sábado, 19 de septiembre de 2015

EL HALLAZGO (IV)

 
        La visión que ante mis ojos se ofrecía es de esas que rara vez se ven y nunca se describen como merecen. Un inmenso lago subterráneo aparecía en todo su esplendor ante quien ha poco había tenido que arrastrarse por las más tenebrosas entrañas de la tierra. El espectáculo era glorioso: la luz que se filtraba daba a las aguas una apariencia irreal, que ora matizaba de colores diversos el líquido cristal, ora lo iluminaba de tal modo que parecía fuera el fondo de oro. En otras partes, apenas iluminadas, el agua se mostraba de un negro misterioso, sin embargo, mientras que en una especie de cala, cercana a donde yo me hallaba, daba la impresión de ser la más cristalina que jamás hubiera visto. Pero lo verdaderamente llamativo eran las paredes que se alzaban de las aguas hasta la inmensa bóveda pétrea que cubría tan singular e ignoto lugar. La naturaleza, durante muchos siglos de ocio, se había entretenido en formar las más dispares formas que se puedan concebir, hasta el punto que tales retorcimientos y formas serpenteantes me llevaron a pensar que a su lado una fachada churrigueresca hubiera parecido antes obra de Juan de Herrera. Me llamó especialmente la atención una delgada masa de piedra que por la erosión había quedado aislada: parecía una columna salomónica, arrogante y solitaria, que se alzaba en medio de aquella estampa de ensueño.
      Pese a que lo merecía, no tenía tiempo para recrearme con tantas maravillas, como no lo tengo ahora para descripciones. Pero no puedo dejar de mencionar la cubierta de aquel conjunto espléndido: lo más llamativo lo formaban las miles de estalactitas que caían en desorden, con mil formas diversas y a cual más extravagante. Era como si se hubiera recreado alguna de las bóvedas de fantasía que los árabes han dejado esparcidas por medio mundo. Lo curioso es que, casi en el centro, se abría a modo de claraboya un gran espacio por el que, a esa hora en la que el sol estaba en su punto álgido, entraba un chorro potente de luz, a modo de rompimiento de gloria, que daba ese aspecto indescriptible a todo. Además, y hubiera jurado que aquí la naturaleza había tenido un ayudante, en diversos puntos aparecía la techumbre de piedra calada de tal modo, como se puede ver en los baños musulmanes, que por los agujeros se filtraban haces de luces que contribuían en extremo a crear efectos prodigiosos.
      Durante un par de minutos no puede menos que recrearme ante la fantástica escena. Mas no era momento de entregarse a efusiones estéticas. Miré a mi compañero, a quien ya he referido sentía ganas de estrangular por todo el suspense y el no habernos adelantado la maravilla que tenía ante mí, con ánimo de ponernos manos a la obra. Para mi sorpresa, no le vi tan asombrado como yo, por más que no esperaba de sujeto tal un alma demasiado elevada como para apreciar tan simpar belleza. Tampoco encontré indiferencia, pues no dejaba de mirar a un lado y a otro con cara de pasmo, como si vigilara o temiera que de un momento a otro nos abordara algún peligro. Estaba por sentir lástima del muchacho cuando me acordé del resto de la cuadrilla y de las palabras del capitán: ya casi había pasado la hora y era de suponer que estuvieran de lo más agitados. Ordené al marinero que volviera a avisar a los otros y que les dijera que bajo ningún concepto debían aventurarse a imitar nuestro penoso periplo. Ya me encargaría yo de investigar por mi cuenta. Sólo debían esperarme. No fue precisamente pesar lo que se reflejó en su cara; antes al contrario, pese al mal trago que le aguardaba. Respecto a los dos compañeros que yacían medio muertos de cansancio en el suelo, le dije que les comunicara que por mí podían descansar un rato más, pero que no tardaran mucho en regresar. Ignoro por qué, pero sentía la necesidad de estar solo. Dadas las órdenes, al punto giré la cabeza a un lado y al otro y me puse a buscar el modo de bajar al lago desde la terraza donde estaba, inigualable mirador para apreciar en todo su esplendor la magna obra de Dios. Antes de partir, mi menudo camarada, que había adivinado mis intenciones, me dijo mientras señalaba a nuestra derecha:
      -Si desea bajar, señor, puede hacerlo por ahí. Hay unas escaleras, pero…
      -Pero qué… Habla ahora mismo o te prometo que acabo contigo -le dijo harto de misterios. ¿Cómo puedes pensar en memeces y supercherías en este momento ante semejante visión?
      -Le puedo asegurar, señor Delantro -respondió entre humilde y amostazado- que yo también me quedé de piedra cuando llegué por primera vez. No sabe qué alegría. Pero cuando bajé por esas escaleras… Llevaba un trecho cuando… Señor, le juro que no estoy loco…
      -Termina de una vez.
      El muchacho, como si realizara un gran esfuerzo por recordar lo que, a todas luces, deseaba olvidar, prosiguió balbuceando:
      -Señor, como le decía, yo también me quedé embobado mirando todo esto. Pero como me entraron unas ganas locas de darme un buen chapuzón, me puse a buscar por donde bajar. Y encontré esas escaleras, sin duda hechas por el Diablo. Yo no me puse a pensar en cosas raras, y bajé a toda prisa. Pero, cuando había bajado unos cuantos peldaños… se lo juro, señor… noté... algo detrás de mí… No sé lo que era, como un aliento… algo… Y cuando quise darme la vuelta… ¡pecador de mí!... Sentí una… mano, sí…, una mano que me empujaba. Quizás esté loco; quizás resbalé y todo sean cuento míos, pero por mi vida le juro que algo me empujó… Caí rodando por las escaleras. Sin mirar si me había roto algo, y menos sin querer saber quién lo había hecho, corrí todo lo deprisa que pude y volví a donde usted estaba…
      -Cálmate, hijo -le dije con toda la afabilidad que puede tras oír su descabalado relato, dicho de un modo tan apresurado que me costó lo indecible entenderle. Como le vi muy asustado, no creí conveniente retenerle para pedirle más explicaciones, y menos aún para amonestarle por sus fantasías.
      -Vuelve con los demás, muchacho, y diles lo que te he ordenado. Corre.
      En menos de lo que se tarda en contarlo, había desaparecido de mi vista. Al pie de la escalera, o algo parecido, solo, me dispuse a bajar, ignorando si tal era obra del demonio, a quien supongo ocupado en otros menesteres. Pero no pudo dejar de referir que mostraban claramente que habían sido obra de unas manos y no del capricho del tiempo, pese a lo irregular de los supuestos "peldaños". ¿Acaso Diógenes? ¿Tal vez Olímpico? Comencé a bajar despejando la mente de unas incógnitas en ese momento insolubles, pues necesitaba toda mi atención para centrarme en lo que me ocupaba en el momento. Debo confesar que, pese a considerar las palabras de mi joven amigo como una tontería nacida de un irracional miedo que había convertido un simple resbalón en una historia de fantasmas, no las tenía todas conmigo. La iluminación en aquel rincón del lago era pobre, aunque suficiente para no necesitar volver a por la lámpara que dejara más atrás. No obstante, la estampa era de lo más siniestra. Pegada a una pared muy irregular, llena de entrantes y salientes, un tramo de escalera de unos treinta "escalones" caía formando una cerrada curva hasta llegar a la pequeña cala antes mencionada. Era estrecha y, desde luego, labrada sin esmero. Descendí lentamente. Según lo hacía, observe ciertas oquedades donde una persona no muy voluminosa podría muy bien esconderse y aguardar sin ser visto a que pasara alguna visita no deseada. Y una vez ganada su espalda… ¿Tal vez era cierto lo que contaba el grumete y algún poco hospitalario anfitrión había querido deshacerse del intruso?
      En un gesto un tanto infantil, lo confieso, grité a pleno pulmón el nombre de Misandro. Me avergüenzo de ese rapto de debilidad. Recuperado, proseguí la marcha, no sin tomar ciertas precauciones y tener los ojos bien abiertos. En seguida llegué a la cala, donde las aguas morían apaciblemente en una pequeña playa de finísima arena. Parecía un lugar idóneo, pese a su algo tétrica magnificencia, para reposar. Y, desde luego, la perspectiva que se me ofrecía del lugar no era menos imponente que la que antes había apreciado. Dulcificado por las bellezas que se me ofrecían, y mucho más sosegado ante la perspectiva de un buen baño, por fin podría entregarme a un momento de deleite. Mi magullado y bastante sucio cuerpo lo pedía a gritos. Me lancé al agua sin pensármelo dos veces, y comencé a chapotear como un niño que juega alegremente sin ocuparse de otros asuntos. Empero, no era el momento para entregarse con exceso a la holganza, por lo que decidí mezclar el reparador remojo con mis tareas de investigación. Y lo hice con singular fortuna, ya que tras un risco muy voluminoso pude comprobar que el lago se extendía aún más, algo que no pude apreciar desde el mirador.
      Muchas maravillas y misterios se me ofrecían, como ciertas grutas y otras entradas que invitaban a una cuidadosa exploración. Y debo decir que la idea de encontrar un acceso al lago no tan dificultoso como el que había empleado poco antes se encontraba entre las que con más fuerza llamaba a las puertas de la voluntad. Pensando en esto, divisé otra pequeña playa, más iluminada, y más acogedora si cabe. Me lancé hacia ella y en un par de minutos gané la orilla. Tumbado sobre la arena, la fantasía cayó en los brazos de las extraordinarias quimeras que se presentaban a la imaginación al contemplar la bóveda, indescriptible. La sensación que se apoderó de mí también lo era, y de buena gana me hubiera entregado al sueño en aquel instante de no ser porque los ojos estaban ávidos de tanta y tan poco común hermosura. Al sopor que me empezaba a dominar contribuyó en no poca medida cierto rumor que llegaba a mis oídos y que asimilé sin darme cuenta en medio del silencio. Parecía el correr del agua de una fuente. Me incorporé y comencé a buscar. Tras unas rocas, en un promontorio elevado como un metro sobre el suelo, aprecié una pequeña caída de agua, de tímido acento y leve discurrir. Por un momento, ante aquel delicioso rincón, las imágenes que tantas veces había evocado en mi adolescencia tras la lectura de libros sobre la antigua mitología volvieron a mí. ¿Aparecería alguna ninfa tal vez?
      Con tantas emociones, y efusiones líricas, había olvidado lo sediento que estaba. Acerque las manos a la fuentecilla y di un pequeño sorbo. Y comprobé con dicha extrema que el agua no sólo era potable, sino que, además, jamás había probado una igual. Recuerdo que pensé que debía llevarme unas cuantas garrafas al Rincón de las Musas para libar de aquel néctar antes de entregarme a mis delirios literarios, pues tuve por cierto que tal agua debía de ser tan poderosa como la de la Fuente Castalia. Como pueden comprobar los que lean estas pobres líneas, mi apreciación era harto errada. Pero, qué dichosos e infantiles nos vuelve la naturaleza cuando muestra sus mejores galas. Cómo no volver a la ingenuidad de los primeros años cuando uno se halla en su seno.
      Tras saciar mi sed, aposenté mis reales sobre una piedra muy bien pulida por el efecto del tiempo, y me entregué a la contemplación de lo que me rodeaba mientras el pequeño riachuelo refrescaba mis más que castigados pies. En ese sublime trance que sólo proporcionan los goces sencillos, pude comprobar otro prodigio: de repente, y por efecto de un rayo de luz que a esa hora le tocaba visitar tan hermoso lugar, y que se filtraba por una pequeña abertura con una forma sospechosamente parecida a una estrellas, pude comprobar que frente a mí, a unos cinco metros, lo que parecía sólida roca dejaba ver una minúscula abertura. Feliz casualidad que llegara a esa hora, pues de lo contrario nunca hubiera advertido, dada las caprichosas formas que adoptaban las paredes, que tal oquedad estaba allí. La curiosidad venció a mi pereza y, movido por cierta intuición, me encaminé hacia la entrada, a la cual se accedía a través de un estrecho pasaje, pegado a la roca, que partía de la fuente. La entrada se hallaba a la misma altura del suelo y dejaba el espacio justo para entrara un cuerpo delgado. Me adentré y, apenas medio metro después, me vi obligado a girar 90 grados por tener en frente un muro, hecho que propiciaba el efecto óptico que disimulaba tal entrada en la oscuridad. Tras varios metros de travesía por un pasillo poco más ancho de lo que yo soy, llegué a una cámara, pequeña y muy poco iluminada, y donde se disfrutaba de un frescor extraordinario. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude divisar unos bultos que yacían en perfecto orden junto a la pared. Mi asombro llegó a su cima. El lugar donde me hallaba era… una bodega. Apilados cuidadosamente, como no podía ser menos, varias hileras de barriles se mostraban ante mis atónitos ojos como el maná divino. Un rápido vistazo me llevó a comprobar que allí se había almacenado una cuidadosa selección de los más exquisitos brebajes: brandy, oporto, jerez, madeira  y otros muchos caldos nacidos de la uva convivían con espiritosos de otra naturaleza, pero también capaces de volver loco de alegría a un paladar exigente. Y qué decir de la tropa que aguardaba fuera. Este hallazgo respondía a muchas preguntas que me hacía tiempo atrás cuando convivía con Diógenes. Pero no estaba para muchas cábalas, pues toda mi intención se centraba en hacer un provisional inventario de mi descubrimiento. Y cuál no fue mi sorpresa al darme cuenta de las cajas que esperaban a mi curiosidad en una esquina. No hacía falta mirar las etiquetas que llevaban, pues la fragancia que se subía de ellas era su mejor tarjeta de visita: qué deliciosas mixturas con las mejores hebras del mundo; qué cigarros esplendorosos. El paraíso de un bon vivant, dicho en pocas palabras.
      Como ardía en deseos de salir de allí para comunicar mi portentoso hallazgo, aunque aún quedaban otros mucho más valiosos, y, por qué no decirlo, deseoso de requerir el concurso de otros brazos para sustraer de su escondite ciertos barriles, dejé la revisión de tan preciado cargamento y me puse a buscar el modo de salir de allí. Era evidente que todo aquello había sido depositado en esta improvisada bodega a través de un conducto que, de lejos, no podía ser aquel tan ingrato que me había traído hasta ella. Por ello, me puse a buscar por todos lados. Diez minutos después, mis pesquisas seguían en punto muerto. Un tanto cansado, me apoyé en un gran barril que se encontraba muy cerca de la entrada. La luz era escasa, pero pude distinguir el nombre que se leía en él, escrito con grandes letras: Ginebra. Mucho me extrañó aquello, pues era el más grande de todos, y Diógenes aborrecía tal licor. “Después de todo, parece que he invadido los dominios de otra persona”, pensé. Quizás hasta mi amigo ignoraba la existencia de tal lugar. Este pensamiento me inquietó un tanto, y la “mano” fantasma que había empujado al pequeño marinero se me apareció en la mente. Me inquieté un tanto, y deploré el hecho de hallarme casi desnudo y con mi pistola reposando sobre las arenas de la cercana cala.
      De repente, una idea a modo de fogonazo me iluminó.  "Y si el guasón de Misandro..." Apoyé las manos sobre el gran barril y, para mi sorpresa, se movió con relativa facilidad. Estaba vacío. ¿Hallaría la solución detrás? En medio de tanto alcohol, un jarro de agua fría cayó sobre mí. Allí no había salida alguna; sólo roca. Empezaba a sentirme tan descorazonado como intrigado cuando se me ocurrió que en aquella Caverna, según ha quedado claro, muchas veces las cosas no son como parecen. Retiré un poco más el barril y tantee la pared. ¡Por los clavos de Cristo! No era piedra todo lo que tocaba. Había una puerta, según creí, de madera, pero tan bien pintada y aderezada que, en medio de la penumbra, engañaba a la vista. El corazón me palpita. Empujé y … se abrió. Una vez abierta del todo, traspasé el umbral y penetré en una nueva cámara mucho más pequeña y oscura. No veía nada. Dada la experiencia reciente confíé al tacto lo que no podía confiar a la vista. Recorrí la pequeña estancia tanteando las paredes. En medio del silencio, sólo se escuchaban los latidos de mi corazón. Nada. No hallé salida alguna. Esta vez parecía que me habían vencido. Pero, una vez más, mi perezosa lógica vino a sacarme del apuro. Si no hay por donde salir en las paredes, tal vez lo hubiera por el techo. Miré hacia arriba. La oscuridad no dejaba ver nada. Con más desesperación que otra cosas, me giré para volver sobre mis pasos e ir en busca de ayuda. La mala fortuna, o no tan mala, hizo que al dar un par de pasos tropezará y cayera de bruces. Quedé un tanto aturdido por el golpe y permanecí tumbado unos segundos. No había tiempo que perder, así que me giré y me incorporé. Un frescor que hasta ahora no había notado me ayudo a despejarme. Era un alivio. Desde luego que lo era, pues en el acto caí en la cuenta. Con el traspiés había ido a parar casi al centro de la pequeña gruta. Miré de nuevo arriba. O me había vuelto loco con el golpe, o juraría que cierto pequeño haz de luz se dibujaba en la negra roca. ¿Un resquicio? Me puse en pie y volvía a afanarme en el tanteo de las paredes. A duras penas, y con trabajos bastante fatigosos, logré encontrar ciertos salientes por donde trepar. Por fortuna, la altura no sería mayos de tres o cuatro metros. Cerca del techo, puede apreciar mejor la corriente de aire y el resquicio. Con mis últimas fuerzas me agarré a una estalactita como buenamente pude y me dispuse a dar una patada en el techo. O había una compuerta y así la abría, o me mataba en la caída. Al primer intento, nada pasó. Pero el hecho de que cayera polvo y algo de arena me dio esperanza. Ya sólo me sentía capaz de un intento más. Cogí aliento. Lancé de nuevo la pierna y… ¡Eureka! Algo que hacía de tapadera cedió. La luz y el aire entraron a raudales, como si quisieran saludarme y premiar mis esfuerzos con un feliz final a los mismos.
      Con renovados bríos, trepé como pude y me colé por el nicho abierto. Extenuado, me hallé en una pequeña cavidad, lo justo para albergar a un hombre agachado. Apoyado en ese diminuto “desván”, con el espacio necesario para los pies y poco más, observe como una tupida red de arbustos tapaba la salida. Los aparté como puede, y no sin pincharme muchas veces con las malditas espinas que los adornaban. Diez minutos después de retirar aquella maleza, despejé lo suficientemente el camino como para acceder a una corta galería. Parecía la salida de una alcantarilla. A Dios gracias, algún alma piadosa había practicado en la pared unos agujeros donde apoyar pies y manos. Subí todo lo deprisa que me permitieron mis fuerzas. ¿Sería ya el fin de mis trabajos? Cuando hube sacado medio cuerpo y me senté en el borde del agujero, mis ojos se abrieron como platos ante lo que veía. Y una gran carcajada retumbo en el espacio. Esta vez el techo era el cielo. Abajo, a mis pies, como a unos doscientos metros, puede ver, visión tan soberbia como la de la bóveda celeste, nuestro campamento.


                                                                            Continuará










2 comentarios:

Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.