sábado, 4 de mayo de 2013

EL MILAGRO DE EMPEL



       

    
Hallábame el otro día limpiando la caverna, que las cavernas también necesitan su arreglo, cuando encontré arrumbado en un rincón un pequeño mundo un tanto desvencijado, aunque aún podían apreciarse en él las galas que antaño le hicieran un hermoso mueble. Lo abrí y encontré, entre muy diversas cosas, unos papelajos algo estropeados que atrajeron mi atención por lo hermoso de la letra. Me los llevé a un cómodo rincón, y al amor del sempiterno fuegecillo que alumbra mi antro, entre luces y sombras, los leí. Como los encuentro interesantes, más por lo dicho que por cómo está dicho, os los transcribo, aunque se pierda la gracia del envejecido manuscrito, cuyo aroma aún parece reposar en mis nostálgicas narices. Ahí va:


   <<Allá por los años finales del siglo XVI el orbe contemplaba envidioso y con temor cómo las tropas españolas llevaban de la mano la gloria y el espanto por los campos de medio mundo. Con especial denuedo nuestros gloriosos Tercios se batían por su Dios, su Rey y su Patria en un infernal paraíso norteño, muchos de cuyos pobladores luchaban tercamente por mantener sus torpes errores. La sangre se vertía generosamente, haciéndose cada día más cierto aquel dicho que rezaba: España mi natura, Italia mi ventura y Flandes mi sepultura. Y fue en esas frías y brumosas tierras donde se dio un suceso tan ignorado hoy como increíble y maravilloso. Si el paciente lector me acompaña en estas pocas y desmañadas letras le mostraré lo que acaeció en aquellos días de diciembre de 1585. Quien espere un sesudo y científico relato histórico, lleno de rigor académico y corrección al uso, mejor será que deje de leer y que le den una higa, que es hora de cantar con el corazón las gestas de aquellos hombres, tan injustamente olvidados como dignos de gloria eterna.
   En los años en los que moría el sublime siglo XVI, tan pródigo en hombres de arte como en hombres de armas, la balanza de la contienda en Flandes se inclinaba del lado español, en buena medida gracias al "rayo de la guerra", Alejandro Farnesio. Las ciudades católicas de Gelanda y Holanda habían pedido ayuda para soportar el avance de tanto perdido protestante: la respuesta no se hizo esperar y el Tercio de D. Francisco de Arias de Bobadilla acudió al rescate. Junto a este Tercio Viejo, los de Mondragón e Iñiguez (si supiera Anasagasti, por mencionar a alguno de esos ridículos fantoches nacionalistas, de aquellos buenos españoles vizcaínos, se le caía lo poco de pelo de esa ensaimada que tiene por cabellera), fueron a tomar la isla de Bommel, sita entre los ríos Mosa y Vaal. De este modo, la "flor del ejército español" se reunió en tal lugar, para horror de los calzones de los doblemente descoloridos tulipanes. Era digno de ver cómo lo más granado de la infantería española se juntaba en ese pequeño rincón del mundo, ejercito formado por "cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros, y cinco mil gastadores y cinco mil diablos", como dijo un almirante francés. Y yo digo que nada de diablos, que allá donde la verdadera religión estaba en peligro, detrás de la Cruz se hallaba la espada de un español y un alma dispuesta a ir con el Creador en Su defensa.
   Mas he aquí que los pérfidos holandeses, conocedores del terreno y amantes de todo tipo de trapazas, opinan que si hay que enfrentarse a cinco mil españoles lo va a hacer el señor padre, si es que lo conoce, de quien ha dado la orden, y el muy hideputa del conde de Holac, jefe de esta chusma, decide que el agua haga lo que las partes innombrables de estos bardajes no pueden hacer: por ello, cerca con su flota la isla y cañoñea los diques que contenían a las gélidas aguas. Al punto, el líquido elemento se desborda y obliga a los nuestros, aunque limpios y amantes de un buen baño, a dejar sus posiciones y a refugiarse en un palmo de terreno de una zona elevada. Y qué felices se las prometían los holandeses al ver a los invencibles Tercios en tal apuro. Cobran ánimo, y de seguro que acompañaron las cuantiosas libaciones de rubia cerveza con mil bravatas. Y a fe que la situación era de lo más penosa para los españoles. Sitiados en un pequeño terreno, rodeados de agua y hostigados por el fuego enemigo, se defienden como saben, como jabatos, y rechazan a la muchedumbre rebelde. No obstante, en tan desigual combate la vanguardia española no puede romper el cerco, y los Tercios se ven obligados a refugiarse en un castillejo, junto a la iglesia de Empel, guarnecido por bravos italianos, pueblo éste a la sazón tan diestro con el pincel como con la espada. La noche del 3 de diciembre la pasaron atrincherados en esta improvisada fortaleza. Bobadilla manda a buscar ayuda a Farnesio, que estaba en Bruselas, y a las cercanas tropas de los maestres Carlos Mansfelt y Juan del Águila. Todo en vano. Estos últimos refuerzos se toparon con el avance de los enemigos, quienes habían tomado una isla cercana y erigido un fuerte desde el cual cerraban un vado, única vía de escape a través de la cual los sitiados pensaban reunirse con los hombres de Mansfelt. Además, los barcos que venían en socorro de los nuestros probaron el fuego enemigo, siendo la mayor parte pasto de las llamas, para desesperación de los sitiados, cuya situación se tornaba más peliaguda, ya que «… veíanse en muy gran turbación y trabajo, y el menor que pasaban era el frío, hambre y desnudez, que tanto les apretaba por estar al rigor del tiempo sin ningún reparo donde poder cubrirse ni valer de noche y día, y sobre unos diques yermos y solos, donde iban perdiendo ya las esperanzas de ser socorridos». 
   Pasaron varios días infernales. Cuán triste y desolador debió de ser el amanecer de aquel 7 de diciembre en el que los españoles, leones enjaulados, sentían junto al amargo sabor de la cercana muerte la hiel de la frustración por no poder morir peleando noblemente y cara a cara frente al enemigo. Ateridos de frío, sin apenas víveres y leña, desesperados de encontrar ayuda, salvo la bondadosa e inútil que ofrecían los naturales, buenos cristianos, de la cercana ciudad de Bolduque, sita en la orilla opuesta, nuestros antepasados se disponían a pasar a mejor vida. Sólo les quedaba rezar y esperar que Dios les librara del espantoso peligro en que estaban. 

Arrogante y valeroso, el Tercio español 
sólo se inclina ante su Dios y su rey
   En esto, un soldado español se pone a cavar un hoyo, más para tumba que como trinchera, cerca de la iglesia de Empel. Tras las primeras azadonadas, el venturoso mozo realiza un hallazgo portentoso: encuentra una tabla con una imagen de la Inmaculada Concepción, tan hermosa y de tan vivos colores que pareciera recién pintada. Los soldados acuden en tropel ante el alborozo del hallazgo, tenido como augurio favorable del Cielo. La Virgen nunca abandona a sus hijos. El mismo Maestre de Campo acude entusiasmado. Y en el acto caen de rodillas y entonan una Salve, tras lo cual la llevan en procesión al cercano templo, resguardada por sus banderas, y la adoran e imploran piadosamente para que les ayude en tan penoso trance. El ánimo se levanta, como el sol cada día en las mañanas de los ardientes veranos castellanos, y los españoles siente reverdecer su entusiasmo y su valor. Bobadilla se alza entre sus hombres y les habla: al día siguiente atacarán al enemigo. Morir o vencer. Algunos capitanes, nuevos numantinos, cortos de razones y largos de orgullo, dicen que prefieren quitarse la vida antes que darles a los holandeses la satisfacción de la victoria: en mala hora hubieran cometido esa monstruosidad. La arenga de Bobadilla les disuade de tal torpeza: 

    «¡Soldados! El hambre y el frío nos llevan a la derrota; el milagroso hallazgo viene a salvarnos. Nosotros velaremos por España. ¿Queréis que se quemen las banderas, se inutilice la artillería y abordemos de noche las galeras, prometiendo a la Virgen ganarlas o perder todos, todos, sin quedar uno, la vida?»
 
  El grito de ensordecedora aprobación unánime debió de oírse hasta en Amsterdam, lo suficientemente fuerte como para derribar los más recios muros y las más poderosas armadas. Al poco, como si el almirante hereje hubiera tenido un mal presentimiento, envía a los españoles un emisario con la oferta de una rendición honrosa, no se sabe si por cortesía o porque no las tenía todas consigo. Es más que posible que estuviera relamiéndose ante la posibilidad de capturar a tantos y tan buenos hombres sin desenvainar. La respuesta de Bobadilla no podía ser otra: «Los españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos». Los Tercios se aperciben para luchar al día siguiente, 8 de diciembre, el día de la Inmaculada Concepción.
   Irritado por el valor y el orgullo español, el almirante holandés decide abrir más diques y que aún mayor caudal de agua haga lo que él no tiene valor para hacer. Pero esa noche, esa bendita noche, el frío fue más intenso que de costumbre, como si Plutón hubiera dejado abiertas las puertas del Infierno para que la Muerte saliera entre las tinieblas y se saciara de almas viles. Los habitantes de Bolduque, que habían marchado en procesión para rogar por los españoles, notan un frío intenso, como no lo habían conocido jamás, y jamás volverían a conocer. El viento del nordeste comienza a soplar bruscamente. Y ocurre lo que nunca por esas fechas: hiela tal como suele suceder en enero por aquellos pagos. Jamás esos españoles habían pasado tanto frío, mas en breve iban a tener oportunidad de calentarse. Admirados, descubren que las traidoras aguas que les rodean se han helado, y el lecho acuoso se ha convertido en tierra firme por donde avanzar, por donde luchar…, por donde matar.
   Por el congelado Mosa avanzan los Tercios como lobos hambrientos dispuestos a devorar a los corderillos holandeses, aún más congelados, que se dan cuenta de la llegada de los españoles cuando tienen una espada en el gaznate. Cual torrente furioso, era digno de ver a esos valientes dando cuchilladas, tajos de vizcaína, pistoletazos y todo lo que se pudiere a diestro y siniestro. Con sangre y fuego entraban en calor los españoles, y con sangre y fuego se cobraban el penoso asedio. Los poco antes ufanos holandeses, al ver que se había desatado la Furia Española vengadora, son todo pies para salir de aquella escabechina. Diez navíos cayeron en manos españolas y muchas almas herejes en manos del Maligno. En su precipitada huida, se cuenta que Holac iba diciendo: "No es posible sino que Dios se ha hecho español, pues había usado con ellos tan gran milagro". Aunque no haya fuentes para confirmarlo, tengo para mí que además de estas palabras sabias y hermosas, el buen holandés iría mascullando otras más gruesas entre sus temblorosos dientes.
   Mas no acaban las penalidades protestantes aquí, ni la justa cólera española. Al día siguiente, vio el amanecer a las tropas de don Francisco en formación terrible, como sólo los españoles podían hacer, dirigirse al fuerte holandés para hacerles pagar caro a los artilleros y arcabuceros el haberles masacrado en los días pasados. Los herejes duraron menos que un euro en manos de un socialista (ay, si pudiéramos enviar a estos bravos a Andalucía unos meses): el fuerte cayó, y el resto de la tropa holandesa salió en desbandada como las palomitas que huyen de fieros halcones. Armas, pertrechos, munición y el honor holandés quedaron en el campo a merced de esos valientes que usurparon su nombre a la Victoria, y cuyas gesta hizo rememorar, y aún palidecer, la de las antiguas legiones romanas.
   Con el enemigo puesto en fuga, se cubrió el cielo y una fuerte lluvia deshizo el hielo. Los españoles llegaban al pueblo amigo de Bolduque, recibidos como se merecían por los atónitos holandeses, que dieron en llamar a aquella pasmosa jornada "el milagro de Empel". Muchos de los nuestros habían muerto; otros quedaron mutilados debido a las heridas o las amputaciones por el frío, pero seguro que ninguno perdió su terrible y socarrona sonrisa al pelear por su Dios, su Rey y su Patria. Y no cabe duda de que, en el fragor de la batalla, y a pesar del la ira y la furia, ninguno de esos españoles apartó de su mente la hermosa imagen de aquella Inmaculada de vivos colores que había sido enviada por Nuestro Señor como augurio de su buena suerte y señal de que no los desamparaba. Hoy día la Inmaculada Concepción es la patrona de la infantería española.
   Aún los científicos se preguntan qué pasó en aquella noche decembrina. No encuentran explicación racional ni empírica. Yo les digo, y a todo el que no creyere en el milagro, que ardan en el infierno en compañía de los holandeses>>.






 






14 comentarios:

  1. Se nota el cambio acaecido al pueblo español en los últimos siglos.

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  2. Todas estas proezas y otras muchas a lo largo de la Historia quieren borrarlas de nuestra herencia, con la colaboración de traidores, que utilizan la memoria histérica para dividirnos y dejarnos a merced de enemigos ancestrales. España tuvo y tiene enemigos poderosos, que saben que en el campo del honor, a la hora de la verdad, jamás podrán vencernos ni doblegarnos y saben que la única manera de vencernos es dividiéndonos, convirtiéndonos en enemigos unos españoles de otros españoles. Esos enemigos sí que tienen Memoria Histórica, pero de verdad, no olvidan y en sus escuelas la cuentan de generación en generacioón, exagerando las ofensas a los españoles.

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  3. LAMENTO MUCHO, AMIGO MÍO, LA DEMORA EN LA RESPUESTA, PERO ES QUE ACABO DE VER TU MAGISTRAL COMENTARIO. SE PODRÁ DECIR MÁS ALTO, PERO NO MÁS CLARO. ES EVIDENTE QUE EL PRINCIPAL ENEMIGO DE ESPAÑA SE HALLA EN EL SENO DE LA PROPIA ESPAÑA. Y MIENTRAS NO NOS QUITEMOS ESE CÁNCER, POCO HABRÁ QUE HACER, SALVO YACER EN UNA DOLOROSA Y PATÉTICA AGONÍA. LO MALO ES QUE CON TANTO OPIO LA MAYORÍA SILENTE Y CON UNA ESTÚPIDA SEMPITERNA SONRISA EN LOS LABIOS NO SE DA CUENTA.

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  5. Magnífico homenaje a aquellos héroes, D. Misántropo. Permita que me una a Voacé con esta décima endecasílaba:

    No fueron vizcaína y toledana ,
    ni tampoco pistola y arcabuz
    que hirieron y humillaron el testuz
    de aquella Europa herética y villana,
    lo que hizo recular a la malsana,
    diabólica herejía protestante;
    fue una España de Cristo y María, amante
    que el cálamo y las armas empuñaba
    y hería con ellas tanto como oraba
    hidalga y arrojada, ¡siempre alante!

    Abrazo gordo

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    1. EXCELENTE LA DÉCIMA, SUBLIME BARDO, POR NO DECIR EXTREMADA. PLASMA VUESTRA MERCED CON SINGULAR TALENTO UNA DE LAS GRANDES VERDADES HISTÓRICAS DE LAS QUE DEBEMOS ESTAR MÁS ORGULLOSOS: LA HEROICA DEFENSA DE LA FE EN TODO EL ORBE FRENTE A HEREJES Y DEMÁS CHUSMA ABOMINABLE. POR DESGRACIA, AQUELLOS TIEMPOS PASARON Y HOY VEMOS COMO EL AGUERRIDO PUEBLO ESPAÑOL DE ANTAÑO SE HA CONVERTIDO EN UNA PILTRAFA. PERO NO CREA NI POR ASOMO EL CÍRCULO Y EL COMPÁS QUE VENCERÁ A LA CRUZ.
      MUCHAS GRACIAS, AMIGO MÍO, POR LA VISITA, LAS AMABLES PALABRAS Y LOS VERSOS. ELLOS PODRÁN SER MÁS, PERO NOSOTROS SOMOS MEJORES. POR ELLO, RIMA EN RISTRE, A DEGÜELLO...
      UN FUERTE ABRAZO, VATE TURINGIO. QUEDAD CON DIOS, QUE ES LA MEJOR COMPAÑÍA QUE CONOZCO.

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  6. Estimado D. Segismundo.

    Ya hice el elogio en su día de este enardecedor y glorioso relato histórico realizado por su álter ego D. Diógenes. Pero cuantas veces lo leo tantas veces lo disfruto, hasta tal punto que ya no sé si he votado sublime una o tres veces, pero cincuenta que votara no le harían justicia ni Justicia.

    Muchas gracias, su seguro servidor y amigo:

    Ga to.

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    1. Creo que sólo por el tesoro de tus palabras, amigo mío, le merece la pena vivir al bueno de Diógenes. Y no me cabe duda de que el eco de tan amables acentos le ha llegado, esté donde esté. En su nombre, muchas gracias. Era de justicia escribir este homenaje, y es digno de alegría que aún quedemos españoles dispuestos a emocoinarnos con tan feliz recordación.

      Un fuerte abrazo, querido amigo. Codo con codo, alma con alma, picas arriba y ¡Santiago y cierra España! Hasta el final...


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  7. A fe mía que este es de esos relatos que me trae el recuerdo de mi difunto padre. Aún recuerdo su rostro grave y el tono ya sosegado ya enardecido para dar mayor viveza al relato. Y yo veía los estandartes flameando al viento y a la tropa en cerradas filas... allá al frente los herejes. Qué días que ya no han de volver. Y este relato me recuerda todo aquello. Gracias, magnífico por la trama y por cómo está ejecutado. brillante.

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    1. Infinitas gracias os doy, amigo mío, por estas palabras. No hay mayor halago para quien emborrona páginas, como es mi caso, que el de haber evocado la añoranza paterna y aquellos días en los que uno quedaba subyugado cuando el autor de nuestros días nos narraba algo. Eso significa que se ha llegado alma, lo cual ha de ser la meta de todo aquel que escribe.
      Brindo por aquellos tiempos, los de la infancia y juventud, y los de nuestra gloria, y por los "estandartes flameando al viento y la tropa en cerradas filas". Todo aquello no volverá, pero jamás se borrará de la agradecida memoria. Arriba copas y picas...

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  8. Quién tuviere aquestos hombres cruzando la polvorienta meseta camino de la Villa y Corte con intención de pasar el acero por los gaznates de traidores e izas que emborronan de hez el nombre de nuestra postrada Nación... ¡Cómo correrían clamando piedad al Dios del que hora reniegan!. En cuanto al relato, no me queda sino que repetirme en mi juicio hecho algún tiempo ha: Soberbio, vívido, emocionante,y entrañablemente evocador. Cum laude.

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    1. Ojalá, querido amigo, sus deseos se hicieran realidad y un par de tercios viejos pusieran las picas en dirección a Carmenópolis, antaño Madrid, para dejarle bien claro a esta patulea bermeja que a España no la enfanga nadie. Pero los sueños sueños son, y tendremos que seguir soportando esta larga y penosa agonía.
      Agradezo en extremo sus elogiosas palabras, don Fernando. La voz amable de los maestros siempre reconforta y anima a seguir al pie del cañón. Lamento la repetición del texto, pero el día obligaba y era menester rebuscar en los baúles.
      Un fuerte abrazo. Nuestras picas, y los cálamos, siguen en alto.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.