sábado, 30 de abril de 2016

SEGUNDO PRÓLOGO


Segundo prólogo

Del editor de la novela


      Cuando terminé de leer la novela que ahora se disponen a leer ustedes sentí la amargura de pensar cómo aún hay gente que puede escribir esto. No entraré en la rocambolesca historia de su descubrimiento. Imagino que ya estarán hartos de ello. No son ésas cuestiones que deban distraernos a los que amamos las letras. A mí sólo me interesan los valores puramente literarios y conceptuales. Y en base a los mismos, creí firmemente que la obra no era publicable. Ni por lo que se dice en ella ni por cómo se dice consideraba yo prudente darla a conocer. Podría pasar su estilo kitsch, tan caduco y desfasado. Incluso sería posible dejar de lado su afectado barroquismo y su excesiva deuda con la novelística más conservadora del XIX, en clave de revival de pretendida y no conseguida originalidad. Que sea un pastiche de estilos pretéritos ya superados no debe escandalizarnos. A estas alturas, en pleno siglo XXI, no tenemos por qué asustarnos por tan poca cosa.
      Otra cuestión muy diferente es el tono ofensivo que demuestra el autor, sea quien fuere, y que delata su talante el hecho de no mostrarse. En el fondo hace bien al ocultarse a nuestro desprecio. Pero no debemos precipitarnos. Conviene en estos días no volver a cometer errores que se sumergen en la noche de los tiempos y que ya parecen sólo una inercia de tiempos pasados. Por eso, en un ejercicio de tolerancia, he creído conveniente que esta novela salga a la luz. Que en ella se cuestiona, cuando no se hace abierta burla, a grandes plumas de nuestros días; que se hace mofa de artistas sobresalientes que han dado brillo a la Humanidad; que hay una cínica pose de desprecio a todos lo logros contemporáneos; que el autor, que aún no ha demostrado nada, muestra una actitud “herética”, y valga la paradoja, ante logros incuestionables a la vez que se jacta de una cosmovisión, cuando menos, discutibles, por no decir perniciosa. El lector actual es lo suficientemente maduro para discernir por sí mismo y poner las cosas en su sitio. Porque no hay que engañarse: aunque la delirante fantasía de esta historia presenta una realidad deformada hasta lo grotesco, irreal y casi siempre irreconocible, no se puede obviar que la mención a personas reales a través de muy poco “decorosos” trasuntos es incuestionable. Juzgue cada cual y ponga el tiempo y el buen juicio del público a cada uno en su sitio. Es bueno aprender de los errores para no repetirlos.
      Desde un punto de vista puramente literario, es evidente que el autor adolece de una falta de técnica importante, impropia de un escritor. Sin dudar de su bagaje cultural, aunque muy desequilibrado y algo hinchado por cierta afectación que la hace parecer mayor de lo que, seguramente, es, la preparación para tan arduo oficio es dudosa. La novela, aun con su dicotomía de esferas o realidades en las que se mueven los personajes, es bastante plana. Pretende una yuxtaposición de planos con el eterno conflicto yo/universo, pero lo hace desde una militancia católica que raya en lo fanático. El maniqueísmo es total.
      En cuanto a la estructura, cae en la rutina, pues apenas hay imbricación entre unas escenas y otras, aún atadas al caduco plan tradicional de presentación, nudo y desenlace. No se juega con la multiplicidad espacio-temporal ni se arriesga en una concepción anti-lineal, uno de los grandes logros de la narrativa contemporánea, que no aprecia, porque no entiende, sospecho, el autor. La aparente complejidad de algunos pasajes, con un oscuro simbolismo que nace de un lenguaje, en todos los niveles, desfasado, no disimula la inconsistencia de la novela. No por aparentar dificultad una novela ha de ser rica, compleja. Acertaba de pleno Eugeni d’Ors al afirmar: “Entre dos explicaciones, elige la más clara; entre dos formas, la más elemental; entre dos expresiones, la más breve”. Y nuestro autor siempre elige lo no-elemental como forma de sublimación de sus intenciones, muy poco aconsejables, y lo más rebuscado, como tapadera a una mediocridad al servicio de fines dudosos. Es la inmoralidad de la moralidad tradicional, pues en el fondo, esta novela es sólo el zarpazo de la tradición, de lo retrogrado, ante los avances que, por fortuna, gozamos todos. En verdad, se trata de luces y tinieblas, pero el autor las confunde, tanto a nivel literario como filosófico. Pretende parodiar, pero su burda ironía sólo queda en parodia de sí mismo, ya que, curiosa ironía, parodiando acierta.
      Pero dejaré que sea el lector quien, bien encaminado por estas someras pistas, descubra con total libertad el ruido de las cadenas que se escuchan de fondo tras una prosa tan “florida” y algo arcaica, como el sentido que las empuja, tan similares al ruido de las campanas a lo lejos.


En Barcelona a 11 de marzo de 20..

              


                         

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.