sábado, 11 de mayo de 2013

CARTA DE MI BOLSILLO AL MINISTRO POLILLA

    
   Hallábame yo el otro día en mis soledades cavernarias, enfrascado en diversas meditaciones con que llenar las dulces horas de holganza, cuando sentí cierto lamento. Como mi antro no suele ser frecuentado, tomé aquello como gemido del pícaro viento, que quería asustarme. Al poco, noté que la queja se hacía más fuerte. Con una antorcha disipadora de tinieblas en la mano, me dispuse a encontrarme con el intruso, con más curiosidad que espanto, dado lo raro de las visitas. Nada vi; nadie respondió a mis voces. Pasaron varios días, y cuando ya daba al olvido el lance, los ayes y lamentos se hicieron tan claros y fuertes que pensé que el cuitado estaba a mi lado. Me volví y revolví. Nuevamente nada. Y cuál fue mi asombro cuando una voz clara se dirigió a mí en estos términos: “No busques más: te habla tu bolsillo”. Prolijo sería entrar en los detalles del prodigio y de nuestro coloquio. Lo importante del asunto es que mi bolsillo requería mi ayuda para escribir una misiva al culpable de sus males, más como desahogo que otra cosa, pues estaba muy lejos de su alcance la justicia o la venganza. Admirado del milagro, y de que en esta época de recortes el tal milagro llegue a hacer hablar a un bolsillo mas no le enseñe a escribir, me apercibí para complacerle. Así pues, hice de amanuense de mi bolsa y puse sobre el papel sus cuitas, las cuales os expongo a continuación:



       Caro ministro polilla:

             Os escribo estas quejosas líneas para daros cuenta de las penas que me afligen desde que diera V. E. con sus huesos en la poltrona ministerial, para dejar a muchos en los suyos. Plaga bíblica, cáncer de bolsas, urraca más que gaviota; mago negro que quiere hacer de nosotros piedras filosofales; Midas a la inversa; Caribdis de los sólido, ¿dónde queda vuestra piedad, que me tenéis con las puertas abiertas de continuo expuesto a los rigores de las corrientes, y a las corrientes cuentas a los pies de otros mucho peores? ¿Dónde vuestro decoro, que de tanto ser manoseado mi virtud anda en compañía del tafanario de mi amo, y no por lo próximo? ¿Cuándo cesaréis, sablista cortesano, de darnos con el as de espadas para quitarnos el de oros, que a cada tajo que dais menos quedan?

       Tan infinita ansia de oro, vuestra hidrópica sed de riquezas, me tienen ya descalabrado, como a la mayoría de mis compañeros de fatigas. Y para qué nos quitáis lo ganado, que lo de ganado nadie nos lo quita, sino para engordar con nuestros desvelos a ese horrible leviatán llamado Estado, pomposo nombre que enmascara a un puñado de fulleros, muchos del puño cerrado, sin escrúpulos ni moral alguna.

       Vuestra holgura nace de la que me dais a mí, que mi amo no deja de rascarme aunque no padezca yo de sarna ni de la comezón que os devora. Y de tanto trajín y soba, mi forzada soledad se va a ver empañada por la compañía de ciertos vecinos, hasta los que estoy, a quien pronto he de ver cuando de tanto roer se tire el tabique de tela. Y la visión es para no contada.

       Concluyo ya, que no quiere ser harto gravoso quien es harto gravado. Cese ya, os lo suplico, vuestra rapiña. Mirad que si os afanáis en que mi amo todos los días pronto se levante para que una mala parte del Levante nos levante buena parte de nuestra ganancia, entre otros desmanes de esta mariscocracia, el levantarse será cosa inevitable. Aunque lo llevéis en el linaje, que vuestro apellido os delata, dejad las zarpas quietas, que las que pagan también son las que votan.

       Sin más, que poco me queda por decir, por no decir que poco me queda, se despide de V. E. vuestro más humilde servidor, nunca mejor dicho.
                             
 Un bolsillo apolillado




No somos nada... Los bolsillos, menos...









4 comentarios:

  1. Parece ser que mis bolsillos son iguales a los tuyos.

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    1. Mis condolencias, querido amigo. Pero, como dijo Francisco I, rey de Francia: "Todo se ha perdido menos el honor". Me pregunto hasta cuándo.

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  2. "Quéjanse vuesas mercedes de vicio"

    Fdo: Cristobal Montbull, ministro de Cleptohacienda.

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    1. Alto honor nos hace, ministro. A decir verdad, no tenemos remedio. Somos unos ingratos y unos desagradecidos. Encima de que nos deja v. m. livianos y libres de cargas...

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.