domingo, 16 de marzo de 2014

DÉCIMA CENSORA




  Déjame, Arnesto, déjame que llore
los fieros males de mi patria , deja
que su rüina y perdición lamente…

                                        Jovellanos 


     

Dice un viejo refrán que “mal de muchos, consuelo de tontos”. Imagino que de cara a la galería todos afirmamos tajantemente que el dicho no va con nosotros, pues el mal ajeno no nos supone, en principio, ningún bien ni placer. No obstante, puertas adentro, en esos confines donde la razón y la conciencia empiezan a sentir la necesidad de una buena luz, no estoy tan seguro de que la mayoría no seamos más tontos de lo que nos gustaría, y, por supuesto, de lo que nunca confesaríamos. Imagino que la mayoría de los hombres en caso de naufragar y quedar perdidos en una isla desierta, si topásemos con otro náufrago antes pensaríamos que estábamos de enhorabuena que dejarnos llevar por la lástima al encontrar a otra persona en el penoso trance en el que nosotros nos hallábamos. La madera de santo es muy difícil de encontrar
Comienzo este nuevo delirio con tales disquisiciones porque vienen al caso de lo que me sucedió el otro día. Estaba yo en el rincón de las Musas, que es como llamo a cierto sitio de mi antro en el que me suelo acomodar cuando siento la llamada del Helicón y la pluma se inquieta porque anda preñada de versos, a vueltas con unos endecasílabos tímidos a la par que algo díscolos. Como ya he dicho varias veces, soy poeta cojitranco y percherón, y por ello cada verso sale del magín como si me quitaran una muela. Y en este parto doloroso me hallaba, dando al demonio a las Hermanas Aonias y al jupiterino padre que las trajo, cuando cierto olor a quemado llegó a mis pituitarias. Lo primero que pensé es que las hordas del compás habían encontrado al fin mi latebra y se disponían a hacerme chicharrón. Quedé suspenso y con la desagradable sensación producida por la mudanza de ciertas partes de mi anatomía, de visita a las amígdalas. Fui todo oídos. Lejos de escuchar a las turbas entonando sus peanes habituales, cuajados de “fascistas” y demás sonsonetes al uso, sólo un débil lamento me llegó al cabo de un rato, y tan leve que pensé era fruto de mi imaginación.
Deje a las puñeteras Musas de cara a la pared y me dispuse a salir para aclarar el misterio. Con toda la prudencia que requería la ocasión, y armado con un canto y una buena garrota que tengo para dar cumplida hospitalidad a ciertos sujetos, si llegase el caso, me aventuré fuera de la caverna. En la entrada no había nadie. Sólo el trino de los pajarillos turbaba el silencio. Pero el olor a leña quemada seguía. Puse en liza mis extraordinarias habilidades de deducción, amén de mis conocimientos sobre Zarzuela (me refiero a la buena), y recordé aquello de “por el humo se sabe dónde está el fuego”. Así, cuando vi un hilillo de negro humo saliendo de un recodo que había muy cerca de la entrada a la gruta, pensé con pasmosa sagacidad: “ahí hay fuego”.
Descartada la posibilidad de que se debiera a causas naturales, sólo me quedaba superar mi alergia al ser humano y acercarme para saber quién se había colado por aquellos pagos olímpicos. Caminé con toda la precaución que pude y, tras de pisar sólo dos ramas secas, llegué a unas rocas que había justo antes del mencionado recodo. Escuché atentamente. No había duda: había alguien allí. Me deslicé subrepticiamente y asomé media cara para ver al intruso. Mis temores se disiparon al instante cuando vi a un anciano desharrapado y de luengas barbas agazapado en un rinconcillo formado por unas piedras, sobre las cuales había hecho con unas ramas un elemental tejadillo. Parecía un San Onofre.
“Un ermitaño o un loco”, recuerdo que pensé, y como hay mucho más de lo segundo que de lo primero, me acerqué a él dejando bien a la vista la cachiporra de pino castellano. El hombre, que me miró más con desprecio que con miedo, no pareció sentirse muy afectado por mi presencia. Se limitaba a calentarse junto al pequeño fuego pies y manos, que la tarde estaba fresca. Su equipaje se reducía a un pequeño hato, una escudilla y un viejo bastón. Algo más allá pude ver entre ramas algunos libros sobresaliendo de un saco con un aspecto igual de cochambroso que su dueño, el cual había escondido nada más verme y con gran disimulo unas cuartillas. No se me escapó que estaban garrapateadas, como tampoco se me escapó que a sus espaldas yacía una edición muy vieja de una antología de los discursos de Cicerón. Me pareció que era de no poco valor.
Aquella pintoresca estampa me empezó a resultar simpática. Por ello, me acerqué un tanto con toda la naturalidad que pude, aparqué a mi atlas de madera, y, como lo misántropo no quita lo cortés, le saludé y le pregunté si me podía sentar.
-Haga usted lo que quiera. El campo no es de nadie -dijo con unos acentos que bien podrían haber sido inspirados por el espíritu de Diógenes.
Acto seguido, y sin aprender de la respuesta anterior, le pregunté qué es lo que hacía allí. Tras un merecido “a usted qué le importa”, decidí que lo mejor era dejar a aquel hombre en compañía de sí mismo, la cual sospecho era la única que deseaba. Sin embargo, antes de irme, le expliqué someramente mi situación y que mi caverna y quien le hablaba quedaban a su disposición por si necesitaba algo. No sé muy bien porque me comprometí de esa manera, pero algo en la traza y modos de ese hombre me inspiraba confianza y, por qué no decirlo, cierto candor. Cuando ya había vuelto grupas para retornar a mi antro, el hombre me espetó:
-Disculpe usted mis modales. Llevo mucho tiempo alejado de cualquier compañía humana y temo que mis modales dejan algo que desear. Le agradezco su ofrecimiento, pero debo rechazarlo. Deseo estar solo. Sé que lo entenderá. Pero una cosa si me atrevo a pedirle: ando escaso de hojas y de algo con lo que pueda escribir. Si tuviera la infinita bondad de dejarme lo necesario. No sé lo puedo pagar…
-Ni yo aceptaría nada a cambio -le interrumpí-. No se preocupe: tengo material de sobra para compartir. Además, sería una lástima que ese magnífico “Cicerón”, y la inspiración de la que debe de estar cargado, se perdiese en el éter.
El hombre se sonrió. Me miró con ternura, tras lo cual tomó el libro que estaba tras él y me lo ofreció para que le echara un vistazo. Ni que decir tiene que me deleité con aquella golosina como un niño, al igual que el anciano lo hizo al contemplarme como lo haría un padre. Todos los hombres, por muy hastiados o amargados que estén, a fuer de humanos, nunca se podrán ver libres de cierta empatía con sus semejantes y de la necesidad de tratarlos. En medio de aquellas soledades, dos náufragos, dos misántropos, dos ermitaños, comenzaron a tratarse afablemente, con nuestro amigo Marco Tulio como maestro de ceremonias.
 Hablamos de mil cosas, o, más bien él habló y yo escuché complacido, demostrando aquel venerable eremita que era hombre muy culto e inteligente, además de poseedor en extremo del arte de la oratoria, la cual exhibía de mano de una hermosa voz muy bien educada. Pasado cierto rato, y creo que deseaba hacerlo fervientemente, me contó su historia, la cual dejaré caer a grandes rasgos por no aburrir al lector y por no revelar ciertos pasajes que me fueron dichos bajo promesa de silencio. Aquel hombre había sido años atrás una celebridad, alcanzando gran prestigio y predicamento, aunque también, como suele ocurrir, se había granjeado la escasa simpatía de muchos y poderosos enemigos. Era escritor, principalmente, aunque su fama más se debía a que su voz fue durante años faro en medio de las tinieblas para muchos de sus compatriotas. Se presentó como Estanislao Conte, aunque le gustaba llamarse Casandro, pues era nombre que mejor le casaba, como las circunstancia habían demostrado. No obstante, era más conocido como Catón de la Corte, pseudónimo bajo el cual había escrito infinidad de columnas en un periódico de gran prestigio. Le dije que me acordaba de él, por más que no le había reconocido.
 Hijo del sentido común y de la decencia, su talento se había impuesto como misión salvaguardar los más elementales valores y libertades que hacen la vida digna de ser vivida, enfrentándose por ello a toda la turba de malhechores, miserables y demás escoria que en nombre de egoístas y bastardos intereses pretendían sojuzgar a los demás. Mientras hablaba de su vida pasada, sus avatares y peripecias, su lucha y trabajos, se podían percibir en su mirada los rescoldos del fuego que antaño en ellos ardiera. Sus acentos dolientes, pavesas del volcán pasado, eran el eco del bramido de un gigante ahora convertido en sombra de sí mismo. Como no podía ser menos, su hercúlea misión se había topado con mil obstáculos, los cuales acabaron por hacerle hincar la rodilla en tierra.
-Lo peor, joven amigo, no fue que mis enemigos declarados hicieran todo lo posible por destruirme; lo peor fue cuando mis supuestos amigos me traicionaron. Me quedé solo. Y en esa posición un hombre que sabía demasiado era muy peligroso. Por ello acabaron conmigo. Y no me importó perder fama, dinero o amistades. Ni siquiera la ingratitud de aquellos a los que defendí e intenté salvar. Menos aún el que mi honor y reputación arrastrados por el fango. Lo peor fue ver cómo todas las calamidades que auguré se fueron cumpliendo sin que nadie hiciera nada por evitarlas. Durante muchos años fui avisando de que ciertas cosas ocurrirían; la mayoría las publiqué o denuncié de viva voz al mundo. Otras, de naturaleza que prefiero no mencionar, las revelé a altas instancias en secreto. Todos los peligro que nos acecharon y de los que yo advertí cayeron sobre nosotros inexorablemente. El mal se adueñó de todo sin que pudiera evitarlo, por mucho que viera su horrible faz y percibiera su hedor mucho antes de que nos aplastara entre sus garras. Y no crea que los que podían hacer algo eran tan cortos de vista o tan perezosos, pobre excusa para su inacción: los mas eran unos cobardes; otros, unos traidores. Todos, o casi todos, en el fondo sólo querían conservar sus privilegios: poder, dinero e impunidad. Y las masas a las que previne de su futura esclavitud, lejos de escucharme o ayudarme, se limitaron a golpearme mientras daban grandes risotadas y se entregaban a sus ocios y viles placeres. Los que me creían y apoyaban, selecta minoría, poco podían hacer, e hicieron aún menos que ese poco.
Aquí calló el ermitaño. Estaba exhausto. Quedó en trance, mirando fijamente al fuego, como si en él pudiera ver de nuevo el pasado del que huía y se enfangara otra vez en imaginarias luchas que revivían las pasadas. Comprendí que lo mejor era dejarle solo. Cuando volví al cabo de unos veinte minutos con papel y útiles de escritorio con los que poder escribir decentemente, lo encontré profundamente dormido. Parecía más muerto que vivo. Sentí una gran lástima por aquel hombre. Imagino que él la sentiría igualmente de mí. Volví a mi caverna. También el sueño me vencía.
Al día siguiente, me desperté muy temprano. Con algo de comida y ropa salí a buscar a Casandro. No estaba. Junto a los restos el pobre fuego con el que se había calentado la víspera encontré el maravilloso libro de Cicerón. Dentro había una nota que decía lo siguiente:
“Se lo presto, joven amigo. Gracias por todo. Ya tendrá noticias mías”.   
Debajo de estas frases escritas con mano insegura, cansada, pero en hermosa caligrafía, había unos versos titulados “Décima censora”. Del mismo modo que aquel ermitaño los compartió conmigo, yo los comparto con quienes se asoman a la caverna…




¿Merece lástima aquel
 que sus males se merece?
Tiranía atroz padece,
revestida de oropel,
con tristísimo papel*,
esta España que fenece,
pues entre infamias y olvidos
la masa yace silente
en su orgía permanente
sin sentir y sin sentidos.




*Infinitas gracias a herr Tannhäuser por el aviso y el prestamo.



Los romanos de la decadencia








4 comentarios:

  1. Mi Padre, Que Era Un Hombre Inteligente,
    Y Gran Conocedor Del Alma Humana,
    Nunca Solía Fiarse De La Gente,
    Que Juzgaba, Una Masa Necia Y Vana...

    "LA MIERDA A TODOS LOS HERMANA,
    -Me Decía Con Voz Poco Indulgente-,
    TANTO AYER, COMO HOY Y MAÑANA",
    Y Después, Se Reía Sordamente.

    El Mundo Que Conoces, No Es Real,
    Porque El Rebaño Que Pace Y Nos Rodea,
    No Piensa, Ni Conoce, En Ceguera Fatal.

    Le Han Quitado El Instinto De Pelea,
    Y Se Deja Pudrir, Rendido Al MAL,
    Por Evidente Y Claro, Que Este Sea...

    ¿Y Que Puedo Yo Hacer Para Vencerlo?
    -Lo Primero De Todo, Conocerlo
    Y Después Combatirlo Sin Temerlo...
    -¿Y Venceré?
    - Sí, Aunque Quizá No Puedas VERLO.

    Fantástico TEXTO Y Magnífica Décima, Querido Misandro. Este PUEBLO DIVIDIDO Y ESTAFADO, Ha Perdido EL VALOR DE HABLAR CLARO Y DEFENDER LO SUYO, Por La Asquerosa Y Traidora Labor De Los "ASESINOS DE HIRAM", Que Si Fueron Capaces De CARGARSE A "SU FUNDADOR A CARTABONAZOS" ¿Qué No FUERON Y Serán CAPACES DE HACER PARA SEGUIR SU "OBRA"?
    POLÍTICOS, BANQUEROS LADRONES, JUECES QUE MERECERÍAN CÁRCEL O GARROTE, Y Toda La PATULEA, Que CONTROLA ESE "ESTADO PARALELO" Y "PARA LELOS", QUE RETUERCE Y VACÍA DE VERDADERO VALOR, Cualquier Concepto, LEY, O PRINCIPIO DIGNO...
    A Lo Mejor, Será Necesaria Una Buena "TRONADERA", Para Que El REBAÑO, SE ESPABILE Y LUCHE POR SU TRISTE, MISERABLE Y NECIA EXISTENCIA...
    Mientras Ese Momento Llega.
    Un Abrazo Hermano De "VERDADES DEL BARQUERO" Y DE LIDES
    Un Brindis Con Buen BEBERCIO De ALTO "OCTANAJE", Por La LIMPIEZA EN SECO Y LA RECOGIDA DE BASURAS.
    Y
    ¡¡RIAU RIAU!!
    -

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  2. VEO, QUERIDO FENIX, QUE HAS HEREDADO DE TU PADRE SABIDURIA Y CORAJE. GRACIAS POR TUS AMABLES PALABRAS Y TUS EXCELENTES VERSOS, QUE CAEN COMO MELODIOSOS MARTILLAZOS SOBRE LOS MALDITOS ALBAÑILES DE LA CHALADURA .
    CELEBRO QUE TE HAYAN GUSTADO MIS LETRAS, LAS CUALES EN SU SENO LLEVAN LO QUE NO NOS GUSTA UN PELO. Y SON TAN REALES, PESE A LA FICCIÓN CON SE REVISTEN.
    EN VERDAD, EL SILENCIO CÓMPLICE Y LA INACCIÓN DEL REBAÑO, BIEN CEBADO PARA QUE NO SE MUEVA Y SESTEE, ES LA ACACIA QUE NUTRE A LOS QUE TÚ YA SABES. LO MALO ES QUE LOS MANSOS IBÉRICOS LAMEN LAS CADENAS QUE LOS ESCLAVIZAN Y MUERDEN LA MANO QUE QUIERE LIBERTARLOS. TAL VEZ LE ASUSTE SER LIBRE A ESTA MASA EN ETERNA MINORÍA DE EDAD. DESDE LUEGO, PARA QUE LAS COSAS CAMBIEN ES NECESARIO QUE ALGUIEN MUEVA AL COLOSO DORMIDO: ÉL NUNCA SE HA MOVIDO SIN QUE LO EMPUJEN. YA SE VERÁ...
    MIENTRAS LLEGA EL SUBLIME MOMENTO DE LA LIBERACIÓN EN LA QUE NOS QUITEMOS LAS CADENAS DE ESTA SUTIL TIRANÍA, INVISIBLE Y DORADA PARA LOS MEMOS, QUE SON LOS MÁS, E INSOPORTABLE PARA LOS LÚCIDOS, LOS MENOS, HABRÁ QUE SEGUIR AMARTILLANDO LA PLUMA Y VACIANDO EL CARGADOR.
    ENTRE TRAGO Y TRAGO, HUMARADAS DE POR MEDIO, QUE NO FALTEN LOS ESCOBAZOS, QUE LA PESTE ES YA PARA NO CONTADA.
    UN FUERTE ABRAZO, OLD NICK, HERMANO DE VERSOS JUSTICIEROS Y CHUSCADAS VENGADORAS. QUE NO PAREN LAS FURIAS...

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  3. Felicísimo relato en su ejecución que no en su espíritu. Bien se echa de ver en sus renglones un templ al pesimismo, hijo de una realidad que convirtió en cilicio para quien es hombre de bien. Yo no aguardo a estas alturas nada, pues el yerro enmendalle a tanta insanía no es sino milagro, y no está Dios para labores tales por lo que el día a día nos demuestra, que en no pocas ocasiones los Cielos apartan su vista de quien busca con afán su destrucción; mas no por odialle, sino por enseñalle.

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    1. Muchísimas gracias, don Fernando por la visita a estas penumbras y por la luz que arrojan vuestras sabias palabras. En verdad, no le queda otra opción a la persona de bien, y con dos dedos de frente, en estos calamitosos días que la de ser pesimista, que no en vano rima con realista.
      Bien decís al hablar de milagro, pues ya esto sólo lo salva uno, y de los gordos. ¿Perder la fe en tal? No es buena cosa en un cristiano, así como desdeñar la dulce enfermedad de la esperanza, pero qué difícil lo veo. Además, con harta discreción mencionaís las gran lección que los Cielos parecen querer darnos. Que la aprendan los más es otro cantar. El de ahora desafina en extremo.
      Un fuerte abrazo, amigo mío. Queda a la espera de un milagro, y un tanto pachucho estos días, vuestro más humilde servidor,

      Arcano

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.