lunes, 9 de diciembre de 2013

EL CAMBIO QUE NO CAMBIA (I)


       Los que peinamos canas (yo afortunadamente aún me peino) recordamos aquellos infaustos años en los que se hacía con el poder la horda bermeja. Comandaba la tropa cierto sujeto que encandiló a buena parte de los españoles, arcano sólo comprensible si se tiene en cuenta nuestra desgraciada historia y las muchas veces que cualquier golfo se ha metido en el bolsillo a nuestros compatriotas, antaño tan largos de valor como cortos de entendederas. No creo que haga falta que mencione el nombre de aquel “feo encantador”, como algunas le llamaban, y debo decir que con toda propìedad si hubieran completado la frase con un “de serpientes”.
       La panda de la hoz utilizó para camelar a los celtíberos de entonces una palabra que se ha convertido en algo así como un fetiche para ellos, por no compararlo con la típica baratija empleada por más de un rumboso para tomarle el pelo al indígena de turno. Ellos eran el cambio. Imagino que después de cuarenta años de dictadura y del fiasco centrista era comprensible, dudo si perdonable, que el patio quisiera algo nuevo, aunque era en verdad muy viejo. El dulce opio de la propaganda comenzó a ejercer su sutil y duradero efecto.
       Y llegaron al poder, luego de una oposición de esas como el demonio manda, que ríase usted de las de notario; por no mencionar turbios enjuagues cual el de aquella noche de febrero en la que, me da la impresión, se carcajearon de militares y civiles, nunca mejor dicho. Una vez en la Moncloa, se aplicaron con denuedo para hacer cierto el vaticinio del segundo de a bordo: dejar España de tal modo que ni su madre la reconocería. Y a fe que quedó la piel de toro hecha unos zorros. Cuando recuerdo todas las tropelías que aquella partida cometió, engalanadas con los burdos y coloridos ropajes de la mentira, no puedo evitar que las lágrimas resbalen por mis mejillas. Sin embargo, una sonrisa, aunque amarga, asoma a mis labios al rememorar la treta empleada años después.
       Por si no lo ha adivinado el amable lector, volvieron a sobar la idea de marras que tan bien les había funcionado en cuanto advirtieron signos de indignación (aquella era de la buena) entre parte de la sociedad española, la que aún guardaba rescoldos de decencia y sensatez. Para volver a engañar a los que estaban encantados de ser engañados, rizaron el rizo. Después de convertir a España en el desierto que rodeaba el oasis de su poder, nos largan que habían “captado el mensaje” y que iban a hacer… (redoble de tambor)… “el cambio del cambio”. No se podía insultar más a la inteligencia. Reconocían que lo habían hecho mal y pedían aquiescencia para seguir haciéndolo, pues si eso colaba era evidente que iban a seguir por los mismos derroteros. Y puestos a insultar, lo hicieron con todo aquello que mereciese el nombre de bueno y noble. Dejaron a Atila a la altura del betún.
       Pasaron los años. Llegaron los kilos y las canas al mismo son que las mentiras de siempre y las vilezas de costumbre. Y después de diversos avatares políticos, sobre los cuales no me extenderé, que ya bastante los he adobado en otras ocasiones, llegamos a los tiempos actuales. Hoy día, la tribu de la rosa vuelve a estar donde estaba en aquellos con los que comencé mi pobre relato. Ojalá pudiera decir que en la cárcel, más adecuado alojamiento para las huestes rojuelas. Sin embargo, las encontramos pastando de lo público en la oposición, lugar donde puede que pasen largos años a juzgar por la malquerencia que por fin la mayoría de los iberos les han cogido.
       Ni que decir tiene, la avidez del hato bermellón es para no contada, que lo de la púrpura lo llevan en el nombre, la sangre y el alma  Y como tienen el firme propósito de pasar a más fértiles parajes, es decir, las deleitosas praderas monclovitas, los portentosos magines de las cabezas del ganado han pergeñado una originalísima idea para volver por aquellos feraces pagos. Nunca lo adivinaría el querido lector: la novedad que les conducirá a su hábitat natural, el poder, es EL CAMBIO. Sí, sorprendente, pero no por ello menos cierto.
       Y cuál va a ser la pieza a estrenar que llevará a las amojamadas momias a parecer más tersas que la faz de Antinoo…


       Lamento decir que aquí se interrumpe el relato. Lejos de mi imaginación el pretender que estas páginas parezcan un vulgar folletín decimonónico. Ha poco que, como acostumbro, me di un garbeo por la caverna. La falta de su dueño y único morador me lleva a dejarme caer de vez en cuando para poner algo de orden. Queden para otro día más explicaciones.
       Estaba yo quitando telarañas tan ricamente cuando unos impolutos folios aparecieron ante mí en un rincón. Hubiera jurado que poco antes no estaban. Misterios aparte, y tras leerlos detenidamente, me decidí a darlos a conocer a los pocos que osan aparecer por estas penumbras, con la esperanza de que otro misterio similar traiga su continuación. Hasta entonces, pues.   




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