domingo, 26 de mayo de 2013

“DONDE HAY POCA JUSTICIA ES UN PELIGRO TENER RAZÓN”


      
       "Pues que amarga la verdad,
        quiero echarla de la boca" 


   Esto decía el bueno de don Francisco, que en eso de padecer los rigores del despotismo sabía lo suyo. Y a qué viene el citar a Quevedo y encabezar con tan soberbias frases las humildes mías: hace poco ha tenido a bien abrir la caverna, otrora protegida por densa floresta, cierto personaje odiado por muchos, lo que es timbre de gloria en estos calamitosos tiempos.
   Lo que dijera Aznar no es cosa que me mueva a coger la pluma, que ya mucho se ha rebuznado al respecto. Eso sí, me gustaría dejar caer una ideílla que viene rondándome el magín estos días según la cual el viejo zorro ha soltado la que soltó porque quería ocultar ciertos asuntillos que absorbían la atención del personal. Así, por arte de birlibirloque, han pasado los voceros de turno de hablar del bodorrio de la nena, sueldecillos oscuros, Correas y tirantes cuestiones varias a obsesionarse con el retorno del maligno, para unos, aunque sea el deseado para otros.
   Me da a mí que este hombre, que maldita la gana que tiene de volver al ruedo, se ha limitado a echar humo, escurrir el bulto para no ser uno sospechoso y dar carnaza a los buitres para no serlo él de los mismos. Muy astutamente ha puesto a sus verdugos a la defensiva, con unas palabras que venían a decir: “si me tocáis los innombrables a lo mejor vuelvo”. Y como si le hubieran contado a un chiquillo el cuento del lobo. Otra cosa es que Aznar  deseara decir lo que dijo, que se fenecía por hacerlo. Pero eso es cuestión baladí, aunque muchos compartamos sus palabras. Y qué delicia ver a los de la “Cocheoficialocracia” fuera de sí, que no les llega la camisa al cuello.
   Pequeños goces aparte, lo que me interesa de la aznarada, y no fue para tanto, es la constatación de un hecho singular: el tremendo efecto que producen en España ciertos personajes, siempre conservadores y poco amigos de la progrez, cuando dicen esta boca es mía. Se forma un tiberio que ni el de San Quintín. Algo similar ha ocurrido cuando nuestro ya añorado Mourinho le quitaba el freno a la lengua.
   Y si, queridos míos, os paráis a pensar en las “explosivas declaraciones” (y perdonad que hable en periodistiqués) que hacen estos malditos, lo que se escucha es espejo de la sencilla y llana verdad, del sentido común y de una visión de la realidad tal cual es. Y eso es algo imperdonable en este gran embeleco en el que vivimos, en el que la mentira y la hipocresía se dan la mano para embobar con sus juegos florales a la masa.
   Hoy día hay que decir lo que marca el Sistema y con la fría y gris jerigonza al uso. Puede uno ser el mayor truhán del mundo; puede decir la mayor gansada de la historia; pero si lo expele según los cánones del rojerío y adlateres acomplejados, y con la jerga correspondiente, recibirá a coro las alabanzas más encendidas y su reputación de demócrata, tolerante y demás zarandajas será eterna.
   Qué triste destino el de España, cautiva de una patulea de bribones que distraen con fuegos de artificio la atención de la caterva de memos que los pagan. Por una frase cursi, un impuesto abusivo; te endilgo un lugar común de lo más bobo y tú me das una langosta; he ahí una retahíla de simplezas edulcoradas mientras encargo un nuevo cochazo.
   Los listos se hacen los tontos para que los tontos se crean listos. Y lo peor de todo, más allá del insufrible guirigay empalagoso con el que embaucan estos hipnotizadores de pacotilla, es la indignación de los más cuando se les levanta la venda de los ojos. “Señor mío –sólo les falta decir– es de muy mala educación decirme la verdad y hacerme saber lo tonto que soy. Déjeme en paz, prepotente, con mi ignorancia, y no me toque las doradas cadenas”. Evidentemente, lo dirían con otros términos impostados, pero no tengo fuerzas para intentar remedar la cháchara con que los matasanos de la moral mesmerizan a los enfermos.
   Parece que el fuego de mi caverna se apaga. Me sumerjo en las tinieblas. Qué bien se ve todo. Sólo escucho el eco de las palabras de Terencio: “la complacencia hace amigos, la verdad engendra el odio”.








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