miércoles, 1 de junio de 2016

LOS AMORES DEL CONDE


     Me honro de poseer pocas amistades, pero muy buenas. Y entre ellas distingo con especial afecto la que profeso al Conde de C..., persona singularísima y excepcional al que tengo la suerte de tratar desde hace muchos años. Es uno de esos hombres de antaño, de los que se visten por los pies y saben dónde tienen su mano derecha. Vamos, oro puro en estos tiempos de bisutería.
     No obstante, mi buen amigo el Conde tiene, cómo decirlo, ciertas debilidades. Futesas, en verdad. Cierto tiempo atrás, en uno de los viajes que suele hacer a China por negocios, que aunque lleve título no es un vago, le perdí la pista y dejé de tener noticias de él. Cómo ya conozco el percal, supuse que algo turbio pasaba, con lo cual mande de inmediato a un hombre de Pinkerton a que diera con su rastro. Al poco recibí noticias, poco alentadoras, por cierto. Puse, pues, rumbo a la lejana Catay con ánimo de rescatar a mi amigo. Y digo bien, pues había caído en las garras de Madame Liu, un personaje siniestro de los bajos fondos de Hong Kong a la que adeudaba una cantidad notable. Tras avatares diversos pude entrevistarme con la susodicha en el infame burdel que regenta. Por fortuna, entró en razón cuando vio varios jugosos fajos de libras esterlinas cayendo sobre su mesa.
     Arregladas las cuentas, sólo quedaba echarle el guante a mi amigo y volver a casa. Lo encontré una noche en unos de los peores tugurios de la ciudad: un fumadero cerca del puerto que hacía parecer al Averno como si fuera el Excelsior. Estaba el Conde en un estado deplorable. Por fortuna, su naturaleza hercúlea permitía concebir esperanzas de una pronta recuperación tras una existencia tormentosa, azotada por la ginebra, el opio y un desaforado ardor sexual.
     Tras los consabidos trámites burocráticos, conseguí los necesarios permisos para fletar una embarcación, que nos permitió volver a Europa tras una apacible travesía. Atracamos, al fin, en Dubrovnik, donde cierta amistad nos facilitó su palacio para recuperarnos del viaje. Dos días después, partíamos a Praga, desde la cual nos dirigimos a Karlovy Vary. Una vez allí, aposenté al Conde en mi suite habitual del Grandhotel Pupp con estrictas órdenes de que se le sometiese a un severo tratamiento para recuperarlo. Y allí quedó mi buen amigo. La última estampa antes de volver a España partía el alma: enjuto y demacrado, en extremo delgado, yacía en su butaca, con su batín y su manta de cuadros, con mirada de acabamiento y gesto de total colapso nervioso, en manos de una enfermera muy diligente, a la par que cariñosa, que le suministraba un caldito de ave.
Qué tiempos aquellos...
     Al cabo de un mes, recibí aviso del director de la milagrosa recuperación del Conde. Tras tan grata nueva, aceleré la resolución de ciertos asuntos y me planté en la hermosa ciudad de los balnearios. Y cuando le vi, en verdad que tuve lo de milagroso por adjetivo cierto y nada exagerado. Volvía a ser el caballero de prestancia y señorío de siempre, irradiando salud y simpatía. Al amor de un Dry Martini al estilo de la Royal Navy, esto es, ginebra a palo seco con una aceituna, se dejaba cuidar por tres bellísimas enfermeras que tenían un peculiar concepto del término “severo”. Apenas verme, aquello fue un darse los brazos, apretones de manos, parabienes y agradecimientos. Nos sentamos en la terraza y me puso al corriente de su “vuelta al mundo de los vivos” mientras enviábamos al de los difuntos a una botella de brandy y a sendos “Habanos”. No cabía duda: el Conde estaba curado.
    Al día siguiente abandonábamos el Hotel, para tristeza del director y de las tres enfermeras. Arreglé las cuentas, que eran de aupa, y nos fuimos. Mas que importa el vil metal, pues por un amigo se da hasta el cielo. ¿Acaso el Conde, tiempo atrás, puso reparos al tremendo sablazo que le di cuando me halló de casualidad en Londres hecho unos zorros? Al otro barrio hay que llevarse la bolsa vacía y buenos amigos para la eternidad.
     Y a santo de qué viene todo esto. En verdad, a santo de nada: me apetecía contarlo y punto. Bueno, sí que hay una razón. Hace poco el Conde y yo rememorábamos esta aventurilla entre risas y añoranzas, pipa en labio y licor en hígado. Y de estas cosillas pasamos a otras, que ya puede suponer el lector de qué cariz eran, siendo hombres. En resumidas cuentas, y sin ánimo de entrar en detalles, la cosa acabó con una sorprendente confesión de mi amigo: anda encaprichado de cierta moza, a la cual con gusto demostraría sus dotes de excepcional amante. La cosa no tendría nada de particular de no ser porque la manceba en cuestión es una celebre politicastra comunista que responde al nombre de Tania. Excuso decir el apellido, de sobra conocido.
     Y cómo es que el Conde ha dado en tal ocurrencia, siendo él decente y como Dios manda, esto es, católico, de derechas y del Real Madrid. Mi amigo es de esos seres gloriosos a los que la chusma llama “fascista” con frecuencia, y a gala lo tiene, que hoy día no hay mayor timbre de gloria para el hombre de bien que recibir tal epíteto de continuo. Debo decir que no acierto a comprender tal morbosa inclinación, pues la moza no es nada del otro jueves. Y los pocos encantos que tiene, si alguno hay, se diluyen en cuanto abre su roja boca. Aún así, es la debilidad de mi amigo. Quizás una fiera coyunda mientras ella levanta el puño izquierdo, una cabalgada salvaje al son de La Internacional o el mero hecho de tomar a semejante “pájara” sólo por el hecho de serlo haya propiciado tan excéntrico gusto. Sea como fuere, los amigos hemos de ser comprensivos, y si el Conde ha dado en tal manía, a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga. Y si cae la breva, con su pan se la coma. Y para postre, que se fume a la Rita, que le ha cogido el gusto a esto de que le hagan tilín las rojas y ya anda la despelotada haciendo sombra a Tania, según confesó el Conde al tercer latigazo que nos sacudimos.  
     El caso es que, al rato de haber comenzado nuestra charla, apareció para terror de mi bodega y oídos don Anselmo, poeta de cabecera de estos lares cavernarios de un tiempo a esta parte. Le presenté al Conde, hicieron buenas migas y le pusimos al corriente de las fantasías político-fornicarias de éste. Y hete aquí que mi buen amigo dio en desear un soneto dedicado a su Musa erótica, mas como él, a fuer de hombre de bien que no anda con versos ni indecencias tales de perdidos, no quería tomar la pluma, lanzó el guante. Poco tardó en lanzarse para recogerlo don Anselmo, bien porque se apunta a un bombardeo cuando se trata de sonetear, bien porque le venía a mano al haberse caído al suelo de puro borracho. Al día siguiente recibía un servidor estos catorces versos en los que el cachondo Mochales habla por boca del Conde. ¿Quieren leerlos? Allá ustedes.   


 
¡Ay de mí!, que ando mal enamorado,
pues Cupido me tiene turulato:
ha sido el saetazo, mas yo acato,
para mi mal bermejo y no dorado.


Por Tania me fenezco, y quiera el hado
caprichoso se sacie mi arrebato.
Por ella muérome, por ella mato:
tanto rijo me tiene muy tocado.


¡He de gozarte, sí, por vida mía!,
aun siendo podemita y mamarracha;
mi deseo ha vencido en la porfía.


Cual mi razón, amor, la testa agacha.
Cede y verás que tras coleta impía
a gloria te sabrá una pija “facha”.






¡Ay, qué cabroncete!











12 comentarios:

  1. Indagando en el viejo poemario satírico de "estepais" antes llamado España.
    En su página 389 (bis) de la edición de 1734 se puede encontrar esta fábula en espinela epigramática que escribio Chafachorras Matagnomos y que glosa los amores entre un pollino y una puerca y que el autor confiesa inspirose en los devaneos de cierto político de la época con una cortesana muy conocida que al final le puso los cuernos, y como penitencia él llevo coleta el resto de sus días.
    Esta humilde investigador de la sátira anciana les ofrece este hallazgo histórico digno de Nostradamus redivivo.

    Fabula de los amores entre Onagro y Cuina

    Un borrico suspiraba
    de amor por una gorrina
    y andaba en pura llantina
    porque ella le despreciaba.
    ¿Por qué no me amas? Lloraba
    ¿Es mi presencia una mierda?
    ¿Mi facha no te recuerda
    a la de un burro increíble?
    Dijo ella: “Eso es imposible.
    Tu por facha y yo por cerda”

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    1. ¡Jojojojojojojojo! Una más que sabrosa investigación la suya, querido Tío. Fabulosos versos. Vienen que ni pintados. Debo imaginar que el autor era un antepasado suyo, ¿verdad? Espero que sigas desempolvando legajos y regalándonos delicias como ésta. Falta nos hace.

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  2. Está usted que se sale don Diógenes. Robaré un poco para el elogio a Tomé de Burguillos...jeje...

    Testigo sois de cuanto aquí me río
    con este de tinta grande tesoro,
    y digo: si queréis pluma tener de oro,
    prestada pedídsela a don Darío.

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    1. Abrumado y en deuda me deja usted, don Luis, por sus amables palabras y versos. Más que de oro, sospecho que mi pluma está solamente chapada, pero se hace lo que se puede. Y si consigo llevar un rato de solaz y esparcimiento a los amigos, me tengo por sobradamente recompensado.
      Ahora, voy a ver si don Anselmo dejó algo de líquido y nos entregamos a algunas reconfortantes libaciones. La ocasión lo merece.

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  3. Están las plumas que echan humo, por vida mía. Que reconfortantes estrofas, y que alarde de satírico espíritu. Más, por los Cielos todos, más.

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    1. Pues en ese más, querido amigo, os quiero ver, que sois el favorito de las musas y príncipe del Parnaso. Y, ya que estamos, ¿le sirvo una copita para brindar por lo jocoso y por ese mamoncete llamado Cupido?

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  4. Otra décima sobre los amores del Conde y la Princesa (Tania en ruso significa hermosa princesa)

    Tania quiso retozar
    con el Conde Campolorrio,
    y éste le metió el cimborrio
    por do ella suele mear.
    ¡¡No paréis de bombear!!
    dijo ella con reverencia
    y él la perforó a conciencia.
    en homenaje al coletas
    usando como saetas
    los cuernos de su excelencia

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    1. ¡Jojojojojojojo! Para mondarse, querido Tío. Menuda décima: de diez. Seguro que hace las delicias del Conde, lo cual me place; y le sabe a cuerno quemado al Coletas, lo que hace las mías.
      Que siga la chanza y la sacudida, amigo mío. Y que conste que con lo de sacudida no me refiero a la "princesa", aunque tiene pinta de ser un poco guarrilla.
      Un brindis por el Conde y sus furores genésicos, por los poetas calaveras y sus coñas y por los cuernos de Pablillo. Esta ronda es mía.

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  5. Queridos amigos,
    Ya que he sido citado, no puedo por menos que dar las gracias por ambos versos dedicados a mi amada Tania; mas he de deciros que habeis llegado tarde pues Cupido ha lanzado sus dardos de nuevo y esta vez la diana ha sido Rita. He de reconocerlo: lo de Tania fue algo pasajero, un amor juvenil lleno de fuerza y tan intenso que al final se ha consumido por si mismo. En cambio Rita es otra cosa, ese aire de niña bien del barrio de Salamanca me ha encandilado. Esas uñitas pintadas de rojo, la hace parecer tan burguesa que no he podido hacer otra cosa mas que enamorarme. Queridos amigos, os ruego otros versos para mi nueva Venus, pues mi estro no alcanza vuestro ingenio. Os lo pagaré con ciertos productos que traigo de la lejana Catay y no digo más.

    Siempre vuestro.

    El Conde de C....

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    1. No se merecen, amigo mío. Y aunque tardíos, no están de más estos versillos dedicados al tan fugaz como apasionado amor juvenil. ¡Ah, el alma pimpolla incandescente!
      Recojo con gusto el guante, esta vez yo, y me pongo en breve a solicitar los favores de las Musas para pintar los que Venus concede. Espero que mi cálamo esté a la altura de la que pretende el vuestro, querido Conde. Ya sabéis...
      Se agradece la confianza y el elogio. Respecto a esas cosillas del lejano oriente, ya sabéis que os regalo mis versos desinteresadamente. No obstante, no estaría de más que os dierais un garbeo por estas penumbras con el cargamento...
      Un fuerte abrazo, Conde amigo. Hasta pronto.

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  6. Amigo Diógenes, cuando tenga un rato hare los honores a la almorrana como es menester.
    Pero no podía dejar al Conde Campolorrio sin poder glosar la hermosura de su nueva conquista amorosa con una rima que haga valer y ponga en valor (¡que frase más hortera) las virtudes y el recato de su nueva musa.

    Sirva este soneto que escribió el Abate Chaf-a-Chorras, morisco converso del siglo XIII a los encantos de la que luego sería Santa Rita de Colliguilla, una Santa que fue canonizada, por haber hecho el milagro de yacer con todos los obispos de la Mancha en solo 2 noches y en las dependencias privadas de la Catedral de Ulan Bator

    Desvelos del Abate por la amada Rita

    No tengo vocación de anacoreta
    ni vivo en castidad de archimandrita
    y está mi corazón en mi bragueta
    al ver como tu cuerpo me encabrita

    Seguro que hasta un muerto resucita
    cuando alta y ¿Cómo no? Sin camiseta
    asaltas la capilla, amada Rita,
    y muestras sin pudor tus recias tetas.

    No creas que te tomo a chirigota,
    pues tengo mi conciencia turulata
    y está mi corazón que no disfruta.

    Es solo que mi temple ya se agota
    por vez, que en vez de triste mogigata
    te sueles comportar como una p…….olítica de progreso


    Un abrazo

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    1. Colosales, amigo mío, estos añejos versos de nuestro medievo. Bien hizo el moro en convertirse, que de seguro la Media Luna no permite estos cachondeos. Y qué decir de Santa Rita... La de ahora, al igual que sus congéneres, aplica el "lo que se da no se quita" con el mismo afán con el que se ídem la ropa. Llevan el quitar en la sangre estos bermejos.
      Además, clarividente ha estado el poeta, pues he tenido ocasión de hablar ha poco con el Conde y me ha pedido unos versos sobre su nueva pasión. Ocioso es decir quién. Y héteme aquí que ya tengo un sonetillo hecho, aunque no llega a la altura de éste, al cual será menester dar nuevo asiento cuando en breve publique mis rimas al respecto.
      Un fuerte abrazo, querido Tío. Y espero que sigas con tus fructíferas investigaciones por esos archivos de Dios, que sacas oro puro.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.