domingo, 30 de agosto de 2015

EL HALLAZGO (III)

      
      Apenas tuve tiempo de dar un trago de brandy a mi joven amigo, y unos cuantos ánimos para que se sosegara, cuando el resto de la cuadrilla apareció, a excepción de tres hombres que se habían quedado guardando el campamento. Si su sorpresa fue grande al vernos de esa guisa -el menudo marinero sentado en el suelo y con aspecto de lo más desaliñado, y yo con el semblante demudado-, no menor fue la nuestra cuando se lanzaron ellos hacia nosotros armados hasta los dientes y con cara de estupor y pocos amigos.

      -¿Qué demonios pasa, Delantro? -rugió el capitán.
      -Eso quisiera saber yo -repuse con mi habitual y recuperada flema, que, no lo neguemos, exasperaba un tanto al viejo marino.
      Nada más decir estas palabras, todos  giramos los rostros hacia donde yacía el joven. Éste, que estaba más por la labor de echarse otro sorbo de reconstituyente que de hablar, nos dijo que sería mejor que lo viésemos nosotros con nuestros propios ojos. Y calló obstinadamente pese a nuestra insistencia. De vueltas las miradas a mí, expliqué en breves palabras mi descubrimiento. Y como no había tiempo para adornarse, y todos deseábamos saber de qué se trataba, nos pusimos manos a la obra. El antiguo minero, que, por fortuna, había tomado la precaución de traer consigo su mochila con explosivos, la descolgó de sus hombros y se dirigió a la pequeña entrada para volarla y dejar el paso franco a la expedición. El capitán, a su vez, ordenó a tres de sus hombres que volvieran con los que montaban guardia en el campamento, y a otros tres que se quedaran en el “Rincón” a la espera de acontecimientos.
      Mientras se realizaban los preparativos para la exploración, el capitán me participó el motivo por el cual se habían adentrado de tal modo en la gruta: luego del almuerzo y el consabido descanso, empezaron a alarmarse por mi tardanza en salir a dar las órdenes de vuelta al trabajo. Conociendo mi inflexibilidad, empezaron a temerse lo peor, y más después de los últimos "acontecimientos". Mientras los camaradas más cachazudos terminaban de despabilarse, el viejo lobo de mar envío a un par de sus muchachos a La Caverna para averiguar por qué “el maldito Delantro no salía para reanudar las tareas”. Cuando, al poco, volvieron y refirieron que no estábamos dónde nos habían dejado, el capitán dispuso a su tropa para entrar a buscarnos. Como era hombre precavido, y la experiencia le había enseñado que enfrentarse a los contratiempos con algo de plomo cerca era de lo más conveniente, ordenó que todo el mundo echara mano de sus “amuletos” y se lanzaron en nuestra busca. Al no hallarnos, los más supersticiosos volvieron con sus cuentos de viejas, y algo de pánico empezó a cundir. Por fortuna, el capitán, que era listo como pocos, y ya empezaba a conocerme, cayó en la cuenta de que seguramente yo había vuelto al “Rincón de las Musas” llevado de mi impaciencia. Tranquilizó al personal y se lanzaron al angosto camino para comprobar que estaba en lo cierto. Con no poco trabajo, y tras algún que otro contratiempo, aparecieron en el “Rincón” como antes he descrito.
      Para cuando había terminado su relación el viejo lobo de mar, la carga estaba colocada. Una pequeña y certera explosión, y la consiguiente retirada de escombros, y el camino quedaba franco para lanzarnos en pos del misterio. Pertrechados como merecía la ocasión, nos pusimos en fila para entrar ordenadamente. Yo encabezaba a la tropa. Con una mirada y un gesto de mi mano, invité al joven a que nos guiará. Éste, que aún seguía en el suelo refrescándose, sin duda en la creencia de que estaba exento de la marcha, puso una cara que venía a decir que ya había cumplido sobradamente. Pero otra muy diferente del capitán propició que se levantará como un resorte. Ya no mostraba la resolución de antes. Sin necesidad de que dijera nada, me acerqué a él, puse mi mano en su hombro, la otra en mi revolver, y le tranquilicé:
      -No temas, pues de haber alguien hay dentro te aseguro que más motivos para estar asustado tendrá él.
      Algo más calmado, se lanzó de nuevo hacia la pequeña entrada. Todos le seguimos sin vacilar. Entramos con gran silencio. Los ánimos no parecían muy elevados, y algo misterioso, como la amenaza de un gran peligro, flotaba en el ambiente. Debo confesar que me sentía contagiado por esa inexplicable inquietud. Una vez dentro, nos hallamos en un pequeño espacio cuyas paredes presentaban una extraña lisura y regularidad. Daba la sensación de que estábamos en el zaguán de una casa antigua y no en las entrañas de una caverna. La única luz era la de nuestras linternas. Un fuerte olor a pólvora, y a lugar cerrado, unido al polvo levantado por nuestros trabajos, hacía sumamente difícil el respirar.
      -¿Y ahora? -le pregunté al pequeño marinero. Por toda contestación se limitó a señalar una pequeña apertura en la piedra que estaba en un rincón, a nuestra derecha. Apenas tenía metro y medio de alto, y no más de medio de ancho. Me acerqué para explorarlo junto con quien ya había pasado por allí. Alumbré con mi linterna aquella densa oscuridad: a duras penas pude divisar una galería muy estrecha. La linterna no llegaba a mostrar su final. Miré a mi camarada con rostro preocupado. Sus palabras no me animaron precisamente, pues me dijo que más adelante se estrechaba aún más. Lo angosto del camino, el calor insoportable y el irrespirable ambiente me obligaron a tomar una decisión.
      -Capitán, somos muchos para tan poco espacio. Con cuatro hombres basta.
      Acto seguido, indiqué que dos compañeros, los de menos envergadura, debían seguirnos.
      -Lo lamento, capitán, pero ya no es usted un pimpollo, y esta galería no promete ser un agradable paseo. Y su espalda no está para muchos trotes…
      El capitán clavó una mirada en mí una mirada poco amistosa. Es más, creo que durante un segundo se sintió tentado por la idea de darme un puñetazo. Pero sabía que yo tenía razón. Mi sugerencia fue aceptada. Así, y creo que menos molestos que el capitán, el resto de la tropa que había entrado en aquel agujero salió por donde había venido. Aquél, con medio cuerpo casi fuera, se giró y me preguntó si estaba seguro de lo que hacía. Tras asegurar con un movimiento de cabeza que lo sabía muy bien, terminó de salir, no sin antes dejar bien claro que si al cabo de una hora no habíamos regresado, entraría a buscarnos.
      Una vez solos los cuatros que habíamos de aventurarnos, sin más dilación que la de revisar nuestro equipo, nos lanzamos hacia la oscura galería. ¿Podré describir la angustia que sufrimos en aquel breve pero agónico trecho? Para poder acceder a dicha galería nos vimos en la necesidad de agacharnos hasta quedar casi en un ángulo de 90 grados, posición que excuso decir es bastante incómoda para caminar. Las linternas apenas disipaban las espesas tinieblas que nos rodeaban. Esto, unido al mucho polvo que se había levantado, nos impedía ver más allá de un metro por delante. Nada hay más aterrador que la ignorancia del peligro al que uno se enfrenta y la incertidumbre que ello genera. Y aunque no se le escapaba a mi razón que el menudo joven que encabezaba la expedición ya había hecho el camino y había vuelto, en ciertas situaciones domina lo irracional del miedo. Creo que todos los presentes hubiéramos dado un dedo de la mano por ver en todo momento un pequeño resquicio al final del túnel que nos indicara que aquel agujero tenía salida.
      A los cinco minutos aproximadamente, nuestra penosa situación se hizo digna de añoranza, pues la galería se estrechó notablemente. Y el techo bajó lo suyo. Así, nos vimos obligados a caminar en cuclillas un buen tramo. Y la oscuridad no se disipaba; la atmósfera seguía igual de turbia. Seguimos avanzando, penosamente, en absoluto silencio. Yo hubiera deseado que nuestro guía fuera más locuaz y que nos regalara frase tales como “ya falta poco” o “tranquilos, que el camino mejora”. No soltó prenda. Y, dicho sea de paso, no estaba yo para pedirle información. El agotamiento y el escaso aire de que disponíamos no invitaban a la charla. Para más desgracia, paulatinamente el camino menguaba más y más, hasta el punto de tener que arrastrarnos por el suelo. ¿Pueden imaginar nuestro agobio? Con una mano debíamos llevar la imprescindible linterna; con la otra, ayudarnos para poder avanzar, reptando por un suelo irregular y con muchos guijarros, algunos de los más hirientes, que destrozaban la ropa y llegaban, incluso, a hacernos sangrar.  A juzgar por los veinte minutos que el delgado marino había tardado en ir y volver, presumía yo que el camino habría de ser muy corto, pero aquello era una sensación engañosa, pues nuestro amigo se desplazaba a una velocidad endiablada. De hecho, cada poco debía pararse a esperarnos, a la par que lanzaba unos impertinentes “allez, allez”, que buena gana daban de estrangularlo. Llevaríamos ya casi esos veinte minutos y no veíamos el final. En medio de esas siniestras penumbras, casi sin espacio, con el único sonido alrededor del producido por los cuerpos arrastrándose al son de los jadeos y dificultosas respiraciones, la claustrofobia se apoderaba de nosotros. No se podía volver atrás; parecía que el camino no tenía fin; levantarse y estirar los brazos era imposible… Hasta gritar y maldecir parecía un lujo, pues el poco oxígeno y el cansancio no permitían casi ni hablar. En mi vida me he visto en muchas situaciones peliagudas, pero jamás he sentido una angustia mayor en toda mi vida. Ya la cabeza se llenaba de pensamientos lúgubres cuando uno de los que iban detrás de mí, con un gañido casi inhumano, suplicó que parásemos a descansar. Mi primera reacción fue la de mandarle al infierno, si es que eso no le hubiera agradado con tal de salir de allí: mi impaciencia por salir de la encerrona era tal que una parada se me antojaba como una puñalada en el corazón. Pero, cómo no conmoverse ante la voz que nuestro camarada emitió con tanta desesperación. Di la orden de parar para tomar un poco de aliento, aunque el aire estaba tan viciado que respirar se hacía con harta dificultad. Al segundo de dar tal orden, nuestro guía dio un agudo grito de negación, para dirigirse luego a mí:
      -No, no, señor. Ya estamos casi. Sigamos.
      Ese “casi” pareció obrar un efecto milagroso en nosotros. Retomamos la marcha, esperanzados con llegar a nuestro destino. No había pasado un par de minutos cuando topamos con un pronunciado recodo del camino que nos obligaba a girar a nuestra izquierda. En aquellas estrechuras, y tan extenuados, obligar al cuerpo a ese esfuerzo parecía el remate a nuestras cuitas. Mereció la pena. Cuando entramos en la nueva galería, tras una terrible contorsión, nuestras fuerzas volvieron: no muy lejos se veía luz. Y pudimos refrescarnos con un leve soplo de brisa que nos llegó como el maná divino.
      A todo trapo, con las últimas reservas de energía que da la vista del fin de las penurias, al poco llegamos junto a una abertura, casi idéntica a la que habíamos traspasado. La cruzamos todo lo de prisa que pudimos y caímos rendidos en el suelo de una “estancia” también muy similar a la que dejáramos atrás. Sin ánimo para pensar en algo tan casual y misterioso, permanecimos tumbados un par de minutos, sin resuello, respirando ávidamente con la misma ansia con que el caminante perdido en el desierto bebe en el estanque de un oasis. Recuperado, me incorporé. A mi lado, con un rostro que mezclaba admiración y pavor, se hallaba sentado el pequeño marinero. No parecía muy dispuesto a separarse de mí.
      Como los otros dos camaradas estaban exhaustos, y en mí ya vencía la impaciencia sobre la fatiga, me levanté y le pedí al joven que tenía cosido a un lado que me acompañara. Di licencia a los otros dos para quedarse reposando, lo cual creo que me agradecerán hasta el final de sus días. Una vez de pie, miré a mi alrededor. Qué extraordinario parecido. De no ser porque era imposible, hubiera jurado que nuestro “paseo” había sido un sueño y que no nos habíamos movido de la cámara que guardaba el soneto. Miré al guía y en su cara pude leer cierta expresión de triunfo entre su inquietud. Desde luego, empezaba a sospechar que todo el aire de misterio que había creado con su silencio no era fruto de la imaginación.
      -Por allí, señor -me dijo indicando una pequeña abertura en la roca a nuestra izquierda.
      -Vamos -dije sin contemplaciones.
      Cruzamos la pequeña salida. Daba a una galería, por fortuna espaciosa. Gracias a Dios, al final de la misma se veía luz. El aire que se respiraba era tan limpio que hasta me pareció dulce. Respiré un par de veces a mis anchas para saborear aquella delicia a la que estamos tan acostumbrados, que sólo valoramos cuando nos falta. Qué placer. Pero no había tiempo para recrearse. Empecé a caminar. Mi menudo amigo no se despegaba de mí, hasta el punto de dificultarme el paso. Me zafé de él, y en no más de diez pasos llegué al final de ese pequeño pasillo. Me detuve en una gran losa, a modo de terraza, desde la que puede contemplar algo que me dejó sin aliento.
      -¡Santo Cielo! -exclamé. Acto seguido, me dirigí a mi atemorizado acompañante-: ¡Maldito seas! Y tanto suspense para no contarnos esto… Si no fuera porque esta visión me embarga te estrujaba el pescuezo…

       


       

     



4 comentarios:

  1. como siempre, mediocre.

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  2. aunque pensándolo bien, para un decrépito alcohólico, no está nada mal.

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    1. Vaya, se ve que te han dejado la retaguardia nueva y estás contento. Pero no nos engañes: tú no piensas.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.