domingo, 28 de abril de 2013

¡VIVA EL ÁCIDO URICC.OO!

        
   Deploro mi suerte; aborrezco mi sino. Ya es bastante cruz ser católico, madridista (y de los de Mourinho), blanco y heterosexual, como para que, además, me haya hecho Dios de derechas y furibundo amante del marisco. Permitid que me explique.
   A buen seguro muchos de los que me leéis, si es que alguno me lee, pensará que mucha gente de derechas regala a sus afortunadas tripas buenas mariscadas. De hecho, la imagen tópica del orondo burgués que se entrega con fruición a los deleites de la mesa también habrá pasado por vuestra mente. Lamentablemente, mi espiritual y sensible naturaleza, por no decir que soy de letras, vulgo completo inútil, me lleva a ser un pobre de derechas. Ni que decir tiene que la compensación a estas dos condiciones es la de ser honrado a carta cabal y lo que se considera un buen hombre. Como se comprenderá, esos títulos no garantizan que mi bolsa sea tan fornida como la del ya mencionado capitalista, con lo cual, si quisiera embaularme una buena ración de frutos del mar, debería ser a costa de un salutífero y prolongado ayuno posterior. 
¿Un viejo capitalista o un nuevo sindicalista?
   Y cuál es el motivo para que mi pluma tome estos marisquiles derroteros: ha poco que los medios de comunicación, al menos los que merecen tal nombre, han mencionado la deliciosa noticia según la cual un amigo del pueblo, dizque sindicalista, se ha metido entre pecho y espalda 800 euros de marisco. Según mis investigaciones, el centollicida iba solo, por lo que estoy tentado de dar por bueno el gasto como recompensa a ese homérico estómago. Y esta proeza no es nueva, porque he podido ver una estampa de ciertos barbados bermejos que se sacudieron otra buena comilona en Bruselas, en la que seguro que tocaron a una buena porción de marisco por barba, y, por añadidura, todo por la patilla.

   Dejando de lado la lógica indignación por la hipocresía de estas anacrónicas momias, que de momio se ponen las botas, y por el hecho de que se gastan impunemente nuestro dinero, según ellos en nuestro nombre y provecho, aunque el buen provecho es para ellos, quisiera hacer notar a mis sufridos lectores cómo España es el país perfecto para que un cero a la izquierda, y nunca mejor dicho, pueda darse la regalada vida de un marqués sin ofrecer a cambio nada más que un puño en alto, abierto para recibir y cerrado para dar. Si uno ve al sindicalista de marras, el tal Pastrana, en quien la frase la "cara es el espejo del alma" adquiere una especial crueldad, y escucha sus explicaciones, no precisamente a la altura de Demóstenes, se llega a la pavorosa conclusión de que en esta malhadada patria nuestra el esfuerzo es una pérdida de tiempo.  
   Cuando se ve que un memo como el héroe de estas letras, el cual espero que no comiera percebe so riesgo de pecar de antropofagia, se entrega a la dolce vita merced a su poca verguenza y su mucha miseria, sazonada con una buena ración de cara dura, a uno le dan ganas de liarse la manta a la cabeza, coger la hoz y a darle a la gamba. A qué estudiar y afanarse por ser persona instruida; dónde quedan los valores y la nobleza. Aquí es menester, si no se es adorador de Mercurio o hijo de Pluto, enrolarse en la hueste fenicia para que la vida sea un lecho de rosas. Me viene a las mientes aquel cuadro de Carracci en el que se ve a un pensativo Hercules, en una encrucijada, decidiendo si tomar el áspero camino de la virtud o el deleitoso pensil del vicio. Si se hiciera una versión moderna veríamos a la plana mayor del sindicato encaminarse sin vacilar a las puertas de una marisquería. Ocioso es decir que las figuras femeninas serían de otro pelaje en esta versión.
                                                                  
  
     



   Lo peor de todo no es que existan pícaros y golfos como estos, que en España han sido muchos. Lo malo es que el resto de los españoles nos limitemos a tragar con los que se lo tragan todo, nuestro dinero lo primero.
   Ante tal situación de intolerable injusticia, cuando nos estamos hundiendo y los camaradas de la hoz sólo nos echan una mano para quitarnos la cartera, es necesario tomar urgentes medidas. La primera, reclamar el concurso de los ecologistas, que a este paso veo próxima la extinción del langostino y similares, pues con cinco o seis Cándidos y Pastranas me temo que van a dejar los mares como el Sahara. Acto seguido, propongo que se recupere el garrote vil, que habrá de ser erigido en la plaza del pueblo junto con una báscula. Y todos los meses, el que no pase la prueba de la segunda, se verá en manos del primero.
   Chuscadas aparte, sé muy bien que la cosa pinta mal. A diestro y siniestro se nos roba, y parece que nuestro destino es el de trabajar para alimentar a estos pantagruélicos dirigentes nuestros. Y eso que son la famélica legión. Menos mal que el ácido úrico nos vengará con su sorda, constante y silenciosa justicia.







  

1 comentario:

  1. VISTO LO VISTO DESDE QUE ESTAS LETRAS FUERAN ESCRITAS, ME QUEDÉ CORTO. QUÉ VORACIDAD.

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Opinen en buena hora, amigos, opinen, que me huelgo de leerles.