domingo, 27 de septiembre de 2015

EL HALLAZGO (V). 1ª PARTE


     Por fortuna, o por desgracia, la relación de mis aventuras debe terminar aquí. Si mi intención primera era únicamente contarles cómo ayer llegó a mí un fabuloso hallazgo que cambia el signo de mis avatares de un modo considerable, el torbellino de mis recuerdos ha traído desaforadamente toda una retahíla de recuerdos que abarcan semanas. Nada peor para una imaginación desbocada que la fusta de la evocación. Y es una lástima que no tenga tiempo de referirles lo acaecido desde que hallara el fabuloso lago subterráneo: podría participarles el pasmo que sacudió a los que guardaban el campamento al verme aparecer medio desnudo por su retaguardia, así como los trabajos que me tomé para bajar de aquellas alturas. También es digno de mencionar la reacción de mis compañeros, que aguardaban fuera de sí en el “Rincón de las Musas”, en especial la del joven grumete, que rompió a llorar como un niño, o la del capitán, viejo hosco y frío, que me dio un abrazo tremendo y me regaló sus más efusivas muestras de consideración al son de un emotivo “al fin, hijo mío”. Jamás pensé que aquel hombre, noble pero rudo, pudiera dejarse llevar de ese modo, pero lo celebré en extremo. Imagino que se harán una idea de la impresión que les causó mi descubrimiento, y más cuando pudieron contemplarlo y saborearlo. No sería menos interesante que les refiriera todos los afanes y tareas necesarios para saquear la bodega, así como otras industrias para husmear por la Caverna y hallar nuevas salidas y memorables rincones. Recuerdan la orgullosa columna salomónica que se alzaba en medio de las aguas: pues conseguimos escalarla y establecer un juego de cuerdas y poleas con los que ganar la abertura que culminaba la bóveda de piedra. Otras muchas cosas sabrosas podría narrar, pero temo volver a las andadas. Y el tiempo apremia. Vayamos, pues, al grano. Vayamos al comienzo de mi relación. Volvamos a ayer.
     Antes de entregarme a diversas rememoraciones, ya les dije que estaba descansando al amor de un buen cigarro, y en el trance de estrechar la mano a Morfeo. Al final de las mismas, mis ojos se cerraban y ya comenzaba a llegar a ese estado en que la vigilia se confunde con el sueño. Seguro que a quien lea estas páginas le ha ocurrido alguna vez que en ese estado en que la consciencia parece velada algún objeto de su alrededor se ha transformado, por caprichos de la imaginación, en otra cosa. Es como cuando nos despertamos lentamente y la última imagen del sueño que hemos tenido se torna, por ejemplo, en el batín que cuelga del perchero. ¿Nunca les ha pasado? Pues esa misma sensación tuve. A punto ya de dormirme, la cabeza caída sobre mi hombro izquierdo, mis ojos se posaron sobre una forma que aparecía sobre la pared. Como si de una iluminación se tratara, relacioné dicha forma con otra que no mucho antes había tenido muy presente. En la lucha que se daba en mí entre dormir y estar despierto, entre lo racional y lo inconsciente, me llegó un rapto de lucidez. Aquello era… Me desperecé en un segundo. Fijé la atención. Me levanté como un rayo y me dirigí a la pétrea pared que a unos pocos metros estaba delante de mí. En efecto, la forma que allí se dibujaba era la que yo sospechaba. Y no era un capricho de la naturaleza: había sido grabada con algún objeto punzante. Se preguntarán qué era, imagino. Perdonen si soy discreto al respecto, pero no puedo revelarlo. Sólo diré que era el motivo principal que adornaba el papel de la pared del infame tabuco donde solía hospedarme, en un hotelucho de P…, el cual me servía como cuartel general durante mis investigaciones en aquella gran capital, culmen de mis aventuras. En aquel miserable cuarto también se hospedó Diógenes años atrás.
     Era evidente que aquello era una nueva pista. Y juraría que reciente. Cada día estaba más convencido de que mi amigo vivía, pero, ¿por qué no salía a la luz? ¿Qué temía? ¿Acaso no confiaba en mí? Dejé esas preguntas para más tarde, pues de nuevo me las veía con un acertijo, y la experiencia me había enseñado que tras ellos siempre se ocultaba algo sorprendente. Tanteé la pared en busca de una entrada, como en otras ocasiones. Esta vez fue en balde. Durante varios minutos me afané en una minuciosa revisión de aquella masa de roca, que parecía infranqueable. Qué nueva industria habría pergeñado Misandro. Me hice con una lámpara de gas, pese a que la iluminación no era mala del todo, y seguí buscando con ahínco, palmo a palmo. Tras casi un cuarto de hora de búsqueda, caí de rodillas decepcionado. Dejé la lámpara en el suelo, pegada a la roca. Comencé a escuchar cierto alboroto fuera. Mis camaradas comenzaban a prepararse para las faenas. Hice acopio de fuerzas y resignación, más con la idea de echar un tiento a uno de los gloriosos barriles hallados que con la de seguir trabajando, y me dispuse a levantarme para unirme a la cuadrilla en la faena. Eche mano a la lámpara y… ¡Cielos!... Allí estaba la pista que me faltaba. Casi a ras de suelo, había otra marca grabada, pequeña y no muy profunda. Parecía una flecha, o un triángulo invertido. No lo distinguía claramente. Pero lo que sí acerté a comprender era que aquella señal indicaba que lo que se me quería revelar estaba allí, enterrado. Con una inusitada emoción clavé en el suelo las manos. Pude disfrutar del dulce sabor del éxito: la tierra había sido removida en aquel lugar, y no parecía que hubiera sido hace mucho.
     Sin pensar si quiera en participar a mis compañeros mi hallazgo, o en coger alguna herramienta, me lancé a escavar. Por fortuna, el suelo cedía fácilmente a mis zarpazos. Me entregué febril a la tarea. La arena cedía, pero a medida que avanzaba se volvía más compacta. Gruesas gotas de sudor resbalan por mi frente, cayendo sobre los ojos. Las manos empezaban a dolerme. Pero mi impaciencia se imponía sobre el sentido común, que demandaba una pausa y que atacara la labor en mejores condiciones. Nada importaba, salvo hallar aquello, fuera lo que fuese, que me aguardaba. ¿Qué podría ser? Estaba convencido que allí, bajo el suelo de la Caverna, encontraría algo sorprendente. No podía ser de otro modo. Al menos, deseaba fervientemente que así fuera. El agujero comenzaba a tener una hondura considerable, nada aparecía y comenzaba a desesperarme. Hice una pausa. Recuperé el resuello y de nuevo reemprendí la tarea. Estar parado me sacaba de quicio. En medio de mis tribulaciones, uno de los marinos entró a decirme que ya estaban listos para reemprender la labor. Le gruñí casi salvajemente que estaba muy ocupado y que ahora no se me podía molestar. Además, algo más calmado, le ordené que transmitiera a los demás que podían seguir descansando por el momento hasta que yo les avisará. El camarada se retiró con cara de extrañeza y resignación. Acostumbrados a mis extravagancias, no creo que ninguno tuviera curiosidad por saber en qué me ocupaba. Creo que tal curiosidad la suscitaban más ciertos barriles. Salvada la pequeña contrariedad, seguí excavando frenéticamente una vez a solas.
     Ya estaba al borde del abandono cuando mis manos tocaron algo: no podía ser una piedra ni un duro terrón de arena. Con renovado furor continué. Sí, decididamente, allí había algo enterrado. Ya podía distinguirlo: una esquina asomaba. La enganche con una mano y tiré con fuerza, mas sin brusquedad, mientras con la otra retiraba la arena que cubría al objeto. Por nada del mundo quería romperlo. Aunque me dominaba la emoción, no perdí los nervios, y actué con sumo cuidado, casi paladeando el momento. En poco menos de un par minutos, “aquello” estaba fuera. Lo saqué y lo contemplé en mis manos, creo que con la misma admiración devota del arqueólogo que rescata una pieza de gran valor que tal vez responda a preguntas que la humanidad lleva siglos planteándose. Por un instante, quedé paralizado. Aquel objeto era rectangular. ¿Una caja? ¿Un libro? Estaba recubierto por un saco de burda y recia tela, adherido firmemente. Dos cuerdas aseguraban el envoltorio. Saqué mi navaja y procedí a realizar los cortes oportunos con la precisión de un cirujano. Las cuerdas cayeron; abrí el saco, y con sumo cuidado eché un vistazo al interior. Nunca se sabe. Cuando me hube cerciorado de que no había gato encerrado, ni ninguna otra sorpresa, eché mano al objeto que en su interior se hallaba, esta vez envuelto en una finísima tela de seda. En efecto, era una caja. Y qué caja. Impecable, a pesar de que ciertas huellas del tiempo se habían marcado en ella, en mi vida había visto nada igual, pese a estar familiarizado con lo que veía. Me quedé helado. ¡Dios mío! Me temblaba el pulso. ¿Encontraría al fin las respuestas a tantas preguntas?
     Ante mis ojos aparecía un cofre hermosísimo y de proporciones no pequeñas: vendría a tener casi dos palmos de largo y algo más de uno de ancho; otro palmo tenía de alto. Los laterales eran de madera color caoba, lacada al modo de las cajas chinas, con motivos parecidos a llamas y otros vegetales en un rojo oscuro, de fantástica elaboración. En uno de los lados largos aparecía un ave fénix en llamas; en el otro, un águila: ambos de un rojo intenso con ribetes dorados. Pero aún más fascinante era la cubierta: estaba formada por tres cuerpos: los dos laterales, más grandes, eran paneles ajedrezados formados por 8 columnas de cuatro cuadros, enmarcados en uno, y rodeados por una especie de friso decorado con una sucesión de pirámides, negras y blancas. En el lado superior, en el eje, un pequeño círculo enmarcaba otra pirámide con un ojo dentro. El panel central se dividía a su vez en otros tres: el de abajo presentaba una escuadra y un compás, con una gran G en medio; el de arriba, un dragón que miraba desafiante y que se apoyaba sobre el cuerpo central, donde se veía un círculo que contenía una estrella de cinco puntas. No creo necesario decir que aquello no era un artilugio que uno pueda comprar fácilmente en una tienda de recuerdos turísticos. Era evidente que la caja era única y realizada ex profeso para alguien que… ociosas las explicaciones. Mis sospechas se confirmaban. ¡Ay, Misandro!
     Pero no era momento para conjeturas ni reproches. Lo importante era abrir aquella caja tan bella como turbadora, pues con ser valiosa en sí, daba por seguro que su contenido lo sería mucho más. Su peso dejaba claro que en su seno había algo. E igual de claro estaba que se había enterrado allí para que yo la descubriera. Pero, ¿cómo abrirla? No tenía cerradura ni modo aparente de acceder a su interior. Pasé cuidadosamente el dedo por los laterales y no noté ninguna hendidura que me indicara que pudiera abrirla. Me las veía con un nuevo enigma. Estudié la caja con suma atención. La palpé hasta la saciedad. Ya cansado de tantos acertijos, se me pasó por la cabeza estrellarla contra la pared, pero hubiera sido una pena destrozar algo tan magnífico, aunque perverso. Además, quizás podría dañar algún valioso objeto de su interior.
     Me calmé. Decidí que para resolver aquel arcano era mejor discurrir que buscar a ciegas. Respiré hondo. Durante unos minutos estudié todo lo que veía en busca de la clave que me permitiera abrir la caja. Y no tardé mucho en caer en la cuenta de algo: el dragón, para las personas que se entregan a ciertos maléficos cultos, es considerado un guardián. Y éste, que de un modo tan siniestro miraba todo aquel que cogiera la caja, se posaba, como he dicho sobre el círculo con la estrella. Era evidente que la apertura estaba en ese círculo. Acerqué la lámpara y lo observé detenidamente. Toque la superficie en busca de algún botón o resorte que pudiera abrir la tapa. Vano intento. No obstante, en seguida me percaté de algo curioso: el contorno del círculo estaba ocupado por unas apenas perceptibles líneas, al modo de las que indican en los relojes los minutos. Es más, cada cinco líneas, empezando por la que equivaldría a las doce en un reloj, era más larga. Había cien. Una intuición se apoderó de mí. Y si aquello era una caja fuerte. La estrella que se inscribía en el círculo estaba en relieve, aunque muy poco acusado. La así como buenamente pude e intenté girarla a la derecha. Para mi sorpresa, la estrella se movió. La forcé un poco más y volvió a moverse. Intenté girarla a la izquierda, mas me fue imposible. La volví a poner en su posición original. Quedaba claro que no era necesaria una combinación, como en las cajas fuertes convencionales. ¿Cómo demonios abrirla, pues? “¿Y si?..” Pensé. Lentamente, para no pasarme, situé la punta que estaba en las doce en la línea número 33. Nada ocurrió. Un suspiro de decepción y amargura salió de mí. ¿Conseguiría desentrañar aquel misterio?.. Un nuevo destello vino a iluminarme. Puse el dedo sobre el centro de la estrella y apreté. ¡Gran Dios! Se oyó un clic, como si un resorte hubiera cedido, tras los cual la tapa se levantó unos centímetros. Lo había conseguido.

      Continuará



     

2 comentarios:

  1. mediocre, en tu linea. No me he molestado ni en leerlo.
    Un beso anal!!!

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    1. Que no lo has leído... ¡Ja! Seguro que has devorado mi escrito, al igual que deseas devorar cierta parte de mi anatomía. No está hecha la miel para la boca del asno.
      Y respecto al beso anal, el hecho de que me cisque en ti no significa que te puedas tomar esas confianzas. Ni lo sueñes, Cagachillo. Vete a besarle el culo a algún travelo de Chueca, que es lo tuyo.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.