domingo, 21 de agosto de 2016

¡VIVA EL VERANO!



    Bien saben todos aquellos que frecuentan estas penumbras cavernarias que si hay una cosa que en tales pagos repatea de lo lindo son los lugares comunes. Nada más tonto, y por ello nada más habitual, que hacer algo sólo porque la mayoría lo hace, sin cuestionar si será de provecho o causará deleite. Del mismo modo, igualmente necio sería renunciar a lo que nos gusta sólo porque es muy común.
      Aprovechando las fechas que son, voy a pararme en uno de esos dichosos lugares comunes que con más furor practica el hombre moderno: el veraneo. Y no crean que pienso detener la pluma en el caso de aquel afortunado que da con sus huesos en un hermoso balneario de Karlovy Vary, por ejemplo; ni en el de aquel otro envidiable mortal que pasa unos días de asueto estival en una solitaria casa al pie del mar, entregado a sabrosas lecturas o a la contemplación del vasto piélago mecido por su eterno susurro. Y paren aquí los ejemplos. No, me refiero al veraneo al uso del hispánico medio, esto es, el mesecito en la playa, a ser posible en el Levante y en una localidad famosa por convertirse en hormiguero humano durante la canícula.
      Para describir tal veraneo, tomemos como ejemplo a una familia media española: papá, mamá y sus dos rorros. Él se llama Manolo; es oficinista, frisa con los cuarenta, no muy alto, algo fondón debido a sus esfuerzos por mantener la línea, curva, claro; moreno hasta lo cetrino, su cabellera se bate en retirada y su piel, merced a ciertos excesos, hace mucho que dejó atrás la lozanía de la juventud. Sin ir más lejos, es el perfecto ejemplo del Sancho Panza que tanto frecuenta la piel de toro. Su mundo no va más allá, hipotecas aparte, de las motos, el último partido de fútbol que ha visto y las charlas picantes con sus compañeros de trabajo, sobre todo las que versan sobre sus progresos para beneficiarse a Conchi, la secretaria del jefe, que está cañón y lo mira como a un gusano, aunque él crea que le hace tilín.
      Ella es Paquí. Cumplió de nuevo hace poco los treinta y cinco, en los que piensa pararse no menos de un lustro. Fue mona en su primera juventud, pero los partos, eso dice ella, y los donuts, eso dice su cuñada, han estropeado su linda figura. Hace lo posible, consejos variados de todo tipo de revistas femeniles mediante, para volver a sus veinte abriles, sin éxito, ni que decir tiene. No importa; como ella suele proclamar el buen vino mejora con los años. Se cree que viste bien porque sigue escrupulosamente el gusto de aquellos que le dicen qué debe ponerse, pero ya saben eso de la mona y la seda… Es funcionaria, auxiliar administrativa para más señas, lo cual la convierte en la persona más feliz y más quejica del mundo. Respecto a su forma de ser, es un claro exponente de ese híbrido curioso que se ha forjado en la modernidad, pues mezcla a partes iguales la entrega a todos los ideales y palabrería comprometida y solidaria de oropel de nuestros días con una frivolidad pasmosa. Con esto quiero decir que salta de la defensa a ultranza de los delfines y de la mala situación de los indígenas de Chiapas a lo último de Dolce con una facilidad vertiginosa. En resumen: sus grandes inquietudes son el hambre en el mundo y su celulitis. Y se tiene por culta, no crean. No en vano ha leído en el metro las “sombras” esas de Grey, la trilogía enterita, y va al teatro de vez en cuando; eso sí, con las amigas, que su marido no está para esos trotes. No importa, empero, la obra; cuanto más rara y petarda, mejor. Lo más divertido de tales veladas es acabar la misma con sus amigotas en un café fashion (Paqui dixit) hablando cinco minutos de la obrita progre y tres horas de hombres y trapitos.
      Los nenes son Manolito y Yanira. Lo de Manolito, que horroriza a la madre, es por tradición familiar, que cuatro Manolos a las espaldas pesan mucho. Ahora bien, con la niña la mamá se impuso y cayó un nombre de estos a la última, exótico y poco común, que para eso ella es muy “in”. Qué disgusto para la abuela y para el cura: lo que costó convencerle para que tragara con el nombrecito y la bautizara. Los críos son adorables: él suspende todas las asignaturas porque los profesores le tienen manía, pero es un fenómeno con los ordenadores y promete en el manejo de la moto. Al padre se le cae la baba cuando la directora le llama porque Manolito ha pegado a otro niño. Yani, que es como la llaman en casa, es un primor. Con once años lleva el bolso y habla por el móvil con una gracia que ya quisiera la Hannah Montana esa. Ha tenido tres novios y seis depresiones: nadie la entiende. Menos mal que ha heredado el buen gusto para vestir de la madre y su afición por las compras, pues sin esos paliativos la nena ya hubiera dado algún disgusto. De mayor será modelo; eso sí, si la afición, también heredada, por los donuts no arruina tan prometedor futuro.
      Pues hete aquí que principia agosto y los García, que así se apellida Manolo, parten alborozados a la costa a gozar de las merecidas vacaciones. ¡Qué ilusión! ¡Qué alegría! “Adiós, Madrid; adiós, asfalto.  A pudrirse, pobretones.” Eso piensa el cabeza de familia. No obstante, si abriéramos un agujerito en su hueca testa, podríamos ver que tras esos humos y esa ufana dicha de veraneante se encuentra escondido el más vivo espanto: un mes aguantando a la familia. ¡Qué horror! Mas silencio… no ahondemos más en ese terrible secreto inconfesable. Si Paqui supiera… Menos mal que la vanidad satisfecha del que veranea en la playa viene en su auxilio. Además, todo sea por restregarle en las narices a Peláez que él pasa un mesecito en la costa. No traga a Peláez, su compañero de oficina, por pura envidia: es más listo, más joven y más guapo. Y para colmo es soltero y se hincha a ligar. A Peláez ir a la playa se la trae al pairo: él se queda en Madrid y se entrega a la juerga padre en las terrazas de La Castellana. De vez en cuando va unos días a la playa a exhibir su blancura. Le da igual, pues mientras otros se ponen morenos él se pone morado. Ya me entienden. Y lo que se ahorra.  
      Tras cinco horas de agobiante viaje, con seis paradas, varias vomitonas, gritos, peleas y una multa, el flamante coche de los Garcia, sanguijuela de su cuenta corriente, al fin llega a la urbanización donde tienen su apartamento, el cual también chupa lo suyo de los sueldos. A descargar. El baúl de la Piquer parece el hato de un mendigo en comparación. Una hora después, y varios litros de sudor, que no hay costumbre de lidiar con el calor húmedo levantino, todo está listo. El veraneo ha comenzado oficialmente. ¡Yupi!
      Luego de una merecida siesta, en la que la infame comida de la Estación de Servicio hace en las tripas los mismos estragos que ha hecho en la bolsa, los García salen al caer la tarde a pasear junto al mar. “Qué bonito”, dice ella; “cuánta agua”, dice él; “papá, un helado”, dice Manolito; “¡qué perra!”, exclama Yani, que acaba de ver un guasap de “la Deborah” en el que cuenta que “la Pelos” le quiere quitar “al Izan”. Vivir para ver. Qué mundo éste. Cae la noche, y como es el primer día y el entusiasmo domina, toca pizza y jolgorio gastronómico, que ya habrá tiempo de ir al Mercadona. Clavada a la luz de luna y con vistas al Mediterráneo. Más paseo, y a una hora prudente a casa, que ha sido un día duro. Por fin el cansancio hace mella y los críos, y sus respectivos aparatitos de cabecera, se apagan. A dormir. Mañana, gran emoción, toca el primer baño. Esa primera noche es memorable: se extraña la cama y los ruidos de las motos birriosas, los bares y los bullangueros no dejan dormir. Y esa maldita pizza he dejado la garganta como el Sahara. Se impone un buen trago de líquido elemento. ¡Maldita sea!, está a punto de gritar en la oscuridad Manolo tras escupir el agua del grifo, imposible de beber, y darse cuenta de que han olvidado comprar agua embotellada. Pues nada: a hacer de tripas corazón y a echarle valor, que la sed no perdona. Menos mal que unos minutos en el balcón viendo el cielo estrellado, y a los vecinos de enfrente jugando al parchís, le quitan el mal sabor de boca. “Hay que ser positivo”, se dice, “que estoy de veraneo en la playa. ¡Ah, esto es vida!”. Vuelve a la cama y se duerme, empapado en sudor, a las cinco de la mañana.
      Amanece. Todo tranquilo. Qué delicia no tener que madrugar. Dan las diez: todos arriba. Papá ha bajado a por unos churritos. Alegría generalizada. Y tras el suculento desayuno, llega la ceremonia sagrada de prepararse para el primer chapuzón estival. Y allí todos son prisas y nervios. “Paqui, y lo mío, que no lo veo”, chilla papá; “mamá, a que no me has traído el bañador rosa del Corte Inglés”, refunfuña Yani; “mamá, mira lo que hago”, y Manolito ventosea con poderío en la faz materna como gran proeza de machote en ciernes. “Cari, dile algo, por favor”, se queja la mamá al papá, que se ríe mientras piensa ufano: “es mi vivo retrato”. Y así, tras varias crisis y un amago de Paqui de coger el primer tren de vuelta a Madrid, todos están listos al rato. Rebozados como si fueran croquetas en bronceador, sobre todo los nenes, la tropa de los García se lanza conquistar la arena. Manolo los guía cual nuevo caballero andante: la sombrilla es su lanza; la silla plegable su escudo; de yelmo trae un sombrero de paja que le regalaron con una promoción de ron Bacardi, como bien recuerda la cinta que lleva; su armadura, una camisa de colorines chillones con Homer Simpson fumando un porro y diciendo una majadería. Paquí, por el contrario, lleva algo muy estiloso, a la última, y que revela sus habilidades portentosas para elegir la ropa que mejor disimule las imperfecciones que tanto la acomplejan. Y los niños… un sucedáneo de su progenitores con un poco de Bob Esponja y Hello Kitty. Pretenden ser originales y van a ser un grano más de arena.
      El sol golpea con furor. Ánimo, familia, que sólo estáis en quinta línea de playa. Merecerá la pena el esfuerzo. No pasa nada porque papá se haya perdido: lo de todos los años, es como una tradición familiar. Al final, como en una moderna Anábasis, todos ven el agua y gritan alborozados al unísono: “¡el mar, el mar!” Ya están en la playa, se supone, pues no se la ve bajo las miríadas de bañistas que atestan el lugar. Tras ímprobos esfuerzos el convoy consigue ganar medio metro cuadrado y allí asientan sus reales, entre la señora oronda que lee el Hola bajo su enorme sombrilla rodeada de bultos y la familia que le está dando a la empanada y a la cerveza para reponerse del primer baño. Todos, por supuesto, llenos de arena por obra y gracia de los nenes diversos, que no paran. A desvestirse y al agua patos. No falta de nada, sobre todo lo que pueda molestar a los demás: manguitos, flotador gigante en forma de barca, palas, pelota de goma, etc. “¡Qué rica está el agua”. “Es verdad, en su punto”. “Qué buen baño”. Y allí todo es relajación, sobre todo la de ciertos órganos que empiezan a aflojarse y a soltar sus fluidos. Total, si todo el mundo lo hace.
      Una hora después, los Garcia, arrugados como pasas, dejan a la mar tranquila. A él le espera su cigarrillo y el Marca; las féminas se ponen a tostarse al sol, que sacude de lo lindo inclemente, y Manolito se dedica a dar el tostón más inclemente aún. Casi es la una: llega el momento sublime que todo español lleva grabado a fuego en su sangre, esto es, la visita al templo del veraneante, al sancta sanctorum del playero… el aperitivo en el chiringuito, institución hispánica donde las haya a la que se rinde especial pleitesía. Y allá van. Qué suerte, hay mesa. Se sienta la buena familia como puede junto a una pareja de ingleses, más rojos que las gambas que se están zampando, y una patulea de adolescentes que beben, fuman y dicen majaderías agotados por los excesos de la noche anterior. Y venga fritanga y tinto de verano. Excelso instante. Aún le queda al cabeza de familia mucho Marca por leer, que el mercado de fichajes está que arde; hay muchas mujeres paseando en bikini a las que Paqui puede observar y criticar, que ciertas comparaciones alivian mucho. Manolito se toma su Coca Cola revoloteando por las mesas y tocando las narices; Yani sigue enfadada, pues se ha enterado de que su “Izan” no hace caso de “La Pelos”, pero el muy sinvergüenza anda tras los pasos de “la Chonchi”, que es una golfa de no te menees.
      Con renovados bríos tras el suculento y recalentado ágape, los García abandonan el campo de batalla agotados, achicharrados y con las entrepiernas escocidas por la arena, pero felices. Al igual que MacArthur… volverán. En casa, duchita rápida y nuevas peleas y escenitas, que sólo hay un baño y cualquiera entra después de que papá haya devuelto el “pescaito” al mar. Son las tres; a comer. Nada de lujos, que es menester hacer economías: papi sube del Asadero pollo asado con patatas y refrescos, pero de marca blanca, que saben igual y son más baratos. Qué manjares. Esto es el paraíso. Manolo se dice a sí mismo por vigésima quinta vez: “¡Ah, esto es vida!”. Luego, a ver la tele. Pelea: al final, Paqui se impone y toca programa del corazón y culebrón. Para otra ocasión queda el ciclismo, Manolo. Siesta, pues. El nene se enfrasca en su maquinita de degollar trolls y la nena se va a una esquina a hurtadillas a recibir de “la Deborah” el parte de guerra. La cosa está que ni Troya. Por la tarde, y después de una generosa compra, otro chapuzón y paseo. Luego, cena familiar al amor de la tele y demás aparatos (¡ay!, Izan, Izan). Se trasnocha, que para eso se está de vacaciones. Así, cuando acaba a las tantas la peli de Chuck Norris que papá está viendo, todos al lecho a servir de alimento a los mosquitos, que también ellos tiene derecho a su veraneo y a ponerse como el quico.
      Ha acabado el día. Confío en que me perdonen si no describo otros pues todos serán básicamente iguales. Salvo por un par de salidas calamitosas con algunas familias de la urbanización con las que se han hecho buenas migas, pero al final se descubre que son idiotas; un poco de cine de verano y alguna otra frivolidad, la cosa no varía. Al cabo de dos semanas, aunque todos están encantados, en su fuero interno están más que hartos. Paqui trabaja aquí más que en casa; le cargan los críos una cosa mala, empezando por su marido, más crío aún. Éste ya no puede más: la chiquillería, que de ordinario ignora, le tiene hasta arriba; y qué decir de su mujer. Inaguantable. No le deja vivir: “no pongas los pies sobre la mesa; recoge las latas de cerveza vacías; no te orines fuera; baja la basura…” Pero no se queja. Además, esa noche en la que la familia se baja a los jardines de al lado (Paqui a darle a la “sin hueso” y los niños a lo suyo) echan en la tele un partido de no se sabe qué torneo internacional: la selección de Mali se enfrenta a la de Uganda. Maravilloso. Solito se queda con sus cervezas y sus panchitos. “¡Ah, esto es vida! Y Peláez en Madrid muerto de calor. Qué se fastidie, por estúpido”. Noche memorable.
      Y a lo tonto a lo tonto, y tontería hay mucha, llega el triste final de las vacaciones. Acaba agosto. Los primeros cielos grises y las primeras lluvias asoman. El otoño envía a sus heraldos. Ya se hace necesaria una rebequita por las noches. Depresión en ciernes. Once meses esperan de frío y tortura hasta que retornen los García a gozar de su edén particular. Paquí volverá a su ministerio, a quejarse entre café y café de lo mucho que trabaja y de los muchos días que le deben; Yani se las verá con “el Izan”, al que al final perdonará, para volver a ponerse de morros por una nueva perrería del mozabelte; Manolito volverá a ser el terror del colegio y de sus profesores. Y Manolo, nuestro sufrido y sanchopancesco héroe… nuestro Manolo volverá a la oficina a suspirar por el paraíso perdido mientras presume de lo maravillosas y cortas que han sido sus vacaciones, sobre todo si anda cerca Peláez. El pobre hombre, desgraciado “urbanita” que no ha probado el agua salada, por cierto, está cada día más joven, más guapo y más elegante. Y menuda amiguita se ha echado. Qué rabia. Ahora bien, está de un blancucho que da asco. No veranea como él. Es un consuelo. Mas no hay que preocuparse, un año pasa rápido, y no han de faltar partidos y Marcas que echarse a las entrañas. Además, en los momentos en los que se sienta el amigo Manolo especialmente alicaído y abatido por los embates de esta cochina vida siempre podrá volar en alas del recuerdo a las doradas playas donde ha sido tan feliz. “¡Ah, eso era vida”!   











16 comentarios:

  1. ¡Soberbio y soberbio y resoberbio! Un master de la literatura costumbrista, tan atractiva para mí. Indispensable. Me ha recordado a Larra, a Mesonero Romanos y a Estébanez Calderón. ¡Lo que me he reído, amigo mío, lo que me he reído! Además da la casualidad de que estoy totalmente de acuerdo. Jamás he entendido ni una sola de las "virtudes" del veraneo que tan bien retratadas lucen en este su texto. Ir a agotarse haciendo el imbécil al Mediterráneo o a similares lugares y estar luego medio septiembre o más medio muerto por los "excesos". Lo dicho, RESOBERBIO, estimado amigo. Entreguémonos a libar este exquisito albariño que se ha venido conmigo. Un fuerte abrazo.

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    1. Me deja usted sin palabras por las más que generosas ídems que me dedica, querido amigo, y las mucho más aún generosas comparaciones: qué nombres cita usted. Un millón de gracias. Harto celebro que le hayan gustado mis humildes letras, que no son más que venganza de otra hartura, pues un servidor es y ha sido víctima de lo arriba escrito, salvedades y matices aparte.
      Me alegra en extremo que estemos también de acuerdo en esta fobia veraniega, pues tal revela inteligencia y buen gusto, como en el apego a la literatura costumbrista. Uno, en especial, es muy de Larra, sin desmerecer a los otros talentazos. Y no menos me alegran ciertas "amistades" suyas, que veo ha venido bien acompañado. Le ruego una inmediata presentación. ¡Ah, el "Príncipe de las viñas"! El cristal de Bohemia ya refleja el fuego cavernario. A su salud, amigo mío.

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  2. Si hay alguien que convierta un texto costumbrista en lienzo, o incluso en radiografía -qué digo radiografía, resonancia magnética!-, ése es usted, amigo mío. Al leer tan jocosos renglones doy gracias al sacro Cielo con todo lo que Éste contiene por permanecer soltero, sin hijos, y sin veraneo... Nos, que hayámonos en las circulares márgenes de una alejada ínsula, do soplan vientos del primer cuadrante, y en donde neblinas, nieblas, y nieblones aderezados de alguna lluvia fría nos visitan, estoy como un pachá (pacha pá aquí u pacha pá allá). Compadezco a la sufrida estirpe castellana que se lanza a la conquista (deben ser sus genes dados al hechizo de la distancia y que nos dieron tiempo ha un imperio) de las costas del Levante. Porque en los galaicos arenales sucede tres cuartos de lo propio, y en un metro cuadrado pueden verse más humanas siluetas que en la tribuna del estadio del Deportivo. Yo todavía recuerdo -cuando parecía que iba a terminar como Manolo- ese agobio propio de las multitudes, el mezcladillo de aromas a pellejo sapiens -lo de sapiens... ya me entiende-, bronceadores de todos los calibres, vinagre de enslada en tapergüein, y vendedor sinpapeles del África Austral, que hacía vibrar mis aletas hocicales como la plataforma continental chilena sede de epicentros e hipocentros... ¡Qué relajo sería por comparación hallarse de lleno inmerso en la carga de Balaclava! -en Madrid pasan algo parecido; recuerde los versos del señor Luca de Pena,ya sabe: "media legua, media legua hacia Levante, por la carretera ardiente avanzan los seiscientos (y los panda, y los volkswagen...)". En fin, que es una delicia el leerle amigo mío, hasta podía sentir al llegar Manolo a la playa como comenzaba yo a sudar y a entrarme el yuyu antifamilia. Reciba mi admiración y un fuerte abrazo.

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    1. Lo dicho: me dejan ustedes mudo de agradecimiento y con un color viniendo y otro yéndose. Un millón de gracias por los elogios y por su personal y desternillante visión de los horrores que mi pluma ha osado describir. Tanto usted como don Luis, con sus genios asombrosos, honran mi Caverna. Y mire usted que el detalle del "moreno" o el agareno cargado de mercancias se me ha pasado. Y con el juego que dan. Quizás sea porque mis narices son muy sensibles.
      Afortunado usted, don Fernando, que goza de ese moderno paráiso que es Ningures. Y me pesa que haya podido sudar o tener pesadumbre sólo de pensar en verse "manolizado" y a la conquista de un pedazo de tierra (felicísima su mención a la genética de la estirpe castellana, amigo mío). No lo puedo sufrir. Pase, se lo ruego, y reponga líquido merced a la infinita munificencia de nuestro querido don Luis. ¡Qué vino, madre mía, qué vino!

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  3. Pues al pan, pan, y al vino, vino... y el que no vino, pues se queda sin libar. Traíga acá, pues, ese jarillo que tan amablemente me ofrece, que pienso llenarlo de besos y atenciones que entrambos pareceremos don Juan y doña Anís. Ah, qué feliz momento el de la buena lectura remojada. Le recomiendo, mi castellano amigo que, el verano que viene, cuando se le estén derritiendo los carcañales, y por los sudores haga usted el fiel retrato del caño de la fuente Castalia, lléguese presto a la cocina, eche a todo ser animal, vegetal o mujeril de aquestos reynos, y armado de un buen libro -le recomiendo "Las hermanas Karalmanzorv" y un café con hielo aderezado con las lágrimas de San patricio, descalce los paraqueosquiero y, acto seguido, tras sentarse en una cómoda silla playera de respaldo de lona, introdúzcalos en la nevera apoyando los talonarios sin fondos en la repisa de las cervezas. Se lo aseguro, estará tan a gusto que ni oirá los gritos de la parienta y prole ¡¡¡y a leer que son dos tías!!!

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    1. ¡Jojojojojojojo! Tronchantes palabras y más que recomendables consejos los suyos, amigo mío. Ocio divino el de la lectura, y si es en remojo, mucho mejor. Y ni le cuento si se ahuman las páginas...
      ¡Ah, mi querido Fiodor! Le echo de menos. Ignoraba que hubiera una versión femenina de su inmortal obra. Todo es ponerse, pero me malicio con con esas hermanas cerca, menos leer se puede hacer de todo.
      No obstante lo sabio de sus palabras y lo envidiable de su condición, debo en justicia dejar caer unos matices, ya que uno no está "manolizado" y la inspirqación para las letras de por ahí arriba viene de lo observado en otros. Por lo general, si uno es víctima en el veraneo, achicharramiento, sudores y penurias acuáticas aparte, se debe a las familias ajenas, no a la propia.
      Bien quisiera yo dar con mis huesos durante la canícula en el norte, como la aristocracia de antaño, o en la serranía matritense, que ando un poco hasta la coronilla de tanto Levante. Pero menos da una piedra, y siempre qme quedarán los paseos nocturnos junto al mar y la "Pérgola divina".
      Un fuerte abrazo, don Fernando. Y ya que estamos rusos, le diré que tengo esperando una deliciosa novelita de Turguéniev llamada "Primer amor". Ya le contaré.

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  4. Eso, eso... ya me contará. En cuanto al buen Turguéniev ése no tengo el gusto de leelle, así que lo que usted me diga sobre él y su obra será tenido muy en cuenta. En cuanto al título de la obra, no me negará que es digno de aquella lacrimógena pluma (hasta tal punto lacrimógena que era usada por los antidisturbios para disolver manifestaciones: a falta de botes de gas, ponían a varios miembros delante leyendo una novela suya... a mares, lloraban a mares, oíga)llamada Corán Tejado. En fin, aguardaré expectante sus consejos e indicaciones. Un saludo, amigo mío.

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    1. Quedo a su disposición, don Fernando, para informarle de la lectura de marras, pero pongo la mano en el fuego por el amigo Ivan, pues ya he leído otras obras suyas y son en extremo recomendables. El título puede llamar a engaño, pero no crea que lo haya en el contenido. Respecto a la dizque escritora que menciona, el médico me la tiene terminantemente prohibida: ya sabe, las subidas de azúcar a ciertas edades son peligrosas.
      Y si seguimos por las estepas rusas, permítame recomendarle a Lérmontov. Su novela "Un héroe de nuestro tiempo" es de las que dejan huella. Un fuerte abrazo, querido amigo.

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  5. Intentaré hacerme con esa obra de Lérmontov que me recomienda aunque le reconozco que los autores rusos me son bastante descocnocidos; me gusta ese escritor de novelas deportivas y muy amante del fútbol llamado Nikolái Golgol, quien escribiera aquella magnífica novela erótica sobre una ninfómana y titulada Tarada Vulva. Un abrazo y hasta pronto.

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    1. ¡Jojojojojojojo! Querido amigo, el idioma es en sus manos portentosas un juguete flexible que maneja usted a voluntad para nuestro deleite. Debo confesar que, pese a ser uno muy rusófilo para las letras, el balompédico Nicolás no se halla entre mis preferencias, por muy Pichichi que sea. Pero mejor será decir en voz baja lo de Pichichi, no sea que la cosaca ardorosa tenga un acceso de locura en los bajos y se arme la de san Quintín. Qué cosas. Echemos un trago para prepararnos por si las moscas. Brindo por sus estupendas ocurrencias.

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  6. Estupendo, amigo mío, estupendo,brindemos pues por San Quintín y todos los Santos de Dios que velan y cirian por nosotros constantemente y hagamos caso de su prudencia para con la cosaca y así no nos sentiremos vulvables de lo que ocurra. No hay nada como la prudencia castellana, que bien se refleja en aquel sabio aforismo de "más vale prevenir que curar"... pues como todo el mundo sabe "quien bien te cura te hará yodar". Hasta mañana si Dios quiere (y creo que bien querrá).

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    1. Hasta mañana, pues, amigo mío. Quede usted con Dios.

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  7. A mi me rncanta el verano
    El ser humano es monotono como bien dices no deveriamos hacer lo que los demas hacen pero tal vez por segir modas o integraese a la sociedad lo hacemos.
    Besos.
    Hasta pronto

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    1. Qué agradable sorpresa. Bienvenida, querida, a mi humilde morada. Estás en tu casa. Respecto a lo que dices, a mi no es que me desagrade el verano, aunque soy más de invierno o de otoño, lo que no puedo sufrir son ciertos comportamientos estivales. Tienes razón: el ser humano es monótono y tiene necesidad de integrarse en el grupo, aunque luego presuma de original y rebelde. Es así y nada puede hacerse para evitarlo. Por ello me he retirado a esta caverna. Felices los demás y feliz yo. Mas eso no quita para que no pueda recibir tan encantadoras visitas. ¿Una copa?
      Besos y abrazos. Hasta pronto.

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  8. A mi me encanta el verano lastima que solo dure 90 dias

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    1. Quizás porque dure poco es porque te encanta. Lo buerno si breve...

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.