domingo, 12 de enero de 2014

EL SONETO DEL PRINCIPIANTE: FRUSLERÍA FILOSÓFICO-SENTIMENTAL CON GUINDA




       Sólo está en paz con el mundo quien lo ha vencido o quien es un completo idiota. Esta sentenciosa frase vino a posárseme en el magín hace unos días tras otra de mis arduas faenas grutescas, entre cuyas tareas, y no de las más ligeras, estaba limpiar lo que cierta linda mano pintarrajeó en una de las paredes.

       La frasecita de marras vino a coronar la típica cadena de pensamientos vertiginosos que suele brotar cuando nos hallamos absortos en nuestras propias disquisiciones. Además, gozaba en aquel instante de uno de esos raros momentos en los que alcanzamos un absoluto sosiego en medio de la tempestad de la existencia. En verdad, me encontraba mecido por la deliciosa imperturbabilidad en la que el alma nada apetece y nada echa de menos. Imagino que este estado debía de parecerse a eso que los griegos llamaban ataraxia, ideal sólo al alcance de los pocos sabios que en el mundo han sido, o de los muchos necios que han poblado la tierra desde tiempos remotos.

       Recuerdo muy bien, por lo grato y lo poco habitual, ese momento en el que, entregado a mil diversos pensamientos, me sentía acariciado por la idea de lo poco que necesitamos para ser felices los hombres, empeñados en la penosa afición de complicarnos la vida. Y en estas cuestiones filosóficas estaba cuando me di cuenta de que en un suspiro desde las cumbres de lo sublime me estaba despeñando en los abismos de lo banal. En otras palabras: tuvo uno de esos tránsitos rápidos en los que la mente de uno empieza en Lugo y acaba en Cartagena. A buen seguro el amable lector sabe de lo que estoy hablando, y más de una vez se ha sorprendido por el largo y curioso recorrido que ha hecho su mente en un momento de abstracción desde una idea cualquiera que le rondaba el cráneo hasta otra radicalmente diferente a través de un camino de lo más pintoresco.

       No es mi intención entrar en honduras psicológicas ni ponerme a elucubrar sobre los mecanismos de la mente humana. Y no menciono esto porque me chocara el que hubiera pasado en poco tiempo de recrearme con la filosofía griega a entregarme a majaderías diversas, las cuales no tienen por qué ser mencionadas. Lo que me interesa participar al lector es que tras la reflexión sobre estas rápidas sucesiones de ideas diversas cierto hecho de mis años mozos me vino a la mente. En verdad fue una cosa de lo más tonta, sobre la cual llevaba muchos años sin pensar, pero me ha parecido oportuna compartirla.

       Es el caso que cierto día en tiempos en los que acostumbraba a malgastarlos encontré en un café que solía frecuentar a un condiscípulo, el cual se hallaba enfrascado en cuestiones que no debían de ser muy edificantes. Y como mi compañero de estudios era más bien hombre jovial y poco amigo de entregarse a la meditación, colegí que algo le preocupaba. Lo cierto es que era tan dado a exagerar y tomaba por catástrofes cosas que no eran más que futesas, que pensé que sería divertido escuchar sus cuitas. Me acerqué a él y le pedí permiso para sentarme. Pareció aliviado al ver una cara amiga a quien endosarle sus pesares, aunque él lo llamara “pedir consejo”. Una vez sentado y tras los intercambios de frases convencionales que la más elemental etiqueta manda, fui a la cuestión, para su inmensa dicha:

­       ­­­­-Te veo preocupado, querido amigo -le dije.

       -No es para menos -respondió más compungido que Calixto-. Imagino que sabrás que ando en relaciones con cierta joven… No, miento. Estoy locamente enamorado de una diosa, un sueño hecho realidad…-, y  aquí me enjaretó un alarde de lirismo tal que por poco me sienta mal el café. Cuando hubo acabado el chaparrón de efusiones volcánicas, calló y volvió a sumirse en su melancólico silencio, no sé si para crear expectación o porque se había agotado con su parlamento anterior.

       -¿Y acaso te llena de tristeza el estar en amores con semejante alhaja? -le pregunté con cierta candidez para empujarle a contarme sus penas. Se incorporó como impulsado por un resorte, y con todo el dramatismo del que fue capaz retomó la palabra.

        -Nada de eso. Soy el más feliz de los mortales con que sólo me mire -repuso.

       -Entonces… ¿Algo va mal?

       -Ciertamente no. Estamos bien. Pero de un tiempo a esta parte la noto extraña. Y el otro día, después de un largo silencio, me dijo que algo le faltaba a nuestra relación. Quería más romanticismo.

       “Hola -me dije-, románticona habemus, y seguro que no sabe quién es Bécquer. La cosa se pone fea”. Y comencé a lamentar el haber metido las narices en aquel asunto.

       -Bueno, amigo mío, tú eres un hombre de recursos. Y no dudo de que podrás satisfacer a la dueña de tu corazón en esos menesteres -le dije con la esperanza de que aquello acabara pronto. Vana esperanza, pues nada más lejos de la realidad. El muchacho se explayó a sus anchas y me dio completa relación de sus esfuerzos románticos y una conferencia de qué hacer para tratar a la amada como a una reina. Por supuesto, todo ello acompañado del consabido repertorio de gestos al uso, con alguno de los cuales casi me saca un ojo. 

       Yo empezaba ya a maldecir al primero que plantó semillas de café cuando mi amigo calló y se me quedó mirando fijamente. Miró a un lado, luego a otro, y se acercó a mí lentamente. “¿Qué terrible secreto ocultará?”, me pregunté. Y tras la dramática pausa de rigor, me dijo como quien revela algo terrible:

       -Quiere que le haga versos -musitó.

       La cara que se me quedó debió de ser de antología. Y más aún los esfuerzos para no reírme a mandíbula batiente.

       -Me ha pedido que le escriba poesías, que es lo que más le gusta en el mundo. Sí, pásmate, que le haga versos -añadió desesperado.

        -¿Es eso todo? ¿Dónde está el problema?

       -¿Cómo que dónde está? -exclamó indignado-. Me ha venido a decir que si no hay poesía en la vida es mejor no vivirla. Cómo comprenderás, si no la complazco la perderé. Y me muero sin ella, me muero.
       Y comenzó de un modo teatral a mesarse los cabellos y a mirar al cielo en busca de misericordia. Yo no sabía si reír o llorar. A decir verdad, mi amigo era un poco fantoche y, a veces, caía en lo ridículo, pero no dejaba de darme pena. Lo único que se me ocurrió hacer fue darle ánimos y halagar un tanto su vanidad.

       -Estoy seguro de que dentro de ti hay escondido un gran poeta. Además, con tan alta musa, tan sublime inspiración, seguro que los versos más hermosos vuelan de tu caletre al papel…

     Me interrumpí cuando mi amigo me lanzó una mirada tal que me hizo comprender que erraba del modo más lamentable. Hay que decir que mi compañero, aunque un poco raro, por no decir que algo no estaba bien en su azotea, no era nada tonto. Era un buen estudiante y poseía una notable cultura. No obstante, según me confesó con gran pena, no le había llamado Dios por los senderos de la literatura.

       -He intentado escribirle algo. He estudiado a los clásicos. Me he bebido el Siglo de Oro. Me he dormido a las tantas abrazado a los románticos. Y nada. Una porquería -se lamentó-. Lo único que he acertado a escribir medio decentemente es un sonetillo de broma como ese de Lope de Vega que le mandó hacer Violante. A lo mejor se ríe de la ocurrencia y le basta con eso. Tal vez se le pase la manía de los versitos.
       Decía estos soliloquios con un tono que iba de la esperanza infantil de quien se engaña a sí mismo a la oculta e inexorable certeza de quien sabe que todo está perdido.

       -¿Tienes aquí ese soneto? Echémosle un vistazo -dije con alegría para animar al que se creía condenado. Y no mentía, pues no me pareció mala idea que mi jovial amigo hubiera optado por lo jocoso antes que por lo lírico. Era más apropiado a su temperamento desenfadado y bromista. Cogí aquellos versos y los leí. Ciertamente, no estaban mal el todo, pero poco había allí del Fénix de los Ingenios. Eran como su autor, un tanto simplones. Sobre algo no cabría duda: aquel soneto tan ligero caería sobre la cursi como un cocido a medianoche. Se mascaba la tragedia. Mas qué decir.

       -¿No te gusta, verdad? -preguntó.

       -Está bastante bien -respondí con toda la efusividad de la que fui capaz-. Aunque puede que no sea lo más adecuado...
       -¿De verdad? Lo quemo.

       -No, no nos precipitemos -dije arrepentido de mi sinceridad-. Bien pensado, como comienzo puede que funcione. Hazle ver que es una broma de enamorados, menciónale a Lope y adórnalo un poco. Así ganarás tiempo hasta que las brisas del Monte Helicón te traigan algo de inspiración.

       -¡Canastos! ¡Qué bonito! Y rima -y se puso a rumiar la frasecita.

       -Tengo una idea -prosiguió, mientras yo me echaba a temblar-. ¿Por qué no me ayudas, que bien sé que tu sí que haces versillos? Podrías llevarte el soneto a casa, darle un pulido y mañana me lo traes.

       Mis protestas fueron en vano. Todo eso de la honestidad con la amada, la poca importancia de la forma si el contenido es sincero y puro, y el que yo no debía interferir pues se pervertiría el ideal poético y demás fue desechado a golpes de mano al aire.

       -Tonterías -me espetó-, mal amigo. Mi felicidad está en juego. No hay nada malo en pedir ayuda. Y sólo será mientras le pillo el tranquillo a esto, que muy difícil no debe de ser. Este soneto me los despaché en sólo un par de tardes.

       “Terribles”, pensé yo, a la par que me reprochaba que con eso de jugar a Cyrano me había ganado un problema de narices. No tenía alternativa, que veía a mi amigo fanatizado. Y como uno es un buenazo, al final accedí. Él se puso loco de contento y se despidió de mí apresuradamente. Le llamaban las hermanas Aonias. Quedamos en el mismo fatídico lugar a la misma funesta hora en que le vi.

       Me fui a casa con el paquete. Apenas lo miré. Como lo vi un tanto ensoberbecido, me decidí a decirle que no podía mejorarlo, y que mejor fuera darle a la amada los genuinos acentos de su alma enamorada. Tal vez estaba siendo un mal amigo; tal vez un cobarde o un hipócrita. Pero no me sentía con ánimo para otra cosa. Para mí sorpresa, deliciosa sorpresa, no apareció. Ignoro por qué, y no hice muchos esfuerzos por averiguarlo.

       Después de rememorar el lance en ese estado de beatitud al que antes me he referido, y cuando me sentí con fuerzas para dar por finalizado mi descanso, fui a buscar entre mis viejos papeles. Hubo suerte. Aún estaba allí el soneto de aquel estrafalario mozalbete, escrito en caracteres pomposos sobre un papel al que el tiempo hacía justicia. Dejad que termine esta insignificante rememoración fruto del dulce ocio con los versillos dichosos.




Anhela con afán versos mi amada.
Y yo, confuso y demudado, río
por tal dulce locura y desvarío:
es que un zote cual yo va a escribir nada.

Mas parece que ya envalentonada
la pluma fluye cual negruzco río.
Calma. Podrá sacarme de este lío
mi numen al comerse mi empanada.

Esto marcha. Si un poco las retuerzo
parece que a las Musas ya someto:
no soy después de todo tan mastuerzo.

¡Y yo que les había puesto veto!
A lo tonto y con un poco de esfuerzo
he compuesto mi primer soneto.



       
      Ocioso es decir que la amada lo dejó.














2 comentarios:

  1. juajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajuajua
    Buen Soneto Para Ser El PRIMERO De Un ENAMORADO. Por Cierto Que Espero Que La Musa, No Se Llame VIOLANTE...
    Juajuajuajuajuajuajuajuajua

    Aplauso, Abrazo, Brindis
    y
    ¡¡RIAU RIAU!!

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  2. NO SE LLAMABA VIOLANTE, PERO MI MUSA ES PRIMA DE UNA DE LOPE. NO SE OS ESCAPA UNA, AMIGO MÍO. LA BACANAL SATÍRICA NO PARA...
    UN ABRAZO, QUERIDO FÉNIX.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.