domingo, 12 de enero de 2014

NOOS ESTÁN TOMANDO EL PELO



    Nunca ha de faltar un noble
que robe más de la cuenta.

                       P. Muñoz Seca                      
   

 
       Debo confesar que soy uno de esos sujetos rancios y caducos que se emocionan cuando ven un retrato de Felipe II. También es preciso decir que estas efusiones monárquicas cuando contemplo a un Austria nacen más de lo dionisíaco que de los reinos de Apolo. Y no entraré en discusiones sobre la conveniencia de que esta Casa diera con sus reales en España. Bien sé que fue más desgracia que fortuna para los muchos reinos que dejaron los Reyes Católicos a pedir de boca, como suele decirse. No obstante, uno no puede dejar de emocionarse cuando recuerda que esas testas coronadas fueron señoras de tantos hombres excepcionales, los cuales escribieron la mejor página de nuestra malhadada historia. En esos tiempos, la palabra España causaba admiración y espanto: con eso me basta para inclinar la cabeza cuando contemplo la efigie de tales reyes, sobre todo el susodicho, pues ha sido el más injusta y cruelmente denostado.
       Por ello, digamos que en cuestiones reales soy un sentimental. Y eso me hace estar parejo con muchos de mis conciudadanos, aunque diferimos en la dinastía. Hoy día, el amor a la actual monarquía brota de un profundo sentimentalismo, un poco bobón, por qué no decirlo. Si antaño la gente nacía súbdita y no le quedaba otra que amar a su rey, y la mayoría lo hacía sinceramente, pues lo había mamado desde su más tierna infancia; hogaño ser monárquico es una pura pose. No importa que esté considerado poco progresista, anticuado y anacrónico. El monárquico es como aquel que se enamora de una mujer de pocas prendas y se obstina en un apasionado idilio con la que él cree la mejor de las mujeres.
     Cierto que la majestad, el prestigio de los siglos y toda la pompa que rodea los saraos reales resulta muy atractivo. En la actualidad, la nostalgia que da el saborcillo de lo antiguo se adhiere muy bien a las masas al presentarse del modo esplendoroso que suele mostrar todo lo relativo a la Corona, si bien es necesario darle un toque popular y campechano. Antiguamente, el hombre común, y más aún el extraordinario, sentían la necesidad de obligarse a algo, de dedicar su vida a servir a lo que estaba por encima. Eran sociedades jerarquizadas, y en ellas el rey era como un padre por el que se daría la vida si fuera menester. Obviamente, había excepciones. Cuando la Revolución Francesa vino a quitarnos las cadenas de hierro para ponernos otras de seda (invisibles, pero cadenas a la postre) y nos dio la libertad, el hombre común decidió esclavizarse de otros modos más burdos. Renegó de todo aquello que a las claras le sometía para someterse a todo aquello que solapadamente le esclavizaba.
       Volviendo a la patria, nuestra monarquía en los dos últimos siglos ha sido de tal catadura que hace parecer a la guillotina un juego de niños. Bien se ve que el español es uno de los pueblos más serviles de Europa, pese a su soberbia y arrogancia de taberna. Primero tuvimos al cretino monstruoso al que llamaban el “Deseado” (más se merecía lo de "Deseador"), quien se entregó con igual brío al mal y al furor genésico. La hija, qué diremos: ya la caló Su Santidad Pío IX cuando la calificó de “puttana, ma pia”. ¿Y del  hijo? Que no era tan pío y de lo más putañero. El remate lo puso el abuelo de nuestro actual rey, quien no solo movía la mano cuando saludaba a la plebe, que en palacio dejaba a Onán a la altura del betún merced al Conde de Romanones. De tener un sobrenombre, tendría que haber sido el de “El Sicalíptico”. Lo del carlismo mejor será dejarlo.
       Con el siglo XX lo regio no levanta cabeza, y no es poco si pensamos que en otros sitios la bajó y la perdió. Tras la espantada del decimotercero, que además de mover las manos meneaba las piernas un rato, llegó esa cosa que algunos llaman República. Y a la cosa le sucedió otra, no peor, por cierto. Y en esos años en los que los españoles vivían sojuzgados tan ricamente, nuestro heroico monarca trabajaba en la sombra para traer la corona de nuevo a España a lomos de la libertad. Lo que debió de sufrir el pobrecito disimulando sus intenciones y dándole jabón al gallego para que no le viese venir. Muerto el “tío Paco”, las luces de una nueva era, a pesar de las pocas de quienes la traían, llegaban para sacarnos de las tinieblas. Y todo ha quedado en un claroscuro con más sombras que otra cosa. Mas no nos desviemos de nuestro asunto.
       Con la democracia viene encasquetado el rey. Y todos contentos. No entraré en el largo historial de tan augusta persona: dejemos tranquilos a los elefantes, blancos o del color que sean, así como a las conejitas y demás fauna que ha pululado en torno al Borbón. Sus chanchullos y correrías, esta vez en moto y no a caballo, que los tiempos han cambiado, no vienen ahora a cuento. Sólo quisiera recalcar cómo una eficacísima propaganda y el acuerdo de la panda de golfos que llevan gobernándonos estos años, los cuales protegían al coronado (que también ha coronado lo suyo) para protegerse a sí mismos, han permitido que los españoles vieran de color de rosa lo que era negro. Curioso daltonismo moral. Y eso que el tradicional morado de nuestra Monarquía está rojo de vergüenza, entre otras cosas por ver que a quien ustedes saben ponerse igualmente morado. No ha sido el único.
       Durante muchos años, la Monarquía ha gozado en España de un enorme prestigio. Todo el fasto del que antes he hablado ha cautivado a nuestros paisanos sobremanera. A ello ha contribuido el que S. M. haya seguido admirablemente la tradicional senda de simpatía y llano proceder que sus antepasados inauguraron, sobre todo la “pía” y su roro. No todo iba a ser heredar la condición de aventajados discípulos de Venus. El ser muy simpaticones y el punto castizo y populachero de la Familia, hábilmente aderezado con el fulgor del trono, les ha granjeado el favor y el cariño de los iberos durante muchos años. También es preciso mencionar que la tremenda propaganda y el control sobre sus apariciones públicas para que la gente no se diera cuenta de que no es oro todo lo que reluce han hecho lo suyo. En definitiva, una obra maestra del engaño. Una conspiración en toda regla para colarnos la corona hasta donde pone Toledo.
       Hoy día, los tiempos no son tan halagüeños para la Monarquía. Ha resistido a muchos embates, algunos de lo más grotescos, casi tanto como los numeritos montados para solventar la situación. Y el remate lo trae la decisión de un juez para que la Infanta vaya a declarar. Tan insigne persona en los juzgados. ¡Qué imputada!, piensan muchos. Ignoro si esta brecha en la nave real es el comienzo del naufragio. Sería tristemente gracioso que la Monarquía empezara su caída por las tropelías de un briboncete cuando hay tanto fiambre en el armario. Al Capone fue a la sombra por evadir impuestos, y no por llenar las calderas de Pedro Botero de chicha.
       A decir verdad, aunque es para llorar, yo me lo tomo a guasa. Tanta infamia y tejemaneje, tanto silencio estruendoso frente a los males de España, tanto “orgullo y satisfacción” ante las miserias patrias y, al final, empiezan a perderse por las habilidades en esgrima, vulgo sablazo, de un plebeyo. Es gracioso que lo que se perdona al de sangre azul no se le pasa al de sangre corriente y moliente. Pues como en el pecado está la penitencia, bien merecido tienen lo que les ocurra por querer ser los más sencillos y majetes con eso de estar con los tiempos y pervertir lo regio con la obsesión por modernizarlo todo. Han tirado de lo morganático y ahora se tiran de los pelos. Tras el braguetazo de la cursi y los desplantes del sargento (y no me he equivocado en el género), el que faltaba era el norteño haciendo de las suyas. Y es que a quien se le ocurre meter en casa a uno que se ha pasado media vida ganándosela con las manos. Con eso y con lo que ha visto en Palacio no las puede tener quietas y arrambla con todo. Con razón se dice empalmado, porque no es hombre de una pieza, aunque una buena pieza sí que es.
       Durante años, mientras España iba bien (encaminada al abismo), todo el mundo trincaba como quien no quería la cosa. “A mi plim”, decía el común de los paisanos, que se sacudían a los pesados que avisaban de lo que ocurría con un “eres un conspiranoico”, un “qué facha” o aquello de “a mí la política no me importa”. Y mientras estaba el patio a verlas venir, y a verlas irse, con una mano saludaban estos Borbones a la grey y con la otra saludaban a deliciosos fajos. Será que con eso de llevar su cara les tenían como a alguien de la familia y se los llevaba al hogar, cuando no les proporcionaban esplendidas vacaciones en Suiza o en algún paradisíaco lugar.
       Por fin ha sido a ellos han quienes les han metido mano. Qué gracia que en medio de la tempestad se aferren a una pelada Roca, la cual no quiere saber nada de la tierra que la vio nacer. Y no hablemos de las donosas ocurrencias que tienen para salvar el regio pellejo. Al final resulta que se han llevado unas pesetillas de nada, y la Infanta ha tapado lo que hasta hace bien poco se decía ignoraba por amor. Con eso de que el dios del arco y las flechas no anda muy bien de la vista y que la justicia lleva una venda, se creen que estamos los demás en las mismas y que no vemos una higa. Y razón no les falta. Pero la venda parece que está cayendo, y ya veremos si la corona no va detrás.
       Como ya he dicho más arriba, ignoro cómo acabara la cosa real. Lo del vascuence de las manos largas y la infanta enamorada va para chasco. Todo terminará en un capón, algún indulto que otro, la Borbona de rositas y aquí paz y después gloria. Está por ver cuando llega la gota que derrame este vaso infinito, que ríase usted el cubo de las danaides. Por mi parte, mucho peor que esto no creo que vaya a ser lo que venga, por más que no me gusten un pelo la horda de los que los llevan tan largos y asquerosos. Viendo cómo se portaron los abuelos de éstos, los republicanos de entonces, con menos escrúpulos que un piojo de Pablo Iglesias, a lo mejor tenemos que hacer nuestro aquello del “más vale malo conocido…” De una cosa sí estoy seguro. No sé si Felipe, el nuevo “deseado” (bueno por desconocido), llegará a reinar algún día. Lo que sí sé es que Felipe VI será el último rey de España. Aunque sólo sea porque ya no caben más en El Escorial.

                                                       






1 comentario:

  1. UN MILLÓN DE GRACIAS AL ALMA PIADOSA QUE LE HA CONCEDIDO UN SUBLIME A MIS POBRES LETRAS. A DECIR VERDAD, EL PULIDO QUE ACABO DE DARLE LE HACÍA MÁS FALTA QUE UN COPAZO AL GRAN WYOMING. QUÉ DESASTRE. Y AÚN ASÍ... ESTÁ VISTO QUE SI UNO ESCRIBE EN UN MULADAR LAS MUSAS, MALAS PERRAS DELICADAS, ACUDEN CON LAS MANOS TAPÁNDOSE LAS NARICES Y DE MALA GANA REPARTEN SUS DONES. SOBRE LAS LIMITACIONES CEREBRALES DE SU MÁS HUMILDE SERVIDOR MEJOR NO HABLAR. QUEDEN USTEDES CON DIOS, QUE YA BASTANTE ESTAMOS CON EL DIABLO. Y REITERO MIS GRACIAS AL DESCONOCIDO SAMARITANO.

    ResponderEliminar

Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.