sábado, 31 de octubre de 2015

NO SE DIGA LO QUE SE PIENSE, NO SE PIENSE QUE LO QUE SE DIGA (I)



   …Los más de los hombres ven y oyen
 con ojos y oídos prestados, viven de 
información de ajeno gusto y juicio.
                     
                                  Baltasar Gracián
             



Cierto día estaba yo absorto en sabrosas lecturas barrocas, entre las cuales la del Criticón era la más apetecida, cuando un leve rumor llegó a mis oídos. <<Ya estamos -pensé- con apariciones, estantiguas y demás ralea sobrenatural, que no puede uno leer tan ricamente al amor del fuego y del silencio cavernoso. Pues lo que es por mí, ni el rey de Francia me levantaría de aquí>>. Y me encastillé tras mis libros, dispuesto a tirarle al que entrase a la cabeza lo primero que tuviera a mano. Como ni Quevedo, ni Vélez de Guevara, ni otros tantos que me acompañaban valían para proyectil contra las cabezas, aunque sí contra las conciencias, me tuve que conformar con un cantillo que tenía cerca, deplorando que mi biblioteca careciese de las novelillas modernas al uso, y cuyo mejor ídem pueden ustedes imaginar.
Resguardado por “pocos, pero doctos libros juntos” en la paz de mis desiertos, seguí conversando con los sublimes fiambres de otros tiempos. Al poco ya me había olvidado del ruidillo de marras y me entregaba con fruición a mis libros, sumido en ese levísimo sopor que nos invade cuando una obra nos tiene entretenidos en extremo. Me había embaulado unas buenas páginas cuando mi sosiego fue de nuevo turbado. Alguien me chistó.
-¡Váyase al demonio quien sea! Y si es el demonio, váyase al mundo, que no se merece nada mejor -dije con todo el mal humor que puede. Tan calentito como estaba en mis penumbras, a solas con una multitud de ideas maravillosas y con la caricia de la música de nuestra mejor prosa, lo demás me sobraba. Pero estaba visto que aquella tarde no había de leer más. Lo que fuera que chistaba lo hacía ya con impertinencia, y bien se me alcanzaba que por mucho que lo ignorase no me iba a dejar tranquilo. Me levanté hecho un basilisco y me dirigí hacia el lugar de donde provenía el escape con una tea en la mano y encomendándome a Torquemada. Tras un recodo de La Caverna, agazapado y algo temeroso, vi una figura bastante zarrapastrosa y contrahecha, que más que miedo daba risa, aunque pena hubiera debido darme de no haber estado yo de un humor de perros.
-No se me enfade, buen Misandro, y no tome a mal que lo moleste. Bien sé que luego me lo agradecerá.
A estas alturas, que ese extraño ser se apareciera de aquella manera y supiera mi nombre no era cosa que me asustara ni me extrañara. Ya estaba hecho a ver de todo desde que me retirara a mi gruta para no ver de nada. Con cierta curiosidad, pues los defectos no puede uno reprimirlos por más que quiera, acerqué el fuego a aquel geniecillo, el cual se había incorporado al ver que mi gesto se destorcía. No sabría decir si era un duende o un demonuelo, o un poco de los dos, el pequeño engendro que tenía ante mí, pues de lo segundo tenía lo feo y de lo primero lo pícaro de la mirada. Parecía bastante viejo.
-Si se ha cansado de mirar, señor mío, le agradecería que retirase la antorcha, que ya sólo me faltaba que me chamuscaran -dijo con socarrona resignación.
Y, a decir verdad, por el aspecto que traía daba la impresión de que le habían dado mala vida últimamente, ya que tenía lo poco que le quedaba de pelo muy revuelto (que a su lado Punset pareciera Sansón) y la ropa hecha trizas de tal modo que en algunos puntos había tan pocos que espantóme lo que se veía. Más calmado, y con la compasión en pugna con la curiosidad, retiré la tea con la que alumbraba su pintoresca estampa y le invité a acercarse al fuego. En los pocos pasos que nos separaban de mi refugio libresco vi cómo el duende cojeaba levemente, a lo que me dijo al darse cuenta de mis miradas que andaba mal de una pierna y que muchos pesares tenía de ello, por más que la mayoría de los que cojean de algo sacan de lo mismo provecho. También me dijo que acostumbraba a gastar bastón, pero que lo había empleado de compas en demasía para medir espaldas y que en las últimas donde se entregó a la geometría allí se quedó, que bastante tuvo que huir con sólo el cayado roto. Y aunque estaba sin cayado, lo de callado no se le contagió y bien que me dio la murga con la narración de sus desventuras. Viendo que aquello se prolongaba, me vi en la obligación de interrumpir a Incordio, que así dio en llamarse, aunque me refirió que muchos otros nombres usaba y otros tantos peores habían usado con él los más.
-¿Y a qué se debe el honor de su visita?
-Se lo diré en dos palabras -dijo algo amostazado por la interrupción y la zumba empleada-. No es menester que entre en detalles sobre mi naturaleza ni la de mis negocios. Hace tiempo que me llamó la atención esta caverna, sus curiosos moradores y los delirios que han ido dejando caer. En un mundo tan pagado de sí mismo, es poco común encontrar a quienes no quieren de él ni las vueltas y prefieren la oscuridad reveladora a las luces que obnubilan; a quienes huyen del sol para acogerse a las soledades. Y si no me presenté antes, cuando el ahora espectro era el único que pisaba estas penumbras, fue porque mis muchas fatigas me impidieron hacer la visita. Ahora que puedo, he venido a presentarle mis respetos y a proponerle algo. Es usted joven, si bien no un pimpollo. Y aunque se crea que ha visto mucho, es mucho más lo que le falta por ver. Por ello, y porque le estimo, le invito a que me acompañe a un lugar que estoy seguro encontrará de sumo interés.
-¿Cuál? -dije- no muy entusiasmado por dejar mi Caverna.
-Tiene tantos nombres -replicó gravemente el hombrecillo- que mejor no darle ninguno. Y alejé de si esas dudas. Sé que es usted curiosón, como todos aquellos que husmean en los entresijos del alma humana, y le voy a ofrecer mucho y bueno para rascarse la picazón.
Me molestaba un tanto que aquel ser tuviera razón. A decir verdad, por su estampa, sus modos, su forma de hablar, y, sobre todo, porque sabe más el diablo por viejo que por diablo, me decidí a acompañarlo con la esperanza de que mereciera la pena. Pero un último escrúpulo me quedaba.
-Mire, don Incordio: no es que guarde cosas de valor en mi Caverna, al menos de ese valor que hoy día la gente aprecia. Y tampoco acostumbro a tener muchas visitas, pero no quisiera alejarme demasiado, que el Diablo no para y basta que me aleje un momento para que aparezca alguien y haga de lo mío algo público, esto es, digno de ser robado.
-Pierda cuidado, amigo Misandro. Fuera nos espera alguien que se quedará a cuidar de su caverna.
Intrigado, salimos de mi antro. Allí nos esperaba otra figura que podía rivalizar con el duende en singularidad, y en cochambre. Era una mujer, la cual si antaño debía de haber sido bella, estaba ahora hecha unos zorros, aunque el singular femenino también le cuadraba, pues el duende me había susurrado que aquella pobre había andado de mano en mano más sobada y gastada que una subvención. Llevaba los restos de una túnica hecha jirones, sobre la que se derramaba la cabellera, hecha madejas, haciendo de cortina de unas carnes algo secas y magulladas. Me sorprendió que aquella pobre mujer llevara sobre los ojos lo que parecían trozos de venda.
-Amigo Incordio, mal empezamos si me pone de guardiana a quien apenas puede ver a través de ese lienzo estropajoso.
-No se apure. Aunque lleve una venda, o lo que quede después de los tirones que le han dado tantos para que viese sólo a unos pocos, lo ve todo. No pasa por sus mejores momentos. Debería haberla visto en sus buenos días, y no a las buenas noches, con aquella lozanía y belleza, aquel esplendor y las más hermosas galas que puedan adornar una figura femenina. Hoy, de tan maltratada y arrastrada, sólo es una sombra de lo que fue. Hasta la rueda que acostumbraba a llevar le han robado. Y tuvo que empeñar la cornucopia, que de tanto rodar todos los alcaldes y municipales del mundo se echaron sobre ella a la menor ocasión y la han pelado más que a la ídem, su íntima amiga.
-¡Qué cosas!
Y dejando a la Fortuna mi cueva, y mucho me temía que era la mala fortuna, nos pusimos mi nuevo amigo y yo a andar.
-Queda muy lejos el sitio al que vamos -pregunté.
-Está muy cerca, demasiado. Pero las distancias, así como el tiempo, no han de importarnos.
Y tras decir estas palabras, disparó otras con voces destempladas en extraña jerga y acompañadas de tales movimientos que casi fenezco del susto. Y no fue menos el que me di cuando por arte de birlibirloque nos elevamos del suelo y comenzamos a surcar los aires.










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