lunes, 12 de octubre de 2015

EL HALLAZGO (V) 2ª PARTE


    Qué inmenso placer nos proporciona el triunfo. Quizás no haya una satisfacción mayor que la de vencer a los obstáculos y conseguir lo que uno se ha propuesto. Al menos, así lo sentí en el momento en que la tapa que cubría la tan misteriosa como fascinante caja cedió para revelarme sus arcanos. Sin embargo, es preciso confesar que un punto de decepción me invadió cuando vi lo que contenía. Todos los esfuerzos realizados, tanto físicos como cerebrales, para los que tuve que emplear no poco sudor e ingenio, y la promesa de algo fabuloso habían engendrado en mí la creencia de que nada más destapar el cofre se me ofrecería una maravilla indescriptible. Durante mis trabajos por abrirla no me había parado a pensar en qué podía contener, tan afanado como estaba y apremiado por más perentorios anhelos. Cuando sonó el resorte que la abría, quizás por una en exceso novelesca imaginación, de repente me vino la idea de que un tesoro de incalculable valor había caído en mis manos. No fue así, en principio, pues al poco pude comprobar que lo que había hallado tenía, al menos para mí, más valor que los diamantes de un Rajá.
     Nada más levantar la tapa, me encontré con una recia tela de ante rojo, muy arrugada. Con sumo cuidado la retiré y un sobre de dimensiones muy similares a las del cofre que lo guardaba se me mostró. Era negro. Lo examiné y no hallé inscripción, sello o marca que me diera alguna información. Debajo de él yacían otros dos idénticos. Intrigado en extremo, los fui abriendo para averiguar qué contenían. ¡Santo Cielo!..
     Lamentablemente, ese primer vistazo fue muy corto, pues el ruido de mis compañeros adentrándose en La Caverna vino a interrumpirme. Por razones que luego explicaré, no tenía la menor intención de que nadie más que yo viera lo que había descubierto. Metí todo apresuradamente en el saco, por separado, no fuese que luego no pudiera abrir la caja de nuevo. Y todo lo deprisa que pude tapé de nuevo el agujero. Apenas había empezado a pisar la superficie para que se endureciera la tierra cuando escuché la tonante voz del capitán en la “estancia” contigua:
     -Viene usted ya, Delantro, o va a permitir que esta panda de zascandiles se pase la tarde holgazaneando.
     -Voy en seguida, capitán.
     Cuando el viejo lobo de mar me vio aparecer todo cubierto de polvo y sudor, y con visibles muestras de alteración, torció el gesto y puso la peculiar cara de pocos amigos que nos regalaba cuando las cosas se ponían feas. Sin duda, el hombre ya estaba hasta la coronilla de cavernas y misterios.
     -Otra de las suyas, Segismundo. Con usted no gana uno para sustos…
     Con una media sonrisa, camino de una franca risotada, tranquilicé al capitán diciéndole que había estado rebuscando en el suelo de La Caverna en busca de minerales para mi colección. Además, añadí que había encontrado unas interesantísimas muestras y que estaría encantado de mostrárselas después de la cena. Lo dije con alta voz para que los tres compañeros que se habían quedado algo más atrás me oyeran perfectamente. De nuevo el pánico asomó a su rostro ante la perspectiva de semejante tostón. Escurrió el bulto como pudo y me conminó a que empezáramos ya el trabajo. Con este sencillo ardid me aseguraba de que la curiosidad del capitán quedara en su sitio, y con ello la de sus hombres, pues estos solían moverse al son que marcaba. No es de extrañar que, acabada la cena, nadie quisiera acercárseme.
     Una vez fuera, so pretexto de cambiarme, fui a mi tienda y puse en mi baúl a buen recaudo el hallazgo. La llave que lo cerraba pendía de un collar del que nunca me separaba. Me aseé y me mudé de ropa. Es difícil explicar hasta qué punto la impaciencia me devoraba, y hasta qué punto las tareas de la tarde se me hicieron insufribles, más por el deseo de que terminaran para dedicarme a “mis cosas” que por lo duras que eran. Sin embargo, teníamos un plan previo establecido y el compromiso de ejecutarlo a rajatabla y todos por igual. De buena gana hubiera mandado las faenas de desescombro al infierno, pero con ello también hubiera ido mi palabra, y no era ese plato de mi gusto, que con vérmelas con sus adoradores basta. Además, ¿y Diógenes?
     Terminada la jornada a la hora de siempre, nos retiramos a descansar. Durante la cena, y la sobremesa de costumbre, intenté mostrarme tal cual era de ordinario, contemplando el espectáculo de algunos que también de ordinario tenían lo suyo. No quería levantar sospechas, por si acaso. Y no crean que me estaba volviendo loco o un paranoico: tengo razones más que sobradas para ser cauto y desconfiar hasta de mi sombra. Así, pues, me reí francamente con las chacotas de costumbre y me di a las consabidas libaciones, levantando un poco la mano para que la ración de esa noche fuera especialmente generosa. No crean que es tan difícil hacer como que se bebe para, en realidad, apenas probar un par de tragos. Y menos aún ente hígados tan curtidos. Nadie notó nada raro en mí, pese a que un volcán hervía en mi interior: durante los últimos meses he tenido, so pena de perder la vida, que aprender a ejercer sobre mí un extraordinario dominio y a volverme un maestro del disimulo.
     Al fin, a una hora prudente, comenzó la retirada. Como siempre, me quedé el último con el capitán. Tras una ronda para cerciorarnos de que todo estaba en orden, nos despedimos con lacónica cortesía. A buen seguro el hombre suspiró aliviado al verse libre de mis aficiones geológicas. Yo también suspiré igualmente aliviado una vez que me vi solo, aunque me temblaba todo el cuerpo. Ya podía dar rienda suelta a toda mi emoción. En cuanto entré en mi tienda, me lancé al baúl y lo abrí a toda prisa. Saqué su valioso contenido y me senté en mi camastro, al amor de una lámpara de luz algo atenuada, pues no quería despertar a nadie, y me dispuse a devorar el contenido de aquellos sobres. Lo que vi en ellos me dejó sobrecogido y preso de una indecible inquietud. Ni que decir tiene, el alba me sorprendió terminando su lectura. Con los ojos algo maltrechos, por más que estaba acostumbrado de sobra a la vigilia, volví a guardar mi hallazgo y me dispuse a echar una cabezada antes de que dieran comienzo los trabajos. Pero no podía dormir: un torbellino se agitaba en mi interior. Y si acaso lograba el sueño invadirme y comenzaba a apoderarse de mí, me despabilaba en seguida de ese duermevela con imágenes extravagantes que presentaban deformadas cosas que había leído y que se fundían con recuerdos propios. Finalmente, me levanté. Un buen chorro de agua helada sobre la cara, un café cargado y un cigarrillo me despabilaron y me devolvieron cierto sosiego. Era menester actuar con prudencia. Tenía que dejar aparcada la cuestión para centrarme en las tareas, so pena de acabar con los nervios destrozados. Pero una cosa era evidente: debía empezar a preparar una nueva marcha, probablemente la última, y habría de ser inminente.
     A estas alturas, imagino que se estarán preguntando, amigos míos, que demonios contenían los sobre. Y algunos demonios tenían, desde luego. Les iré revelando su contenido, empezando por el de menor trascendencia para acabar con el más importante, tanto que me quemaba en las manos. El primero al que me referiré presentaba diversos escritos de Misandro. Algunos ya los conocía, otros eran esbozos de ciertas ideas que en su día Diógenes me había participado; los más eran para mí una novedad. Estaban escritos con la habitual dejadez de su autor, pues eran un amasijo de frases escritas con una letra deplorable, borrones y anotaciones al margen, sin faltar hasta dibujitos. Pasar aquello a limpio me costaría lo mío, tarea que debo posponer ya que hay prioridades. Además, no vi nada que fuera cosa del otro mundo, salvo una excepción, en todos los sentidos. Misandro había escrito un relato, entre fantasioso y onírico, en el que revelaba ciertas cosas que… Bueno, espero que pronto lo lean, pues, al contrario que sus compañeros de magín, el texto había sido pasado a limpio y, salvo algunas correcciones y tachaduras, presentaba un aspecto bastante aseado y de fácil lectura. Además, creo que lo encontrarán interesante, por más que es un cuentecillo de lo más misterioso y lleno de referencias que sólo los iniciados en ciertas “cosillas” podrían entender.
     El segundo sobre contenía algo, a mi modo de ver, mucho más interesante: en él estaban unas memorias que narraban la vida de Diógenes de la Cueva. No las leí por entero, pero sí lo suficiente como para poder decir que estaba completamente equivocado respecto a él, y que, salvo ciertos episodios “calaverescos”, es hombre digno de todo elogio y consideración.  No pienso entrar en detalles, pues no hay tiempo para ello, y no creo que quienes se paren en estas páginas tengan mucho interés en conocer la vida de nuestro cavernario amigo, por no hablar de que son algo confidencial que sólo a él toca revelar. No obstante, no puedo dejar de referir la profunda emoción que me invadió al reparar en ciertos episodios en los que se menciona a mi padre. Él y Diógenes fueron grande amigos en la juventud, hasta que las circunstancias los separaron. Las lágrimas se me saltaron varias veces al leer algunos pasajes, los cuales prefiero omitir. Supongo que no les será difícil imaginar con qué ansia busqué información que echase algo de luz sobre la muerte de mi padre, tenida por lamentable accidente, aunque yo siempre había sospechado que fue asesinado. La más extraordinaria rabia se derramó en torrente sobre mí cuando puede comprobar, según lo que Misandro escribía, que mis suposiciones eran ciertas. Poca información daba mi amigo, pero la suficiente para que fuera luz inequívoca sobre lo ocurrido. Lo más importante de todo es que se revelaba quien lo ordenó, aunque sólo se mencionara un alias, de sobra conocido por mí. El deseo de venganza y la sed de sangre que sentí en aquel momento no pueden ser explicados con palabras. Además, por una extraña “casualidad”, o quizás no tan extraña, tenía la seguridad de que la orden tanto de matar a Diógenes como de matar a mi padre habían salido del mismo hombre. Y yo sabía quién era. Por fortuna, el contenido del siguiente sobre me lo confirmó. Incluso me facilitó una dirección…
     El último de los mismos, además de lo referido, contenía valiosísima información sobre cierta sociedad secreta que, espero, el lector me excuse de nombrar. Y no creo que a Diógenes le importe, ni sea una traición a su confianza, si digo que su pertenencia a ella sólo tenía como objeto el infiltrarse en su cúpula para destruirla. Por desgracia, no pudo hacerlo, pero eso es otra historia. A decir verdad, dada la naturaleza de mis investigaciones para descubrir quien había intentado matar a Diógenes, y, lamentablemente, cierto episodio oscuro de mi primera juventud, parte de la información que revelaba el sobre no me pillaba de nuevas. Pero otra me dejó de piedra, por no hablar de algunas revelaciones que me pusieron los pelos de punta. Jamás hubiera imaginado que… Dejémoslo.
     Allí había listas de miembros de la sociedad, con sus grados, filiaciones y competencias, listas que estaban nutridas por nombres, los más, bien conocidos por la mayoría, aunque los que ocupaban los grados más altos de la jerarquía fueran tan poderosos como anónimos. También había recogido Misandro en su concienzuda investigación direcciones de logias secretas, locales diversos con funciones varias, algunas aberrantes; pisos, incluso palacetes, donde se reunían estos miserables para decidir los destinos ajenos y para el demonio sabe qué más cosas. Incluso había estampas (no me imagino cómo pudo conseguirlas mi intrépido amigos), de las cuales no pocas me dejaron conmocionado de tal manera que fue preciso todo mi aplomo para no desmoronarme.
     Junto a ello, había varios “dossiers” con un listado de actividades varias, cómo realizarlas, qué empresas se ocupaban de ellas; tapaderas, medios afines, otros, enemigos, que había que destruir; listas negras donde se establecían los tipos de castigo en función de lo que hubiera hecho el “díscolo” que se les opusiera, y que iban desde la “muerte” social de quienes los criticaran públicamente hasta la muerte a secas para los realmente peligrosos, en especial, los “traidores” que revelaran secretos de la organización. Ahora entiendo por qué querían matar a Misandro. Decir que sabía demasiado era decir poco.
     También me llamó poderosamente la atención varios resúmenes de “manuales” al uso de esta gentuza diabólica con los que se les pretendía adiestrar en las mañas de la mentira, la manipulación y el control de las mentes, con todo tipo de estrategias y consignas bien para hundir a alguien, bien para enaltecerlo, o para hacer que la mayoría crea cosas, y las tenga como dogmas de fe, sin razonarlas siquiera. Leyendo todo aquello muchas cosas cobraron sentido para mí. Por desgracia, no tengo tiempo para hacer un detallado informe sobre todo lo que sé al respecto, pero espero, si salgo con vida de ésta, ofrecerle al mundo la verdadera cara que se oculta tras el ojo que todo lo ve y quiere que los demás no vean nada.
     Ni que decir tiene, especial relevancia tuvo para mí la información que aludía a cierto sujeto, y que arriba he anticipado. En un folio, que daba la impresión estaba especialmente diseñado para llamar mi atención, aparecía un nombre, la logia a la que pertenecía, su grado y su alias en la misma y la dirección donde vivía, amén de una relación de algunas hazañas y cometidos de este angelito. Llamaba especialmente la atención que todo ello terminaba con un “sujeto extremadamente peligroso”. Poco me importaba: era el hombre que buscaba, y nada me impediría ir a buscarlo. Pero, tal información tenía sus años: ¿seguiría este engendro aun viviendo ahí? Lo más singular es que, al lado de la foto del sujeto, a quien, como ya he referido, ya conocía, había una nota escrita a mano, y era la letra de Diógenes, que decía: “es preciso liquidarlo. Por …”, y aquí aparecía escrito el nombre de mi padre. Sobran las palabras.
     La ira me impide extenderme, si bien el caso lo merecería. Ahora es preciso actuar, por lo cual iré acabando estas letras. Cuando el resto de la cuadrilla estuvo disponible, y luego del contundente desayuno de rigor, nos pusimos a ejecutar el plan previsto. Ardía en deseos de recoger mis cosas lo más rápidamente posible y salir a uña de caballo en pos de cierta alimaña para ajustarle las cuentas, pero la cabeza fría debe mandar sobre el corazón, y los actos impulsivos suelen desembocar en el fracaso. Tenía dos poderosas razones para demorar mi marcha aún un par de días, y más todavía cuando mi vuelta era tan reciente. Por un lado, no quería despertar sospechas en el capitán ni en nadie, pues de nadie podría fiarme: Por otro lado, ¿y Diógenes? Era evidente que estaba vivo, y que desde las sombras me proporcionaba información. Me preguntaba por qué no se manifestaba. Entiendo que no quisiera que los demás supieran de su existencia, pero creo que debería haberme hecho saber que estaba vivo con toda certeza. A lo mejor deseaba que todos creyeran que había muerto, y que me protegía al no revelarme que aún respiraba y que se escondía en algún escondrijo de La Caverna. A estas alturas, a nadie le puede extrañar que hubiera algún recoleto y casi inaccesible rincón de tan basto antro, y que en él viviera. Visto lo visto, parece que víveres, y demás accesorios para hacer plácida la existencia, no le faltarían. Por ese lado, mis preocupaciones parecían mitigadas.
     Así pues, durante ese día todo transcurrió con aparente normalidad. Avanzamos bastante. Poco más o menos, calculábamos que no más de una semana nos bastaría para terminar con lo que previamente habíamos convenido. Pero yo no podía esperar tanto. Dicen que la cara es el espejo de alma, y debe de ser cierto, pues a mí empezó a notárseme que algo me sucedía, pese a mis esfuerzos por ocultar toda desazón. De hecho, en cierto momento el joven marinero que me había acompañado en mis pesquisas por La Caverna me preguntó si todo iba bien, y no era precisamente el muchacho un prodigio de agudeza. Me temo que me volví más taciturno de lo normal, y algo hosco. Comprensible, por otra parte. El día siguiente fue un suplicio. Ni siquiera picar contra la piedra desaforadamente, ante el espanto de mis compañeros, mitigaba mi furia. Me consumía una cólera incontenible. Por la noche, una vez solos como de costumbre el capitán y yo, abordé la cuestión de mi inminente marcha. Quizás fuese la última vez que viera a ese singular hombre. Cuando le participé que al día siguiente, al alba, tendría que partir de nuevo, una sombra se cernió sobre su  rostro, en el cual se dibujó una expresión que venía a decir que sus sospechas se confirmaban.
     -Con que minerales, ¿eh? -dijo con amarga sorna. No pude evitar sonreírme.
     -Sí, capitán. Y he topado con una piedra muy dura.
     -No sé qué se trae entre manos, Delantro, pero puede contar conmigo.
     Debo confesar que me emocioné hasta sentir un nudo en la garganta. De nuevo aquel viejo marinero me sorprendía con su generosidad y nobleza. Parece que la humanidad aún tiene esperanza.
     -No, amigo mío -dije intentado disimular la emoción, que a punto estuvo de quebrar mi voz-. Esta vez nadie puede ayudarme. Y es mejor que no sepa usted, ni nadie de su tripulación, cosa alguna de mis asuntos. Pero, crea que se lo agradezco de todo corazón, capitán…
     Hubo un instante de silencio. En medio de una noche fría y brumosa, en la que sólo el ulular de las lechuzas, como profético y agorero canto, turbaba el silencio, allí estábamos dos hombres sin saber qué decir, pero queriendo decirlo todo. Pero habría que sobreponerse a las circunstancias y las emociones, y dejar zanjada una cuestión.
     -Capitán, aún queda algo importante por decir: mañana, antes de partir, me gustaría saldar nuestras cuentas…
     -De eso ni hablar, muchacho -me interrumpió con vehemencia el marinero-. No veré una onza hasta que pueda decir que he terminado el trabajo por el que me pagan.
     -Escuche, capitán -dije mientras clavaba en el los ojos-, es más que posible que no vuelva esta vez… Y no quiero dejar cabos sueltos. Entiendo sus motivos, y alabo su integridad, pero esto no es discutible…
     -¿Tan seria es la cosa? -respondió el viejo lobo de mar tras una pausa, en la que había  sepultado la cabeza en las manos para mesarse los blancos cabellos-. Entonces, no hay más que hablar -sentenció con un tono firme que denotaba que había entendido a la perfección la gravedad del asunto.
     -Pero no dramaticemos -repuso yo con un tono jovial, pues no deseaba pasar esas últimas horas con tan buen camarada abatido-. Brindemos con este excelso licor, amigo mío, y gocemos de la vida, que son dos días.
     Acto seguido, rompí a reír, ya que la cara de mi amigo ante tan inoportuno comentario fue para no contada. Al son de un “maldito Delantro”, chocamos las copas. Casi media hora después, en la que acabamos con la botella y finiquitamos nuestras pipas, nos despedimos en silencio.
     Al amanecer, mi tienda estaba desmontada y mi equipaje listo. Mi preciado hallazgo dormía en mi mochila. La caja, tan hermosa como diabólica, fue pasto de las llamas, al igual que las telas que la acompañaban. En aquella mañana gélida, en la que el cielo gris con sus nubarrones compartía mi tristeza, y tal vez mi miedo, que lo tenía, y no poco, no le encontré mejor uso. Fuego purificador.
     El capitán se levantó muy malhumorado. Le ofrecí una taza de café y un cigarro. Un gruñido a modo de agradecimiento fue su respuesta. No cruzamos una palabra. Como el tiempo apremiaba, quise solventar cuanto antes nuestro negocio. Me acerqué a donde estaban mis pertenencias y tomé un cofre. Lo dejé caer ante el marino. Lo abrí y le mostré su contenido.
     -Aquí está lo acordado, mi capitán. Y me he permitido la libertad de añadir un pequeño “extra”. Se lo merecen ustedes sobradamente… Y no quiero réplicas, amigo mío… Tómelo como mi última voluntad…
     -No diga eso, muchacho -protestó aquel viejo gruñón enternecido.
     -Por descontado -proseguí-, todas las chucherías encontradas, y por encontrar, les pertenecen, así como el oro que sacamos del lago subterráneo.
     -Pero…
     -No hay peros que valgan, amigo mío. Compre un buen barco, capitán, y que los mares sigan comprobando con orgullo que sus hijos, los marinos, son gente de honor… Y respecto a nuestro acuerdo, si al llegar la fecha establecida para el fin de los trabajos no he venido, no me esperen. Desmonten el campamento y… buena travesía. Aquí le dejo, capitán, una dirección por si tiene que referirme algo verdaderamente transcendental. Y creo que eso es todo.
     Me levanté y comencé a apercibirme para el viaje. No quería largas ni dramáticas despedidas, so pena de parecer descortés con mi rápida y algo cortante manera de proceder. Pero dentro de mí latía el corazón con violencia. El capitán me ayudó a colocar en el caballo mis pertrechos. Todo estaba listo para partir. Le miré fijamente. Aquel curtido rostro por mil luchas y tempestades, de mirada de acero, estaba transido de emoción.
     -Cuídese, hijo. Espero volver a estrechar su mano.
     Y, tras darnos un fuerte apretón, nos fundimos en un abrazo.
     -Adiós, capitán. Ha sido un honor.
     Monté de un salto y espoleé a mi montura para salir al galope rumbo a mi destino, sin mirar atrás ni pensar en nada que no fuera mi misión.


     Aquí termina la relación de mis aventuras, queridos amigos. Desearía no haberles sido muy pesado ni enojoso. Muchas gracias por su paciencia.
     Ha llegado el momento de despedirse. Es muy posible que no vuelvan a saber de mí. Y espero que me disculpen si no me alargo demasiado en estos momentos. Tengo que realizar un holocausto en los altares de la diosa Némesis. Y no me gusta hacer esperar a las damas.











2 comentarios:

  1. oligofrénico, mediocre y decrepitum

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    1. Parece que te ha gustado el latinajo, Cagachillo. Y al fin lo dices bien, aunque uses el acusativo en vez del nominativo. Deberías decir "decrepitus" en este caso. Pero no sé por qué me molesto con un zopenco como tú. Al menos has puesto tilde en oligofrénico. Sigue así, ano loco, y algún día puede que llegues a parecer un ser humano.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.