domingo, 10 de abril de 2016

PRIMER PRÓLOGO






Primer prólogo

Escrito por el sujeto que encontró la novela y en el que se da cuenta de cómo halló la obra que se dispone a leer el amable lector


      Me llamo Cristobal Rondón. Mi nombre no importa mucho. No creo que pase a la posteridad, aunque tal vez lo haga si la novela que tiene usted entre las manos me lo concede. Yo la he encontrado y gracias a mí pueden disfrutarla, de ser el caso. Dejen que les cuente cómo pasó. Imagino que si les ha picado la curiosidad para leerla les picara también para conocer esta historia. Además, nunca he hecho nada glorioso en la vida y no creo que lo haga nunca. Espero que no me tengan a mal este pequeño instante de vanidad satisfecha.
      Es el caso que el verano pasado decidimos (bueno, lo decidió mi esposa) que las vacaciones las pasáramos en el norte, en una de esas casas rurales perdidas de la mano de Dios, en lugar de en el Levante, donde siempre las disfrutamos. Así pues, llegado el primero de agosto me vi en mitad de unos bosques espesos, con mucho verde, mucho aire puro, muchos acantilados y la perspectiva de aburrirme como una ostra. Menos mal que la cosa salía medio barata. La casa no estaba del todo mal de no ser porque era vieja a rabiar y porque asustaba un poco de lo antigua. De día tenía un pase, pero de noche parecía sacada de una película de miedo. Pero como a mi mujer y a mi hija les gustaba, a todos nos gustaba.
      Cuando el sujeto de la agencia, que nos había acompañado, se marchó, las mujeres de mi vida se lanzaron como locas a limpiar, pese a que la casa estaba muy limpia. No se fiaban. Yo me vi exento de esa tarea. Son las ventajas de ser un inútil para las cosas de la casa, además de haberse uno endilgado más de quinientos kilómetros de coche. En esta ocasión, pese a los insultos y reproches, me compensaba. No me querían cerca, pues molestaba, pero me echaban los perros. Mujeres.
      En menos de lo que canta un gallo, que uno ha hecho la mili y es todo un artista del escaqueo, me esfumé, no fuera a ser que se arrepintieran y me trincaran para arrimar el hombro. Sentí deseos de dar un paseo y ver los alrededores, pero estaba tan cansado que preferí buscar un rincón de la casa donde reposar mientras pensaba sobre qué hacer en los próximos quince días en aquel lugar. Cómo empecé a echar de menos mi playita y mi chiringuito. Además, decidí que en mi investigación no estaría de más que me hiciera con un rinconcito donde entregarme a una de mis pasiones: la lectura de tebeos. Ahora les llaman “cómics”, pero yo prefiero la palabra de mi infancia. De siempre me he pirrado por ellos, para disgusto de mi mujer, que se avergüenza de mí por ello, por lo cual debo leerlos casi a escondidas. Y mira que tiene la manía de regalarme libros, que es lo culto. Acabo yo empachado de best-sellers. Menos mal que luego en la oficina me dejo ver con ellos y ya tiene uno su familla. Pero lo que a mí me chifla son los tebeos. De hecho, llevaba yo de tapadillo en la maleta, entre mis calzoncillos, un buen surtido. Y más en el coche. De este modo, cuando las nenas se entregasen a su pasión por los culebrones de la tarde yo me pondría con la mía. Sólo faltaba buscar el nicho donde acomodarme a salvo. En seguida lo encontré.
   Por fortuna, la casa era grande. Por ello, supuse que en la tercera planta debía de haber un ático o un desván. Subí las escaleras en su busca. Aunque eran apenas las cinco de la tarde, la luz era muy escasa. Bien valió el tropezón, pues al final del último tramo llegué a una puerta. Estaba cerrada con llave. Qué chasco, aunque, por otra parte, eso podía ser una ventaja: una habitación con la puerta cerrada sonaba a cuarto polvoriento, lleno de trastos y, con un poco de suerte, alguna que otra cucaracha. Ideal para no verle el pelo ni a mi mujer ni a mi hija. A punto de girarme con la intención de llamar al agente inmobiliario para pedirle la llave se me ocurrió una idea. Delante de la puerta había un felpudo. Miré debajo y ¡bingo! Y luego dicen que ver mucha televisión es malo. Se ponía interesante el asunto, aunque no muy original. Abrí la puerta, no sin cierta dificultad dado el óxido de la cerradura. A saber qué me iba a encontrar, pensaba yo emocionado. Lo que vi no me decepcionó: la buhardilla, de esas pequeñas de techo inclinado, parecía que ni pintada para mis propósitos. Tenía una buena ventana para leer con luz suficiente y polvo para espantar a cualquier melindroso. Perdonen si no les hago una descripción de esas que en cualquier novela se impone, pero es que se me da fatal y me da mucha pereza. Además, poca cosa había: varios muebles cubiertos con sábanas, cajas llenas de trastos y demás bultos. Como no soy curioso, me fui directamente a descubrir el mobiliario en busca de un trono donde el rey de la casa, rey en el exilio, todo hay que decirlo, se entregara a sus graves asuntos, sin importarme lo demás. Levanté las sábanas con cuidado y procedí a la identificación. Encontré, al fin, un viejo butacón. Retiré la sábana. Debía de ser de tiempos de don Pelayo, pero me bastaba y me sobraba. Lo probé y quedé satisfecho. Un par de plumerazos, que hasta yo tengo mis escrúpulos, y algo que reforzara los bajos, que algún que otro muelle me clavaba, y listo. Creía recordar que en el salón había visto varios cojines grandotes, perfectos para mimar a mis posaderas en mis largas horas de lectura. Sólo quedaba poner en marcha el plan de conquista de la cima de la casa y, lo más importante, pintarlo todo de modo que mi mujer no renegara mucho. No hubo problemas (la palabra “cucaracha” hace milagros) y, tras varios dimes y diretes y mi palabra de ducha diaria antes de acostarme, el tema estaba solucionado.
      Media hora de intensa preparación dejó mi “estudio” niquelado y listo para acogerme en las horas libres que me dejaban mis obligaciones familiares. En los días siguientes, me escapaba cuando podía y me subía a mi escondrijo. Qué horas tan agradables disfruté. Con un par de cervecitas frías y algo de picoteo, me puse a devorar tebeos como un poseso. Y cómo lo pasé con El Capitán Trueno y El Jabato, entre otros. Merecía la pena tanta soledad y silencio, además de pasar frío por las noches, sólo por esas horas de libertad para mí solito y mis “compañeros de aventuras”. Pero al grano.
      Cierto día, domingo si mal no recuerdo, aproveché que mi mujer y mi hija habían salido de excursión con varios veraneantes más con los que habían hecho amistad para subir a mi refugio bien pertrechado. De extranjis me había hecho con un puro de padre y muy señor mío. De vez en cuando me gusta echarme al pecho uno de ésos, pero mi esposa no me deja, por lo que debo hacerlo de uvas a peras y a escondidas. La ocasión la pintaban calva. Y no la desaproveché. Despatarrado en mi butacón, debidamente acompañado con las vituallas pertinentes, me puse a fumar la mar de cómodo mientras pasaba las páginas. Después del tercer tebeo, como algo de sueñecillo me estaba entrando, decidí dar remate a la tagarnina mirando al tendido. Qué momento, qué momento.
      Y he aquí que en éstas, sin saber por qué, me dio por fijarme en el bulto que tenía delante, que no era otra cosa que un armario cubierto con una sábana. Y si ese viejo mueble guardara algún tesoro, pensé. No sé si fue que el puro me estaba mareando, o que tenía empacho de viñetas, pero me levanté y me puse a husmear. Retiré la sábana. El armario era viejo de remate y feo como el sólo. Me recordaba a uno que tenía mi abuela. Como la llave estaba puesta, señal indudable de que no cometía impertinencia alguna, lo abrí. Qué emoción. ¿Y si encontraba las joyas de alguna antigua propietaria?.. Nada, salvo telarañas y polvo. Miré también en los cajones de abajo. Tan vacío como mi cuenta corriente. Qué decepción. Y para eso había dejado yo mi confortable butacón.
      Me dispuse a cubrir de nuevo el adefesio, pero me resultaba difícil dada la altura del armario. Cogí una de las sillas que estaban apiladas en la pared y la acerqué para subirme y poder extender mejor la sábana. No sin cierto miedo, pues estaban que daban pena, me subí y me entregué a la operación. Cuando estaba poniendo bien la sábana, mis manos toparon con algo. ¡Rayos! ¿Sería eso mi tesoro? Lleno de emoción, cogí aquello y lo bajé. Era una caja de galletas muy antigua, con muchos colores y que debió de ser muy bonita. Apenas se veía, del óxido, parte de una estampa de una ciudad, algo de la decoración que la enmarcaba y un cartel donde podía leerse: “Galletas riquísimas”. Se me hubiera caído el alma a los pies del planchazo de no ser porque pesaba lo suyo, y no creo que llevara aún pastitas. Me fui volando a mi butacón. Allí me entretuve mirando la vieja caja y, por qué no decirlo, saboreando el suspense. La abrí. Dentro había papeles sueltos. A pesar de estar sin encuadernar, me dio la impresión de que era el manuscrito de un libro, ya que la primera página presentaba un título. Me puse a hojear como un loco. Tal vez fuera la obra inédita de algún escritor famoso. De esta me forro, me dije. Tras cuarto de hora de atento examen, mi imaginaria fortuna se iba alejando cada vez más. Allí no había nombre, fecha ni madre que lo trajo que diera alguna pista sobre quién había escrito eso. Más decepción.
      Aun así, me decidí por leerla. Era mi descubrimiento. En cierto modo, sentía que era algo mío. Por fortuna, estaba escrita a máquina, aunque presentaba muchos borrones y anotaciones a mano. Y menuda letra. Pero se leía bien la cosa. Cuando estaba a punto de atacar la novela, sentí ruido abajo: mis amores habían vuelto. Escondí bajo la butaca la novela, dentro de su caja, y me lancé a recibirlas. Ya vería cuando podría volver. En mi descenso, medité sobre si era conveniente referirle a mi esposa lo sucedió o callar. Al final decidí esperar a haberla leído: ya tomaría luego la decisión de qué hacer con mi hallazgo.
      Cinco días después, y permita el lector que resuma, que ya me cansa el prologuito, había terminado su lectura. Cierto que no la leí de cabo a rabo, pues las anotaciones se las traían, y algunos pasajes, lo mismo. No podría decir que me gustase. Ya saben ustedes que a mí las novelas… No obstante, le cogí cariño, aunque fuera sólo por ser uno su descubridor. Y tampoco podría decir si es buena o mala, ya que yo no entiendo de esto. En ocasiones se hace pesada y dura de leer, y es preciso tener a mano un diccionario y la Wikipedia esa, pues hay muchas referencias cultas. A decir verdad, no me he enterado de mucho: las situaciones y los personajes son tan irreales; me son ajenos por completo. Eso sí, tiene momentos divertidos que da gusto leer. Creo poder decir que, en general, merece la pena echarle un vistazo. Pero ya se sabe, a nadie le parecen feos sus hijos, aunque sean adoptivos.
      De todos modos, lo que yo opinase daba igual. Lo importante era decidir qué se hacía con el manuscrito, es decir, cómo se le podía sacar fruto. Y pensando, pensando, al final di en pensar en quien nunca pienso; es más, en quien quisiera olvidar: mi cuñado. Cómo no había caído antes. Mi cuñado dirige una pequeña editorial. Cierto es que la mayor parte de la bazofia que publica son libros de esos de autoayuda, de cómo ligar, de cómo conseguir el trabajo de tus sueños sin dar un palo al agua, entre otras cosas tan fascinantes como manuales de alpinismo o alguna que otra guía de viaje. Pero si pensé en el cretino de Luis, que así se llama mi cuñado, se debe a que empecé a idear una buena jugarreta con que fastidiarle. Le tengo una tirria. Y le debo un par de pifias que me ha hecho, por no hablar de lo mucho que se burla de mí. Me explico.
      Después de leída la novela, o medio leída, me resultó evidente que al pedantón modernete de mi cuñado le iba a saber a cuerno quemado. Pues te la vas tragar, Luisito, pensé. Qué placer me resultaría de verle rabiar publicando una novela que le repatease. Y cómo lograrlo: mi mujer, su hermana, se encargaría de ello. Pero antes había que camelarse a mi consorte, y no hay nada mejor para lograr que quien manda haga lo que tú quieres que hacerle creer que la idea y la decisión son suyas. Así pues, cierto día, en el paseo, mencioné como quien no quiere la cosa mi hallazgo. Lo adorné bastante, le quité la mugre y el polvo y lo presenté como si fuera todo muy antiguo y, quién sabe, valioso. Tras mi cuento, sólo faltaba que la imaginación de mi señora, el efecto de años de culebrones y series americanas, y, por supuesto, la ambición obraran su efecto. Además, como ya he dicho, mi media naranja se pirra por eso de parecer una intelectual, algo que yo exploté al referir que sería todo un golpe de efecto aparecer en los círculos cultos de la ciudad con esa novela inédita y hallada en tan “fantásticas” circunstancias.
      Debo decir que estuve brillante en mi charada. Mi mujer calló un buen rato. Paseamos en silencio. Ella estaba pensativa. Yo, de vez en cuando, soltaba alguna bobada para dar a entender que había olvidado el asunto y no le daba mayor importancia. Como no se decidía, le di la puntilla al mencionar que a la vuelta a casa debía acercarme a la tienda de tebeos, pues necesitaba material nuevo. Mano de santo: después de un poco de tormenta verbal mi mujer me recomendó que empleara mi tiempo en cosas más provechosas, como leer la novela encontrada. Yo le había ocultado que ya la había leído. Protesté en el acto como si me rebelara, aduciendo que por lo que había ojeado parecía una obra muy compleja y bla, bla, bla. “Pero qué mendrugo eres”, me soltó. Y tras el coscorrón me pidió que le diera al volver el manuscrito.
      Dos días después de intensa lectura, mi mujer lee muy rápido, apareció llena de entusiasmo. Había que hacer algo con “su” descubrimiento, ya que en sus manos tenía poco menos que una obra maestra. Por lo que dijo de ella me dio la impresión de que no se había enterado de la misa la media, lo que no le impedía soltar maravillas del texto. Así son los intelectualoides pedantes: hablan  mucho sin saber de nada. Yo, por mi parte, nada decía. Incluso ponía cara de fastidio, como si conmigo no fuera la cosa. Seguía a lo  mío: cervecita y periódico deportivo. Mi mujer, irritada por mi simpleza, por mi “incultura”, me dejó bien claro que debíamos hacer algo con ese portentoso descubrimiento, “por bien de la cultura y la Humanidad, claro”. Me mantuve en mi estrategia: silencio e indiferencia.
      Mi amorcito se había tragado el anzuelo: ya había quedado claro que la novela era suya, suyo el hallazgo y suya la misión de darla a conocer. Pero faltaba la guinda. Levanté la cabeza de la tabla de resultados de la 2ª División y le dije que lo olvidara, que aquello era tarea demasiado difícil y que en el mundo editorial si no tenías enchufe no publicabas. Después de un “tú que sabrás” sus diversos gestos me dieron a entender que mis tres trampas funcionaban: al “que lo olvidara” respondió con una cara de mala leche de aupa, y seguro que por sus mientes pasaba un “quién te crees que eres tú para darme órdenes: aquí mando yo”. Autoafirmación. Después, mi advertencia de las dificultades fue respondida con gesto de firme determinación y mirada de desprecio que venía a decir: “puede que sea difícil para ti, tarugo, pero no para mí”. Vanidad. Finalmente, y tras más tiempo del que yo creía y deseaban mis nervios (mi señora no es tan lista como cree), su faz se iluminó como si hubiera descubierto la piedra filosofal. Un aire triunfal se paseó por tan fea cara: ya había caído en la cuenta de que el botarate de su hermano trabajaba en una editorial. Me miró como se mira a un gusano que ha osado retarnos. Jactancia. Si es que la conozco como si la hubiera parido.
      De vuelta a casa, poco le hizo falta para presentarse eufórica en el despacho de su hermanito. Y, como yo había previsto, a Luisito aquello le hizo muy poca gracia. Es más, testigos presenciales cuentan cómo los gritos de ambos traspasaban las paredes. Ella con la idea de que se iban a hacer famosos y ricos; él con que aquello era una basura rancia… Y como son igual de bestias, erre que erre. Si Luisillo hubiese usado la psicología en vez de poner sus innombrables encima de la mesa le hubiera quitado a su hermana, lechera de este cuento, los castillos del aire de un plumazo. Pero se empecinaba en oponerse, lo cual llevaba a mi mujer a obcecarse más. Y ya que ella siempre acaba por imponerse a su hermanito, le apretó tanto las clavijas que se llevó el gato al agua. Debo confesar que yo, con mi astucia malvada, había aleccionado sutilmente a mi mujer para darle argumentos que apoyaran la publicación. Sobre todo había insistido en eso del “fenomenal hallazgo” en un viejo caserón y demás monsergas sensacionalistas. Con una buena publicidad las ventas estaban aseguradas, pues la mayoría de los lectores no eligen lo que leen, sino que lo que leen les elige a ellos.
      Así pues, tras solventar ciertos problemas legales sobre la pertenencia de la novela, fijar el texto y pulir ciertos detalles, esto es, inventar todo tipo de mentiras para vender, la cosa estuvo para ir a máquinas y salir a la calle. Sólo faltaba una cosilla, sutil remate a mi obra maestra de castigo al maldito cuñado. Hábilmente manipulé de nuevo a mi mujer para añadir un detalle maravilloso a nuestra aventura: que yo escribiera un prólogo narrando el novelesco, y nunca mejor dicho, modo por el cual me hice con el manuscrito. Por un momento dudó, ya que se sintió tentada de hacerlo ella. Bien sabía yo que ella detesta escribir. Además, dejé caer que con ello ganaría fama de hombre culto, con lo cual me redimía de tantos tebeos engullidos estos años. Le puse música de violines a la historia, con tardes en el Café Gijón y veladas literarias, etc. Mi mujer, esta vez para abrazarme, se me echó al cuello muy alegre, ese cuello en el que ella creía haber puesto un dogal.
      Dicho y hecho. Aquí tienen ustedes entre sus manos tal prólogo, y ella tiene el orgullo de ver sus ansias culturales saciadas. Y qué tengo yo: el gusto de saber lo mucho que ha rabiado mi cuñado. Sé de buena tinta que afirma en privado que publica esta “basura casposa y fascistoide” por obligación, aunque luego diga lo contrario. Si por el fuera la quemaba, aunque se las dé de tolerante y abierto de mente. Que se fastidie. Ni la fama ni el dinero me darían tanto gusto. Y cómo creo que ya su gusto comienza a agriarse por lo largo de este prólogo, aquí lo dejo. Siguiendo con lo del gusto, ha sido todo mío. Espero que algo les quede a ustedes tras leer la novela.
      ¡Ah! Lo olvidaba: se preguntarán cómo es posible que el encargado de publicar esta obra consienta en que salgan a la luz unas letras que son ofensivas para él. No se me escapa el desinterés mostrado por mi cuñado por la obra, por lo cual dudo mucho que se moleste en supervisar su edición. Además, bien sé que antes se corta una mano que leer algo que yo haya escrito. Bien que le pesará. De todos modos, lo que están leyendo ustedes es, por si las moscas, una versión ligeramente variada respecto a la original que he colado a última hora en la imprenta. No soy el único que no traga a Luisete. Respecto a mi mujer, nada sabe. Ya me entenderé con ella. Y ella ya se entenderá con cierto collar al que ya le he echado el ojo. Y con esto y un bizcocho, hasta siempre, queridos lectores.


En cierta ciudad a no sé cuántos del año no me importa  

 
 
         
  



        
  




  



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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.