domingo, 5 de enero de 2014

EL ASCO DE LOS QUE DAN ASCO



   Hace poco hallábame como de costumbre en una de mis rutinarias visitas a la caverna, la cual, todo sea dicho, estaba hecho unos zorros tras los últimos delirios y apariciones. Una vez ordenada la gruta, sentí que el goce por el deber cumplido hinchaba mi pecho a la par que un soplo de patriotismo. Por tanto, y en cumplido homenaje a algo tan español como la siesta, cerré los ojos y, al amor del fuego, me dispuse a reflexionar como Dios manda. Pero hete aquí que al poco cierto tufillo vino a visitarme las narices, por no decir tocármelas, que la cosa olía para no contado. Aquello hedía, con perdón, como a vómito de beodo.
  Perdido el sueño, y más hubiera querido perder el olfato, la pícara curiosidad me llevó a dejar las penumbras del antro para averiguar de dónde procedía tan sublime fragancia. Mal hecho. A fin de cuentas, humano soy, y es condición del hombre desoír los dictados de la razón cuando ciertas inclinaciones morbosas nos empujan.
  Ocioso es decir que al salir de la caverna lo que había sido un pellizco de olorcillo se convirtió en bofetada. Acostumbrado a los prodigios que se gastan por estos lares cavernarios, no me extrañó que los mismos vientos que me atufaban me trajeran los ecos de ciertas palabras expelidas recientemente por uno de los más ilustres miembros de la horda bermeja. ¡Qué aliento, pardiez!
  No quisiera mencionar el nombre del pájaro de cuenta, y no ha de importar mucho porque todos los de su especie vienen a ser lo mismo. Sólo se lo cambiaremos y de ahora en adelante me referiré a él como Savino, dado el profundo amor que le tiene al zumo de uva. Según pude colegir de lo que el mofletudo Bóreas me dijo, la tinaja andante había expresado públicamente el asco que España le provocaba, entre otras lindezas, amén de las ganas de vomitar que hoy día le daba el país que le vio nacer. Me permito sospechar que esto último más se debía a alguno de los atracones de morapio y demás sustancias con que se regala tan a menudo.
  Conjeturas aparte, lo principal de la vomitona de este sujeto (la verbal, que la otra prefiero olvidarla) es la curiosa conclusión a la que me lleva: en tan sólo dos años qué mal cuerpo se le ha puesto al buen hombre. Si no me falla la memoria, nuestro héroe sonreía como un colegial en el recreo cuando se entregaba al delirio cejil. Y mientras España caía al abismo, mientras la piel de toro era arrastrada por el fango, este lagar con patas se lo pasaba en grande posando el dedo enarcado por encima de su ojo, mientras los otros nueve los paseaba por las arcas públicas. Y en esos siete años de zapateado a la nación nada de asco, ni indignación, ni nauseas, ni vómitos. Vamos, un estómago de hierro, aparte de agradecido.
  Bien sé que la hipocresía de estos fenicios es para echarse las manos a la cabeza, y su desvergüenza para echárselas al bolsillo y comprobar si la cartera ha volado. Pero no debe extrañarnos la incongruencia de esta panda que no da una a derechas, aunque últimamente la derecha da muchas a izquierdas. Son así. No hay más que ver al amigo Savino. Como buen rojo que es se dice amigo de los trabajadores por más que nunca ha dado un palo al agua, aunque al vino le da muchos.
   Y qué decir de su odio a la Iglesia, cuando todos sabemos que no le importaría ir a misa diaria con tal de echarse al coleto un traguito gratis. Además, cuentan las malas lenguas que cuando se ve más atacado por la sed acude a la gratificante lectura de la Biblia, en especial al episodio de las Bodas de Caná. Y qué amor patrio le inunda, qué ansias de convertir a los periféricos, cuando anhela transformar el agua de Vichy en Rioja. 
   Seguro que os habéis percatado de que, entre otros sonsonetes de la ristra de tópicos demagógicos que nunca se les cae de la boca a estos rojuelos, se encuentra el de la eterna condición de demócratas, los únicos que existen. Y cómo se ve que están triturando a las Humanidades y eso de las etimologías lo llevan fatal. El demos griego (ellos saben más del recibimos) nos lo cambian, y lo de “pueblo” lo entienden como casta, la de la hoz y el martillo. Y os podéis imaginar para qué quieren esos instrumentos. Para trabajar no, desde luego.
   Esto me lleva a la más elemental de las contradicciones de esta patulea, la más chocante, y lo elemental por lo general suele serlo: me refiero al abismo que se produce entre las palabras de los asqueados y sus hechos, asquerosos por lo general. Si no entendí mal al vientecillo portador de tanta fetidez, una de las causas del malestar de Savino se debe a la dolorosa impresión que le produce la pobreza a la que se ven abocados muchos de sus compatriotas, ni que decir tiene, por culpa de la derecha, a la que odia más que a una cerveza sin alcohol. Y yo me pregunto cuánto pan se podría comprar con las toneladas de relleno que se ha puesto en eso que él llama cara, que más parece hogaza de Zamora. Y cuántas barrigas, tan vacías como las mentes de sus correligionarios, podrían llenarse decentemente con lo que él gasta en inundar la suya, que el Mar Rojo que se derrama de continuo allí deja en charco el que le cayó a Ramsés. Y no hablemos de sus amargas quejas por aquellos pobres que han perdido sus casas y han de vivir Dios sabe dónde. Si le nevara a él menos en las narices quizás alguno que otro tendría un techo para evitarla este invierno.
   Por ello, don Savino, le digo que menos ascos y remilgos, y más coherencia. Puestos a dar, ya que da tanto la lata, comparta las pingües riquezas obtenidas tras torturarnos con esos cantos de sireno borracho y harto de Celtas. Y si no quiere repartir los dones que la ciega, y cretina, Fortuna ha tenido a bien darle, al menos cierre el pico. Por mi parte, más valoro el no escuchar su vinosa ronquera que un Potosí. Aprenda del viejo dicho que reza: “en boca cerrada no entran moscas”. Y ya que no puede criar ranas en el estomago, no abra el buzón, terror de vendimias, que tanto poso puede llenar esa garganta de roble de mosquitos.
   Tan enfangado estaba en estas reflexiones, tan preso de colérico ensimismamiento, que no me di cuenta de los efectos producidos por los vapores que me llegaban. Estaba que me caía. Volví corriendo a mi cueva para refugiarme de aquella peste. Allí, no sé si fruto de una alucinación debida a las tóxicas palabras, o a que de tanto respirar los vapores tintorrescos había agarrado una castaña de no te menees; allí, repito, fui testigo de otro prodigio: por arte de birlibirloque una mano invisible dejó en una de las paredes de la caverna unos versillos, los cuales parecían escritos por un dedo mojado en tinta roja, faltaría más. Sin dejarme aturdir en demasía, me apresuré a copiar aquellas frases, que bien se me alcanza que lo que por ensalmo viene muy bien puede irse del mismo modo. Para mí que cierto espíritu que conocemos sobradamente hacía de la suyas.
   Ahí os lo dejo. Y si alguien desea reprochar al etéreo morador de estas soledades que pierda el tiempo entregando su pobre estro a un ser tan insignificante, tenga como atenuante que el soneto que le dedica es uno de los peores que jamás haya escrito. Y si al asqueroso le da asco, que le dé cobijo en su vil tafanario.       

                                         

Cuánto asco siente de esta España loca

el furibundo adorador de Baco,

mas no lo tiene de servir a Caco

o ser amante de su prima Coca.



La nausea al tronera le sofoca

hoy. Cuando entraron los del puño a saco,

y en cueros nos dejó el cejudo atraco,

devolvió poco su anegada boca.



Si fue apacible en tiempos de la rosa,

tontea el buche y se nos pone indómito

con la Derecha, que le ha hecho cisco



al poner la nación tan asquerosa.

Que no le dé tanto pesar su vómito,

pues materia será de un nuevo disco.











1 comentario:

  1. A juzgar por el éxito de esta entrada, se diría que quien da asco es el autor.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.