sábado, 6 de agosto de 2016

TERCER PRÓLOGO

   


Tercer prólogo

Del portero de la editorial


        Sí, por muy sorprendente que parezca, esta novela lleva como tercer y último prólogo el de un servidor, que trabaja como portero en la editorial que la publica. Posiblemente los tres prólogos sobren, pero el mío, al menos, hace lo que todo prólogo debería hacer y casi ninguno hace, esto es, dar ganas de leer el libro. Me clareo ipso facto. Empecemos por el principio, que empezar por el final no es de recibo.
        A comienzos de septiembre de este año que acaba tuvimos la encantadora sorpresa de recibir a la hermana de uno de los peces gordos de esta santa casa. Con sus habituales humos se hizo anunciar a su hermanito como si la que apareciese por la puerta fuera la Marquesa de Miramelindo. Di un timbrazo arriba y al poco aparecía el interfecto a toda prisa para recibirla; la teme más que a un nublado. Tras un par de besos de rigor, los cumplidos de él y un “déjate de monsergas” de ella, le plantó en la cara un manuscrito que llevaba y le dijo: “tienes que ver esto”. Él, que algo malo se olía y quería discreción, tras mirarme como se mira a una colilla conminó a su hermana a que le siguiese a su despacho, donde estarían más cómodos y podrían hablar mejor. Nueva miradita.
        Algo así como una hora después bajó la parejita. Ella trinaba y él parecía hacer esfuerzos ímprobos por calmarla y convencerla. Uno estaba en lo suyo, que a pesar de ser licenciado en Historia no soy un holgazán, y malditas las ganas que tenía de saber qué se traían entre manos. Aun así, no pude dejar de oír cosas como “esto es un birria impublicable”, no sé qué de “facha”, entre otras exclamaciones de protesta y rebeldía. La otra, con faz de esfinge, se mantenía en sus trece. Hablaba bajito, pero por las caras que ponía el jefazo debía de estar poniéndole los puntos sobre las ies de lo lindo. Al final, un “está claro” zanjó la cuestión. Besitos de despedida, abrazo, unas cucamonas de ella a su hermanito chico querido y marcha triunfal de la arpía, que se quedó en la puerta mirándome como un basilisco porque me demoraba en mi “obligación” de abrírsela: la puerta, claro, no la cabeza, aunque ganas no faltaban
        Cuando se fue, don Pedro se me acercó con cara de pocos amigos. Me soltó un “tú no has visto nada; tú no sabes nada… y calladito, ¡eh!..”, se dio la vuelta y se marchó echando pestes para su capote. Le llamé y le hice notar que había olvidado el manuscrito encima de mi mesa. Sin darse la vuelta me dijo que “era todo para mí y que si tenía alguna mesa coja ya tenía con que nivelarla”. Todo un caballero, pensé. Pensé otras cosas además, para qué engañarnos, pero me las callo. Y ahí quedó la criatura. Como el que escribe es muy apañado y no gusta de tirar nada, guardé en el cajón dicho manuscrito. Además, no sé por qué, pero me dio la impresión de que la cosa no era capricho fugaz de la hermanita, ni flor de un día. Y no quería que se me echase el muerto de la desaparición del objeto de la discordia.
        Al día siguiente me enteré de la escenita acaecida en el despacho de don Pedro. Era la comidilla de la oficina. Nada se vio, pues había bajado los estores, pero mucho se oyó… y vaya con lo que se oyó. Según parece, la hermanita estaba empecinada en que se publicara “lo suyo” y el otro se negaba en redondo. Y dale perico al torno durante una hora. El resto ya lo conocen. De vuelta a mi puesto, y debo confesar que me había olvidado del asunto, me dio la curiosidad por echar una ojeada a la novela de marras, pues ya me había enterado de que se trataba de eso. Aunque una de mis pasiones es la lectura, no se me ocurrió en el momento mirar el manuscrito, ya que por lo general lo que se publica en la editorial es un bodrio. No obstante, me dio por pensar que si a don Pedro le desagradaba el texto es más que posible que fuera interesante. Cómo no se me había ocurrido antes. Lo que me sorprendía era que la hermana tuviera el buen gusto que le faltaba al otro. Luego me enteré del motivo de su interés. Así pues, me puse a leerlo. Qué grata sorpresa. Al fin un poco de aire fresco en esta viciada atmósfera de locura y engaño de la modernidad. En dos días me lo leí. Y cómo lo he disfrutado. Pero no es momento de comentarlo, que no desearía chafarles nada. Sólo me atrevo a decir que si son de la vieja escuela les gustará. Ahora bien, si es usted un modernete, amigo lector, mejor será que cierre el libro y busque qué leer en la lista de los diez más vendidos.
      Dicho esto, creo conveniente darles una explicación de por qué ha visto la luz un prólogo como éste, escrito por alguien como yo. No se lo van a creer. Es el caso que como apenas tengo amigos en esta zahúrda mal llamada editorial acostumbro a tomar mi colación mañanera con alguien de mucho peso en la imprenta que lleva al papel la basura que acostumbramos a publicar. Este buen hombre, cuyo nombre omito, está a punto de pasar a mejor vida. Y no digo que sea aspirante a fiambre, sino que se jubila en breve. Cierto día, mientras almorzábamos a nuestras anchas cuales felices funcionarios, surgió en la charla la novelita de marras. Rememoramos entre risas la escenita de don Pedro con su hermana, aquí todo se sabe, y nos solazamos con el fastidio que le producía tener que publicar algo que le repateaba. Yo le pregunté por los progresos en la edición de la obra y él me respondió que la cosa marchaba bien y que en breve saldría el libro a la luz. Callamos los dos. En ese instante, beatífico momento en el que la caña y el “pepito” de ternera nos llevaban al séptimo cielo, me dio por confesar que a mí, personalmente, me había gustado mucho y que era una lástima que una obra digna de encomio tuviera como prólogo las gansadas de don Pedro. Debo decir que mi amigo, que ya estaba al tanto de cómo cayó en mis manos el ejemplar, me había pasado tal prólogo de tapadillo para que viese lo insufriblemente pedante y cretino que es. Él calló aparentando indiferencia. Parecía ocultar algo o, sencillamente, no deseaba meterse en líos. “¿Tú la has leído, verdad? ¿No estás de acuerdo conmigo”. “Desde luego”, replicó él,. Calló de nuevo. Finalmente, miró a un lado y al otro, y se acercó a mí. Con unas ganas de hablar que le reventaban me dijo: “¿puedo contarte algo confidencial? Es secreto y nadie puede enterarse”. “Por descontado. Ya me conoces: soy una tumba. Dime…” “Verás… el otro día…, bueno, ya conoces al cuñado de don Pedro…” “Claro”, respondí, “ese pequeño mequetrefe que hace de sombra de su señora”. “El mismo”. “Pues… la cosa es que…” Nueva pausa. “Vamos, hijo, que no tenemos toda la mañana”, le achuché yo. “La cosa es que… no te lo vas a creer… el muy tuno me ha dado un prólogo escrito por él para que lo publique de extranjis. “¡Cáspita!”, solté yo sorprendido. “Me dejas de piedra. Quién lo diría. Y conociendo el paño, debo suponer que el prologuito se las trae y al jefe no le va a hacer ninguna gracia”. “Ninguna, créeme”, respondió con sorna. Yo reprimí a duras penas la risa. “Y ese prólogo, ¿es bueno?” “Es una castaña”, respondió mi amigo, “pero merece la pena leerlo sólo por lo mucho que le va a fastidiar “al tirano rojo”. “Vaya, vaya. ¿Y qué vas a hacer?” “La verdad, no lo sé”. Y le sacudió un mordisco de no te menees al bocadillo, que fue rubricado con un largo sorbo de cerveza.
      A mi vez, también yo me puse a maltratar al almuerzo. Y sea porque la manduca es muy inspiradora o porque uno, en el fondo, es un pillo de cuidado, pero entre mandibulazo y mandibulazo me vino a las mientes una idea tan descabellada como brillante: además de publicarse el prólogo del cuñado, también podría entrar uno mío de rondón. Con ello le haríamos justicia a la novela y le dábamos el remate a don Pedro. Me eché al coleto un trago y rumié la idea a la par que hacía lo propio con un poco de ternera, más bien vaca. Miré a mi amigo, que estaba tan feliz pidiendo dos cafés y regoldando por lo bajinis. ¿Me atrevería a proponérselo? ¿Me atrevería a hacerlo? ¿Cómo podría acabar aquello? La tentación era muy poderosa. ¿Caería mi “socio” en sus dulces y pérfidos brazos? Poco tenía que perder.
      Bien sabía yo del poco cariño que le tiene a don Pedro, como bien conocía su carácter guasón, siempre dispuesto a la chanza. Por ello, tuve por seguro que me ayudaría a realizar el malvado plan que había alumbrado mi caletre. Bien pensado, la idea era felicísima: escribir un prólogo gamberro y poco académico y endosarlo en la primera edición de esta novela para tormento de don Pedro y de todos los progres de su ralea. Podría ser un bombazo para la primera tirada, pues dudo mucho que se publicara en la segunda, del mismo modo que dudo haya tal segunda edición. Y como bromazo no tenía precio. Qué delicioso desquite para tanta mala baba como me ha regalado el amigo Pedro. Imagino que se preguntarán si yo también estoy a un paso de ese feliz momento en el que uno puede tirar a la basura el despertador. Qué más quisiera yo, pues aún me queda un buen trecho que soportar. Lo que ocurre es que mi presencia por esta empresa, por lo que se me ha filtrado, toca a su fin y no quisiera despedirme sin dejar huella, por más que casi nadie en ella recuerda ni siquiera mi nombre. Quede la humorada en la memoria. Además, ya tenía yo ganas de descansar un tanto. Así, si me despiden, mejor. A tirar del paro y a preparar como Dios manda las oposiciones, que aunque ya tengo cuarenta y ocho años no pierdo la esperanza de sacarlas, y a vivir como un marqués.
      Decidido, pues, a llevar a cabo mi idea, se la disparé a mi compañero de pitanza, que por poco escupe el café. Me miró con ojos como platos: “tú también, so…”. Aquí pongo la necesaria censura que el decoro exige. “¿Por qué no?”, repliqué, “¿Qué tenemos que perder? Y lo que nos vamos a carcajear”. Mi compañero de masticaciones se sonrió. Quedó después en silencio, con la mirada fija… pensativo. De vez en cuando hacía una ligera mueca, como si desdeñara la idea, para, al segundo, esbozar una leve sonrisa que acompañaba de una mirada pícara: se relamía con la perspectiva. Luchaba en su interior. En silencio pasamos los instantes finales del almuerzo. Había llegado a un punto en que decir más hubiera podido estropear mi traza. El guante estaba echado y sólo quedaba esperar. Pagué la cuenta y salimos a fumar, corolario perfecto al buen rato que habíamos pasado reponiendo fuerzas. Durante el cigarrillo, y de vuelta al trabajo, no toqué el tema. Hablamos del tiempo, que es de lo que se habla cuando no hay otro tema, y de fútbol, que es de lo que se habla siempre. Eso sí, antes de separarnos, le rogué que me dejara clandestinamente el prólogo del cuñado, pues quería reírme un rato. Torció mi amigo un poco el gesto, pero accedió. Le miré fijamente: “¿y de lo otro?” No me toques más las narices, c…”, respondió enfurruñado. Hay que decir que mi amigote es muy mal hablado. Añadió: “ya veré, ya veré”… “En todo caso”, le dejé caer cuando estaba a punto de marcharse, “hagas lo que hagas, haz el favor de informarme, bribón”. “De acuerdo”, y se encaminó hacia “galeras”. De nuevo en mi cubil, y más allá de que mi camarada accediera finalmente a mis propósitos, me puse a pergeñar mentalmente mi escrito. Y qué bien me lo pasé. Es más, escribí ciertas notas y un esbozo del prólogo que quería colar. Luego, menester es decirlo, le he rebajado el tono, que tampoco quisiera ir a la cárcel. 
      Durante los días siguientes nada supe de mi “socio”. Me evitaba. Yo no cejaba en mi idea, y le daba cada vez más vueltas, pero no caí en el tremendo error de la impaciencia. No quería dar paso en falso. Sabía que, al final, saldría adelante la cuchufleta. El tiempo me dio la razón. Al tercer día después del famoso almuerzo, me llamaron de “arriba” y me dijeron que tenía que ir a la imprenta a recoger unas cosas. Dicho y hecho. Fui raudo y veloz, no como de costumbre, y en breve me planté allí. Estaba muy cerca, aunque habitualmente me suele llevar casi una hora ir y venir. Mi amigo me esperaba para darme cierto papeleo, unas galeradas y demás excrecencia destinada a “los de arriba”. Nada más verle supe que la cosa estaba hecha. Aun así, se hizo el duro, como si hubiera olvidado lo que habíamos hablado. Tras darme instrucciones sobre el “mandado”, me recordó sotto voce que “eso” iba en el fardo, debajo de los demás papelotes. “Mucho ojo”, dijo a la par que guiñaba un ídem. “¡Ah!, por cierto”, me espetó cuando me había dado la vuelta, “no olvides traerme lo que tú ya sabes. Ha de ser pronto, ¡eh! La cosa está que arde”. “Descuida. Y gracias. Ya hablamos”. “Me debes un café, merluzo”. “Y dos, botarate. Hasta pronto”.
      Ardía en deseos de llegar a mi puesto de trabajo, si así se le puede llamar a eso. Separé cuidadosamente el “material reservado”, el cual oculté debidamente para ser luego saboreado, y me dispuse a entregar el paquete. De vuelta, con las consabidas interrupciones y tocamientos de partes bajas de los de siempre, me leí las cuatro líneas locas que don Pedro había pergeñado. Qué majadero. Pero a qué insistir en lo obvio; ustedes ya habrán leído a estas alturas esa caca. Lo importante ahora era ponerse a lo mío. Un par de tardes y aquí tienen: no soy Cervantes, pero confío en que la lectura de mis líneas no les haya aburrido mucho. Con un poco de suerte, hasta lo habrán disfrutado: lo importante era ensalzar la obra que a continuación van a leer y dar un poco por saco  al  hipocritón que de tan mala gana la publica. Ustedes lo pasen bien.
      ¡Ah!, por cierto. Ya lo olvidaba. Quizás algunos de ustedes tengan curiosidad por saber cómo se las apaño mi amigo para colar ambos prólogos clandestinos. A lo mejor, incluso, desean saber qué consecuencias provocó. Mucho me temo que tendrán que imaginárselo o esperar a que me dé por escribir y a alguien por publicar. Poco se pierden.




  
   
   

       



   
   

       


    
   

       

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.