martes, 20 de octubre de 2015

DOS CARTAS



      Estimado señor Delantro:

          Me tomo la libertad de escribirle estas líneas, que considero imprescindibles. Tengo que darle una mala noticia.  Pero iré al principio. Dos días después de su marcha, a eso de las once de la mañana, realizamos un descubrimiento lamentable. Me explico. Siguiendo el plan previsto, atacamos los últimos rincones de la caverna donde se habían producido los desprendimientos más notables. Tras despejar una gran cantidad de rocas que en los más profundo nos estorbaba el paso, dimos con una serie de galerías. Mandé a explorar a varios de mis hombres por ese laberinto. Nada singular vieron, salvo uno de ello, que nos contó cómo había llegado a un lugar muy pintoresco, de “esos que le gustan al señor Delantro”, usando sus palabras. Como no soy hombre de letras, me ahorro las descripciones. Sólo diré que, de verdad, la luz que entraba parecía mágica. También nos extrañó la forma de la gruta, que parecía casi un círculo perfecto.
     El caso es que la regularidad de las paredes fallaba en uno de los lados, donde se amontaban grandes pedruscos. Quizás se deba a su influencia, pero creo que todos nos sentimos impulsados a picar allí. Aquello olía a misterio. En definitiva, y sin más dilaciones, nos aplicamos al trabajo. Casi tres horas después, vimos algo horrible: un cadáver. Perdone, amigo Delantro, mi falta de delicadeza al contarle lo sucedido, pero no es el momento de andarse con miramientos.
     Como comprenderá, nos quedamos de una pieza. ¡Por mil demonios, que no es para menos! Mi primera intención fue la de dejar al pobre aquél como estaba y escribirle para contarle lo sucedido, y que usted examinara el cuerpo. Pero después de nuestra despedida, ya sabe. Entonces, decidí echarle un vistazo yo mismo. No soy hombre que se arredré fácilmente, y más de un muerto llevo visto, pero, no sé por qué, la idea de mirar aquel cuerpo me aterraba. Hice de tripas corazón y lo examiné. Estaba en un avanzado estado de descomposición. Se cubría con unos jirones de ropa que parecían harapos, muy sucios y llenos de sangre. A decir verdad, no parecía que aquel pobre infeliz hubiera muerto aplastado, a juzgar por lo entero que estaba. Pero cómo demonios había llegado a parar bajo ese montón de piedras. Una cosa sí noté: en la cabeza tenía huellas de un impacto, del cual había manado bastante sangre.
     Como no tenía estómago para seguir, ordené que sacaran de entre los escombros a los restos. Allí mismo le dimos cristiana sepultura. Yo, como capitán de barco, oficié un sencillo funeral. Rezamos por el alma de aquel desgraciado, y salimos de allí para no volver. Si acaso puede usted volver a la caverna de nuevo, y quiere visitar la tumba, he dejado en cierto nicho que bien conoce usted un detallado mapa. No hay pérdida.
     Nada más terminar estas líneas, enviaré a uno de mis muchachos a la población más cercana para que deje la carta en la oficina de correos. La dirijo a  las señas que me dejó. Y como todo lo que le rodea, amigo mío, me huele a chamusquina, le pediré al mozo que se ande con suma cautela. De hecho, creo que lo mejor será que se quede en la fonda del pueblo con la intención de no perder de vista al coche de postas y de ir a por la respuesta nada más llegar. Y en cuanto tenga algo, que se vuelva. Aguardo sus letras, señor Delantro. Vive el Cielo que las aguardo.
     Me despido ya, que hay trabajo, lamentando mucho todo este espinoso asunto. Por usted no pregunto porque sé que no me va a contar nada. Sólo espero que todo le vaya bien y que me sea concedido volver a verlo sano y salvo. Dios le bendiga. Hasta siempre.
     Quede usted con el Hacedor, pero para verlo dentro de mucho. A sus pies, su más humilde servidor,


                                                         Capitán F. F.


 
*          *          *



     Querido Capitán F…:

          Ha obrado usted con extrema diligencia y cautela. Le felicito. Desearía extenderme más sobre la cuestión, y darle las oportunas explicaciones, pues harto las merece. Pero carezco del tiempo necesario para ello, y no creo, por su bien, que deba usted saber más. De hecho, considero punto menos que imprescindible que nuestra  relación quede zanjada definitivamente. Estas palabras me duelen a mí mucho más que a usted, se lo aseguro, pero debo decirlas. Nacen de la misma fuente que tal dolor: el enorme afecto que le profeso, amigo mío.
     Muchas gracias por todo, capitán. Su cooperación me ha sido valiosísima; su compañía inestimable; su amistad, el mejor tesoro. Le quedaré eternamente agradecido por ello, a lo que debo sumar el delicadísimo detalle de dar sepultura a ese cadáver. Quiera Dios que un día pueda contárselo todo. No, imposible.
     Hasta aquí hemos llegado. Para empezar queme sin dilación esta carta. Después, le ruego que dé orden tajante de levantar el campamento: los trabajos en La Caverna quedan desde el momento de recibir la presente terminados. Y no deben esperarme. Partan de inmediato y háganse a la mar cuanto antes. Y si es a un lugar lejano, mejor. Pero antes de finalizar estas letras, me permito una última advertencia: por lo que más quieran, sean discretos en extremo al partir, tanto o más de lo que fuimos al ir. Olviden todo lo hecho y todo lo visto. Desechen todo lo que pueda relacionarles con el lugar maldito donde ahora están Y, por amor de Dios, que a nadie de la tripulación se le ocurra soltar la lengua. Ni La Caverna ni yo hemos existido nunca. Y si no lo quieren hacer por deferencia a mí, háganlo por el mero amor a la existencia.
     Hasta siempre, Capitán. De nuevo reitero mis gracias. Ha sido un honor… un placer. Nunca le olvidaré. Yo sí puedo permitirme ese lujo. Posiblemente sea el único que me quede.
     Queda a sus pies, como su más humilde servidor,

     
                                                               S. D.










2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Como de costumbre, un jugoso y profundo comentario, Hojalatilla. Muy elaborado. ¿Acaso es el título de tu biografía?

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.