domingo, 2 de agosto de 2015

EL HALLAZGO (II)



        Con qué poco se conforma el alma sencilla después de haber pasado muchas penalidades. No hay nada como las privaciones, los trabajos y los peligros para, una vez superados, llegar a una visión de la vida según la cual la sencillez y unas pocas buenas costumbres se aparecen como un ideal. Aún me quedaba por superar una última prueba, quizás la más terrible, y no había encontrado todavía a Diógenes, pero tras las peripecias vividas, me solazaba con la idea de retirarme en un futuro próximo a ciertas soledades, que excuso nombrar, donde poder llevar una vida poco menos que de eremita.
      Estas y otras meditaciones de similar cariz me ocupaban en la abrasadora tarde de marras cuando un lamentable suceso vino a interrumpirlas: mi puro languidecía. Ante tal desgracia, llamé a la petaca en mi auxilio, pues no quería meditar a solas. Por una razonable asociación de ideas, tras el trago el pensamiento voló de nuevo hacia los días en que me dirigí a La Caverna con mis nuevos “socios”. Vuelto al hilo de mis iniciales pensamientos, que habían apaciblemente discurrido hacía esas reflexiones filosóficas, rememoré en rápido resumen las correrías pasadas con aquella patulea de marineros, las cuales fueron de tal naturaleza que dieran para escribir un relato fantástico. Sí, sé que es ocioso decir que quizás otro día se lo cuente.
      Una vez instalados en el campamento, guardado por un viejo amigo y mis fieles perros, nos pusimos a trabajar con frenesí. Gracias al carisma del capitán O…, el viejo lobo de mar encontrado providencialmente en Marsella, y su enorme ascendiente sobre su tripulación, las tareas marchaban a pedir de boca. Sin duda, aquel hombre hecho a la mar más que a la tierra, estaba deseoso de volver a embarcarse, por lo que cuanto antes terminase su parte del trato, antes podría volver a desplegar velas. Con una disciplina propia de un navío, los muchachos se entregaron a sus cometidos sin desfallecer ni faltar a su compromiso con los demás, ni con el objetivo común. Por fortuna, e insisto en que la suerte está de mi parte últimamente, uno de los marineros había trabajado en las minas en su juventud. Sus conocimientos, sobre todo en el uso de explosivos, nos permitieron avanzar más en apenas quince días que en meses. Si con las tres primeras cuadrillas apenas despejamos las dos entradas, con la última… Pero no quiero adelantar acontecimientos.
      Y aquí es donde debo hacer mención a una serie de, como poco, asombrosos hechos que vinieron en nuestro auxilio de un modo milagroso. ¿La suerte era tan generosa? Me explico. Aunque en los pocos meses en los que viví en La Caverna me di mis buenos paseos por los entresijos de la misma, llevado por la curiosidad y el deseo de buscar rincones idóneos para mis soledades, debo decir que mi conocimiento sobre sus entrañas no era tan profundo como yo hubiera deseado. Además, las dos explosiones habían creado tal derrumbe que se había provocado una especie de “reacción en cadena”, con otros nuevos desprendimientos, hecho que había dejado al antro muy cambiado, además de peligroso por lo inestable. Es más, no fueron pocas las veces en las que nos sobresaltamos sobremanera al escuchar el horrible ruido que, en algún lugar perdido de la gruta, provocaba un nuevo derrumbe. Quien hubiera hecho aquello, sabía lo que se hacía.
      Por ello, teníamos el cuidado de apuntalar todas las zonas ganadas al desastre y de nuevo despejadas. No obstante, por dónde seguir era la eterna pregunta. Y he aquí que, en varias ocasiones, ciertas marcas, ya fuesen flechas o números, entre otras indescifrables, en las paredes nos daban valiosísimas pistas para hallar alguna galería o algún espacio con las suficientes aberturas como para permitirnos descansar allí con la luz y aire puro necesarios. De hecho, reconocí en varios de esos espacios diáfanos, aunque cambiados por el desastre, algunos de los “salones y estancias” que antaño compartí con Misandro, y la cuales eran motejadas por él con los más ocurrentes nombres y epítetos. Debo decir que algunas de esas marcas ya las conocía, y más de una las había hecho yo, pero otras me parecieron nuevas. <<Según se ve, no soy tan observador como creía>>, pensé en aquel momento.
      Por aquel entonces, y fue poco antes de tener que partir de nuevo a mis periplos, algunos trabajadores comenzaron a afirmar que habían oído extraños ruidos; incluso uno de ellos, el antiguo minero, estaba por jurar que había visto cierta noche, en la que se había quedado hasta tarde en La Caverna para estudiar detenidamente donde colocar los explosivos, a una sombra escurrirse por un pequeño resquicio. ¿Acaso nos espiaban? Yo daba por seguro que no, pues ya había tomado mis precauciones, y raro me resultaba que alguien pudiera acercarse sin ser notado. ¿Tal vez el cansancio hacía mella en los marinos? ¿Quizás aquella vida tan monótona empezaba a pesarles? Bien había yo procurado que su estancia fuera agradable. Todas las comodidades posibles en aquellas circunstancias les fueron concedidas. Dormían en barracones decentes con camastros adecuados. La ración de comida era generosa, por más que se caracterizaban todos por cierta frugalidad y el estar hechos a las privaciones. Y si no eran tan moderados con las libaciones, ya se encargaba el capitán de contener su sed. Cierto que el régimen de vida era estricto, pero no despótico: al alba nos levantábamos y en el ocaso ya estábamos todos dormidos. Las jornadas eran largas, más de lo que yo exigía, pero ellos insistieron en que debía ser así. Empero, una hábil organización, los oportunos descansos y turnos bien establecidos, y la camaradería reinante permitían sobrellevar tal esfuerzo. Por otra parte, no faltaban los buenos ratos en los que, al amor de un fuego acogedor, nos entreteníamos con charlas, canciones e, incluso, algún que otro baile. No puedo dejar de mencionar a dos camaradas, hombres singulares, que con su encanto propiciaron que aquellos días fueran menos penosos. Uno de ellos, italiano al que llamaré Niccoló, destacaba por su gentil apostura, pese a tener cierta edad y a las huellas de una apasionada y apasionante existencia. Más de una noche nos quedamos fascinados oyéndole narrar sus muchas aventuras, algunas galantes, las cuales, si ya de por sí interesantísimas, subyugaban por las maneras y donaire con que eran narradas. Y no menos popular era el otro ilustre camarada, un alemán -le llamaré Ludwig- que reunía en él todo el gracejo y la guasa que les faltaban a sus compatriotas. Nos hacía reír constantemente, lo cual elevaba mucho la moral, y le hacía merecedor de gran aprecio. Ambos hombres, muy amigos desde su juventud, y a cual más encantador y calavera, que su pasado era para no contado, no se borrarán de mi memoria aunque viva mil años. 
      Volviendo al hilo de mi narración, estos primeros síntomas de desánimo, de haberlos, se esfumaron cierta mañana cuando hicimos un colosal avance. Dos días antes, para mi deleite, habíamos llegado precisamente al rincón en el que me entregaba ayer a estas reflexiones que les estoy contando ahora. No
Mi rincón...
sólo me alegraba por el hecho de haber recuperado tan entrañable lugar, sino porque otros que frecuentábamos Misandro y yo no andaban lejos. Aunque no estaba todo igual, dado los destrozos, mi intuición y mi sentido de la orientación estuvieron a la altura de las circunstancias. Y de no haber sido así, cierta muesca que por casualidad vi en la pared de la gruta que yo creía la oportuna, en forma de nueve, me confirmó que era allí donde debíamos picar. No recordaba haberla visto antes, pero conociendo a Diógenes, me maliciaba a dónde nos llevaría. Lo extraño, y dio origen a ciertos rumores y algo de resquemor por parte de algunos, es que dos hombres que habían estado la víspera tanteando los pétreos muros para asegurarse de su consistencia, juraban que ese nueve, o lo que fuera, no estaba allí. Los más nos reímos de la ocurrencia. Pero otros comenzaron a sentir cierto terror supersticioso, pues si aquella era gente curtida que no temía a otros hombres, cuando en sus simples mentes aparecía lo sobrenatural se esfumaba su valor. Yo les tranquilicé diciendo que era normal que estuviera allí esa marca, pues había muchas similares, y que resultaban muy difíciles de ver para quien no estuviera familiarizado con el antro. Tranquilos los ánimos, con alguna que otra chanza de nuestro guasón alemán al respecto, proseguimos el trabajo con la misma armonía de siempre
      Sea como fuere, una jornada de trabajo hercúleo nos permitió despejar la entrada que daba a lo que parecía un corredor decentemente transitable, a pesar de la espesa oscuridad que reinaba. Para mi sorpresa, tal corredor estaba igual que como lo recordaba, y dicha sorpresa dio paso a la emoción a medida que el viejo camino tantas veces transitado aparecía diáfano a mis ojos. Las linternas sordas, y algunas teas ya algo débiles, iluminaban poco, mas los suficiente para que me orientara por aquel dédalo. De vez en cuando, algunos camaradas me llamaban para advertirme de que habían visto extrañas señales en las paredes y el suelo, pero no les hice caso, ya que, al fin, sabía muy bien por donde iba. Tan rápida y hábil era mi marcha, que al rato comencé a escuchar quejas de los otros, que se rezagaban, y no estaban, precisamente, por la labor de quedarse solos es esas tinieblas, y más cuando el camino empezó a hacerse casi impracticable.
      Al cabo de unos veinte minutos, para mí de excitación e impaciencia, para otros de tortura, al doblar por un recodo llegué a mi destino. Tras una frenética labor de unos diez minutos para liberar el camino de unas grandes piedras y dejar el paso franco, al final pudimos entrar en el lugar que Misandro llamaba “El Rincón de las Musas”. Todos aquellos que estén familiarizados con los escritos de Diógenes sabrán que así llamaba al sitio al cual acudía cuando era la inspiración la que acudía a él. Y allí estaba yo de nuevo. ¿Pueden imaginar, queridos lectores, cuál fue mi emoción al hallarme frente a la pequeña oquedad entre dos colosales estalactitas que mi amigo llamaba el “Trono”? Las lágrimas se agolpaban en los ojos, y
pugnaban por salir a la par que mil imágenes, mil recuerdos, volvían en tropel a la mente. Los pocos camaradas que me habían podido seguir, en un gesto que siempre agradeceré, entendieron que quería estar solo, por lo que algunos se retiraron a descansar mientras otros echaban un vistazo, a la espera de nuevas órdenes.

El Rincón de las Musas
      
      Pero no era momento de sentimentalismos: el tiempo era oro, por lo cual me repuse en seguida y me entregué de nuevo al trabajo. Al cabo de un cuarto de hora de inspección, pude cerciorarme de que todo seguía casi igual. Con especial emoción releí los versos que Misandro, en su sublime excentricidad, había escrito en las paredes con esa intensa tinta, ya amarilla, ya roja o ya blanca, que él creará al efecto, y que reservaba para esta “estancia”. Bien los conocía, pues no pocos de ellos los repasé yo, o los terminé, ya que era mi principal cometido en La Caverna, como recordarán. Y si bien no son nada del otro mundo, en aquella ocasión me parecieron como si los hubiera escrito el mismo Apolo.
      Lo curioso del caso es que había un soneto que no conocía. Y más curioso aún que estuviera escrito con una tinta naranja que me resultaba extraña, y que no terminaba de encajar con los gustos de mi amigo, o así creía yo. Posiblemente lo hubiera compuesto muy poco tiempo antes del desastre, y no me lo había podido dar para el pulido que su indolencia suprema demandaba. Y lo necesitaba. Pero no era el momento de entrar en cuestiones literarias. Lo importante era seguir, mas, ¿por dónde? Recuerdo que del “Rincón de las Musas” partían tres galerías que conducían a las más íntimas entrañas de La Caverna, pero eran para mí un arcano. En varias ocasiones, cuando me hallaba con Diógenes en aquel lugar, cosa que no le terminaba de agradar, ya que prefería estar solo en sus escasos momentos de creatividad, me advirtió de que nunca debía ir más allá, pues los vericuetos que se abrían daban paso a un laberinto bastante peligroso en el que era muy fácil perderse o despeñarse, entre otras cosas que me refirió. No me creí ni la mitad, pero nunca tuve necesidad de desobedecerle.
      Dado lo avanzado de la mañana, y nuestro agotamiento, tan acusado como el hambre, decidimos retirarnos a comer algo y a descansar, no sin antes apuntalar la entrada de aquel rincón parnasesco, si se me permite el neologismo. Un conveniente refrigerio, un buen café y una pipa a la altura seguro que despejarían la mente y permitirían decidir con mayor lucidez. Deshicimos el camino andado. La mayoría salió fuera de La Caverna para tomar un bocado al aire libre. De acuerdo a la costumbre recién impuesta de dejar siempre a alguien de guardia dentro del antro, para acallar cierto desasosiego de algunos, nos quedamos un marino y yo dentro, en mi rincón predilecto.
      Al cabo de un almuerzo frugal, mi joven compañero decidió meditar a solas consigo mismo, con los ojos cerrados, momento de soledad que aproveché para entregarme a mis reflexiones mientras fumaba. En el silencio de la gruta, sólo turbado por los ronquidos, recree en la mente lo recién visto para poder ir haciéndome una idea de por dónde seguir. Al poco, y tras convencerme de que debía vencer a mi impaciencia y esperar a estar in situ para tomar una decisión sensata, saqué mi libreta del bolsillo y me dispuse a darle un barniz a ese último soneto de Misandro, el cual ya me había apresurado a copiar. Con ello esperaba entretenerme hasta el momento de reiniciar la tarea. No pasó mucho desde que empezaran mis correcciones hasta que asuntos de otro cariz, no precisamente poéticos, me embargaran. Todo era muy extraño: la tinta empleada, el tema de la composición, el estilo… Era evidente que aquello desentonaba. Y aunque Misandro fuera un tanto perezoso y algo extravagante, en el fondo de todas sus acciones siempre había una gran lógica y un poderoso sentido común. No hacía las cosas a tontas ni a locas, y actuaba de una forma metódica, por más que, en ocasiones, costaba apreciar tal método.
      De repente, como si una punzada me atravesará el cerebro, una idea me iluminó. <<¿Y si?..>>, me dije. Era ilógico teniendo en cuenta las circunstancias, pero, ¿a lo mejor las circunstancias eran otras? Tan seguro estaba de de aquel chispazo ya convertido en firme determinación que desperté bruscamente a mi compañero y le pedí que me acompañará. Refunfuñando, y tras dirigirme una mirada poco amistosa, accedió a acompañarme de nuevo al “Rincón de las Musas”. Si la primera vez la impaciencia me devoró y el camino se me hizo largo y tortuoso, qué decir de la segunda. A todo correr llegamos en seguida, no sin antes tropezar mi joven amigo varias veces, para renegar en su idioma después, a buen seguro acordándose de mí y de todas las cavernas del mundo.
      Una vez en el "Rincón", me lancé en busca del nuevo soneto, el cual había sido pintado con grandes letras, no muy lejos, a la derecha de la entrada. La composición mediría cerca de dos metros de largo por casi otros dos de ancho. A primera vista, parecía escrito sobre una firme pared de la gruta. Pasé la mano. Misandro acostumbraba a recubrir con un par de capas de revoco, similar a las usadas para pintar al fresco, las superficies donde luego plasmaba sus versos. Así se grababan mejor, además de conservarse por más tiempo. O mucho me equivocaba, o la superficie parecía relativamente fresca. Una inquebrantable resolución acudió a mí. Ante el asombro de mi camarada, que no terminaba de saber qué demonios hacía, cogí una piqueta y ataqué el muro. Tras varios minutos de frenético trabajo, mis suposiciones quedaron confirmadas. Mi joven amigo tenía los ojos como platos: en aquel un muro de piedra, donde antes se veían palabras, aparecía incrustado un tabique de mampostería, labor sin duda debida a manos humanas, y no a la Madre Naturaleza. Hábilmente construido, y  con más pericia disimulado, de no ser por mi loca inspiración jamás se nos habría ocurrido seguir por allí. Y no cabía duda de que quien había hecho eso tenía intención de proteger la entrada a algo, cuando menos, “interesante”. Del mismo modo, ¿sería el soneto una señal destinada a alguien capaz de entender el mensaje oculto?
      Sea como fuere, ambos cogimos los picos y nos dispusimos a derribar el tabique, el cual no era muy grande, algo así como la mitad de una puerta convencional. Aun siendo de pequeño tamaño, la dureza del mampuesto dificultaba en extremo la tarea. Decidimos, pues, dedicarnos a una esquina y hacer un boquete lo suficientemente grande como para que mi menudo amigo pudiera pasar al otro lado. Una media hora después, el trabajo parecía concluido. Miré a mi compañero, y vi en sus ojos la llama de la intrepidez y la entrega a la aventura. Le di la linterna y mi pistola, además de un silbato para que pudiera llamarme en caso de peligro. Además, le ordené encarecidamente que no se expusiera en demasía y que, al menor contratiempo volviera. Aunque los dos ardíamos en deseos de ir más allá, no era el fin del mundo si esperábamos a los demás, ensanchábamos el boquete y nos adentrábamos todos. Con una mueca que quería significar “de eso ni hablar” me estrechó la mano el voluntarioso grumete, para después apartarse de mí y lanzarse al suelo. Se arrastró como pudo por el pequeño agujero, y en menos de lo que se tarda en contarlo, había pasado al otro lado.
      Por más que lo intentara, ni en un millón de años podría expresar lo que sentí en esos cerca de veinte minutos, y podría decir veintidós, que fue el tiempo exacto, pues creo que miré al reloj en cada uno de ellos. Di vueltas de arriba a abajo; me agaché para vislumbrar, con la ayuda de mis cerillas, lo que había al otro lado del tabique… Nada puede ver con tan poca luz. Nada se oía. La mortal ansiedad que me invadía me llevó, finalmente, a tomar de nuevo el pico y a golpear el muro para ensanchar la entrada y poder ir a encontrarme con mi camarada. Apenas había dado unos golpes cuando oí algo al otro lado. Dejé caer la herramienta. Puso los cinco sentido alerta. Saqué mi machete de su funda. Nada ocurría. De repente, volví a escuchar un leve ruido. Me agaché para ver si era mi amigo, pero, de serlo, dónde estaba su luz… Estaba aguardando cuando una voz me sobresaltó…
      -Señor… señor…
      Me lancé al suelo y ayudé a mi compañero a salir. Estaba un poco magullado, y en su cara se dibujaba la más extraordinaria agitación. Me miró fijamente, y en un pésimo francés me dijo:
      -Señor, tiene que ver esto…


                                                                           Continuará         
       





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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.