sábado, 30 de abril de 2016

DE LOS ABISMOS DEL DOLOR A LAS CUMBRES DEL PLACER. REFLEXIONES ESCATOLÓGICAS DE UN HASTIADO

   
    Estaba el otro día dando un paseo por los alrededores de mi Caverna cuando di en la necedad de pensar en las miserias de la patria, y digo necedad porque a estas alturas y con lo que ha caído meterse en esos berenjenales cerebrales ha dejado de ser patriotismo. Y que me entienda quien quiera o quien pueda, que no será mi pluma ya la que se pringue. Lo curioso del caso, y ahí es a donde voy, es que por una curiosa asociación de ideas fui de la política nacional a ciertas reflexiones de carácter, cómo decirlo, coprológico. Sí, amigos míos, tal vez se deba a que uno es muy español y quevediano, pero en menos de lo que se tarda en decir “panda de hideputas” pasé de concebir los más fabulosos arbitrios para acabar con la calamitosa situación de España, de las más sesudas reflexiones sobre la ciencia relativa a las cosas de la res pública, a meditar en torno a esos dramáticos episodios en los que las tripas son sacudidas por pavorosas tormentas: vamos, lo que vulgarmente se conoce como un “apretón” de no te menees. Y no se me escapa que no es muy elegante escribir sobre estas cosas tan poco decorosas y privadas, pero como uno se pirra por lo original y gusta de darse sus garbeos por los tugurios del Parnaso, aquí me tienen enfangando el cacumen. Además, quien más o quien menos, todos hemos pasado por este amargo brete, incluso la sufrida hueste de los estreñidos irredentos. Y lo que se quejan. Mas nadie que haya pasado por lo que voy a narrar se apiadará de ellos. Antes les tendrá envidia.
     Es el caso que, de vez en cuando y en el momento más inoportuno, acometen con brío ciertas necesidades físicas de imperioso cumplimiento. Que cada cual ponga su “dónde” y su “cómo”. Y doy por sentado que es ésta una de las muchas maneras que tiene el Maligno de fastidiarnos, ya que tales ataques, insisto, se prodigan cuando más pueden perdernos. No crean que sucede en los instantes en los que se está plácidamente sentado en una butaca, libro en mano, y a sólo un par de ventosidades de distancia del aseo. No. Es en medio de una conferencia, en lo más interesante del tercer acto de una obra; en medio de una clase, etc… Es ahí, sin duda, cuando el apuro es más peliagudo.
     Recuerdo que cierto día, en mi años mozos, camino de la Universidad, sentí el frenético galopar de…, ya me entienden, como si una horda de hunos cargase por mis entresijos. Me hallaba a mitad de camino y qué hacer. Cruel duda; ni Hamlet: o me vuelvo a la comodidad de mi retrete o sigo y hago en la Facultad lo que mejor se podía hacer en ella: ciscarse en la misma. Al final decidí seguir adelante como los valientes y que fuese lo que Dios quisiera. Qué padecimientos. Por momentos sufría de tal modo que los más espantosos pensamientos se me cruzaban por la cabeza, desde desear una daga que pusiera fin a tanto pesar a la descabellada ocurrencia de abrir la ventana del autobús y… Qué locuras nos hace concebir la desesperación.
      Lo peor de todo es que en estas tragedias siempre aparece un actor secundario que viene a aumentar los pesares: el amigo pesado que turba nuestra lucha. Porque uno a solas, entre sudores helados y escalofríos, más o menos capea el temporal: ahora me inclino, ahora me retuerzo, esta postura parece que alivia... Y qué placer dan esos momentos de tregua en los que la cosa amaina y cesan los dolores. Pero con el pelmazo de turno hay que disimular y hacer como que le escuchamos tan ricamente, pues da reparo confesarse.
     -Hombre Diógenes, cuánto tiempo sin verte -te dice muy efusivo. Y se piensa entre maldiciones: “pues por un día más no hubiera pasado nada, desgraciado”.
     Y empieza a soltarte la murga. Y vuelve el ataque de los hunos. Y no queda más remedio que poner buena cara, aunque nos posean deseos homicidas. En esos momentos no te cagas en su padre por no recordar ciertas cosas y porque de la ira puede hacerse literal el denuesto, que, ya sea sólido o gaseoso, quizás algo caiga. Menuda vergüenza. Continúa la chácara. “Por favor, que se baje pronto, que como esto siga así tengo que hacer parada y fonda en un bar y a ver cómo le explico…” Y hablando de paradas salvadoras: viene al caso citar que un buen amigo sufrió una situación similar en el mismo trayecto y tuvo que bajarse en una parada que caía frente a un Hospital. Por una vez salió sin queja un paciente. Desde entonces, mi amigo cada vez que pasaba por el lugar hacía una reverencia en homenaje de eterna gratitud a esa santa casa.
     Yo no caí en la cuenta, ni el plomo me dejó. Y de plomo ya empezaba a parecer otra cosa. Mas Dios existe y no desampara a los suyos. Mi conocido se apeó, y no hago comentarios sobre el vocablo, al rato. "Paz lleves como paz dejas", me dije.
     -Hasta otra, Diógenes. Ha sido un placer verte.
    “El placer es tuyo chato: hasta nunca”, pensé. Pero, claro, uno ha de morderse la lengua y responder con educación. A fin de cuentas, qué sabía el pobre.
    Después de varios transbordos, demoras impertinentes, sufrimientos sin par y demás avatares que podrán suponer, llegué a buen puerto. “¡Tierra!”, grité para mis adentros, como un nuevo Rodrigo de Triana al ver mi destino. Y como el náufrago que arriba a una isla o el errabundo que vaga por el desierto y llega a un oasis, al fin pude… ya saben. Dicha infinita. Y, todo sea dicho, la de geniales ideas y estupendas cábalas que le vienen uno al magín a la par que, tras pesares sin cuento, otras cosas salen.
     ¿Verdad que lo que les digo le suena? Y qué me dicen de cuando la batalla se da de vuelta a casa. Tras la pesadilla arriba descrita, llega uno al portal de su morada. ¡Dioses del Averno!, precisamente tal día como ése tenía que olvidarse uno de la llave. Entonces se elevan las manos al cielo y se entonan las más fervorosas plegarias. “Por favor, que haya alguien”, clama una voz interior. Por fortuna, a esas horas siempre lo hay. Se llama al timbre del telefonillo: nadie contesta. Y no importa que sean familiares: maldices la cachaza de la sangre de tu sangre.
     -¿Quién es? -se oye.
     -Yo - se responde con los acentos de la más viva desolación.
     -¿Quién?.. -repite la voz, tan terca como desconfiada, del que, por diabólico ensalmo, no nos reconoce.
     Entonces nacen deseos de replicar de un modo tal que podría provocarse un cisma familiar, pero en el banco de enfrente se sientan las cotillas del barrio y no conviene dar pábulo a su comadreo. Pero se jura que ya habrá ajuste de cuentas con el del “quién”.
     La puerta se abre. Qué hermoso nos parece el sonido que se ha producido al apretar el botón arriba, si de ordinario lo tenemos por un mecánico chirrido vil. Raudos como el rayo pasamos al zaguán. Qué desgracia vivir en un séptimo. Y el ascensor es más lento que el caballo del malo. No baja, no baja. Aprietan las huestes enemigas; la fuerza de la gravedad es inexorable; el dolor, inhumano; el esfínter, un nuevo Hércules ante su más peliagudo trabajo. Sigue sin bajar el ascensor. Se oyen voces en el descansillo. “Serán… Cuando bajen se van a enterar. Bueno, se la guardo para otro día que ahora… ¡Malnacidos!” Y vuelven, como quimeras que portan absurdas esperanzas, las ideas descabelladas: “pues a subir por las escaleras, no importa el esfuerzo”, habla la desesperación. “Ahora que lo pienso, el macetero del descansillo del cuarto… y con lo mal que me caen los que allí viven… ¡Oh, sublime vergel!”, habla la locura.
     Por fin llega el ascensor. Salen un par de vecinos. Mirada fulminadora. Dos nuevos candidatos para mi lista negra. Más no es momento de desagravios. Se sube uno en la nave de la esperanza. El primer piso… el segundo… el tercero… Maldito ascensor digno de Afganistán… ¡Ah, ya hemos llegado! El séptimo piso… el séptimo cielo. A correr. Se llama al timbre como si a uno lo persiguiera Montoro en un día malo. Y ganas dan de aporrear la puerta como un Pedro Picapiedra cualquiera. ¡No!, continencia y saber estar, que ya está cerca la meta. La puerta se abre. Empujón y un “hola” vertiginoso. A la Meca, al Dorado, al Santo Grial… Curiosa la naturaleza humana que, tras tanto padecer, ya tan cerca de la salvación, y cuando las punzadas parecen vizcaínas, aún se recrea con el dolor vencido y prolonga la agonía buscando algo que leer, pues es inexcusable llevarse algo que leer, que ya me sé de memoria los ingredientes del champú anticaspa. Lo que sea… El Marca… bienvenido, que es acorde con lo que va a salir. Y al fin se entra en el sancta sanctorum… se acerca uno al trono. Parece que suenan los acordes de la Marcha de Pompa y Circunstancia de Elgar… ¡Victoria! Placer inaudito. Y se dedica la faena a la Pérfida Albión.
     Si aún les queda paciencia y escrúpulos, queridos míos, déjenme terminar con un recuerdo “pintoresco”. Ya que hemos traído a estas páginas de dudoso gusto a la Gran Bretaña, permitan que les refiera con brevedad cierto episodio acaecido en la Francia, que también nuestros puñeteros vecinos se merecen un lugar de honor en las mismas, por no decir miasmas. Es el caso que en una de las veces que he dado con mis huesos en la bella París, no sé si de la emoción, el agua o vaya usted a saber, caí en uno de los trances descritos. Qué momento, qué momento. 
   Así pues, lejos de mi hotel, y por no tener problemas con la gendarmería si me hallaban abonando algún hermoso jardín de Lutecia, me puse a buscar como un loco un bar, cafetería, bistró o lo que fuera. Aquello no es España y costó hallarlo. Finalmente, no muy lejos de Los Inválidos, y yo ya caminaba como uno, entré en un local que parecía adecuado para mis malévolos fines. Como mi francés es deplorable, casi tanto como la caridad gala, pedí algo para evitar escenas. Busqué en la carta cualquier cosa baratita para salir del paso… ¡Ah!, un café noir, negro como mi suerte. Y qué clavada por un dedal de infecto mejunje, pese a ser lo menos caro. Mas en breve tendría ocasión de tomar cumplido desquite. Mientras el garçon me preparaba el brebaje indigno de su nombre, le pregunté por los aseos. En mala hora me respondió. Con la galanura de un caballero español, flemático y de andares señoriales, aunque me iba por las patas abajo, acudí al toilette, por decir algo, pues ese cochambroso cubil merecía muchos nombres, pero no ése. Imaginen ustedes un cuchitril sin luz en el que un agujero en el suelo, si, cómo oyen, hace las veces de retrete. Nefasta costumbre extranjera. Menos mal que había un asa de plástico en la pared a la que agarrarse. Menuda estampa. Entre los nervios, la oscuridad, la dificultad de la maniobra y los estragos de los dolores pasados confío en que entienda que mi puntería no estuvo a la altura de las circunstancias. ¡Oh, la, la! Aquello quedó para no contado. Había vengado en un momento el 2 de mayo. Salí muy ligero, y nunca mejor dicho, apuré de un trago mi café y me fui a escape, no fuese que al gabacho le diera por mirar y le entrase la vena mameluca. Al igual que don Juan Tenorio, deje “memoria amarga de mí”.
    Y ahora, queridos amigos, aunque me gustaría compartir con ustedes unas reflexiones diversas sobre graves cuestiones que me han venido a las mientes, y son punto más que interesantes, les ruego que me disculpen y me den licencia para dejarles. De tanto hablar de estas cosas estoy sintiendo un runrún de padre y muy señor mío. Ya me entienden…   








11 comentarios:

  1. Querio Amigo,

    Aquí os deposito (en el buen sentido, entiéndame) el consabido fascista. Todavía me duelen los hijares de tanto reir.

    Quedad bueno, y por supuesto: fascista

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    1. ¡Albricias, querido Conde! Qué placer veros de nuevo por estos lares. Gran honor me hacéis. Largo tiempo llevo sin saber de usted, amigo mío.
      Celebro que le hayan gustado mis escatológicos delirios, querido Conde. Y doy por sentado que cierto pasaje habrá despertado en usted algo de emoción. ¡Ah, la juventud!
      Muchas gracias por ese "fascista", que me sabe a gloria. Y con la de tiempo que llevaba sin echarme uno al coleto.
      Venga en buena hora un copazo de mi mejor Oporto para celebrar la ocasión y como bálsamo a esos costados. Y, cómo no, es inmejorable el momento para airear cierta mixtura indiana que ha de hacer nuestras delicias. Brindo por usted y por toda la corte de numantinos fascistas que aún no han doblado la cerviz. Y, ahora, a doblar el codo...

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  2. JOJOJOJOJOJOJOJOJOJOJO ¡¡¡HOMÉRICO!!! ¡¡¡MEMORABLE!!! ¡¡¡COJONUDO!!! ¡¡¡NI LARRA EN EL CASTELLANO VIEJO!!!

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    1. Me abruma usted, mi genial amigo, con sus elogios. Y no hay mayor recompensa a mis esfuerzos que los mismos. Gracias de todo corazón.
      ¿Nos concede el placer, don Fernando, de su compañía en la muy noble y digna de encomio tarea de vaciar una botella de buen Oporto y ahumar mi antro de aromáticas esencias tabaquiles? También se brindará por Larra y por Homero, que somos unos fascistas de tomo y lomo.

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    2. Hágame un sitio que acudo presto... pero yo de humo nada que lo tengo prohibido por precripción facultativa. Ahora, el día que me compre unos pulmones nuevos tipo ADIDAS ya verá, ya... estoy de inhaladores hasta la más innobles partes.

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    3. Pues dejemos los humos para los políticos y a darle sólo al bebercio, que no es moco de pavo. Queden las hebras a la espera de esos pulmones nuevos, amigo mío. Respecto al inhalador, ya veremos por qué infame tafanorio de galeno vil lo metemos, que eso si que son partes innobles, y no lo que usted menciona, pues bien se han paseado por Europa para goce de fembras y engrandecimiento de las reservas de marfil en la azoteas.

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  3. Tierra de hombres esforzados
    que un día gobernó el mundo
    Tierra de orgullo profundo
    y valientes esforzados.
    Tierra que dejó aplastados
    a tiranos. No. Recuerda
    que sea derecha o izquierda
    nunca será tolerable
    que te gobierne la mierda

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    1. ¡Jo,jo,jo,jo,jo! Excelente, querido Tío. Y mire usted que de la risa casi se me afloja el ojo sin niña y en un tris he estado de convertirlo en clarín que hace de heraldo de la comitiva.
      Además de mucha sal tiene usted mucha razón, amigo mío. Lo malo es que en España ya es tarde y nuestras instituciones, mire donde se mire, parecen letrinas. Y estos establos, de asnos, no los limpia ni Hércules. Estamos de mierda hasta las cejas. Pero se ve que al personal le ha entrado complejo de mosca.
      Un fuerte abrazo, amigo mío. Aquí seguimos al pie del cañón y con la mecha encendida.

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    2. Está mal
      Repetí esforzados (hacerlo deprisa nunca es bueno)
      Cambie el segundo "esforzados" por "abnegados" y quedará mejor
      Gracias

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    3. Tierra de hombres esforzados
      que un día gobernó el mundo
      Tierra de orgullo profundo
      y valientes abnegados.
      Tierra que dejó aplastados
      a tiranos. No. Recuerda
      que sea derecha o izquierda
      nunca será tolerable
      considerar aceptable
      que te gobierne la mierda

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    4. El mejor escribano echa un borrón, amigo mío. La décima es soberbia de todos modos, aunque gana con la corrección. Pícaras prisas. Si yo le contara.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.