha sido causa de furibundos ataques y escasos elogios, pese a merecer sobradamente más los segundos. De hecho, la única patria que en aquellos dorados siglos actuó con honor movida por principios e ideales, por encima de otros interés, ha pasado a la posteridad entre el común de los mortales como el máximo ejemplo de lo denostable, espejo de maldades y apoteosis de la oscuridad y el fanatismo. Bien se ve que la ignorancia es el mejor compiche de la falsedad.
El escenario de la gloriosa hazaña
   En éstas estaba cuando caí en la cuenta de que hace bastante tiempo que no saco a pasear la pluma del brazo de Clío. Así pues, cierto hormiguillo comenzó a recorrerme la mano pidiendo a voces que sustituyera el cigarro por el cálamo. ¿Y dónde posar el cacumen en sus lides de historiador aficionado? Poco tuve que pensármelo, que desde hace tiempo me rondaba la idea de tocar un episodio que ya en mi primera juventud me había fascinado sobremanera: el sitio de Castelnuovo. En otras cavernarias páginas he dejado muestras del valor inaudito de nuestros compatriotas de antaño, tan colosal como perdido e incomprensible hoy día; ya la pluma se ha paseado por otras fabulosas hazañas revestidas de laureles. Mas en esta ocasión la proeza que pienso referirles fue una derrota, mas de esas que dan mas gloria que muchas victorias. Fue algo tan sobrecogedor que es imposible no emocionarse casi hasta el llanto al recordarlo, máxime si se es español fetén y no un mendrugo infame, al estilo de un votante de Podemos. Pero no adelantemos acontecimientos. ¡Sus y a ello!
  Los hechos acaecieron durante el reinado de Carlos I y fue posiblemente la página más gloriosa del mismo, como bien afirma en su tan denostada como deliciosa Historia de España el Marqués de Lozoya. Ocioso es decir que con este monarca los Habsburgo se ciñeron la corona de España, la cual habría de cubrir sus rubias cabezas durante casi dos siglos. Son estas centurias de los Austrias el culmen de nuestra nación, época en la que la Historia de la patria y la Universal se confuden; época en la que en todos los aspectos el genio hispánico brilla con especial fulgor. Y no precisamente debido a ellos. Es muy difícil para un español amante de nuestro pasado no sentir simpatía por estos reyes, ya que han quedado indisolublemente unidos a los fulgores de tan dorados años. Pero es evidente que fueron a la larga calamitosos para la piel de toro. Nuestro destino, justo cuando el espíritu nacional en su apogeo reclamaba el de la grandeza, quedó ligado, por no decir encadenado, a los intereses familiares de esta Casa. En ellos gastó España sus fuerzas con muy poco provecho. Y qué poco le importaban a los españoles los jaleos borgoñones: mas la fidelidad al rey estaba por encima de todo.
   El bisoño Carlos, como ya saben, atracó en la hermosa Asturias, cerca de Villaviciosa, el 19 de septiembre de 1517. Y la palabra viene que ni pintada, pues a eso vino, a atracar. Rodeado de un cortejo de rapaces flamencos, como él, y sin saber ni jota de español, se dedicó a reunir a las diversas Cortes de los reinos hispánicos para dar buenos ídems en sus bolsas, que había que pagar la coronación como Emperador. El sablazo de buenas a primeras, y la posterior represión del movimiento Comunero al poco, ya anunciaban, además de la pérdida de la legendaria libertad castellana, lo que habría de ser el reinado del César: sangre y oro para secundarle en sus fines. Y por muy lógicos y loables que fueran, en ellos se desperdició el brío español, ya que la cosa siguió con los descendientes. Y cuáles eran esos fines: el primero, conservar el patrimonio de los Habsburgo, y que en sus dominios no triunfara la herejía; el segundo, una gran Cruzada contra el Islam. Lo dicho, digno de encomio, sobre todo lo segundo, que si se hubiera metido en cintura a la Media Luna en su momento otro gallo nos cantaría. No obstante, maldita la importancia que para los españoles, sobre todo para los castellanos, que eran los que daban el callo, tenía que los flamencos o los teutones quisieran más o menos libertad para sus trapicheos. Y al decir de las gentes de entonces, a los nuestros les daba un ardite las "luteraneces" y errores de esos, que poco iban a penar si aquella patulea se achicharraba en los Profundos toda la eternidad.
   Otro cantar era la Cruzada contra la morisma. A la sazón estaba controlada por la Sublime Puerta, esto es, el coloso turco, fenomenal imperio que amenazaba de continuo a occidente tanto en el Mediterráneo como en el centro de Europa, ya que se ponían en las puertas de Viena como quien no quiere la cosa. Así, el Mare Nostrum estaba infectado de piratas agarenos, en especial los berberiscos, aguerrida chusma que resultaba un constante peligro. Para España lo eran doblemente: por un lado, suponían una grave amenaza para los intereses de los aragoneses, que desde hacía siglos mangoneaban lo suyo en el Mediterráneo, sobre todo en el sur de Italia. Qué viejo zorro don Fernando. Por otro, las costas españolas padecían los continuos ataques de los corsarios norteafricanos. Hoy vienen en patera si ayer en poderosos navíos de guerra. Pero la intención es la misma: invadir. Y para ello, como ahora, contaban con una nada, y mucho, despreciable quinta columna dispuesta a colaborar gustosísima. Y aún los historiadores de nuestros días se escandalizan por la expulsión de los moriscos. No sé qué es peor, francamente, si la iniquidad de aquéllos o la estúpida ceguera sensiblera del ibérico medio. Ambas cosas vienen de la misma mano. Pero volvamos al XVI.
Carlos I
   Como se ha apuntado, el ideal supremo de Carlos I era la de erigirse en el Emperador de una cristiandad unida para comandarla en una santa Cruzada contra el Islam. Tal como lo pintara Tiziano en Mülhberg, aparecía como el último César, el miles Christi que debía borrar de la faz de la tierra la huella de Mahoma. Y para ello era fundamental el dominio del Mediterráneo. Y el control de Berbería, el más cercano e inminente peligro, resultaba la primera etapa de la guerra. Lástima que los europeos de entonces se mostraran tan mezquinos y cortos de vista. El fementido francés, celoso y lleno de resentimiento en su soberbia, llegó a aliarse con el turco frente al poder español, que no podía sufrir; el vil germano solo pensaba en el oro. Y los más de los italianos que estaban con la causa se dejaban obnubilar por la envidia y miserables intereses. Me pregunto cómo habría cambiado de curso de la Historia de haberse unido Europa entera frente al Islam. Me pregunto si no habría detrás de todo oscuras manos, a pesar del brillo de las monedas.
   Vayamos, por fin, una vez situados, al hecho que nos interesa. No me cansaré de repetir lo peligrosa que resultaba la cada vez mayor presencia de los otomanos en el norte de África, zona, además, de natural expansión en la política exterior española, como prolongación de la Reconquista, que con tanto cuidado prepararon el Cardenal Cisneros y la reina Isabel. Los turcos estaban regidos por aquel entonces por Solimán "El Magnífico", sultán de grandes miras y alcances, así como de singular tirria hacia la cruz. A su servicio contaba con fabulosas riquezas y gran copia de hombres. Tantos recursos le habían permitido crear una temible flota, bien surtida de soldados expertos y muy bravos, entre los que descollaban los jenízaros, dignos rivales de nuestros tercios. Al frente de tal flota estaba el almirante Jeireddín Barbarroja, antiguo corsario que se había ganado el favor de Solimán. Hay que reconocer que el muy hideputa era tremendo, merecedor de los mayores elogios por su astucia y su valor. Este pájaro había conquistado Túnez en 1534 deponiendo a Muley Hassan, que era vasallo de España. Demasiado cerca. Como es natural, había que ponerse manos a la obra para ponerles la mano encima a los turcos. A mediados de 1535 se mandó un ejército con lo mejor de lo que pudo echar mano el César. La flota la mandaban el genovés Andrea Doria y el nuevo Neptuno, don Álvaro de Bazán. Con lo tercios en vanguardia cayó La Goleta en una dura operación militar. Túnez era tomada poco después. Se cuenta que el mismo emperador se puso a dar mandobles como uno más.
Barbarroja
   Esta gloriosa "Jornada de Túnez" fue harto celebrada y dio ánimos en la firme decisión de Carlos I, al que se consideró "el tercer Escipión que tomaba Cartago", de atacar a la Sublime Puerta hasta su corazón: la misma Constantinopla. Pero tal proeza estaba lejos de ser viable. Para conquistar la capital del imperio turco hubiera sido necesario, para empezar, la total unión de las fuerzas cristianas, lo que a la sazón parecía quimérico, a pesar de que los protestantes habían calmado sus furores al ver tan cerca la Media Luna y la Tregua de Niza firmada con los franceses. No obstante, tal calma permitió, en 1538, que se creara la Santa Liga, que aliaba al emperador con Su Santidad Pablo III, la República de Venecia y con su hermano Fernando, rey de Romanos y de Hungría; su objetivo era una gran ofensiva contra los turcos, cuyas galeras habían llegado a las costas de Nápoles. No estaba la cosa como para andarse con chiquitas.
   Mientras Fernando se dedicaba de hostigar a los muslimes por tierra, que para algo su reino era frontera con los turcos, el resto de las potencias se ocupó de crear una flota para atacar por mar al enemigo. Como no podía ser menos, tan alta ambición propició un pobre esfuerzo. La flota, comandada por el gran Doria, cuyo liderazgo era discutido por venecianos y papales, sólo alcanzaba a 131 naves, muchas menos de las previstas. El contingente reunido alcanzaba unos 16.000 hombres, la mayoría españoles. Siempre que se ponía feo el asunto enviaban a los mismos. El mando de las operaciones terrestres recayó en Ferdinando Gonzaga, virrey de Sicilia. Por desgracia, la falta de unidad y las desavenencias entre los mandos resultarían fatales para la Santa Alianza y su glorioso fin.
Batalla de Préveza
   Una vez los barcos se hicieron a la mar, a punto estuvieron  de dar un golpe tremendo a los turcos, mas el maldito Barbarroja aprovechó la torpeza de Doria y se escapó en Préveza dejando amargo recuerdo, pese a ser su flota notablemente menor que la de la Liga. No puedo dejar de mencionar a Machín de Munguía y a sus hombres, que en aquella jornada calamitosa actuaron como Dios manda frente a una caterva de turcos malencarados. Una oportunidad de oro perdida para atizar de lo lindo a la morisma, que hasta la épica victoria de Lepanto estaría dando por donde amargan los pepinos lo suyo. Acto seguido, empero, la armada cristiana consiguió un notable éxito: la toma de Castelnuovo. Era esta una plaza fuerte enclavada en el golfo de Cattaro, sito en la costa dálmata del Mar Adriático, en lo que hoy sería Montenegro. Poseía un gran valor estratégico para los turcos, pues era un excelente bastión defensivo para proteger sus posesiones de la zona. Para los nuestros suponía un enclave desde el cual se podrían organizar incursiones en territorio enemigo.
   Tras un severo bombardeo y un oportuno bloqueo, los otomanos vieron que no estaba el horno para bollos y decidieron no darle fatigas a la cimitarra. Rendida la plaza, lo fácil estaba hecho; quedaba lo peliagudo: decidir quién habría de mandar en la fortaleza. En los acuerdos previos se había estipulado que el control del Adriático era cosa de la "Serenísima", dados sus intereses comerciales. Y puesto que la cercana ciudad de Cattaro estaba bajo su protección, Venecia reclamó para sí Castelnuovo. Sin embargo, el emperador dejó la plaza a los tercios, bajo el mando de su maestre de campo Francisco Sarmiento, y con la orden de defenderla ante el turco a todo trance. Nunca sabremos por qué el César tomó esa decisión. Tal vez su mente algo fantasiosa, más medieval que del momento, pensaba que con esa cabeza de puente y con los recios tercios en ella se podía dar comienzo a la gran ofensiva hacia las entrañas de la Sublime Puerta. Quizás recelaba de Venecia y no quería aumentar su poder. Fuera como fuese, condenó a muerte a aquellos bravos. Fuera como fuese, de la mano fueron unidas la iniquidad y la gloria en tan memorable, homérica, jornada.
   Cerca de 4.000 españoles, que valían por 40.000, se quedaron custodiando el castillo. El resto de las tropas de la Santa Liga se marchó. Los venecianos, desairados, abandonaron la coalición. Se ve que no era tan santa la Liga. Además, como veían inminente una respuesta de Solimán, y que sería de aupa, pensaron que era mejor para sus arcas una ventajosa paz con el turco. Auri sacra fames. Y así fue. El sultán no podía permitir que los cristianos tuvieran tan importante plaza en su poder ni que su prestigio quedara tocado sin tomar cumplida venganza. En julio de 1539 un formidable ejercito se lanzó a recuperar Castelnuovo: 200 naves que en su seno llevaban a 20.000 sujetos venían por mar; 30.000 soldados, por tierra. Con los venecianos escurriendo el bulto, el bueno de Doria creyó un suicidio acudir en socorro de los españoles, pues su flota apenas llegaba a los cincuenta barcos. La Liga ya no existía. La fortaleza estaba sitiada, y el rey de tantos valientes no creía oportuno arriesgarse a una derrota estrepitosa por salvarlos. Quedaron abandonados a su suerte, sin posibilidad de recibir refuerzos, ni aun alimento. Las ciudades cercanas estaban demasiado asustadas como para asistir a los hombres de Sarmiento. Comenzaba la tragedia; comenzaba Clío a tejer la Historia con hilos de oro manchados de sangre.
   Una primera avanzadilla turca tanteó el terreno; sólo unos pocos cientos para reconocer lo que habría de ser su sepulcro, pues se les dispensó la hospitalidad que merecían, a base de arcabuz, pica y acero. Se fue más de uno al infierno con un recuerdo de Toledo en las entrañas, y no precisamente mazapán. Sólo era el comienzo, ya que 50.000 hombres, entre ellos 4.000 de esas malas bestias de jenízaros, se lanzaron a preparar el asedio. Reducidos al castillo de la plaza frente a tan vasto contingente, a los españoles sólo les restaba rezar y morir; y, entre una cosa y otra, matar. Los turcos se dispusieron a colocar su artillería en lugares estratégicos y comenzó la granizada. Así, ora eran castigados por el fuego enemigo, ora atacados por la tropa, que se afanaba por tomar la fortaleza. Mas, !ay!, 4.000 tercios eran muchos tercios, y allí fue de ver la de tajos, lanzadas y tiros que se dieron. Gran mortandad asolaba a los turcos en sus intentos desesperados de doblegar a aquellos titanes que peleaban como demonios, pese a ser instrumentos del Altísimos. Caían como chinches los ismaelitas. Aún así, eran muchos, y con muy mala baba. Cada vez estaban más cerca de las murallas. Por ello, se hizo necesario recurrir a alguna que otra incursión entre las filas enemigas para diezmarlas y para minar su moral. Entre otras faenas, los defensores deciden llevar a cabo alguna que otra "encamisada", deliciosa tradición de los tercios. Si alguno no sabe en qué consistían estos paseos nocturnos en camisa, me explicaré con sumo gusto al respecto de la más sonada. Ha caído la noche. Todo parece en calma. Todo lo inundan la tinieblas. De su seno, como si surgieran de la nada, 800 espectrales figuras blancas se deslizan sigilosamente. La espada en la mano; en la boca la vizcaína. Se acercan poco a poco al campamento enemigo. No se imaginan los orgullosos jenízaros lo que se les viene encima: la furia española. Pronto van a tragarse sus provocaciones y su soberbia. Para cuando quieren reaccionar una muchedumbre de ellos ha quedado para pincho moruno. Entre los que han caído está el capitán Agi, uno de los favoritos de Barbarroja.
"Ya podéis venir, chatos..."
   Esta visitilla retrasó los preparativos del ataque a las murallas, pero en absoluto detuvo a los turcos en su determinación. No había otra salida para los españoles que rendirse o morir luchando. Ocioso es decir que Sarmiento y sus hombres lo tenían muy claro. El que también tenía claro una cosa era Barbarroja: sabía que los tercios españoles eran los mejores soldados del mundo, y que la toma de Castelnuovo, aunque inexorable, podía salirle muy cara. Por ello, el muy tuno, también admirado por el valor hispánico, decide ofrecer a los nuestros una rendición honrosa. Envió a un capitán con un mensaje: a cambio de la plaza se pondría a su disposición navíos para llevarlos a Italia sanos y salvos, y conservando armas y banderas. Lo que no tenía en cuenta el almirante otomano era que lo que más le preocupaba a los tercios era dejarse allí el honor. Para la mentalidad, bastante prosaica y hedonista, de nuestros días, lo más lógico hubiera sido dar las gracias y tomar las de Villadiego, que en la Apulia esperaban el buen vino y bellas mujeres. Y aquí es cuando se da el excelso momento que admiró al mundo, como admira hoy a quienes tenga alma en el cuerpo: Sarmiento reúne a sus capitanes y les consulta; no creo que se lo pensaran mucho. Su rey les había ordenado defender la plaza y eso era lo que tocaba. La vida sin honor no es vida. La respuesta no se hizo esperar: "Quel no se pensaba rendir por cosa alguna; antes pensaba morir con toda la gente defiendo la tierra". Así se expresó el maestre de campo ante el turco. Y añadió unas legendarias palabras, que resumen lo que era un español: "y pueden venir cuando quisiesen". ¡Qué par...! Para mí que el moro, que debía de ser muy morenito, se fue blanco de allí.
   ¿Pueden ustedes imaginar lo que se ha de sentir al verse rodeado de miles de enemigos con ganas de hacerle a uno picadillo y saber que no hay otra salida que la muerte? Qué lejos aquellos tiempos... Cuánto hemos degenerado. Allí, dejados de la mano de su rey, que no de su Dios, unos pocos miles de tercios españoles aguardaban con indómita fiereza y pasmoso valor a que un ejército mucho más numeroso se lanzase a por ellos. ¡Qué estampa! Todos en sus puestos, consciente de su deber, inmutables. La mirada de lobo hambriento; el rostro curtido en tensión, como si fuera de bronce; la mano en la espada, el corazón en España... y el alma en el Cielo. " Que vengan, que vengan..." Y vaya si fueron. La chusma agarena se lanza una y otra vez, cuando descansan los aterradores cañones. "¡Santiago y cierra España!". Este ensordecedor bramido rompe el aire como preludio del fragor de la batalla, la espantosa sinfonía de la muerte y la gloria. La escabechina es tremenda. Las bajas entre los turcos son inmensas, mas también los nuestros van cayendo. Castelnuovo resiste aún. Aquellos valientes la defienden como sólo un español podía hacerlo. La inmortalidad aguarda. Barbarroja, viendo que los sucesivos intentos son inútiles y que la sangría de hombres de sus huestes es intolerable, llega a prohibir el combate cuerpo a cuerpo. Sabedor de que nadie va a venir a ayudar a esos héroes, se limita a ordenar que una tormenta de plomo caiga sobre la fortaleza. Ya sólo es cuestión de paciencia. La situación se torna desesperada para los sitiados. Para mas inri, comienza a llover, además de la lluvia de balas, con lo que quedan los arcabuces para poco trotes.
Y eso que dicen que el Islam es paz...
   Alborea la mañana del 7 de agosto. La Aurora camina deprisa, sin querer mirar aquella matanza. Sólo 600 españoles ven la luz del día. Poco ha eran 4.000. Pero esa luz es la del paraíso que les aguarda. Mas antes de volar hacia él es preciso seguir luchando en el infierno. La muerte expande su gélido aliento entre unos hombres que luchan por un rey que les ha abandonado. Pelean por algo más: por su honor, por su patria y por su Dios. La muerte sólo es el comienzo. El último asalto se avecina. Son demasiados. Los tercios retroceden y abandonan las almenas. Por toda la fortaleza los nuestros acometen denodadamente con picas y espadas en mano contra una interminable tropa. Se agotan las fuerzas, los hombres...; nunca el valor. Finalmente, cae Sarmiento, luchando codo con codo con sus soldados. "Nunca Dios tal quiera que me salve y los compañeros se pierdan sin mi", exclama agonizando. Se sigue combatiendo hasta el final, hasta lo humanamente posible, quizás, incluso, hasta más allá. Mueren los bravos españoles con la espada asida. Feliz muerte. Los pocos que sobreviven son vilmente asesinados o llevados a las galeras para ser vendidos como esclavos. Castelnuovo ha caído; está en poder del turco.
   La gesta de los tercios españoles no pasó inadvertida para sus contemporáneos. Fue celebrada en extremo. La lira de muchos poetas vibró con especial brío: Marte y Minerva se abrazaban merced al heroico comportamiento de aquellos valientes. Por desgracia, con el devenir de los tiempos la desmemoria ha venido a usurpar su trono a la gloria. La vileza anida entre las ruinas donde antaño el honor erigiera su santuario. Hoy día, pocos españoles saben de aquella gesta. Lo peor es que la mayoría sentirían indiferencia o desprecio al conocerla.  Pero me queda un consuelo: todavía lo mejor de España, aun siendo poco, ha de emocionarse al rememorar. No olvidemos nunca. Vayan mis palabras como homenaje y reconocimiento a Sarmiento y a su inmortal tercio.  Más merecen, pero es lo único que puedo darles, junto con mi admiración y agradecimiento. Dios los tenga en su seno.



La inmensa hazaña, ¡oh, siglos!, contemplad
de aquellos héroes. Guarde la gloria,
y en su dorado seno la memoria,
tal muestra de valor y lealtad.

¡Sublimes ruinas sangrientas!, mostrad
abatidas laureles de victoria;
¡cadáveres excelsos!, a la Historia
dad ejemplo, un prodigio a la verdad.

La altivez española con más brío
que la turca artillería retumba.
Son tercios: menester que obedeciesen.

El honor vence a la muerte: el desafío
afrontan; sea Castelnuovo tumba,
gritan, "y que vengan cuando quisiesen".


















6 comentarios:

  1. Mil gracias por este soberbio texto, que con su permiso guardaré con gozo en mi biblioteca, don Diógenes. ¡Qué tiempos! ¡Qué españoles rebosantes de honor y fiereza! ¡Qué soldado no era un héroe!... Y en que nos hemos convertido, ¡maldita sea! Uno siente, y esto es literal, ganas de llorar de emoción ante aquellos bravos tercios poblados de bravos y orgullosos hombres que nunca tiraban la toalla, les fuese como les fuese en la escabechina; y al mismo tiempo uno siente ganas de llorar de rabia y tristeza al ver lo que ahora somos. Un país colmado por una turba de ignaro vulgo gobernado por hideputas traidores a toda nuestra historia, a nuestro carácter, en definitiva a nuestras entrañas y a nuestra, en otro tiempo gloriosa, alma. Esto no tiene arreglo posible, llevamos siglos haciéndonos el harakiri.

    ¡Y qué soneto, amigo mío, qué SONETO! Tan excelso como la gloria inmortal de aquellos compatriotas nuestros que se dejaron los hígados y lo que fue menester en Castelnuovo, pero que no dejaron caer ni una sola gota de honor. El honor se fue inmaculado con ellos.

    ¡GLORIA A TODOS Y CADA UNO DE ELLOS! ¡¡SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA!!

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  2. Grande honor me hace, don Luis, con sus emotivas palabras y al llevarse las mías con usted a su santuario de las letras: no conozco mejor lugar donde puedan estar. Y compartamos el llanto, de emoción y rabia, por nuestro pasado y presente. No se puede explicar mejor ni el uno ni el otro que como usted lo ha hecho. Si antaño fue mucha nuestra gloria, hogaño no es menor nuestra ignominia. Desde luego que nos estamos suicidando desde hace mucho, y el final no parece muy lejano. "Turba de ignaro vulgo... hideputas traidores". Cuánta razón tiene, amigo mío, por desgracia. Culpables todos por acción u omisión. Y cómo se afanan en su labor de derribo por ocultar el pasado esplendoroso, cimiento como ninguno otro para la salud de una nación.
    Celebro en extremo que le haya gustado el soneto. Insisto en que me parece muy poco para tanto como les debemos a aquellos hombres, pero qué menos que rendirles pleitesia y sacar a la luz sus muchos méritos con nuestro agradecimiento y el más que merecido homenaje.
    Enjuguemos el llanto con estas lacrimosas copas y brindemos por los héroes con la cabeza alta y la mirada al frente. ¡Por el honor inmaculado! ¡Santiago y cierra España!

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  3. Voto a Dios que me han emocionado aquestos fechos y aquestos consonantes.¡Qué decir no más que Clío y Diké les favorecen, y el inmarcesible Febo les proporciona! Insuperable a tal punto la castellana pluma que nos habla que no puedo sino decir ¡Santiago y España!... mas no callar puedo al blasón de oro y sangre de cuatro mil Aquiles; sean pues homenaje y rspuesta a tanto arte mis humildes versos, aun cuando mi cálamo no pueda superallo.


    A SARMIENTO

    De la Sublime Puerta a hierro y furia
    el dálmata suelo se estremece,
    y el terror, que cual llama inmensa crece,
    es de la Crecïente Luna injuria.

    Del argivo ponto hasta la Etrurïa
    al frío alfanje ríndese y fenece,
    mas del otro polo ya acontece
    llega Dios blasonando una centuria.

    Quebró el cielo, la tierra ardiendo vuela...
    Acero en acero hace su asïento...
    Muriendo va la flecha en la rodela.

    La sangre hundió diez mares, ved no miento;
    y España hora en Tizonas siempre vela
    quien veló allá la honra, y fue Sarmiento.


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    1. Pues, por vida mía, que supera vuestra merced y con creces. Breogán de la poesía, vuestra pluma justiciera se vuelve de acero toledano para dar toda la honra que merecen Sarmiento y sus bravos. Catorce versos excelsos otorgáis a la memoria, que saben a catorce estocadas al turco. Vaya vuestro genio, como el de don Luis, en compensación por tanta vileza y olvido. Grábese en bronce vuestro soneto y quede para la posteridad junto a tan memorable jornada. Y mientras sea España España, y no salte en mil pedazos, resuene su eco glorioso.

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  4. Grande lauro y honra dais a quien no ha de merecello, pues por vida mía que de aqueste al estotro polo no hay cálamo que compararse pueda al vuestro, y a tanto llega la mi afirmación que, si aún siedo vuesa merced quien lo contrario dijere, presto hubiere yo de matallo. Mas en viendo que el mi amor por tan buen camarada es digno de hidalgo y buen cristiano quede la amenaza condenada a ser ahogada sin remedio en aquestos moscateles... ¡Tabernero, dos damajuanas de la sangre de Málaga, o probarás mi espada! Alléguense pues vuesas mercedes... arrímese el taburete a don Luis y tantos otros a nuestros mofletudos Polifemos, démosles el descanso que sin duda se merecen, y ataquemos presto los líquidos elementos ¡Por Dios!¡Por España! Qué grande sois, puñetero...

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    1. Muera yo de repente o, peor aún, hágame agareno o podemita agora mesmo si no asiento mis ciclópeos reales (felicisima la metáfora, amigo mío) a vuestra diestra y os acompaño en tan deleitosas libaciones. Descanse por hoy vuestro temible acero y quede la mano para otros menesteres, como el de sujetar el búcaro hasta que Baco os lo haga caer. Las fatigas para el codo, y venga ese paseo por Málaga. Que diluvie, pues no ha de faltar con qué, ya que las puertas de mi bodega quedan más abiertas que las de templo de Jano en guerra, y guerra con la uva habrá. Para grande mi liberalidad y sed, y mi agradecimiento a tan magnífico camarada, que de lo otro habría que hablar. Que el Último Tercio se reúna una vez más. Brindo por vuestras mercedes y su enorme talento. ¡Por Dios! ¡Por España!

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.