domingo, 27 de octubre de 2013

EL DERECHO TORCIDO



 
         Mi nombre es Misandro. El que me halle en esta caverna y lo que en ella haga no es cuestión que deba ser tratada ahora. Protegido en estas penumbras de las de fuera, me limito a ser el intermediario del espectral delirio que les presento.

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         Cuentan las crónicas que allá por el año 1294, don Alonso Pérez de Guzmán defendía con tal heroísmo y fidelidad a su rey, su Dios y su honor la plaza de Tarifa que sacrificó la vida de su propio hijo antes que rendirse. No se sabe a ciencia cierta si Guzmán el Bueno de verdad lanzó desde las murallas aquel filicida puñal, aunque yo estoy por creérmelo en vista de cómo se las gastaban los españoles de entonces. Y no hay que irse muy lejos para encontrar un gesto de igual abnegación y heroísmo, tan incomprensible para el reblandecido y hedonista ibero actual: en El Alcázar, y eso no es leyenda, el general Moscardó dejó morir a su hijo antes que claudicar ante la horda roja, mucho peor que la del brazo en alto.
         Y a qué viene este exordio histórico sobre rigurosos padres a lo Bruto, que no es lo mismo que ser un bruto, que eso lo dejamos para el chivo de Marinaleda y su manada. Si traigo aquí estos retazos de Historia es porque conviene de vez en cuando comparar los tiempos pasados con estos de ahora para darse cuenta de que no en todo hemos progresado, y a veces me pregunto en qué hemos progresado. Si antaño eran los padres los que sacrificaban a los hijos en aras de la justa causa, hogaño son los Padres de la patria los que sacrifican la justa causa a ciertos hijos (de puta, se entiende). Permitid que me explique.
         Hace unos pocos días, el Tribunal de Derechos, por no decir Izquierdos, Humanos dictó una sentencia que sugería, no obligaba, a España que derogara la llamada doctrina Parot. Excúsenme si no entro en aburridas cuestiones legales, las cuales me importan una higa y de las cuales sé más bien poco. Para eso están los aquelarres tertulieros al uso, en los que mucho se ha cacareado sobre leyes y demás. Pero, como de costumbre, se quedan en la superficie de las cosas, pues en esta cuestión lo legal es puramente superficial, y perdóneseme la cacofonía.   
         La panda de tripudos y venales funcionarios que pacen por Estrasburgo, para gozo de restaurantes, joyerías y burdeles, se ha limitado a hacer lo de siempre: lo menos posible. A la mayoría de funcionaretes togados de aquellos lares lo que ocurra en España les importa lo que a mí en Laponia. Únicamente han perpetrado lo que los españoles, por decir algo, mezclados en el asunto les han dicho que perpetren. Y me malicio que han añadido mucha pasta a sus pantagruélicos banquetes.
         El fondo de la cuestión no la hallamos en Estrasburgo, a donde han llevado el bulto para ponerlo a escurrir. Y tampoco conviene que desviemos la atención hacia viles esbirros como López Guerra, que no es sino otro de los muchos Bellidos Dolfos que la Historia ha dado. Como suele ocurrir, los culpables están muy cerca de nosotros, ocultos en la sombra de su poder, visibles sólo para unos pocos. Démonos otro garbeo bajo la túnica de Clío.
         A nadie que tenga un mínimo de decencia y dos dedos de frente, cuatro gatos en España, se le escapa que la izquierda española pactaría con el diablo, si es que se puede pactar con uno mismo, para conseguir sus fines. También es conocido que bajo el ala negra de la Internacional todo cabe; todo lo malo, se entiende. Esta colección de bribones de todo pelaje que responden al nombre de izquierdistas, vulgo rojos, bajo sus diversas manifestaciones (socialistas, comunistas, anarquistas, y demás malditos bastardos de la lista) acaban siempre uniéndose al final, por mucho que se hayan vapuleado antes.
         Hace unos pocos años, qué lejos parecen ahora, España iba bien. No era verdad: España era un estercolero, pero uno donde se podía vivir medio decentemente. Mas las criaturas del Averno no podían estar lejos del poder absoluto, pues el mucho que tenían no les bastaba. El señor del bigote, que pasó de Charlot a Bismarck en un suspiro, hacía que muchos salieran de los gaznates bermejos. No se podía tolerar que la derechona que había sacado al país del abismo económico (en otros aún seguíamos tan calentitos) permaneciera en el poder el tiempo suficiente para cambiar las cosas de verdad, no fuera que a algún desaprensivo le diera por ser decente y acabara con el negocio. “El cortijo es nuestro”, pensaron. Y harían lo que fuese con tal de apoderarse de él. Y de hacerlo para siempre.
         Fue entonces cuando el PSOE decidió encamarse con la ETA, esa cosa que había que criticar en público, aunque fuera jaleada en otros tiempos, pero que, en el fondo, no les caía tan mal. Todo valía. Se creó un nuevo Frente Popular, formado por lo peor que ha dado una tierra que ha dado muchas cosas malas. A la vista de todos se pactó con el nacionalismo catalán,  morsa del Ebro al frente,  y con los galopines de Izquierda Unida, que se dedicaron a lo de siempre: el piojo y la gresca. Y lo dicho. por lo bajines con la ETA.
         A partir de ahí, todo es oscuridad: el atentado a Aznar, el 11M… Y, finalmente, con "Pepito Calamidad" como sonriente títere y "Freddy el Alquimista" como chef en la cocina del Infierno, se termina el guiso y comienza la indigestión. El principio del fin. La infame charada del “Proceso de paz” no era más que un turbio enjuague con los terroristas. Los tipejos del “España es una idea discutible y discutida” les daban a las serpientes todo a cambio de dejar de matar. Así, los señores de la propaganda podían desfilar coronados de laurel por la Avenida el Triunfo Electoral. Teníamos la paz de la esclavitud, la complicidad de las urnas y la guerra a las víctimas decentes del terrorismo y a aquellos que se opusieran a tan infames manejos.
         El resto es para no contado. Los cobardes del Partido Popular, colados en el chino del Congreso de Valencia, se unen a la causa como cómplices desvergonzados una vez que se embriagan con el olor de la moqueta. Tragan con lo establecido porque le temen más al rodillo rojo, Prisa mediante, que a la ETA. Ante que otro muerto en el telediario, prefieren a la nación muerta, yaciendo sobre la basura en algún sombrío callejón con un puñal en la espalda.
         El plan fue pergeñado hace muchos años y poco a poco se va cumpliendo. Imagino que hasta las fechas estarían determinadas. “Queremos que Bolinaga salga tal día” –exigirían los de la capucha. "Hecho". “La Doctrina Parot a tomar viento un poco más tarde” –proseguirían entre otras lindezas. "A mandar". Y Dios sabe qué será lo siguiente. Lo único que sé es que los malnacidos que nos gobiernan  seguirán tragando con lo que sea con tal de que no les maten a nadie. Y hasta cuándo. Los tienen cogidos por los innombrables. Si ceden, se hunden más; si no ceden, muerto.
         Así seguirán hasta que pidan la independencia; luego querrán Navarra; luego lo que la insaciable ambición nacionalista pida. Así hasta que alguien se plante. Matarán de nuevo. Y toda concesión habrá sido grotescamente inútil. Se cedió para que no mataran hasta que no se pudo ceder más y mataron. Parafraseando al orondo cabroncete del sempiterno puro: hemos caído en la más horrible traición para evitar muertes. Al final, además de la traición habrá más muertes.
         Y todo por el poder. Asesinos, felones y cómplices: me da igual saber quién es peor de todos ellos. Tendría que volver Guzmán el Bueno. Y ahora entiendo porqué hubo Mocardós. Esto no ha hecho más que empezar.  












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